Confesiones

La revolución del 52: Los objetos, como el voto, tienen historia

Pocas cosas en la vida “siempre estuvieron ahí”. El resto es creación humana, material, simbólica, política. Por ejemplo, el voto de las mujeres. Un derecho ahora elemental que sin embargo costó varias generaciones. La idea es que las nietas de hoy ni se pregunten si pueden o no ejercer ciertos derechos sino que lo hagan del mismo modo en que respiran.
domingo, 19 de abril de 2020 · 00:04

Jenny Ybarnegaray Ortiz

Corría el año 1977 cuando en medio de una clase en la universidad, el profesor dijo “…cuando apareció la puntabola…”, y yo, que en ese momento andaba distraída le repliqué “¿cómo que apareció?, ¡la puntabola siempre estuvo ahí!”, y él me contestó “no, Jenny, no siempre estuvo ahí, cuando yo iba al colegio, escribíamos con pluma y teníamos que llevar el tintero”.

Con frecuencia suelo contar esta anécdota que, para mí, representa la idea de las mil cosas que usamos cotidianamente sin preguntarnos quién o cuándo las inventaron, o de los derechos que tenemos y a los que damos por hecho sin reparar en la historia que los precede. Es el caso del derecho de las mujeres al voto.

Película reciente a propósito de "Las sufragistas"

La primera ola del feminismo (1880-1930) tuvo como protagonistas a aquellas mujeres que, aunque vindicaron diversos derechos civiles, pusieron en altorrelieve su derecho al voto, por lo que se las conoce hoy como “las sufragistas”. A esa primera ola pertenecen destacadas mujeres latinoamericanas como Adela Zamudio, que escribió el poema Nacer hombre, donde dice “Una mujer superior en elecciones no vota, y vota el pillo peor; (permitidme que me asombre) con sólo saber firmar puede votar un idiota, porque es hombre”.

Ese derecho nos fue reconocido a las mujeres bolivianas recién el año 1952, a través del “Decreto Sobre el Voto Universal”  (Disponible en: http://repositorio.umsa.bo/xmlui/handle/123456789/8679)

Lo sustantivo del aquel decreto es su artículo primero:

“Tendrán derecho al voto para la formación de los Poderes Públicos, todos los bolivianos, hombres y mujeres, mayores de 21 años de edad siendo solteros o de 18 años siendo casados, cualquiera sea su grado de instrucción, su ocupación o renta”.

En este momento no tengo cerca de mí a alguna mujer adulta en aquella época, para preguntarle qué sintió o cómo vivió la experiencia de acudir a las urnas por primera vez. Puedo imaginar, sin embargo, que la experiencia no fue igual para todas, probablemente algunas eran más conscientes que otras de la importancia de ese derecho conquistado.

Pero sí recuerdo bien la primera vez que yo fui a votar. Fue en las elecciones nacionales de 1978, a las que Banzer tuvo que convocar sin restricciones tras la huelga de hambre iniciada por cuatro amas de casa de las minas, huelga en la que participé como integrante de la Federación de Estudiantes de la Universidad Católica Boliviana. En esas elecciones voté por el FRI que llevaba como candidata a la vicepresidencia a doña Domitila Barrios de Chungara, la única mujer aspirante a ese cargo entre las nueve candidaturas en carrera para esas elecciones que terminaron anuladas por efecto del fraude que hubo y el posterior golpe militar liderado por Pereda, el candidato aupado por el propio Banzer como su delfín.

Para la generación a la que pertenezco, la significación histórica de esas elecciones fue la transición de la dictadura a la democracia, ninguna emoción particular nos movía a las mujeres el simple hecho de ir a votar puesto que nuestro derecho era incuestionable. Nuestras abuelas habían demandado el derecho al voto, nuestras madres fueron las primeras bolivianas en acudir a las urnas, bajo el requisito de ser letradas, en las elecciones municipales de 1947 y en 1949, escenario de la primera participación política de las mujeres como votantes y como candidatas (Ref. http://elbolivianoenvivo.com/historia-electoral-de-bolivia-describe-el-sufragio-femenino-antes-de-1956/), y en las elecciones nacionales de 1956, ya sin restricciones.

Ese 1978, al parecer  las mujeres de mi generación teníamos asumido el voto como aquella vez que yo di por supuesta la existencia de un bolígrafo. De ahí que la lucha que nos correspondió dar como generación fue la de la ampliación de los espacios de representación para las mujeres. De la “ley de cuotas” de 1997 (en rigor, no hubo una ley específica, sino la incorporación de la cuota mínima del 30% de mujeres en listas de candidaturas, según el Artículo 3° de la Ley Nº 1779, de 19 de marzo de 1997, Ley de Reforma y Complementación al Régimen Electoral), que normaba la incorporación obligatoria de un mínimo de treinta por ciento de mujeres en las listas de candidaturas, a la inclusión de los principios de paridad y alternancia, primero en la nueva Constitución Política del Estado de 2009 y luego en la ley del Órgano Electoral (Ref.: Ley Nº 026, 30 de junio de 2010, Ley Del Régimen Electoral. Disponible en: https://consumidor.justicia.gob.bo/pdf/ley/ley_del_regimen_electoral_bolivia.pdf) de 2010, transcurrió más de una década. Cada avance logrado supuso para las mujeres de mi generación acciones de movilización y vigilancia en cada elección para garantizar el cumplimiento de las normas. En este periodo ya acompañadas por nuestras hijas.

Fotografía de Freddy Barragán / Página Siete

Pero hay más. Porque si bien estas cuotas contribuyeron notablemente a aumentar la presencia de las mujeres en los órganos de deliberación y decisión política donde antes sólo algunos hombres podían hacerlo, ya no nos resulta suficiente, queremos ir por más. Ahora esperamos que la presencia de mujeres en esos órganos no se limite a cumplir con las directrices de sus respectivas organizaciones políticas sino que sirva para llevar adelante las agendas que conduzcan a mejorar sustancialmente las vidas de todas las mujeres bolivianas. Que nos representen, por ejemplo, a la hora de decidir el destino de los recursos públicos para así pasar de la letra de las normas a los hechos, para construir una institucionalidad pública capaz de garantizar el cumplimiento de nuestros derechos conquistados en largas décadas de lucha social y política.

En este largo caminar, espero que nuestras nietas no tengan que preguntarse siquiera por el valor de ser integrantes de los órganos de decisión política; que tampoco sean necesarias medidas como las cuotas para verlas actuando ahí con absoluta naturalidad, como si nunca hubiese sido necesario reivindicar nuestro derecho a votar ni a ser elegidas.

 

  • Jenny Ybarnegaray Ortiz es de profesión psicóloga social, de oficio escribidora, de convicción feminista y libertaria.

 

 

 

 

 


   

68
2

Otras Noticias