Especial #PremioNacionaldeCrónica

Bartolomé Arzáns de Orsúa y Vela está de moda

Si el nuevo periodismo norteamericano enfatiza en las historias bien contadas ¿cuál es el énfasis de la crónica latinoamericana? Quizás aquella sea herencia de don Bartolomé.
domingo, 5 de abril de 2020 · 00:04

Señales de humo / #DeLaEditora

Si no fuese por esta pandemia, los viejos seguirían en el más ingrato anonimato en el que malviven. Aún así, sabemos que ahora mismo, a la hora de elegir quién vive y quién no, ellos son los elegidos para partir primero. Sin embargo, dado que las crisis nos sacuden los cimientos y el mundo está más verde, las aguas cristalinas y los animales confiados visitan las ciudades al mismo tiempo que nuestras conciencias se golpean el pecho, quizá seamos capaces de recuperar el valor de los abuelos de nuestra tribu. He ahí don Bartolomé Arzáns de Orsúa y Vela, cuyo nombre largo huele a lejos y cuya vida –y obra- novelesca como novelescos somos todos en el escabeche de la historia rancia, tomamos para bautizar nuestro Premio Nacional de Crónica.

 

No es para menos. Y no porque la obra de este potosino sea considerada la primera de la literatura boliviana, sino por el valor de su trabajo como cronista. ¿Qué sería de nosotros -que creemos que el mundo comienza cuando nacimos y termina cuando morimos- sin alguien que nos constase cómo era el mundo antes de nosotros?

Entonces, de nuevo. No es para menos, pues el potosino don Bartolomé (1676-1736) se dedicó con gran afán a recoger hechos, costumbres, leyendas, eventos y haceres de la vida cotidiana de la Villa Imperial de Potosí en tiempos de la Colonia para luego escribirlos, unas veces con mayor precisión en los datos, otras con mayor énfasis en la ficción. El resultado fue su monumental obra Historia de la Villa Imperial de Potosí. Así, cual periodista de nuestros tiempos, don Bartolomé fue un hombre curioso, de buen ojo, de buen oído y, por lo visto también de buen parecer pues su mirada –y su pluma- estuvieron puestas en la crítica del abuso español a los nativos.

Ese simple hecho de mirar –escuchar, vivir- y contar, fue fundamental para que siglos después pudiésemos nosotros tener alguna idea de cómo se vivía y se pensaba en aquel tiempo. Y decir cómo no es poca cosa. Porque en la vida cotidiana –como ahora mismo nosotros, en las calles en noviembre o en las filas del mercado, o en nuestras casas recluidos- se comprenden nuestras más profundas relaciones políticas, sociales, culturales y amorosas, cómo no.

Ciertamente, ese modo de narrar ha cambiado. Hoy la crónica es otra cosa. Una escritura compleja que poco tiene que ver con un relato cronológico meramente descriptivo, sino que es, sobre todo, un modo de mirar el mundo y por lo tanto de contarlo. Un modo complejo porque además de recurrir a información y datos como el más hábil reportero, el cronista es un buen analista de su cosecha –he ahí su mirada y su propuesta- y un mejor escritor. El resultado es una robusta historia  real que se lee como una buena obra literaria.

Pero hay además otra particularidad, y es que la crónica latinoamericana es sobre todo política. Y esto se debe, sostengo yo, a la complejidad misma de nuestra historia que, plagada de revueltas, necesidades y demandas nunca satisfechas, parece ser un parto infinito. Los norteamericanos, en cambio, cultivaron la crónica -periodismo narrativo o nuevo periodismo- porque buscaban contar historias, no redactar noticias. (En ambos casos, la noticia nunca fue suficiente para comprender la complejidad de un hecho). Buscaban historias para luego narrarlas con maestría. Su énfasis fue la escritura misma.

A nosotros nos urgía la denuncia, la inquietud, la incomodidad de un paisaje social y políticamente complejo que no pudo ni podrá caber en ningún otro relato de la manera en que cabe y desborda en la crónica. Nuestro énfasis fue la mirada.

Quizá por eso hace algunos años se demandó a la crónica latinoamericana dejar de un poco de lado su carácter dramático centrado en la pobreza y todos nuestros pesares conocidos y explorar otras vetas más amables de la vida cotidiana. Y aún así la mirada fue excepcional. Será que nuestra crónica tiene el gen potosino de la mirada crítica.

Don Bartolomé Arzáns sobrevivió a la epidemia que vivió Potosí en 1719. Sobrevive en los anales de la historia y da vida a nuestro Premio Nacional de Crónica que inicia su segunda convocatoria este 2020.

  • Cecilia Lanza Lobo es editora de la revista Rascacielos.

 

 

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