Croniquita

La cofradía del gran sapo

Hay un sapo tallado en piedra, señor de una cofradía de músicos, poetas y artistas plásticos, que cada febrero recorre el casco viejo de la ciudad de La Paz.
domingo, 1 de marzo de 2020 · 00:14

Leny Chuquimia Choque

"¡Tanta lluvia!, seguro ya han sacado al sapo”, dice una joven en plena calle Comercio, mientras trata de cobijarse en un negocio donde más de 15 personas se disputan un pequeño espacio para guarecerse del agua. “El sapo siempre sale con lluvia porque  su fiesta está cerca al carnaval, a la cosecha” insiste,  mientras todos la miran con cierto recelo. “¿Conoces al sapo del Boca?”, pregunta. 

Cómo no conocerlo. Y es que ese personaje peculiar es parte de la noche bohemia de La Paz, tal como lo fue su primera guarida: el Bocaisapo. 

Tallado en piedra, el gran batracio negro, en más de dos décadas se convirtió en más que un sapo. Hoy es el señor de una cofradía de músicos, poetas y artistas plásticos que cada febrero se reúne en su nombre para llevar su pesada imagen en hombros a recorrer el casco viejo de la ciudad. 

“El Cayo Salamanca (dueño del extinto Bocaisapo) decía que ‘si en La Paz hay una Entrada del Señor del Gran Poder, ¿por qué no va a haber la Salida del Gran Sapo?’ Y la única vez que la illa salía de su refugio era en el aniversario del boliche, que es el 7 de febrero”, cuenta Pablo Terrazas,  uno de los ex administradores del “Boca”.

En la cosmovisión andina, el sapo es parte de los animales sacralizados que representan fortuna, suerte, fertilidad y al agua, fuente de vida. Dicen que sale de las entrañas de la Pachamama, donde habita la muerte, para pasar del Manqha Pacha  (mundo de abajo) al Aka Pacha (mundo terrenal) para anunciar el tiempo de lluvias, de la abundancia y de la buena cosecha.  

Hasta hace dos años, la noche paceña tenía su propio inframundo en el subsuelo de una de las casas más famosas de la calle Jaén, la de la Cruz Verde. Allí  reinaba el gran sapo. Un batracio de piedra al que hasta hoy acude todo aquel que quiere descargar sus penas y alegrías, pedirle un favor o conocer, de la propia boca del amuleto, su suerte.

“Si le pones un cigarro y fuma blanquito quiere decir que te va a ir bien; si se consume negro es mala suerte. O cuando le das coquita y pijchas con él, si es picante no es buena señal pero si es dulce es muy bueno”, señala uno de sus fieles.

El sapo llegó al Boca en las manos de Cayo Salamanca. Nadie sabe los detalles de su llegada pero todos coinciden en que fue encontrado en una tienda de la calle Santa Cruz, perdido entre aguayos y otro montón de objetos. No se sabe cuántos intentos hizo Salamanca para convencer a su entonces dueña para que se lo vendiera.

“Para Cayo el sapo era ideal para el Boca porque éste funcionaba en el subsuelo de la Casa de la Cruz Verde. Para él, allí estaba el Ukhu Pacha (mundo de abajo, en quechua) donde debía habitar un Tío (deidad de inframundo vinculada al ámbito minero). No había mejor representación de aquello que el sapo, un animal que sale de las profundidades de la tierra para anunciar la abundancia, la suerte”, señala Gerson Adriázola, exadministrador del Boca y actual dueño de la Trovería que es en la actualidad  hogar del sapo. 

A su llegada al pequeño boliche de la calle Jaén, el Sapo fue instalado en un pequeño espacio a modo de altar. Se lo ch’alló (ch’alla, bendición popular) con serpentina y se le ofreció una copa de alcohol, coca y cigarros Astoria. Su mesa nunca más volvió a estar vacía ni su boca seca.  “Todo el que llegaba sabía que había que challarlo y darle un cigarrito. Algunos para pedirle algo otros solo para hablarle”, cuenta Terrazas.

Su fama y su suerte corrieron de boca en boca, haciendo que los asiduos lleguen a ese lugar donde el reloj corría al revés y nada era en vano sino todo en vino. Cuentan que una noche llegó un muchacho con la fotocopia de su contrato de trabajo para entregárselo al sapo porque él se lo había conseguido; que una pareja de novios se escapó de su propia fiesta para hacerle fumar un cigarro a aquel testigo mudo del momento en que sus vidas se encontraron; y que no faltó quien lo nombró compadre o comadre porque si bien es el gran sapo, muchas personas creen que en realidad es una sapa. 

Hoy su antigua guarida ya no existe. Pero queda el recuerdo de quienes le llenaban la boca de coca y alcohol, de aquella novia bailando cueca con su vestido blanco, o de algún bohemio que le hablaba porque aseguraba que la roca le respondía. 

Hoy, imponente y con la boca altiva, reposa en la barra de un pequeño boliche escondido en la calle Bolívar, a cuadra y media de la plaza Murillo. Allí, en la Trovería, encontró un nuevo altar en el que aún es venerado. 

¿Cómo llegó el Sapo a la Troveria?. “Creo que fue una serie de casualidades y de suerte. Salí de trabajar del Boca como dos años antes de que cierre, después de haber administrado el lugar por casi una década. En todo ese tiempo nació una amistad profunda con Cayo. Cuando el Boca cerró yo ya estaba inaugurando la Trovería. En febrero Cayo me llamó para hablar de lo que hubiera tenido que ser el aniversario del Boca y me preguntó si no tenía problema en alojar al sapo para una nueva procesión”, cuenta Adriázola.

Y aunque ya no había el Boca, el sapo fue llevado hasta la Cruz Verde y una vez más salió en un cortejo que se movía a ritmo de tambores, esta vez con destino a la Trovería, su nueva morada.

Hace pocas semanas, el hampatu (sapo) volvió a bailar por las calles del casco viejo al ritmo de la mohoceñada y en hombros de sus cofrades. Encabezó una columna vestida de aguayos y flores, a la que poco le importó mojarse para visitar los boliches vecinos de la que fue su primera casa. 

Pero si ese día el sapo estuvo rodeado de amigos y compadres, hoy apenas se rodea de una decena de personas. En su boca de piedra, un cigarro puesto por cumplir se apaga como si él se hubiera negado a darle siquiera una bocanada. “Es que le han dado sin ganas, por eso lo botó casi entero; hay que darle con fe”, comenta una de las pocas asistentes. Ceremoniosa, se para a entregarle un cigarro muy diferente a los Astoria que el sapo acostumbra  fumar. Aspira y cariñosamente sopla el humo como si fuera un sahumerio en el que le entrega un poco de aliento y alma. Se le ve murmullar algo mientras acomoda el pitillo en la boca del Tío. Esta vez el cigarro se consume sin siquiera derramar las cenizas. 

En La Paz llueve una vez más. El gran sapo está de fiesta.
 

 

 

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