CRÓNICA

¿Para qué sirven los HÉROES?: Entre Flecha Verde y Abaroa

Sobre la calle Punata, en Cochabamba, donde hoy es La Pampa, en la parada de colectivos, había puestos de revistas. Barrio de gente pobre que matizaba el destino con héroes. Leía. Ser héroe hoy es una profesión desvanecida.
domingo, 22 de marzo de 2020 · 00:15

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

¿Qué héroe era yo de niño? ¿Cuál quería ser? Hubo una época en que la Editorial Novaro de México se dedicaba a publicar revistas de Superman, Batman, Batman y Robin, Aquaman, Super Niña, Linterna Verde, Flecha Verde, Legión de Superhéroes. ¿Cuál sería yo?

Debo poner ambiente. De fondo: Hey you, de Pink Floyd. Y un café cargado con un shot de Patrón Extra Añejo. No doy cuenta de mi vida más que al silencio. Solo me miran mis ventanas. La 1:56 de la tarde; podrían ser las dos. ¿Quién puede saber si esos cuatro minutos de diferencia en verdad existen?

No había televisión. Los cines venían a ser lujo dominical. Por eso, la Noche Popular se atestaba de pueblo. Galería explotaba, escupitajos caían sobre una supuesta burguesía acomodada en la platea. Con la oscuridad asomaba la calma. A ratos un grito de ¡ratero!, ¡metemano! Actrices en inglés. Mundos que nos dejaban alelados, que sustraían la realidad por hora y media. Luego lo mismo, meaderos apestosos, “baño de cine”, sudor e insultos. Todavía no había filmes de los héroes de Marvel. El arte ese era solo gráfico, sin la sofisticación de la imagen que hoy tienen las novelas gráficas o la pantalla, pero colorido, lindo, en cierta manera “normal”, aunque los individuos volaran. El Joker era tal vez Acertijo, no sé si Guasón. En la legión clásica de superhéroes vivían, aparte de los nombrados, el Hombre Halcón, Átomo, Elemento, Flash, la Mujer Maravilla, muchos más. Renovábamos con mi hermano Armando las revistas en la Revistería Apolo, cerca de la Avenida Aroma, que entonces no era el fin de Cochabamba sino el fin del mundo.

Sobre la Punata, donde hoy es La Pampa, en la parada de colectivos, había puestos de revistas: un alto panel de madera con series de repisas y cordeles que las sostenían. Las alquilaban. El público, sentado en banquillos individuales de no más de 30 centímetros de alto, otros largos, colectivos. No solo cómics de superhéroes, también Memín, Kalimán, Epopeya, Chanoc, romances en blanco y negro. La gente leía. Hablamos de la Punata, de gente humilde, ajena al mundo hacia el norte, gente de monedas y pasajes contados, muchedumbre que subía al micro 3 hacia Cala Cala y Tiquipaya, al 5 a Sarco y Condebamba, números hacia el Ticti y San Miguel, líneas llenas al cementerio, al Thanta qhatu, a los carboneros del cerro, al Cero, K'asapata, debajo del arco del puente del tren a Quillacollo. A Alalay y Valle Hermoso. Queru Queru y Tupuraya.

Gente pobre que matizaba el destino con héroes. Solamente cambió el entorno físico, seguimos en lo mismo; la modernización de la vestimenta, la tecnología, no mejoraron en sustancia nada. Continúa la orfandad, perenne la angustia de la soledad, el abandono, la brega diaria, la supervivencia. Lo demás es follaje. Helechos que cubren la desnudez de Eva-Adán, pero cuando llega el frío la piel se retuerce como siempre antes, como en los abuelos neandertales. Ni siquiera ya animales que matar, pieles para cubrir. Queda la imaginación, lo ilusorio, el deseo, la fantasía. De otra forma la tierra sería un yermo incluso para Mad Max.

Hoy la imagen es permanente en la mano; el celular ha cubierto leguas imposibles atrás. Viajamos, aprendemos, ni siquiera necesitamos Dios para comunicarnos en lenguas. ¿Cambiaron los héroes? No. Son lo mismo con otro retocado. Lo que eran líneas simples del Marvel antiguo son caóticos trazos que anudan el drama a la historia; hoy la idea no es ya el plano sencillo, a la violencia del dibujo se añade tridimensión o cosa similar. Fondos de claroscuro medieval, no una gama de color para cada imagen. El siglo XXI ha tomado mucho de la Edad Media para añadir a la tecnología oscuridad de martirio. El Bosco, más moderno que nunca.

Me decido por Flecha Verde. Héroe no muy notorio en comparación con el poderoso del planeta Kryptón, aquel a quien Lex Luthor quería debilitar y eliminar con la brillante, verde, kryptonita. Sin duda que la indumentaria viene del flechero del bosque de Sherwood, Robin de Locksley. Pero no fue eso, no sé cómo explicarlo. Mis elecciones de nuevos héroes son por aquellos que permanecen un segundo; los prefiero a los rutilantes. Así me incliné por Héctor Priámida en lugar de Aquiles, por Belerofonte y no por Hércules. Por Marcel Schwob y no Anatole France, santos de otra devoción. Cuestión de carácter. Hay hombres que son Clark Kent; otros no. Kafkiana sombra de la cucaracha, el escribano, el sastre, el talabartero. Ni joyero, ni orfebre, ni obispo. Humildad, inseguridad, miedo. Pink Floyd continúa con The Wall. Héroes que no podían escalar paredes, menos romperlas, pero que la enfrentaban cantando en masa.

La viola da gamba es un instrumento triste. Dumas le puso aventura a la época, espadachines, collares de perlas, amantes. El señor de Sainte Colombe hace música de sombras, de oscuridades donde corrían alocados bandidos, perseguidos aunque también héroes, precisamente por perseguidos. El comisario Vidocq va detrás de un ser con máscara de espejo aunque parezca de hierro. Siempre buscando, el hombre, y la posibilidad de ser lo que nunca será. La viola da gamba no tiene resuello heroico, pero anota tristezas que producen héroes, irredentos jamás acostumbrados a su desgracia, rebeldes a los que la circunstancia despierta.

Novaro nutría al público de habla española con lo mejor del cómic norteamericano. Una dicha leerlo y visualizarlo. Entonces no había héroes locales, ni Amarus ni Kataris. Claro que los mexicanos tenían lo suyo con personajes nativos, aztecas o de la etnia que fuere. Aparte de la ficción, la editorial se dedicaba a revivir narraciones históricas, del mundo real, en su serie Epopeya. Entre héroes voladores o sumergidos se entremezclaron figuras que descollaron en su época y su región. Supongo que a un niño se le iba formando la visión del héroe como un conglomerado de ambas. Si me apasionaba con Linterna Verde, también Aníbal de Cartago y el almirante Nelson dejaron en mí su impronta personal. A su manera, eran Superman, Luthor, los romanos o los españoles. Primeras imágenes que marcan tal vez el desarrollo del pensamiento después.

En el caso boliviano, no recuerdo publicaciones semejantes. Se hablará del imperio y sus nefastas influencias. Por algún lado no le falta razón a ello, pero si no hay contrapartes locales que impulsen la historia nacional, los líderes, héroes, estadistas, es muy difícil que se pueda vencer a lo foráneo. Peor cuando llegó el cine masivamente. El contrapeso nuestro estaría en las clases escolares de Estudios Sociales, en la recordación de eventos importantes con feriados, desfiles, fechas y horas cívicas. Los nuestros eran Eduardo Abaroa en el Topáter, con grito absurdo en la boca y fusil de yeso. Bienventurados los pobres de espíritu porque de ellos será el reino de los cielos. La tierra para los valientes, sin intentar contradicción entre unos y otros, que los valientes también suelen guardar espíritu de turrón dulce, polvo de jengibre. ¿Y las heroínas? Ahí la ciega Gandarillas con guadaña de muerte india. Cómo puedo hablar de lo que desconozco.

ILUSTRACIÓN NATHALIA BELTRÁN VARGAS / DGR-UCB

La generación de entonces creció con una pléyade de figuras de la historia nacional pero sobre todo en un entorno fantástico ajeno al ambiente propio, a pesar de que la fantasía es patrimonio universal. Nunca imaginaríamos a Batman o al Hombre Araña dando saltos y descolgándose de edificios sobre el mercado de Caracota. Entonces hacíamos de lo suyo, nuestro, siendo urbes que rememoraban a Nueva York o a Londres, el objeto de nuestros sueños.

Toda una parafernalia de nombres y acciones, de muy antiguo hasta mi infancia, cupieron en el mundo tecnológico a la perfección. La heroicidad, la epopeya, administradas y enriquecidas por la cibernética, el mundo virtual, la computadora; toda esa magia de lo invisible que reanima muertos y alimenta multitudes con guiones no siempre bien relacionados con su origen, de acuerdo a los mercados, a la evolución, involución, desmembración de personas y sociedades. Héroes para la época, en el arte gráfico y en el cine, hasta en la vida real de un mundo descocado, donde el mérito suele venir de sórdidos confines. Destrucción tal vez, más y más a pesar del esfuerzo por preservar al héroe con características inquebrantables. Será que se perdió la épica, que la sucedió y reemplazó bazofia inescrupulosa. Hoy héroe puede ser cualquiera. Profesión desvanecida, devorada, comprada y vendida. Era de la mercancía...olvido de Boquerón.
 

 

 

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