Croniquita

Amor cochala: ¡Guay que digas guay!

La chola es una mujer emancipada económica y sexualmente, decía Augusto Céspedes. Para muestra, un “agarrón” al final de este texto. Y ¡guay que digas guay!.
domingo, 8 de marzo de 2020 · 00:14

Ramón Rocha Monroy

He rememorado con cierta envidia cochabambina los amores de la Tos y el Catarro, de Franz Tamayo con una cholita (con quien se casó); como también el de Medinaceli (con otra cholita que lo acompañó hasta su muerte=, pero todos ellos ocurrieron en La Paz o en otros lugares, menos en Cochabamba, donde la primera imagen que se me vino fue la de La Cruel Martina, tan bien narrada por Augusto Guzmán, que, como Medea, cocinó a su hijo para darle de comer al padre. No he hallado amores románticos como los citados en nuestra llajta, acaso porque, como definía Augusto Céspedes a la chola, es una mujer emancipada económica y sexualmente. Debo añadir que suele tener hijas e hijos gallardos, pero naturales, lo cual es un acierto y no un defecto.

En la universidad dije alguna vez que los estudiantes mejorarían su nota si me traían biografías de sus mamás. Dos varones de clase media me dijeron que qué podían decir de sus mamás como no fuera media página. En cambio, las mujeres, que eran mayoría, se esmeraron con biografías ornadas con fotos, que repetían historias parecidas: madres que fueron pastoras en su niñez, que emigraron a los valles, que se casaron, que vendieron desde pastillas hasta tener un puesto en La Cancha (mercado popular), donde las cooperan sus hijas mayores, las mismas que aspiraban en mi curso a tener educación superior. Les pregunté: ¿Y los hombres? Ellos eran el “respeto de la casa”, porque si ellas eran solteras estaban expuestas a que “les faltaran al respeto”. Por lo demás, eran unos zánganos, la mayoría aficionados a la chicha, que caían en Emergencias que la esposa debía pagar; igual los hijos varones, unos vagos que se fracturaban los huesos para que sus mamás paguen a Emergencias. ¿Cómo? Mediante préstamos de su gremio.

Uno tiende a pensar que La Cancha es un caos, cuando es un espacio muy ordenado, donde cada especialidad tiene su gremio, su calle, su santo patrono y su fiesta. Cada calle decide viajar a China a comprar un container que luego se repartirán, pero no viajan todas: en este caso, escogieron a un varón “porque leía bien” y lo enviaron no con un k’epi (amarro) de plata sino con tarjeta de crédito. El tipo viajó, compró y al llegar a Iquique perdió todos los documentos, de modo que era imposible desaduanizar. Para mí que se chupó y otras consecuencias y allí perdió todos los documentos. Las señoras se acuotaron y a continuar con sus vidas.

Conozco un caso concreto sin nombres, porque aprecio mucho a la familia: ella era la reina y su cumpleaños era festejado por todos sus hijos con hasta tres días de orquesta; él trabajaba de garzón y en su cumpleaños apenas uno de los hijos le decía: Papá, está servida tu comida. Y comía solo. Una tarde, ella recibía a su comadre con cerveza, distinción especial, y él llevaba seis platos en los brazos extendidos y tenía que pasar entre ella y su comadre, por un pasaje muy estrecho. De pronto, la comadre lo agarra firmemente “de ahí” y le dice: “Ahora repetime pues qué me decías cuando yo era jovencita”. Todo para las carcajadas de ella, que no sentía asomo de celos y sí una solidaridad infinita con la comadre.
 

 

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