Crónica

El último sábado de las señoras sonrientes. ¿Qué será de las caseritas?

Florita es “dulcera” en la calle, Ely tiene su puesto de fotocopias y la señora de la sonrisa grande es “comidera” en la esquina. ¿Pueden ellas acaso hacer delivery o migrar al mundo digital? Pensar en la migración de los negocios informales a la nueva economía nacional no es simplemente un ejercicio de administración, supone además migrar el imaginario cultural de un país.
domingo, 3 de mayo de 2020 · 00:07

Texto y fotos de

Mar Buendía

La rutina de los estudiantes de la Facultad de Humanidades en La Paz incluye 3 cosas esenciales: la cafetería de la Torre Orías, las fotocopiadoras y las caseritas de la puerta, en la avenida 6 de Agosto.

Esa concurrida avenida es un verdadero escenario mixto y vistoso en horas pico: trabajadores de un lado a otro, universitarios interrumpiendo el paso o corriendo a clases, niños pequeños siendo arrastrados por sus padres siempre tarde para algo. Y, al medio de todo, imperturbables, las caseritas. La mayoría de ellas son las conocidas “dulceras”, su repertorio de venta incluye golosinas de todos los colores, refrescos, agua, tarjetas de crédito para celular, anécdotas y consejos. 

Todas ellas, sin excepción, asumen un rol maternal con sus “caseritos”. ¿Será porque están entre una universidad y un kínder?, ¿será que pasan más horas al día viendo a los hijos de alguien más que a los suyos?, ¿será que las madres bolivianas llevan su abnegación a todas partes? No lo sé, pero sí puedo dar fe de que su interés por nosotros, los “caseritos”, es genuino. 

Ilustración Ana Medinaceli / estudiante DGR UCB

Consejos, anécdotas y dulces

Todos sabemos cómo funciona la cosa con las caseritas, escoges a la tuya y es como un contrato de larga duración: no le compras a otra. La única excepción es si la tuya no tiene lo que quieres y ella misma te dice que la vecina sí tiene y que le compres a ella. No es que sean rivales, de hecho, entre ellas son una fuerza colectiva, pero respetan a los caseros de la otra. Es una intrincada relación de amistad, competencia y clientes. 

La mía es doña Florita. Pelo rizado, siempre sonriente, parece un alma en pena escuchando las historias tristes de todos, pero es una mujer valiente y con mucha chispa. El año pasado, en los problemas de octubre, una amiga y yo tosíamos por los gases lacrimógenos y ella se reía contándonos que en su época, allá en los días de CONDEPA cuando los gremiales marchaban para obtener los anaqueles que hoy en día son tan comunes en la ciudad, no veías a nadie escapar de los gases. “En los bolsillos de los delantales teníamos piedras para tirarles a los pacos y en una botellita teníamos agua con vinagre y un trapo empapado. Lanzaban los gases y ya sacábamos nuestros trapos, apenas te hacías pasar, respondíamos con piedras” nos contaba, riendo y recordando. “Mirá ahora, ya no aguantan los gases”. Era una crítica a nuestra fragilidad rebelde, pero con cariño, siempre con cariño. “Váyanse a su casa, no están para estas cosas” nos dijo ese día. “Y cuídense, por favor, es peligroso” añadió. Así es la Florita. 

Aquel último sábado que la vi no alcancé a decirle nada. Estaba con una señora, algo muy común en ella, dando consejos, invitándole unos dulces de menta, conversando. 

La cuarentena ya se había declarado y era el último día de abastecimiento libre, antes de empezar con los carnets. Florita estaba triste, no sé si por la situación o por la señora que le contaba sus penas, pero estaba triste. Es una mujer tan expresiva que se puede saber fácilmente cómo está.

La ausencia de doña Florita en su kiosco de la avenida 6 de Agosto

Florita es una más de esas mujeres valientes que han optado por el trabajo informal para ser sustento de sus familias. Ella siempre nos avisa si el docente ya ha llegado, si está de mal humor, nos advierte lo que va a suceder, “todo te enteras en la calle, la gente pasa y habla” nos dice siempre. Ahora su kiosco está cerrado. Nunca le pregunté dónde vivía. Cuando recogía sus cosas tarde sólo nos despedíamos de ella y le decíamos que se fuera con cuidado. No le preguntamos su apellido, pero entre historias y consejos, sabemos de ella, sabemos que es una de las mujeres entre ese 80% que en Bolivia han optado por la informalidad para llevar el pan de cada día a su casa. Sabemos que tiene una familia a la cual mantener. Sabemos que de la mayoría de los productos no saca más de 1 boliviano de ganancia y sabemos que este ha sido su único trabajo por más de dos décadas. 

No le preguntamos su apellido, pero entre historias y consejos, sabemos de ella, sabemos que es una de las mujeres entre ese 80% que en Bolivia han optado por la informalidad para llevar el pan de cada día a su casa.

El sector informal es complicado en el país, pero es una parte fundamental de la estructura económica. Los empleos informales, en todas sus especialidades, tienen a casi 4 millones de bolivianos entre sus filas, solo en el sector urbano y con datos del 2017 http://(https://www.paginasiete.bo/ideas/2019/4/28/la-informalidad-laboral-crece-con-rostro-joven-de-mujer-216226.html) mientras que datos del 2006, los más actualizados disponibles del INE, revelan que del total de trabajadores informales un 62.7 % son mujeres http://(http://www.udape.gob.bo/portales_html/Documentos%20de%20trabajo/DocTrabajo/2007/DT-0701.pdf) Las causas del empleo informal son varias, principalmente la falta de trabajos formales con condiciones económicas suficientes para quienes no tienen una educación avanzada (secundaria o incluso primaria en muchos casos) y necesitan un sueldo que les permita mantener a una familia. En el caso de las mujeres que son sustento de sus familias, la informalidad les permite, entre otras cosas, poder mantener la crianza de sus hijos e hijas en su lugar laboral, situación que en un empleo formal, por ejemplo de oficina, no sería posible.

La situación de los empleos informales que perciben ingresos al día no es sencilla. Mientras que un trabajador asalariado recibe beneficios sociales y un seguro de salud, una madre que ha optado por un empleo informal, como el de Flora, no tiene acceso a estos. Día que no abre su kiosco, su snack, su venta de comida en la esquina, etc., es un día que no percibe ingresos.

El 62.7% de los trabajadores informales en Bolivia son mujeres (UDAPE) / ilustración Leyla Manjón estudiante DGR UCB

Entre libros y andadores

El empleo informal en Bolivia es diverso. Entre el 80% que opta por esta vía también hay un gran número de trabajadores que pueden, tranquilamente, ser considerados empresarios. Son los importadores mayoristas, vendedores de electrodomésticos, celulares, etc., quienes optan por la vía informal y en la mayoría de los casos perciben ingresos mucho más altos que la mayoría de la población que trabaja en la actividad formal. Negocios millonarios que están exentos de muchas obligaciones laborales con sus trabajadores y también con el país, por ejemplo, los impuestos. Sabemos que el comercio informal genera millones de bolivianos al año y, aunque con sus particularidades y conflictos, supone un gran porcentaje de la economía nacional. Probablemente de todos los sectores informales paralizados en esta cuarentena, el comercio mayorista sea privilegiado, pues cualquier negocio con ingresos altos tiene un porcentaje de ahorro previsible que puede estar siendo aprovechado en este momento. 

Que a todos nos está golpeando la paralización de actividades no está en duda, pero no es posible comparar la situación de un empresario y comerciante a la del sector informal cuyos ingresos son percibidos al día.

Muchos negocios se han reinventado de manera digital, el delivery, por ejemplo, es un negocio que parece aprovechar la cuarentena más que padecer de ella. Pero, ¿qué pasa con negocios que no pueden migrar al mundo digital, que no pueden tener delivery?

Este es el caso de la segunda Flora de la vida universitaria en la Facultad de Humanidades. 

Muchos negocios se han reinventado de manera digital, el delivery, por ejemplo, es un negocio que parece aprovechar la cuarentena más que padecer de ella. Pero, ¿qué pasa con negocios que no pueden migrar al mundo digital, que no pueden tener delivery?

Yo soy Ely

En realidad, nuestra reina de las fotocopias se llama Ely, aunque por mucho tiempo le dijimos Flora. El gran letrero encima de su puesto anuncia el nombre de Flora y todos los docentes nos mandaban allí con ese nombre. “Florita 4 copias del libro del doctor tal, 6 copias del programa de la materia” y ella no nos corregía. No fue sino hasta casi dos meses después, con más confianza por nuestra continua aparición en su frente de batalla, que se animó a corregirnos, “Yo soy Ely, Flora es mi mamá, ella era la dueña, pero ahora ya está mayor” nos dijo con su tímida sonrisa. Y entonces la llamamos por su nombre.

Ely es la patrona en su pequeña tienda. Tiene cuatro máquinas fotocopiadoras, dos computadoras y una pequeña Nataly, su niña de 2 años. La experiencia de sacar fotocopias no se reduce a un intercambio de papel, quienes somos caseros habituales sabemos que incluye charlar con la pequeña, aceptar las monedas que ofrece después de haber visto el constante intercambio de su mamá y seguirle la mirada cuando abre y cierra los cajones de las hojas, ordenando y dando órdenes a su manera, desde su estatura.

A Nataly la conocimos bebé, en su andador al centro de la tienda, llorando y sonriendo. Aprendiendo del negocio de las fotocopias desde la panza. 

¿Cómo migra la case de las fotocopias al digital?

Ely se las sabe todas. Conoce a todos los docentes, intuye los textos que estamos buscando, aunque ni siquiera nosotros atinamos con los nombres muchas veces y escucha nuestras quejas por la extensión de los textos o el poco tiempo que tenemos para leerlos. También conoce a las profesoras del kínder que está al lado de su tienda, a los transeúntes que necesitan una copia de carnet al vuelo y a alguno que otro oficinista habitual. 

Ely domina el negocio. Aunque Roberto, su esposo, y Eddy, el hermano menor, son parte del personal de trabajo, es ella quien administra los pedidos de copias y designa labores a todos los que se mueven estrechamente en su pequeño local, esquivando a la futura heredera, Nataly. La familia entera tiene sus ingresos puestos en las copias y cuentan sus ganancias a centavos. Incluso sacando grandes tomos de teoría literaria y libros enteros de palitos y rayitas para repasar, el ingreso de Ely no es elevado. Tiene que repartirlo, además, entre el pago de luz y energía que consumen sus máquinas, los suplementos y las reparaciones que siempre son necesarias. 

Como ella, hay cientos de personas que viven del negocio de las fotocopias, solo en el Monoblock Central de la Universidad Mayor de San Andrés, contando a la rápida, hay como 50 negocios de impresiones y fotocopias que no pueden trabajar de realmente nada en esta cuarentena. ¿Cómo migra este rubro a lo digital?  

“¿Con sopita?”

Recuerdo la primera vez que compré comida de la señora que está en la puerta del kínder Macario Pinilla. Había pasado frente a ella muchas veces, pero no fue hasta ese momento que realmente le presté atención. Era el 2018 y estaba tarde para clases, pero iba sin almorzar. Se me ocurrió comprarle un almuerzo a la pasada para comerlo en el descanso entre clases o en la tarde, al volver a casa. Era la una y quizás unos minutos más, pero ella ya no tenía ni un almuerzo. 

Los días siguientes noté que su fila comenzaba minutos antes de las doce y se repartía entre las mamás del kínder, algunos hombres y mujeres trajeados y algunos obreros. A la hora de comer todos somos iguales y la única pregunta que vale es “¿con sopita?”.

Confieso no saber el nombre de la señora, porque nunca me animé a preguntarle. Su rostro bonachón pero severo, su gran cuerpo y su sonrisa grande son intimidantes, pero a la vez, directamente proporcionales con su sazón. El primer almuerzo que probé de ella fue una sopa de fideo con macarrones y ají de lenteja de segundo. 

¿Qué boliviano de verdad no ha comido alguna vez en la calle? No hay experiencia gastronómica que se iguale a probar platos de la calle. No importa sin son sajra horas, desayunos levanta muertos, cenas al paso o almuerzos apoyando el plato en las piernas. La gastronomía callejera es, sin duda, vital en la economía y la panza de los bolivianos.

¿Qué será de esas caseritas? ¿Les ha llegado su salchipapa del casero de la esquina por Pedidos Ya? No. Las comideras informales tampoco pueden migrar al nuevo orden económico que parece ser nuestra realidad en este 2020. Pensar en la migración de los negocios informales a la nueva economía nacional no es simplemente un ejercicio de administración, supone además migrar el imaginario cultural de un país.

Pensar en la migración de los negocios informales a la nueva economía nacional no es simplemente un ejercicio de administración, supone además migrar el imaginario cultural de un país.

No sé su nombre, y lo lamento, pero de su sonrisa no me olvido. ¿Cuántas veces no me salvó? La señora tiene, sin duda, “buena mano” como dirían las abuelitas y cada día llegaba en un taxi con sus ollas envueltas en periódico y telas a vender sus almuerzos. Desplegaba sus banquitos para los caseritos y empezaba a destapar ollas, llenar platos y tuppers a diestra y siniestra. 

Diez pesos cuesta un almuerzo. Sopa, segundo, pancito y la infaltable llajua. Seguramente, de las tres caseras, su negocio sea el más rentable, pero es también el más riesgoso. Cuando volvamos a la regularidad (porque a la normalidad no volvemos más) ¿cuánto va a pasar hasta que la gente tenga confianza en consumir productos de la calle? Es cierto que la comida es una necesidad, pero el miedo que queda después de esta pandemia hará pensar dos veces a muchas personas antes de volver a comer en la calle. ¿Cuestión de higiene? No lo sé. Las relaciones van a estar rotas por mucho tiempo.

Un medio día en el kínder Macario Pinilla, extrañando el sonido de los platos y cucharones de la caserita.

 

Aquel último sábado. “Si te cocinas ¿que va a ser de mí?”

Los negocios informales, como todos los negocios, tratan de un paradigma económico, pero además, los negocios que viven del día a día, tratan de relaciones. Se trata de comprarle a la misma caserita durante cinco años de universidad, se trata de almorzar en el mismo lugar cada día, de generar afectos, de tener una confidente, consejera y amiga que, además, te vende una botella de agua. Se trata de lo más básico de la convivencia humana. 

De estas tres mujeres, llevo siempre la sonrisa, no solo la sonrisa que aprovechan para venderte un plato de sajta, sino la sonrisa que precede a tu nombre, porque se lo saben; la sonrisa que va después de un “qué bien que te haya gustado, rico estaba ¿no?”, y la sonrisa cómplice al entregarte 50 hojas tibias de lecturas para el fin de semana.

El último sábado que vi a Ely, la fotocopiadora estaba abarrotada de gente comprando material de escritorio y copiando tareas para la cuarentena. No pude copiar nada, no lo necesitaba en el momento, pero sentí la necesidad de pasar por su tienda camino al mercado. Me despedí, por quince días según yo. "¿Qué vas a hacer ahora?" le pregunté. Después de un suspiro contestó que iría a cosechar a su pueblo “¿qué más voy a hacer? No me puedo quedar aquí, no va haber negocio si ustedes no están”. Y ahora, cada viernes, solo veo la amarilla cortina metálica que cierra su tienda. 

Ese mismo día, al volver del mercado, a eso de las dos y media, me encontró la mirada de la señora de la comida que lavaba sus ollas. Me preguntó si compraría alguito, “tengo unito”, me dijo sonriente, le respondí que no, que había cocinado ese día. Se rió y me dijo “No pues case, si te cocinas ¿qué va a ser de mí?”. Yo me pregunto lo mismo, ¿qué será de ella en estos días?

Se rió y me dijo “No pues case, si te cocinas ¿qué va a ser de mí?”. Yo me pregunto lo mismo, ¿qué será de ella en estos días?

A doña Florita no le hablé ese sábado. Varios días después, un joven sacaba los productos de su kiosco. Me quedé allí viéndolo un segundo y me preguntó si quería comprar algo. Le compré unos dulces y pregunté por ella, me dijo que está triste, que extraña los correteos. Pero también, extraña trabajar, está preocupada porque no hay ingresos. Por eso él estaba ahí, sacando todo lo que pudiera cargar de mercadería para tratar de venderla por ahí, quizá por su casa, quizás a una tienda de barrio. Tenía una bolsa aparte y tiraba cosas, le pregunté por qué separaba eso y me dijo que era lo vencido. No había podido bajar hasta ese momento, le quedaba demasiado lejos llegar a pie y en ese tiempo jugos, yogures y algunos chocolates ya habían caducado. “Es plata perdida nomás” me dijo, “tampoco sé qué tanto saquemos de aquí; ni que se ganara tanto con un kiosquito”, parecía molesto. ¿Con el gobierno? ¿Con la situación? ¿Con la vida? No me quedé a preguntarle, ya eran casi las doce. 

Los últimos viernes, mi día de salida en cuarentena, he visto a muchas caseras informales en las calles. Ofrecen productos de primera necesidad, como fruta, verdura y material de limpieza. Nadie quiere fotocopias, no es permitida la venta de comida preparada y quizás los dulces y refrescos no cuenten como una necesidad básica. Pero lo que sí cuenta, y se extraña, es la sonrisa de nuestras caseritas, libre de barbijos, libre de penas, libre de deudas. Libre.

 

  • Mar Buendía no nació aquí, pero es nomás collita. Fan de la salteña sin aceituna, las películas de terror, Cerati y Friends, la serie noventera. García Márquez es su Dios.

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