VERBORREA

Gabriel Guzmán de la A a la Z

domingo, 22 de marzo de 2020 · 00:13

Lucía Camerati

Del guitarrista, sus pensamientos

Ya en las diferentes plataformas podemos encontrar Lalay, su reciente trabajo discográfico. Cuenta que durante muchos días tuvo que encerrarse en el estudio de Álvaro Montenegro hasta salir con el nuevo disco. Cuando un guitarrista de la canción boliviana escribe, bien grave es, descubre sus secretos en voz. Gabriel Guzmán, el Gabo, vive en Suiza y guiña todo el tiempo a Roncal y Casazola; siempre habla de su abuelo, se refugia en los compositores más viejos y se aparece en La Paz con su voz quebrada, de cuando en cuando. Aquí van sus ideas, esas que le hicimos rayar en su cuadernito, como tarea siempre.  

Álvaro (Montenegro).– El Álvaro sabe que hay una senda, sabe; la senda que hace posible una música boliviana hecha con entrega; como llajua hecha hace un ratito. Hay una equidistancia entre lo barroco y lo contemporáneo, lo “jazzy”  y lo folklórico. Debemos acercarnos a ella con irreverencia, con hermosura; eso nos ha dicho el Álvaro.

Bolivia.– Hay ganas de pertenecer(se). Se dice un montón de cosas cuando se ensaya música; que el matiz, que la dinámica. Luzmila Carpio me mira de frente un día al ensayar, me dice: esa tu guitarra tiene que darme paz; paz, ¿entiendes?... dame paz. Yo quiero esa Bolivia.

Ceviche.– El de la Plaza Triangular, en Miraflores. Se ha mudado al frente: en esta plaza de mi infancia retoza movedizo el teleférico blanco. 

Chicha.– Si yo tuviera que redactar mi constitución, la mía, tomaría una puntabola; mi corazón envuelto en las polleras  de las señoras que me cuidaron de wawa;  un balde de la chicha que hace mi tía Diva en Alcalá, Chuquisaca; me pondría a escribir, acabaría: con la chicha y conmigo; y me dejaría de fregar. 

DomÍnguez (Alfredo).– Antes me interesaba la leyenda, la suya: virtuoso, codificador de cómo tendría que sonar el alma nacional en la guitarra, grabador, más un etc. grande. Sin dejar de lado que Don Alfredo es eso y seguro más, hoy me interesa la intensidad de los instantes de su sonrisa; es un incendio. 

Ensayo.– Definitivamente es más importante que la tocada misma, ahí se define todo. Creo que en música, el ensayo es como los penales, con la diferencia de que en ella se juegan antes que el partido. 

Femenino.– Crecí con mi madre y mi hermana; se sumaban todo el rato mi tía y mi prima; éramos muy frágiles y nos gustaba fregar: somos irrompibles. A veces dudo, sería un transexual sin mucha pinta. Me quedo como fan de Mon Laferte.

Ginebra.– Descubrí que los jóvenes  que aparecían en las revistas de la peluquera de mi abuelita eran importados directamente  desde Ginebra. Los veo todos los días, bien lavaditos, seguros de sí. Ginebra me ha hecho descubrir muchas cosas del mundo y de mí. Por ejemplo, que me encanta enseñar a tocar la guitarra (y tocarla, esto en  caso de que sepa), no lo sabía, se lo debo a Ginebra. 

La Habana.– En Cuba, no sabíamos bailar lxs bolivianxs, y en tal estado de indefensión  daban ganas de ahogarse en el primer mar que apareciese. Teníamos el mar, el mar contraindicado. Pero no era para tanto, se nos daba siempre otra oportunidad sobre la isla. Mi maestro de guitarra vive allí; lo extraño, permítanme decirle: Te extraño Alexis Baxter, Holguinero. Gracias por regalarme esta guitarra que hago sonar, sonrojada y orgullosa por tu culpa,  por tu bendición.

VadIk (Barrón).– Me aprendí un puñado de sus canciones para nuestra primera tocada en la calle Jaén, un miércoles. Sé que las cantarán nuestros nietos. Puedo apostar. Antes de la tocada, me invitó un fernet: un portal donde hay un  poeta y se lo dice al mundo con una risotada que es una perforadora y una redención.

Jesús (Durán).– A mi generación nos tocó entendernos con la sonrisa del Jechu, con ella nos arreglábamos. Hágase un favor, escuche usted la segunda parte de la  letra del Jesús en la cueca Carandaití. Deguste la maestría de uno que amaba a este país, quédese, quédese allí. Vuelva.

Kalampeo.– Me he enterado de la historia del Estaban Jarro gracias a los Trencito de Los Andes. Es la historia de todos los Bonnys Albertos Terán, kalampeadores en los que late el corazón de   mi Matria Bolivia. La que no quiere que te mueras, menos por ella.

Lalay.–  Es un disco del 2019, hecho en Achocalla. De niño pedía mi Lalay, un pequeño charanguito de juguete. Supongo que cuando nos embarrancamos en el Ahura (zapateo) de una cueca, allí donde se lalalea y se jalea, yo de niño, escuchaba más ay…lalay que otra cosa. Sigo escuchando lo mismo y les sigo pidiendo a las cuecas que regresen a mi Lalay. 

Matilde (Casazola Mendoza).– Cuando a Sucre se le ocurre atardecer sabes que ella está allí, que se está. Matilde tiene que recibirte en su sala y regalarte unos bombones misteriosos. Tengo miedo de olvidarme las introducciones que hace ella en sus canciones; están elaboradas con vértigo: con sonidos y silencios alcanzados por la belleza. Tengo miedo, en realidad, a no haber aprendido de ella, de Matilde, el misterio suficiente como para convocar a la belleza. 

Virgen.– Al principio me he vuelto devoto sólo por fregar a los muy ateos que tienen tan resuelta su vida de espaldas al misterio. Cómo será ¿no? La cosa es que en Copacabana, en La Paz, sentí clarito que debía haber una energía maternal que venía de las aguas. Soy devoto por mirar, en las Vírgenes, esa energía maternal. 

Ñusta.– Me encantó saber, mudo de frío en la madrugada orureña del domingo de Carnaval, que estábamos esperando a el Alba; a la Ñusta que iba a cumplirnos su promesa, la primera estrella de la aurora aquella.

Óscar (García).– Hay que buscar con el Oscar, una manera de quererse que es, a la vez, una manera de fregarse. El  Oscar sabe combinar sonidos con sabores, éste su acto de amor y de rebeldía. Donde no hay caso de convocar al miedo, mal sale. 

Pobresor.– No sé si mi amigo David Gamón (vocalista de Sobrevigencia), aceptaba de buena gana el título de pobresor, o más bien no le quedaba otra. Volviendo a casa una madrugada, nos pusimos a hablarle a la gente con los diálogos de la entrañable película Cuestión de Fe de Marcos Loayza. No saben el susto cuando una señora que iba a misa también nos contestó con una frase del guión. Dos pobresores ¨volviendo de nuestro calvario¨.

Quique (Claros).– Con el Quique, gestor cultural, deberíamos tener una comparsa parriana (de recursos cómicos) denominada Los Antiamigos. Él es del Bolívar, yo no. Cuando la noche quiere empezar para mí, el Quique prudentemente se va a casa. Así y todo llevamos como cuatro discos y unos hartos conciertos. Cuando el Quique está como productor, especialmente en esos cinco minutos fatales antes de un concierto, yo estoy tranquilo. 

Roncal (Simeón).– Si me dan la máquina del tiempo, ¿a dónde voy? No hay duda: a acompañar al Maestro Simeón en su caminata que imagino de memoria, al final de la tarde: de la clase privada de piano de su alumna sangre azul (sic) en el centro de Sucre, hasta Surapata, subiendo las gradas,  hasta la patria de la cueca. Roncal es una cumbre nuestra, nevada e insuperable.

Silvia (Rivera Cusicanqui).– ¿Qué le diría? Dudo che. Pero lo que no hay caso de dudar es que sería una sandez, una grande del estilo: gracias por haberme regalado a mi país, de nuevo. Por suerte la Silvia no necesita de mis sandeces; así como yo no necesito de ellas para agradecerle la luz que le debo, que es mucha.

Taller Taká.– Era mi escuelita, queridísima, la que pretendí hacer. En el taller yo era la maestra Ximena, la de Carrusel.  Hecho al profe, donde no me necesitaban. Quedan los amigos, lo mucho que nos reímos y los discos que grabamos.

Usera.– En medio de la desolación de irse y no saber qué hacer con unx, está Userita. Como un portal, como el paso de un viento que te lleva hacia donde vos eres vos. En Usera en Madrid, te esperan lxs paisanxs con un abrazo: la Candy o el Micky o la Paula. Me debo un Charquekan, me debo un sábado, en Usera.

Willy (Claure).– Respeto mucho el disco Cuecas para no Bailar. Es lindo, puedes aprender y gozar De dónde vendrá esa manera de tocar; tiene que también venir de maestrxs que el Willy oyó tocar.

SaXoman.– Voy a ir un día de estos y hablar con el Saxo. Un capo de verdad, se inventa su propia fantasía, aunque la misma vida le cueste. ¿La Vida? No tanto: el prestigio, el orgullo, esas cosas. Quizá la vida misma empiece cuando te dejas de preguntar por tu prestigio o tu orgullo. Quizá. El Saxo debe saber. 

Yuca.– Soy, es decir, sigo siendo. Un yuca. Igual cuando dejé de tomar, tres años y medio duré. Seguía siendo.

Gu(Z)mán.– Creo que son periodistas de prensa escrita, no sé decirte. Son stronguistas. Hay una casa, es en San Pedro, me han dicho que ahí viven. Tenían un perro llamado Badulaque, qué se habrá hecho.
 

 

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