Confesiones

Chernóbil

El 26 de abril de 1986, un reactor de la central nuclear Vladimir Ilich Lenin en Prípiat, estalló. Fue el mayor accidente nuclear antes del ocurrido en Fukushima (2011). Si no aprendimos nada, volvamos a machacar sobre la historia.
domingo, 3 de mayo de 2020 · 00:05

Chernóbil

En el contexto de la Guerra Fría que dividió el mundo en dos bandos liderados por dos potencias, Estados Unidos y la Unión Soviética, mostrar la mínima debilidad implicaba una derrota frente al enemigo. Por eso, la gravedad de la explosión de la central nuclear de Chernóbil en la URSS el 26 de abril de 1986 intentó minimizarse. El silencio de sus responsables soviéticos, que cubrió la magnitud de los hechos, fue letal para la propia humanidad. Treinta y cuatro años después, ese lugar del mundo sigue siendo una amenaza latente a pesar de la estupidez humana, incluidos los turistas que se pasean por allí con la venia del gobierno.

Hace pocas semanas un incendio en las proximidades de Chernóbil tuvo a su población en vilo y al mundo mirando con un ojo; el otro ojo estaba y sigue puesto en el virus que nos rodea. Nada de eso pasa hoy inadvertido, pues si algo estamos aprendiendo en ésta que parece una Guerra Tibia, es que la intervención humana en el ecosistema que nos acoge es la verdadera amenaza que habrá que modificar.

Chernobyl (en inglés) es el nombre de la serie televisiva que HBO lanzó el año pasado. A continuación una nota publicada en esa ocasión a propósito aquella producción.

(Cecilia Lanza, editora)

 

Las cosas que perdimos en el fuego

Adrián Nieve

Dicen que la diferencia entre horror y terror es el tiempo. Mientras que el terror es la anticipación de lo horripilante, el horror es la reacción a lo aterrorizante. Entonces, eso que se siento al ver Chernobyl, la miniserie de HBO, ¿qué es?

Creada y escrita por el guionista Craig Mazlin esta miniserie tiene varias cualidades que la hacen brillante. Sí, la cinematografía, la producción, las actuaciones, todo eso contribuye a entregar un producto poderosísimo, pero lo mejor es el guión que se da la tarea de hacer de lo complejo algo simple, y lo logra al ficcionalizar hechos reales sin nunca faltar a la verdad. ¿Esto de las manos del tipo que escribió las tres películas de Hangover? Pues sí.

Treinta y cuatro años después de la explosión de la central nuclear de Chernóbil en el poblado de Prípiat, nosotros –el nosotros colectivo, el que nos reduce a todos a iguales– estamos sentados frente a una pantalla viendo la serie y horrorizándonos con lo que vemos. ¿De verdad? ¿Esto es posible? ¿Cómo es que recién me estoy enterando? ¡Qué horror!

La central nuclear de Chernóbil / Fotografía Pixabay

Terror y horror alimentan Chernobyl. Un pasado que hoy está muy presente y que se advierte en una escena del primer episodio de la miniserie que funciona como un espejo de nuestra actualidad. La explosión acaba de suceder, es de noche, pero eso no evita que la gente se junte en un puente a observar el fuego en la lejanía. “No vi la explosión. Solo las llamas”, dice alguien en Voces de Chernóbil, el libro de Svetlana Alexiévich, y eso es lo que pasa en esta escena. Gente común, gente del día a día –niños, ancianos, jóvenes, adultos, hombres, mujeres, perros, gatos–, todos están parados en un puente mirando el fuego y el humo, ese que se eleva en el horizonte y trae algunas cenizas al puente, mientras que la cinematografía se encarga de recordarnos que esas cenizas en el aire, ese humo en la lejanía, están matando a esa gente. Es un veneno imperceptible llamado radioactividad que los está condenando sin que ellos puedan saberlo.

¿Cómo le llamas a eso? ¿Terror? ¿Horror?

Otra escena. Tres hombres sentados bajo un cartel de propaganda gubernamental que reza: “Nuestro objetivo es la felicidad de toda la humanidad”. El trío acaba de terminar una tarea ingrata: matar a todos los animales de la zona, domésticos o salvajes, para evitar que la radiación se propague. Con fusiles recorrieron Prípiat y sus alrededores repartiendo balas, porque a los animales no se los salva, no se les da tratamientos –eso es beneficio humano–, a ellos se los sacrifica y se los lanza a una fosa común que luego será cubierta por cemento y olvidada. Así nomás. Sin placas, sin medallas, sin nada.

Central nuclear de Chernóbil / Fotografía Pixabay

Claro, los animales no votan.

En el último episodio, uno de los peces gordos del gobierno soviético dice: “¿Por qué preocuparnos de algo que no va a suceder?”. Esa debe ser la mejor frase de toda la miniserie. Sí, hay muchas más intensas como: “Cada mentira que contamos es una deuda con la verdad”, pero yo me quedo con esta porque demuestra algo que en la serie se refuerza constantemente. Esta catástrofe no solamente fue consecuencia de errores muy humanos sino que nadie aprendió nada de ello. Muchas vidas cambiaron, sí. Mucha gente adquirió conciencia, sí. Craig Mazin llenó cinco horas de nuestras vidas con los horrores y terrores de vivir en sociedades burocráticas, sí. Pero nosotros –el nosotros colectivo, el que nos reduce a todos a iguales–, ¿aprendimos algo?

Cuando pasó lo de Chernóbil, la postura oficial del gobierno fue que una catástrofe nuclear global no era posible en la URSS. Es decir que el gobierno soviético intentó ocultar la verdad.  Salto a este año, 2019, cuando los medios oficiales –léase oficialistas–  rusos declaran que Chernobyl es un embuste, que ellos sacarán su propia serie sobre un agente de la CIA y su rol en la catástrofe. Unos meses después hubo una explosión nuclear en una base militar cerca de Nyonoska. Unos meses más y fuego en la Chiquitanía, fuego en la Amazonía. Y entonces las historias se repiten: ni Rusia, ni Brasil, ni Bolivia son capaces de mirar sus problemas de frente. Las motivaciones varían, pero el efecto sigue siendo el mismo. Una huella queda en el planeta en forma de ciudad fantasma en la que sobreviven perros y gatos vagabundos, durmiendo encima de las tumbas anónimas de sus antepasados, y animales envueltos en las llamas desapareciendo de la faz de la tierra, reducidos a cenizas en bosques calcinados.

Ruinas en Prípiat / Fotografía Pixabay

Chernobyl, la serie, el evento, hace evidentes los horrores y terrores de la burocracia. Nos muestra que el peligro más grande somos nosotros, porque somos quienes ayudamos a que la gente que está en el poder se mantenga arriba; somos quienes nos conformamos con tres chivos expiatorios y no asumimos la responsabilidad que también nos toca por los líderes que ayudamos a elegir. “¡Yo no voté por ese tipo!” estás diciendo, pero recuerda: eres parte del nosotros colectivo; somos quienes tenemos que vivir las consecuencias del fuego, del humo, de todo lo que pasó en Chernóbil, en la Amazonía, en Roboré.

Somos ese grupo de gente mirando el fuego desde el puente, respirando los humos radioactivos que trajo la explosión, muriendo porque no sabemos el verdadero alcance de las consecuencias. Somos ese incremento del 30% en el turismo a Chernóbil desde el estreno de la miniserie. Somos esos que marchan y ayudan cuando aparece la catástrofe, pero que vamos perdiendo la noción de terror y horror que conocimos al incinerarnos. Somos esas publicaciones de Facebook que solo quedan en palabras, que nunca pasan al acto y luego se preguntan qué fue lo que pasó, cuando en el fondo la culpa la tenemos nosotros –el nosotros colectivo, el que nos reduce a todos a iguales–. Estamos tranquilos porque no sabemos cuántas cosas perdimos en el fuego.

 

  • Adrián Nieve es un escritor nacido en La Paz y pervertido en Sucre; escribe verdades que también son mentiras. Ha publicado dos novelas y le apasionan el cine, la literatura, los perros, los gatos y la fotografía

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