CONFESIONES

Feminicidios en Bolivia : Sueños robados

¿Qué pasa después de perder a una hija, una hermana, una madre o una amiga en manos de la violencia machista? ¿Quién les hace justicia? ¿Quién les devuelve sus sueños?
domingo, 8 de marzo de 2020 · 00:09

Anahí Cazas Álvarez

Jhoselin quería ser maestra. Celinda era ingeniera en Sistemas y ganó una beca de estudios en Estados Unidos. Carla era una buena estudiante y planeaba su fiesta de 15 años. Las tres tenían sueños, tenían planes, tenían vida. Pero al  igual que más de un centenar de  mujeres en Bolivia,   Jhoselin, Celinda y Carla fueron  asesinadas por sus exparejas, amigos, esposos, novios o desconocidos.  Su sueños fueron robados.    

Desde  el 1 de enero del año 2019 hasta la semana pasada, 143 mujeres fueron víctimas de feminicidio, según el registro elaborado por Página Siete. Se trata de un observatorio que nació ante la falta de datos oficiales del Gobierno, y que no sólo se limita a guardar nombres y fechas, sino que va más allá. Tiene más de 20 categorías que revelan una serie de situaciones como por ejemplo: que de las 117 mujeres asesinadas en 2019, prácticamente todas (100) eran el sustento económico de sus familias; que 131 niños quedaron en la orfandad; que casi todas (107) intentaron dejar o separarse de sus verdugos y que sólo 22 de éstos fueron sentenciados luego del crimen.

Pero como los datos son sólo eso y corremos el riesgo de acostumbrarnos, intentamos por lo menos incluir una categoría que, con ayuda de sus familiares y testimonios de amigos, indaga en aquello que no se ve: ¿Cuáles eran los sueños de aquellas mujeres que fueron asesinadas?.  Así supimos que unas querían ser doctoras, otras ingenieras y otras abogadas. Algunas soñaban con estudiar en el exterior o ganar una beca. Otras querían ver crecer a sus niños y darles la mejor educación. Otras tantas querían comprar una casa para sus padres, abrir sus propias  empresas, o  emprender negocios para ayudar a sus hermanos. Y otras soñaban con una fiesta de 15 años. Todas imaginaban una vida futura. Soñaban, como usted ahora mismo.

Jhoselin 

Quería ser maestra. “Ya estaba averiguando para entrar a la Normal”, dice Zenón Calani, su papá. “Siempre me decía: Yo te voy a cuidar cuando seas viejito. Ahora ella se fue, nos dejó”, se quiebra. 

Jhoselin tenía 17 años y estaba a punto de salir bachiller. En octubre del año pasado fue víctima de una brutal violación grupal en la ciudad de Oruro. Fue dopada y abusada salvajemente por cuatro adolescentes. A causa de las graves heridas, fue internada en terapia intensiva y sometida a tres cirugías. Luego de más de dos semanas de agonía, Jhoselin murió. Los cuatro acusados tienen entre 16 y 17 años. Todos guardan detención  preventiva y, según la familia de Jhoselin, no  muestran ningún tipo de remordimiento.

Jhoselin era  la  menor de cuatro hijos de la familia Calani Coria. “Era la alegría de la familia”, dice su papá. Era la mejor alumna de su curso y la más destacada del Liceo de Señoritas de Oruro. “Este año tenía que salir bachiller. Era muy estudiosa. Era abandera, siempre ganaba medallas y participaba en  olimpiadas”, añade. Zenón llora y siente un profundo dolor en el pecho. Sabe que nunca superará la muerte de su hija. 

Celinda

Yolanda siente el mismo dolor en el pecho. Su hija Celinda, de 32 años e Ingeniera en Sistemas, fue asesinada por su exnovio en abril del año pasado. 

“Él la acosaba todo el tiempo por teléfono. La llamaba en la madrugada. No la dejaba tranquila”, recuerda su madre. Cansada, Celinda decidió  terminar la relación con Andy Mauricio 10 días antes de ser asesinada. “Mi hija me dijo: ‘Mami, ya no quiero estar con él. Voy a terminar, porque mucho me molesta, yo trabajo y no tengo tiempo para encontrarme  a cada rato como él quiere’”, relata la madre desconsolada.

La joven fue asesinada  con tres puñaladas. Su exnovio le propinó heridas en el cuello y en el pecho. La vio desangrarse. Fue enviado a la cárcel, pero en más de tres ocasiones intentó salir. 

Celinda trabajaba en una empresa consultora y  por su esmero ganó una beca para estudiar en Estados Unidos. Era alegre y soñadora. Hablaba inglés. Uno de sus sueños era impulsar un negocio familiar. “Queríamos tener una empresa de venta de artefactos. Mi hermano mayor debía colocar la tienda, ella debía financiar y yo tenía que vender”, cuenta Yasil y asegura que hoy él se encargará de cumplir el sueño de su “hermanita”.

Carla 

La llamaban cariñosamente Carlita. Tenía 14 años y sus últimos días la ilusionaba su fiesta de 15. Ya  había elegido hasta el salón de fiestas. “Pero su sueño fue robado”, reniega contra el destino la prima de la niña, porque Carlita fue secuestrada  y asesinada en la ciudad tarijeña de Bermejo. “Ya no podrá bailar el vals con su papá  y su hermano, como pensaba”, dice entre lágrimas. 

Carla era la segunda hija de la familia. Cursaba el tercero de secundaria en el colegio 25 de Mayo donde la recuerdan como buena  estudiante. Pero Carla no pudo siquiera cumplir los 15 años y tener una fiesta como soñaba.

Desapareció luego de hacer tareas con una compañera. Seis días después fue encontrada sin vida en una carretera próxima a la ciudad. Fue estrangulada. En Bermejo los colegios suspendieron clases como protesta contra el crimen y los vecinos tomaron las calles para exigir justicia. Este asesinato también mostró la inoperancia de la Policía que calificó como exitoso el caso pese a que la joven fue hallada sin vida. Dos de los autores fueron enviados a un centro de menores de por su edad: 14 años. El tercer involucrado fue sentenciado a 30 años de cárcel.  

Carlita fue enterrada en  la comunidad de Paicho, su tierra natal. El día de su cumpleaños, de sus 15 años, la familia se reunirá como ella quería, anuncia su prima, dispuesta a cumplir “un poquito” del sueño de Carla.

Y es que para muchas familias, los recuerdos, deseos y anhelos de estas mujeres, cuyas vidas fueron arrebatadas, representan la fuerza para luchar contra impunidad y conseguir algo de justicia.
 

 

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