Confesiones

Una charla con Martín Caparrós

La Universidad Portátil organizó, el pasado 7 de abril, la charla global “Para pensar un mundo inesperado”, con el escritor y periodista argentino, Martín Caparrós. Cientos se inscribieron, pocos lo vieron, y Roberto Navia nos regala el resumen de ese encuentro.
domingo, 26 de abril de 2020 · 00:04

Roberto Navia Gabriel

El mundo ancló su sombra para que nadie se mueva, para que la humanidad baje sus brazos, para que amarre sus sueños durante los días y las noches de la última cuarentena. Escuchar a Martín Caparrós ayuda a sobrellevar el encierro, a estar —sin estar—, entre varias personas en el instante perpetuo que dura una hora y unos minutos más.

En ese mundo amenazado por la penumbra, la Universidad Portátil, un maravilloso proyecto online enfocado en descubrir, formar y conectar las nuevas narrativas de Latinoamérica, organizó y llevó a cabo el martes 7 de abril la charla global: “Para pensar un mundo inesperado”, con el escritor y periodista argentino, Martín Caparrós. La convocatoria la había hecho la Universidad días antes. Ni bien la lanzó se postularon más de 600 personas, pero, por una cuestión de aforo cibernético, solo pudieron escucharlo a Martín, en vivo, un centenar.

Ahí estaba Martín a la hora pactada, en su refugio de Madrid. Miraba su pantalla y el grupo de los cien le miraba a él. Esperaba a que hable, a que empiece la función mientras en España se hacía de noche y en América Latina la tarde se levantaba de su última siesta. El autor de El Hambre, de Lacrónica, de Boquita, de Sinfín, habló durante un poco más de una hora y sus palabras alzaron vuelo como las golondrinas de los viajes y todos viajamos con él. Juan Pablo Meneses, el anfitrión de la Universidad Portátil, le hacía preguntas y después leía las que el público hacía caer como sabrosas gotas de lluvia.

A continuación, un resumen de aquella charla imprescindible de Martín que, con su voz analítica y narrativa, construye su mundo desde el encierro global:

Martín Caparrós desde Madrid / Fotografía Roberto Navia

“Todos los planes que teníamos se fueron al garete”

“Si algo demuestra esta situación rara, esta pandemia, esta interrupción de todo lo habitual, es justamente la fragilidad de todo lo habitual. Qué poco pensamos en esa fragilidad. Aquello de que el hombre hace planes para que Dios se ría, si uno creyera en Dios, sería en estos días, más real que nunca. Todos los planes que teníamos se fueron al garete. Solemos cree que las sociedades en las que vivimos son inmodificables porque son sólidas, macizas. Esto nos ha demostrado que, de sólidas, nada, son absolutamente frágiles”.

“Somos un relato hecho por otros”

“Es cierto que en estos momentos estamos viviendo la ‘planidad’ del mundo, todos somos imágenes en una pantalla y nuestra relación con el mundo pasa, en gran medida, por esos espacios planos, y sabemos del mundo lo que nos cuentan. Somos un relato hecho por otros, en estos momentos, más que nunca”.

“Me impresiona muchísimo ver cómo nos miramos los unos a los otros: con terror”

“Por supuesto (este momento) se va a ir terminando de a poco. No es que en un día van a decir: Esto se acabó. El final de esto va a ser gradual, van a ir soltando a algunos, hacerlo poco a poco. Pero la gran duda es qué va a pasar de aquí a tres meses. Porque yo creo que las consecuencias sociales y políticas se van a sentir durante mucho, mucho tiempo”.

(...) Estas semanas nos han enseñado el miedo. Estamos cagados de miedo. Vivimos del miedo, por el miedo, para el miedo. Todo lo que hacemos es porque tenemos miedo. Es una enseñanza del miedo como no había visto nunca en mi vida.

“En lo micro, me parece que hay algo que a mí me interesa mucho cómo va a pasar. Estas semanas nos han enseñado el miedo. Estamos cagados de miedo. Vivimos del miedo, por el miedo, para el miedo. Todo lo que hacemos es porque tenemos miedo. Es una enseñanza del miedo como no había visto nunca en mi vida. Yo no salgo mucho, pero cuando voy al supermercado, me impresiona muchísimo ver cómo nos miramos los unos a los otros, con terror, cuidado, que no te toque, que no te hablen cerca, que no te sonría. Probablemente el grado en que haya cambios en el nivel macro de nuestras sociedades, depende también de si somos capaces de sacudirnos ese miedo, de volver a pensar que podemos juntarnos otra vez. El miedo a estar cerca va a durar mucho más que la amenaza real del virus. Ahí también se va a jugar algo decisivo para los próximos años”.

“Los poderes siempre han utilizado el miedo para mantenerse. Lo que pasa es que en este caso se supone que es el miedo por la buena causa. Siempre el miedo fue el miedo a los abusos del poder, al represor, a la violencia, a todo ese tipo de cosas. Estaba claro que de lo que teníamos miedo era del otro, del enemigo. Pero ahora no, tenemos miedo de cada uno de nosotros. No se necesita que nadie pretenda hacer daño para que todos pensemos que nos puede hacer daño. Para producir terror no se necesita ser terrorista, alcanza con ser un ser humano o ser un picaporte o una caja de ravioles. Todo es susceptible de producir terror en este momento. Eso es nuevo, eso es distinto. Aun si el miedo siempre ha sido el instrumento de los estados para controlar a sus ciudadanos, ahora ésta es una forma nueva, distinta del miedo, que no sabemos bien cómo va a funcionar, no sabemos bien cómo nos vamos a deshacer de él”.

(...) Aun si el miedo siempre ha sido el instrumento de los estados para controlar a sus ciudadanos, ahora ésta es una forma nueva, distinta del miedo, que no sabemos bien cómo va a funcionar...

“La vida está en otra parte”

“Me impresiona mucho esto que nos dicen que si nos quedamos aislados vamos a conseguir sobrevivir, básicamente. Me impresiona porque en Sinfín, la novela que publiqué hace poco y que quedó sepultada bajo la ola del virus, el negocio que se ofrece finalmente es la vida eterna a cambio del aislamiento. Te ofrecen una vida después de la muerte en una especie de realidad virtual, prefieren tu cerebro, a cambio de que aceptes estar aislado. Si en la novela ofrecen la vida eterna a cambio del aislamiento eterno, aquí te ofrecen unos años más de vida, a cambio de unas semanas de encierro (cuarentena)”.

“Periodismo. Lo primero que pensé cuando empezó todo esto, fue en un título: La vida está en otra parte. La sensación que uno tiene todo el tiempo con esto, es que la vida está en otra parte, que lo que pasa, lo que vale la pena ser contado está en otra parte, y en partes a las cuales no podemos acceder. Todo sucede más allá. Vaya a saber dónde, en otros lugares. Entonces, es muy complicado hacer periodismo por eso, por un lado, y por el otro, es complicado hacerlo cuando aparece muy fuertemente la tentación del sentimentalismo barato. Hay muchas cosas del pobre abuelito, que está bien, hay que contar su sufrimiento, pero que la verdad no es interesante. Pasa una vez, dos veces, ya lo contaste. Una sobredosis del sufrimiento del abuelito, que me parece que ya está, ya lo hicimos”.

“Entonces, por otro lado, está este periodismo incisivo que se dedica a mostrar los errores del poder, cosa que, por supuesto, está muy bien, pero que en este momento me parece también que abusa de alguna manera. Porque los poderes o los gobiernos, salvo algunos que lo hacen de manera muy voluntaria, en general, no tienen ni puta idea qué hay que hacer en este caso, nadie sabe, no sucedió nunca. ¿Dónde enseñan qué hay que hacer cuando hay una pandemia?  No hay experiencia que se pueda utilizar. Es bastante normal que los gobiernos se equivoquen…, improvisan todos los días, inventan sobre la marcha frente a un fenómeno que nadie conocía y que no sabían cómo atacar”.

(...) ¿Dónde enseñan qué hay que hacer cuando hay una pandemia?  No hay experiencia que se pueda utilizar. Es bastante normal que los gobiernos se equivoquen…, improvisan todos los días, inventan sobre la marcha frente a un fenómeno que nadie conocía y que no sabían cómo atacar.

“Hay como una tentación del periodismo del yo, desmesurada y justificada porque lo único que el periodista ve es al yo. Siempre he dicho que el peor error que puede cometer un periodista es confundir escribir en primera persona a escribir sobre la primera persona. Son cosas radicalmente distintas. Esa confusión es muy habitual, es fatal. Y ahora es una tentación en la que mucha gente está cayendo. Unos pocos lo hacen con gracia, con inteligencia, con interés, y se lee con agradecimiento. Es un momento complicado para el periodismo, y al mismo tiempo, es el momento de mayor homogeneidad en un tema. No hay prensa que no hable de ninguna otra cosa que no sea de este tema compilado”.

La prensa no venía de un gran momento. Hiciste un experimento de ver cuáles eran las noticias más leídas. ¿Cuáles fueron los resultados de ese experimento?

“Se me ocurrió ver cuáles eran las noticias más leídas en algunos de los medios más leídos de América Latina. Era para llorar a gritos, algo así como el noventa y pico por ciento era farándula o policiales. Actrices o sangre. Algún futbolista se colaba por ahí cuando se metía con alguna actriz. Era realmente patético, y al mismo tiempo, casi exculpatorio. De algún modo, se pasaba la responsabilidad de publicar mierda de los periodistas al público. Lo que se veía era una demanda general de porquería muy consolidadamente porquería. Es complicado hacer frente a eso. Mucho más fácil sería si uno dijera: bueno, los periodistas quieren producir mierda, alcanza con matar a los periodistas, y ya. Pero en este caso es más grave, millones de personas quieren leer esto aparentemente. Yo a veces creo que el buen periodismo nunca fue masivo. Esta idea de que cuanta más gente, mejor, es un error que en muchos momentos no se cometió”.

“En los años 80 en España había un diario absolutamente hegemónico, ganaban dinero a patadas, manejaban la cultura del país, la política, era el diario más exitoso en cuanto a su lugar social y capacidad de funcionamiento. Este diario llegó a vender en su momento de gran éxito unos 400.000 ejemplares, en un país de 40 y pico millones de habitantes: uno de cada cien habitantes leía ese diario exitosísimo. No era masivo, y aun así tenía una influencia importante. El buen periodismo nunca fue masivo. Ojalá lo fuera, pero no lo es. Entonces, me parece tener eso en cuenta y no caer en la trampa de querer ser algo que, lamentablemente, no corresponde a la idea de hacer un buen trabajo”.

“Ser capaces de contar bien”

No creo que la crónica esté ni peor ni mejor ahora que hace diez años. Me parece que, si acaso lo que vale la pena de aquello que llamamos crónica, es ser capaces de contar bien cualquier cosa, no sobre algunas cosas extrañas. Contar mejor todo lo que contamos. A mí, si algo me interesaría que pasara con la crónica, por llamarlo así, sería que más periodistas en todo tipo de espacios, de géneros, contaran mejor, que esto sirviera para contar mejor. Eso sería lo interesante que podría hacer la crónica.

“El virus no acabará con los diarios en papel”

No creo que ésto termine con el papel (edición impresa). No creo que gente que hasta hace dos meses le gustaba leer en papel, ahora le deje de gustar. La posibilidad de leer en pantalla lleva 20 años. No es que nadie se va a enterar ahora de que eso es posible. Siguen usando el papel, lo seguirán usando. Seguramente van a ser cada vez menos y que dentro de diez años casi no hayan, pero no por este evento. Yo creo que, al contrario, cuando se termine esto, una cantidad de nostálgicos podrá decir “por fin puedo comprar el diario y tomar un café mientras leo el diario”. Será una reivindicación, como esos que dicen que te van a abrazar muchísimo. Dentro de esa furia nostálgica de recuperación del tiempo felizmente perdido, seguramente el leer en diario en papel formará parte.

(...) Yo creo que, al contrario, cuando se termine esto, una cantidad de nostálgicos podrá decir “por fin puedo comprar el diario y tomar un café mientras leo el diario”.

“En los medios, la pandemia tiene un lugar hegemónico, allí donde del hambre no se habla nunca”

“Por varias razones, el hambre y esta pandemia son casi simétricamente opuestas. En los medios, la pandemia tiene un lugar hegemónico, absolutamente monopolizador, allí donde del hambre no se habla nunca. Y la respuesta del mundo es mediata y masiva para este virus, cuando la respuesta del mundo al hambre es prácticamente inexistente. La razón es que el hambre solamente les sucede a otros, a los negros africanos, a algunos indios y a algunos sudacas por ahí, mientras que el virus este se ha establecido en los países ricos, en las democracias occidentales y alguna potencia como China. Está claro que esa es la gran diferencia”.

“Todavía ahora, todos los años mueren de malaria alrededor de 400.000 personas, según la OMS. La mayoría, el noventa y tantos por ciento, en África. La malaria es una enfermedad que tiene cura perfectamente organizada, es más, se sabe cómo se previene. De esa enfermedad que se sabe cómo prevenir, cómo curar, mueren 400.000 personas al año. Nadie habla de eso, nadie se desespera de eso. Y el hambre es como la malaria, afectando a más gente. Son simétricamente opuestas las enfermedades de los pobres y las enfermedades, de algún modo, igualitarias, como se supone que es el virus”.

¿Cómo hacer periodismo en un contexto donde el contenido se mide más por los likes?

“Eso depende de cada uno, de las ganas de pelearse que tenga cada uno. A mí nunca nadie me dijo “Vení, tenés un mes, cinco mil dólares y 20 páginas. Escribe lo que quieras”. Más bien, al revés. Cuando volvía y había conseguido ir a algún lugar donde pasaba algo interesante, meterme en una historia que me gustaba, volvía con los 30.000 caracteres. Me tenía que pelear a gritos. Todavía tengo que pelear, a veces, para que me lo publiquen. Me sorprende. Depende de las ganas que uno tenga de pelearse. Si no tienes, es totalmente válido. Cada uno decide qué tipo de vida quiere tener, qué tipo de importancia le da a su trabajo. Yo, en principio, soy muy caprichoso, trato de que se respete. Pero nadie te va a venir a pedir que hagas lo que quieres hacer. Lo de los likes es la versión contemporánea de lo que ha pasado siempre, no es que ahora esté peor. Los tiempos son más o menos difíciles todos, y éste tiene la dificultad de los likes; el otro tenía la dificultad de que no alcanzaba el papel, y otros de que había demasiados avisos. Y uno siempre ha podido elegir entre aceptar los límites que te ponen y, eventualmente, hacer una buena carrera gracias a esa capacidad de aceptación; o ser hinchapelotas e impaciente, no aceptarlos y buscarse la vida, y a veces, sale y a veces no sale, y a veces podes, qué vas a hacer”.

 

  • Roberto Navia Gabriel es periodista. Obtuvo el premio Ortega y Gasset del diario El País de España y el I Premio de Crónica de El Deber. Dos veces ganador del premio Rey de España.

En tiempos de cuarentena y restricciones usted necesita estar bien informado. Por eso, Página Siete pone temporalmente a su disposición de forma gratuita, nuestra edición de papel en versión digital. Para verla haga clic aquí.

Este servicio, con contenidos especiales y enfoques propios de las principales noticias del día, será parte de la App que lanzaremos próximamente. 

10