Fotogalería

La fotógrafa de Buena Vista

Sorprenderse ante la luz que brilla en medio de hojas y flores, vivas o muertas, es una experiencia que Anita Lüdke retrata en sus fotografías artísticas. El primerísimo primer plano que utiliza regala acuarelas inimaginables. Nació en Alemania y hace 25 años eligió vivir, cada vez con más frecuencia en Bolivia, específicamente en Buena Vista, Santa Cruz.
domingo, 24 de mayo de 2020 · 00:04

Svetlana Salvatierra Frontanilla

 

Observar es una cualidad, más aún cuando el resultado del verbo en acción se convierte en arte. En el Siglo XXI, en el que lidera la tecnología, un smartphone es también un instrumento para los artistas que observan. A los pinceles y cinceles se suman los botones de las cámaras de los teléfonos celulares. Sí, hacer click es una oportunidad para reflejar emociones que la naturaleza provoca y Anita Lüdke provoca a los sentidos.           

“A ti te gustó la imagen del cazador, más yo no me veo así. Pero es bueno que este concepto haya surgido, ya que me obliga a formular lo que es: no es disparar o ir de cacería y ponerse al acecho. Mi actitud es prácticamente la opuesta. De repente ocurre y soy sorprendida. Mi mirada se enreda en alguna cosa que normalmente no resalta, que no es significativa pero cobra belleza con la luz del sol. Es una joya”, cuenta Anita, mientras sus ojos brillan al mostrar sus fotografías, en su estudio.

Mi mirada se enreda en alguna cosa que normalmente no resalta, que no es significativa pero cobra belleza con la luz del sol. Es una joya.

Ella estudió en Berlín, trabajó como arquitecta y artista y allá conoció a su esposo José Mulder Roca, un boliviano de profesión etnólogo, orureño con ascendencia cruceña y holandesa. La vida profesional los contactó y decidieron compartir sus vidas. Visitaron Bolivia y después de muchas travesías decidieron retornar en 1996 eligiendo habitar en Buena Vista. Combinaron naturaleza y arquitectura para construir su casa en medio del bosque. Diseñaron para el techo una amplia y circular terraza que entre frondosos árboles de mangos son el perfecto encuadre para disfrutar de la imponente vista del Parque Nacional Amboró, un área protegida de Bolivia con una de las reservas con mayor diversidad en el mundo.

Anita Lüdke y José Mulder Roca.

Anita recuerda que tuvo un segundo shock cultural por las diferencias drásticas entre ricos y pobres. Años atrás, más joven, estuvo confrontada con esa problemática en un viaje que hizo al África occidental. En Bolivia aprendió a convivir con esas discrepancias manteniendo su corazón abierto. Visitaron el Salar de Uyuni, la Laguna Colorada, el lago Titicaca, los paisajes tarijeños, los valles, los Yungas, los ríos caudalosos del oriente. Se enamoró de la apariencia escultural del altiplano que considera dueño de una singular poesía guardada en la espectacular luz de los Andes. Quiso vivir en el Valle de Dalí, más allá del Salar de Uyuni y construir una casa de vidrio generando un microclima con plantas tropicales del país. José asienta con una nostálgica sonrisa y recuerda que “quería que esa casa refleje la abundancia de las formas en múltiples tonos de colores pastel”.

Quiso vivir en el Valle de Dalí, más allá del Salar de Uyuni y construir una casa de vidrio generando un microclima con plantas tropicales del país. José asienta con una nostálgica sonrisa y recuerda que “quería que esa casa refleje la abundancia de las formas en múltiples tonos de colores pastel”.

Hasta que una mágica falla mecánica del jeep en el que solían viajar los detuvo al borde del Parque Nacional Amboró, a 20 kilómetros de Buena Vista, pueblo fundado por sacerdotes jesuitas el 26 de febrero de 1723. Hoy es capital de la provincia Ichilo del departamento de Santa Cruz. “Esa caminata nocturna  por una senda bordeada por frondosos árboles y bajo brillantes estrellas, atravesando caseríos y luego vadeando ciegamente el río Surutu fue la más bonita que tuve en Bolivia. Llegamos justo en la fiesta de Buena Vista que duró tres días y fue una oportunidad para conocer a las personas y el ambiente del lugar. Durante esa estadía me encantó encontrar colores fuertes y concentrados ocultos entre las diversas capas del verde que se veía por doquier, cuya estructura y organización evadía la posibilidad de abarcar con una mirada rápida lo que había tras de ella”.

Durante decenas de años fue una amante convencida de que la jungla urbana artificial de las ciudades y pronto la intrincada naturaleza tropical arrollaba su vista y la confundía. Fue un día en Montero cerca del atardecer, después de una fuerte lluvia, cuando vio cómo en una tienda de garaje destellaba la luz de un rayo de sol sobre una enorme cantidad de granos de maíz apilados hasta topar el mismo techo. El maíz se había convertido en un enorme río de oro que a un lado volcaba su riego cubriendo un pequeño catre con un niño jugando y al otro lado cubriendo segmentos de un escritorio y una silla. “Lo que para mí hasta entonces eran simplemente objetos que existían uno al lado del otro, empezaron a ser percibidos como un todo sensual”.

"Seda" / Fotografía de Anita Lüdke.

Inicialmente se dedicó a pintar el sonido de la naturaleza con la referencia de los colores intensos que observaba, pasando del amarillo al rojo ensordecedor de los grillos cuando el sol se oculta. Años más tarde pasó a la fotografía para captar detalles de esa naturaleza no domada, que según ella se va perdiendo bajo las condiciones de explotación y destrucción a la que es sometida.

Años más tarde pasó a la fotografía para captar detalles de esa naturaleza no domada, que según ella se va perdiendo bajo las condiciones de explotación y destrucción a la que es sometida.

“No quiero matar a la naturaleza ni simbólicamente para luego colgarla como si fuese un trofeo en la pared. Me gusta sorprenderme con las hojas que se desprenden de los árboles y relucen nuevamente cobrando vida. El asombro y la sorpresa está en pinturas que se me presentan en pequeños espacios donde las formas, los colores y la luz forman un perfecto conjunto abstracto”. Es el momento del primerísimo primer plano, bien enfocado, y luego Anita hace click en el botón de la cámara de su iPhone, en un modelo ya antiguo.

"Bolsito" / Fotografía de Anita Lüdke.
"Encuentro" / Fotografía de Anita Lüdke.

Con Peggy, la perrita, y seguida por uno o más de los 11 perros que han ido acogiendo en su hogar, sale a caminar por el bosque. Sigue la luz del sol y sus sombras, esas que se pierden en los resquicios del pétalo de una flor de plátano descansando sobre un pedazo de tronco y se acerca eligiendo el mejor ángulo. Es cuando el  amarillo del borde del pétalo se une a los azules y negros intensos de la flor y termina en los rojos del borde enroscado. Ese enfoque se convierte en una hermosa acuarela que muestra la vida y muerte de una planta que da alimento al ser humano y a los habitantes del bosque.

Ese enfoque se convierte en una hermosa acuarela que muestra la vida y muerte de una planta que da alimento al ser humano y a los habitantes del bosque.

“Aquí estoy, conmovida con la vida interna de la naturaleza, su ser y su expresión. A las cinco de la tarde los insectos y las aves hacen un concierto tan fascinante que puede superar a una concierto de orquesta. La armonía de la naturaleza es hermosa; algo que me ha permitido entender la paz”.

Es enfática al destacar que más que interpretar a la naturaleza hay que sentirla y valorarla. Con la serie de fotografías de hojas es feliz de aportar un grano de arena para que los seres humanos cuidemos la importante relación del hombre con la naturaleza.

 

  • Svetlana Salvatierra es periodista y especialista en comunicación estratégica.

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