PERFIL

Gabriel Mamani Magne: El niño que buscaba el silencio

A propósito de Seúl, São Paulo, Premio Nacional de Novela 2019.
domingo, 22 de marzo de 2020 · 00:12

Iván Apaza Calle

Hubo  una década en la que se escuchaba: Wewa wuliwya, wuliwya, wuliwya…, liwya, wya… Era el eco de campesinos que marchaban frente al nuevo presidente Paz Estensoro en 1952. Campesinos y obreros con fusiles aún humeantes daban gritos de victoria. No tenían el verbo, no escribían ni sabían leer, pero balbuceaban las frases dictadas por sus amos. 

Hasta ese entonces no existía poeta que cantara los dolores de esa multitud.

Tres décadas más tarde, en medio de los mudos y bajo la bota militar, un poeta cantaba los versos más hirientes. Era igual a los sonidos que produce la paja brava al soplo del viento, pero era un canto en el desierto; aquellos mudos también eran sordos, así Rufino Paxsi pasó desapercibido.  

Luego silencio, silencio… hubo un largo silencio. La literatura era para pocos. Solo un sector privilegiado disfrutaba las delicias del arte, los demás apenas tenían un pequeño estante o una caja de cartón donde había colecciones de libros escolares, Condoritos, almanaques Bristol, afiches de partidos políticos, hojas de carpeta, folletos…

Aparentemente nada iba a surgir. El silencio seguía su curso.

 En los desfiles y marchas aún se escuchaba el wewa wuliwya. Millares de cobrizos llenaban los cuarteles. Servir a la “patria” se había vuelto un orgullo.

Solo después de mucho tiempo, aquellos que inundaban las calles prohibidas, pisando suelo empedrado y refinado, esos que no sabían leer ni escribir habían logrado el verbo para sus nietos y bisnietos. 

En sus años de niñez, Gabriel Mamani Magne vivió en el barrio de migrantes La Periférica. Frente a su casa todavía existe una vista panorámica de la ciudad; detrás, en una cima, se encuentra aún la cancha áspera de la cual cualquiera sale empolvado hasta las narices o embarrado hasta los oídos.

Si tomamos en cuenta sus cualidades podemos esquematizar una tipología de escritor. Siendo niño buscaba el silencio. Adquirió el amor a la lectura y a los libros por el silencio. Algo más: durante sus estudios en la secundaria, el muchacho agregaba libros a la lista de materiales escolares, lo que evidencia que la educación era deficiente y desde ya la cultura por los libros era extraña en la sociedad boliviana; es raro ver a un estudiante pedir libros a sus padres sin que ellos lo sepan. Como se ve, estaba consumido por la lectura, pero también estamos frente un adolescente que todavía no ha sido domesticado por la sociedad, que todavía es libre y fresco en sus reflexiones.

El adolescente tenía esas potencialidades. Siendo estudiante y con 16 años, el año 2003 fue testigo de los conflictos sociales. Observó a sus pares apedrear el Palacio de Gobierno. Oyó los sonidos estridentes de la balacera entre militares y policías, observó la represión y gasificación a los campesinos y a obreros que protestaban en las calles. Se enteró de las muertes en la ciudad de El Alto.

El barbilampiño hasta cierto curso de la secundaria cumplió con sus obligaciones: estudiar. Le iba bien con los libros, había experimentado de cerca la crisis política y el momento constitutivo del país racializado; sin embargo, le faltaba cumplir algo más: el servicio militar obligatorio. No tuvo otra salida, optó por el servicio premilitar. 

Una vez inscrito, básicamente chocó con todo el mundo militar, con su autoritarismo, machismo, homofobia, arcaísmo, con sus deberes, con su mofa y con todas las reglas de juego. Al fin se rebela. No pudo soportar más las charradas de los orangutanes y renunció a la obligación que le había encomendado la “patria”.

La sociedad quiso moldearlo a su gusto, a través de maestros que lo encasillaban en la tipología del ciudadano que se odia a sí mismo, y con el servicio militar para ponerle el orgullo patriotero. No lo lograron. El muchacho había escapado. Es un desertor, un bribón para los demás. 

Estudió leyes; el mundo de los abogados también le da asco, pero culmina el estudio entre lágrimas, la tortura acaba con la defensa de su tesis. Buscó entonces una carrera más reflexiva, no es la filosofía, no es la literatura ni las ciencias políticas. De hecho, siente repugnancia por los actores políticos. Se inscribió en la carrera de Sociología, cursó dos años, en ella también encontró una sequía.

No bastó que sus opresores le hubieran quitado su cultura hasta convertirla en folklore sino también su idioma nativo. Despojado de su forma originaria de pensarse, Mamani asume el idioma de los españoles, escribe bajo sus reglas, pero esperen: escribe para tomar conciencia de lo que le sucede. Su narrativa no está en Europa, no está en las nubes, porque describe el sufrimiento, la lucha, las alegrías, las conquistas, los dilemas de las pieles morenas. No escribe sobre la señorita de Calacoto ni los romances de un hacendado en los Andes. ¿Qué esperaban? ¿Que escriba sobre lo glamoroso del mundo señorial, las galanterías, los amoríos de aquellos que le negaron su idioma? No, no…, menuda creencia.

Pertenece a esos escritores que escriben para saldar cuentas con aquello que les inquieta. Usa en su narrativa todos los recursos de su experiencia personal. En este caso,  los personajes de  Seúl, São Paulo, el galardonado XX Premio Nacional de Novela 2019 de Bolivia, están empapados de retazos existenciales. Para constatar solo hay que recordar que en su obra Tan cerca de la luna (2012) los muchachitos que aparecen jugando y que quieren contemplar la súper luna en la cima del lomo del Dinosaurio Dormido, son él y sus yo.

Así  Seúl, São Paulo  es consecuencia de las inquietudes del autor; es parte de sus cuentas por saldar consigo mismo. Empezó a pensarlo seriamente en 2017, cuando estaba en Brasil. Ese mismo año está con la tesis de maestría hasta el cuello, sin embargo tiene en sus manos el tono de escritura, ronda en su cabeza primero un cuento, alternamente busca información sobre la migración, la vida militar, la segregación… ¡Ya lo tiene!

Primero fue su experiencia en el servicio militar obligatorio y el laberinto de la soledad, es decir, el cuestionamiento de la identidad, la pertenencia, la discriminación, en fin, el ser o el parecer tan característicos en sociedades racializadas. Luego Mamani llega a la repulsión contra el patrioterismo que se inculcaba a los jóvenes que cumplían con la ley y que, en vez de unificar, crear paz en sus habitantes, les llenaba de odio, machismo, homofobia… Así, para él odiar al país vecino y la imbecilidad se habían normalizado.

Seúl, São Paulo  narra la experiencia de los adolescentes/jóvenes que cumplen con el servicio militar obligatorio para luego ser tragados por un sistema que les obliga a marchar del país o en todo caso a formar una familia y sobrevivir.

 Así,  Gabriel, rebelde frente  a las imposiciones de legua, de escuela y cuartel, finalmente, en su silencio encontró su escritura.  

Seúl, São Paulo, publicada por Editorial 3600,  está a la venta en librerías de todo el país. 

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