ARQUITECTURA

Estudiar al interior de una OSTRA GIGANTE: El premio Pritzker 2020 de arquitectura es para dos mujeres

Yvonne Farrell y Shelley McNamara, dos arquitectas irlandesas, ganan el “Nobel” de Arquitectura. Basta mirar su obra para entender que la educación y el espacio arquitectónico de aprendizaje son para ellas algo fundamental.
domingo, 15 de marzo de 2020 · 00:14

Valentina Eid / Paris

El ideal feminista de colaboración
 

Desde la creación de este premio, sólo tres mujeres fueron reconocidas por su trabajo en arquitectura. Farrel (1951) y McNamara (1952) interrumpieron por cuarta vez en el club de cimientos masculinos. Pero más allá del género, estas mujeres simbolizan el ideal de colaboración. Y, de hecho, la arquitectura, al igual que muchas disciplinas recompensadas con premios individualistas, es un campo de creación compartida. Shelley y McNamara han logrado construir, además de edificios y espacios, un equipo sólido y creativo desde que estudiaron juntas en la Escuela de Arquitectura en la Universidad College Dublin (UCD). Al salir, fundaron casi inmediatamente el estudio de arquitectura Grafton Architects en Dublin, lugar que vio el nacimiento de la casi totalidad de sus proyectos.   

Universidad de  Toulouse 1 / Foto Dennis Gilbert

Estructuras, luz y geografía

Durante 25 años, trabajaron principalmente en Irlanda y sólo en 2008 se extendieron al resto del mundo. Desde un inicio su trabajo se planteó grandes desafíos en términos de infraestructura, ya que participar en proyectos sobre puentes de carretera (uno en Bray y otro en Balbriggan a mediados del decenio de 1990) influyó en el gusto por la grandiosidad monolítica visible en sus obras futuras. La mayoría de sus trabajos incluye la experiencia de levantar, flotar, cruzar materiales para elevar sus construcciones a nuevas alturas, proponiendo un encuentro de contrastes entre infraestructuras de cimiento bruto y la delicadeza de los detalles.

Farrel y McNamara perciben en la arquitectura la posibilidad de anclaje en una geografía específica. Otorgan una importancia particular al hecho de implantar un proyecto en su contexto histórico, patrimonial y cultural, desde un punto de vista estético y urbanístico. Pero además, con el desafío de incluir en la forma de sus construcciones, problemáticas sociales actuales y con perspectivas futuras, notablemente en términos de inclusión. Este fue el objetivo con la construcción de la Universidad de Toulouse 1 en Francia. Allí propusieron el contraste entre el interior y el exterior de la universidad y la identidad de la ciudad rosa.

Farrel y McNamara potencializan la actividad educativa de enseñar y aprender en un territorio que  inhale y exhale  imaginación y creatividad.

Educando con y para la arquitectura

La Universidad de Toulouse 1 es un ejemplo de cómo este equipo de mujeres puso en cuestión el lazo fundamental entre educación y espacio arquitectónico de aprendizaje. Además de haber ejercitado la docencia durante 30 años, sus mayores construcciones son precisamente en el campo de la educación, entre los cuales los más famosos son el Solstice Arts Centre en Navan, Irlanda (2006), la Universidad de Limerick, Irlanda (2012), la Universidad Bocconi en Milano (2008) y el campus de la Universidad UTEC en Lima (2015). Su arquitectura tiene gran influencia en la educación y, al mismo tiempo, la educación inspira sus modelos de construcción. 

Universidad Toulouse 1 / foto de Dennis Gilbert

Se percibe en su gesto arquitectónico una primera tentativa de educar, proponiendo una configuración espacial que establezca valores de integración, detalles de luz que muestren flexibilidad y creatividad; un ritmo de espacios que incite al dinamismo y al mismo tiempo al respeto y el silencio. Sus construcciones, aunque del exterior se perciben como formas geométricas muy rígidas, proponen al interior una geografía orgánica, transformando la idea de educación, clásicamente rígida y severa, en una experiencia viva, en constante evolución y movimiento. De hecho, en una entrevista, Farell se refiere a su obra de la universidad de Bocconi, en Milán, como una ostra gigante porque es “blanca y el interior claro y delicado” y está envuelto en un “duro caparazón gris”. Y en general, las dos arquitectas se refieren a su trabajo como criaturas vivientes. Suelen personificar constantemente calles y sitios para ayudar a expresar las personalidades, el espíritu y los defectos de las construcciones que, de otra manera, se leen como telones de fondo estáticos y mudos. 

Esta invitación, a pensar en sus construcciones como criaturas vivas, otorga a estos monumentos una nueva identidad y replantea el tipo de desarrollo humano que se puede llevar al interior de estos cuerpos vivos. ¿Quién no quisiera estudiar al interior de una ostra gigante, de un elefante de cemento, o en la casa de un pulpo de ladrillo? Farrel y McNamara potencializan la actividad educativa de enseñar y aprender en un territorio que exhale e inhale imaginación y creatividad.
 

Loreto community school / foto de Ros Kavanagh

 

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