Crónica

Mi abuela no usaba blue jean

En algún lugar muy preciso tendrá sede el Club de Abuelas del Universo. Allí se encontrarán y, mandarina tras mandarina, nos harán sentir ese amor de otro planeta.
domingo, 24 de mayo de 2020 · 00:07

Pilar Soruco

 

Mi abuela materna murió antes de que yo cumpliera dos años y la paterna tenía doce nietos: seis mujeres y seis varones. Yo no estaba entre los nietos preferidos.

Tenía dieciséis años cuando ella murió y no recuerdo habernos abrazado y reído juntas nunca, como tengo ahora la felicidad de hacerlo con mis nietas, cada vez que puedo.

Pero la vida ofrece compensaciones emocionales que hay que saber aprovechar.

Nuestra vecina, la señora Zoila Machicao de Pacheco, a quien mi hermano Joaquín puso como apodo cariñoso Chontita, fue para mis hermanos y para mí esa abuela cariñosa, malcriadora, divertida, que todo niño necesita para su crecimiento y desarrollo personal.

Zoila Machicao, la abuela Chontita

Nuestra Chontita tenía dos hijos, Carlos y Cuca, cuya diferencia de edad con nosotros nos permitía usar y abusar de esta abuela postiza sin provocar celos de hijos. Ellos nos miraban con ternura y nosotros a ellos con admiración. Especialmente yo a Carlos. Tenía cinco años, él tenía veinte, estudiaba arquitectura, y no tengo problema en declarar públicamente que el enamoramiento de una niña de cinco años puede ser tan importante como el de una de veinte. Pero Carlos tenía novia, Teresa, y no me esperó, se casó con ella. Se lo repito siempre: “No me esperaste Carlitos”.

Nuestra Chontita tenía dos hijos, Carlos y Cuca, cuya diferencia de edad con nosotros nos permitía usar y abusar de esta abuela postiza sin provocar celos de hijos.

Nuestra Chontita, mi Chontita, era muy divertida, reíamos mucho con ella. Nos contaba las historias de Apolo, donde nació. Nos hacía probar los productos que de allí le mandaban sus parientes: “las hormigas culonas” tostadas, unas frutas cuyos nombres eran tan difíciles de pronunciar que no quedaron en mi memoria, pero sí sus sabores en mi paladar.

ilustración de Kevin Valle / estudiante DGR UCB

Se sentaba en la terraza con nosotros a jugar y me daba unos besos rojos. En la noche mi papá, al llegar de la oficina, me miraba la cabeza y me decía: “¿Estuviste con la señora Zoila, ¿verdad”. Ella había dejado su indeleble marca de abuela en la cabeza de su nieta favorita de pelo claro. Porque qué pena decirles a sus nietas verdaderas, aunque sé que comprenderán porque me quieren tanto como yo a ellas: Chicas, yo fui la nieta favorita de su abuela Zoila.

En la noche mi papá, al llegar de la oficina, me miraba la cabeza y me decía: “¿Estuviste con la señora Zoila, ¿verdad”. Ella había dejado su indeleble marca de abuela en la cabeza de su nieta favorita de pelo claro.

Mi Chontita estaba casada con un destacado artista boliviano, el pintor Armando Pacheco. Don Armando, alto y de voz gruesa, era severo y como todos los artistas plásticos tenía sus manías. No permitía que extraños entraran a su taller de pintura. Menos a mí, para envidia de toda la familia. A los cinco años aprendí a usar la paleta, a tensar la tela sobre el bastidor y a medir la cantidad de óleo en el pincel.

Me daba papeles para dibujar, mientras él pintaba. Luego “exponía” mis dibujos en el corredor de la casa invitando a mi “colega” Pacheco a que opinara. Calculo que para entonces don Armando ya bordeaba los cincuenta años. Pacientemente recorría la exposición y en cada dibujo hacia un alto y un comentario onomatopéyico: ¡Humm! ¡Oh! ¡Ajá! Me hacía un cariño y se iba a almorzar.

Ruperta, que trabajaba con los Pacheco, era buena cocinera y con la experticia que en esas artes tenía mi Chontita, entre las dos me ofrecían los mejores platillos: escabeche de trucha, mi preferido. Siempre fui la primera que metió el tenedor en el frasco donde reposaba el escabeche para deleitarme con ese sabor irrepetible. Nunca más lo probé después de que mi Chontita murió.

Chontita, la abuela "postiza".

Una tarde de invierno paceño, después de almuerzo, estábamos mi abuela adoptada y yo sentadas en la grada exterior de su casa con una canasta de mandarinas al lado disfrutando el sol. De repente, en ese cielo azul impecable, vimos aparecer una bola de metal que por momentos parecía acercarse y por otros alejarse.

Mandarina tras mandarina, estuvimos observando divertidas el movimiento de la bola de metal, apostando entre nosotras a qué lado se movería, mientras engullíamos otra mandarina más.

Cuando llegó su hija Cuca a la casa, preguntó qué nos provocaba tanta risa. Le explicamos que la bola de metal se movía y que apostábamos entre nosotras hacia qué lado se movería. La que perdía, tenía que comerse una mandarina más.

Cuca miró hacia el cielo, vio la bola, pegó un grito y subió corriendo a llamar al Observatorio de San Calixto. Era 1962, tenía nueve años, próxima a cumplir diez. Mi Chontita para entonces tendría 50 o 55. A los pocos minutos de que Cuca habló con el Observatorio donde le confirmaron que sí, que habían detectado un OVNI, la bola partió velozmente y se perdió en el azul del cielo.

Era 1962, tenía nueve años, próxima a cumplir diez. Mi Chontita para entonces tendría 50 o 55. A los pocos minutos de que Cuca habló con el Observatorio donde le confirmaron que sí, que habían detectado un OVNI, la bola partió velozmente y se perdió en el azul del cielo.

ilustración de Victoria Delgado / estudiante DGR UCB

Mi Chontita era guapa, morena, de ojos color miel y tenía una dentadura perfecta. Don Armando le decía Negra. Recuerdo haber conocido también a su mamá, una señora linda pero de gesto adusto y clarísimos ojos azules.

Pasó el tiempo, me casé, me fui a vivir a Sopocachi y a los pocos años mi Chontita, para mi felicidad, se fue a vivir a tres cuadras de la mía, a una casita diseñada por su hijo Carlos, con el principal objetivo de brindar a su padre un taller de pintura que tuviera la mejor luz solar. Y lo logró.

En el jardín, mi Chontita tuvo el placer de cultivar sus rosales que amaba y de cuyos colores raros ella se sentía orgullosa: había rosas lilas, otras casi negras, un amarillo tan fuerte que parecía zapallo y otro tan suave que era casi blanco.

Los perritos fueron importantes en su vida, la Minnie, con sus ojos negros como canicas, fue la favorita de todos. Pero además mi Chontita tenía una habilidad sobrenatural con los animales. Criaba unos tordos y los criaba sueltos. Un día, los cuatro tordos se pararon en fila en la escalera de madera que estaba apoyada en forma horizontal a una pared; se cayó la escalera y los cuatro tordos quedaron atrapados por el cuello. Ella lloró.

Nacieron mis hijos, uno el año 1981 y el segundo el año 1982. Todas las Navidades, el 24 de diciembre en la mañana, nuestra tarea era ir a abrazar a la “abuelita Zoila” y llevarle su regalo de Navidad. Había yo traspasado a mis hijos ese abuelazgo, pero celosa yo del nombre de mi Chontita, para ellos ya fue la “abuelita Zoila”.

ilustración de José Alejandro Zapata / estudiante DGR UCB

En su casita de la calle Vincenti nos esperaba para dar a mis hijos pequeños panetones que hacía con sus manos y mucho amor para agasajarlos, y a mí también me tocaba uno pero grande.

Cada año mis hijos y ella se paraban al lado de un cuadro suyo (ella también pintaba y muy bien) y yo les tomaba una foto. Tengo la colección de esas fotos; en las primeras ellos no alcanzaban ni la cintura de la abuelita Zoila; en las últimas sobrepasaban el tamaño de la abuelita Zoila y la ubicación del cuadro. Me tocó de herencia ese cuadro y un carboncillo de un desnudo de mujer, de mi colega Armando Pacheco.

Cada año mis hijos y ella se paraban al lado de un cuadro suyo (ella también pintaba y muy bien) y yo les tomaba una foto. Tengo la colección de esas fotos; en las primeras ellos no alcanzaban ni la cintura de la abuelita Zoila; en las últimas sobrepasaban el tamaño de la abuelita Zoila y la ubicación del cuadro.

Se enfermó mi Chontita, ya estaba mayor. Cuca me llamó para decirme que estaba en terapia intensiva pero que se encontraba estable. Que a terapia intensiva no me permitirían entrar a verla pero que ella me tendría al tanto.

Aquella tarde yo tecleaba como loca un recurso en mi bufete del Edificio Hansa. Eran las cuatro y media de la tarde y el vencimiento era al día siguiente. De pronto “sentí” que tenía que ir a ver a mi Chontita; grabé la mitad del documento, apagué la computadora y salí corriendo, tomé un taxi de la Mariscal Santa Cruz al Hospital Obrero. Nunca me pareció tan largo el camino.

Ya ni sé a que hora llegué al Obrero. Las puertas ya estaban cerradas para las visitas. Lloré ante el guardia, le conté mi vida, le imploré y quince minutos después me dijo: “Pase…, pero se apura”.

En la salita delante de terapia intensiva, una enfermera con cara de tener pocas pulgas me dio una cátedra de por qué no podía entrar a ver a mi Chontita a terapia intensiva a esa hora y sin ser su pariente directa.

Aproveché que la furiosa fue requerida en algún otro lugar y me metí, sin permiso, sin delantal, sin tapaboca. Mi Chontita estaba en una cama en medio de otras dos enfermas, conectada al oxígeno, y aún así respiraba con dificultad. Sus ojitos se llenaron de lágrimas al verme, la tomé de la mano y le dije: Chontita he venido a que me digas tu talla, voy a comprarte unos jeans. Ella sonrió y me mostró sus dientes perfectos. “Periquita, mi gringa –musitó-, yo no uso blue jean”.

(...) Chontita he venido a que me digas tu talla, voy a comprarte unos jeans. Ella sonrió y me mostró sus dientes perfectos. “Periquita, mi gringa –musitó-, yo no uso blue jean”.

Nos dimos un beso en la boca y le solté la manito diciéndole: “Te quiero mucho”. Ella susurró: “Yo también a ti”. Y salí de allí sin mirar atrás. Salí a tiempo. La enfermera corría por el pasillo echa un basilisco, dispuesta a pegarme si hubiera sido necesario.

— ¡Señora…! ¡Le dije que no podía entrar!, me gritó.

— ¿Sabe cual es el problema señorita, le respondí. —El problema es que mi abuela no usa blue jean. Hasta luego.

Y dejándola pasmada, perpleja y sin habla, apuré el paso para llegar al ascensor donde antes de apretar el botón de planta baja me puse a llorar apoyada en el espejo.

A las siete de la mañana del día siguiente recibí la llamada de Cuca. Antes de hablar, yo sabía el motivo: “Periquita, mi mami se ha ido anoche”.

Mi Chontita, mi abuela postiza, se fue con mi beso de nieta, como quisiera irme yo ahora que soy abuela de tres preciosas nietas, Rafaela, Alicia y Sofía. Así quisiera irme para juntarme con mi Chontita en el Club de Abuelas del Universo que seguramente tiene sede en la bola de metal que vimos con ella un día de invierno en el inmaculado cielo azul paceño. Allí van las abuelas antiguas y modernas que se van de la tierra para siempre. Algunas van ahora de calza o pantalón apretado, pero la mía, la mía, no usaba blue jean.

Así quisiera irme para juntarme con mi Chontita en el Club de Abuelas del Universo que seguramente tiene sede en la bola de metal que vimos con ella un día de invierno en el inmaculado cielo azul paceño.

ilustración de Leyla Manjón / estudiante DGR UCB
  • Pilar Soruco Etcheverry es abogada y profesora universitaria. Escribe cuentos infantiles para sus nietas.

  • Este texto fue publicado en el número 39 de Rascacielos, el 21 de octubre de 2018. Publicamos hoy como homenaje al Día de la Madre porque como habrán visto al leer este texto, las abuelas son esas madres de otro planeta. 

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