Croniquita

La noche más oscura del mundo

En algún remoto lugar de la Amazonia boliviana vive el señor H. Descendiente de portugueses, mira la telenovela brasileña sin siquiera darse cuenta que le llega portugués porque alguien instaló su antena mirando al norte, no al sur, en aquella estancia que un día bautizó como "Viva Bolivia".
domingo, 31 de mayo de 2020 · 00:04

Texto y fotos Cecilia Lanza Lobo

 

En un lugar remoto de la Amazonia beniana vive el señor H.

Lo último que recuerdo es la tele en portugués. Habíamos cenado la carne de una vaquilla tiernita (que allí llaman “mamona”) sacrificada especialmente aquella tarde para esperarnos. Fue un churrasco nocturno bajo el árbol grande que escolta la casa blanca por la derecha. Aparecieron los mosquitos y escapando de ellos acabamos todos adentro, alrededor de una mesa grande, frente al televisor vetusto sintonizado en la telenovela brasileña de la red O Globo. Un verdadero lujo sólo posible gracias a una antena que desde el patio apunta al noreste y a un motor de luz que se enciende según la necesidad, normalmente por la noche para ver la telenovela. El resto es campo y monte sinfín. Por eso, cuando se apaga el motor y se va la luz, lo único que queda es la noche en estado puro, inmensa y oscura como la boca del lobo.

La noche en la inmensidad de la Amazonia beniana.


El resto es campo y monte sinfín. Por eso, cuando se apaga el motor y se va la luz, lo único que queda es la noche en estado puro, inmensa y oscura como la boca del lobo.


Abrí los ojos y parpadeé una y otra vez. No veía nada. Nada. Nada. Es como estar bajo la tierra, o en medio del espacio infinito, o flotando en un agujero negro. Qué extraña sensación porque no estás muerta, no, respiras y el aire es puro, y entonces vuelves a respirar y es la sensación es maravillosa. Porque sólo entonces te das cuenta que estás en medio de la nada. Que eres un microscópico ser en medio del universo infinito.

Supongo que es por el contraste. Del verde más intenso al negro absoluto. Porque a la estancia de don Humberto Coelho sólo es posible llegar por aire, si puedes, por río en canoa luego de un día y medio de viaje y luego a pie, o por tierra alguna vez si el camino te permite en época seca. Nosotros, que filmábamos un documental, lo hicimos por aire. Y desde allí la Amazonia es impactante porque la sensación de inmensidad es inevitable, invade los ojos y el aliento. Miras abajo y piensas cuán grande es este país, cuán inabarcable y cuán olvidado. Desde el aire, esta parte del mundo es monte verde por donde mires y sin parar, kilómetros de kilómetros. Allí abajo no cabe ni una hoja más al lado de la otra. Están todas las hojas del mundo.

Nosotros, que filmamos un documental, lo hicimos por aire. Y desde allí la Amazonía es impactante porque la sensación de inmensidad es inevitable,  invade los ojos y el aliento. Miras abajo y piensas cuán grande es este país, cuán inabarcable y cuán olvidado.

El señor H junto al motor que da luz en medio de la nada.

Allí abajo vive este señor de ochenta y tantos años, delgado y ágil, que habitualmente calza un par de botas de goma y otro par de anteojos como culo de botella. Don Humberto no para de hablar. Tiene mucho trabajo porque cada día inventa los modos de vivir con agua potable, de llevar diesel hasta ese lugar perdido del mapa para alimentar el motor que un día compró para tener luz por las noches y mirar la telenovela. De hecho, me gusta imaginar que el día en que le instalaron la antena parabólica apuntando al Brasil fue por puro desdén. Y él, Coelho como el resto de sus antepasados, ni siquiera reparó en que veía la tele en portugués porque su abuelo hablaba igual.

De hecho, me gusta imaginar que el día en que le instalaron la antena parabólica apuntando al Brasil fue por puro desdén. Y él, Coelho como el resto de sus antepasados, ni siquiera reparó en que veía la tele en portugués porque su abuelo hablaba igual.

Hijo de migrantes portugueses que trabajaron la tierra y parieron hijos y nietos benianos, don Humberto vive hoy sus últimos años dejando a los suyos la cría de ganado como modo de subsistencia tradicional de esa cultura particular, pero que los intereses políticos criminalizaron, metiendo a todos en el mismo saco.

Mezquindades aparte, cuando uno mira la inmensidad del territorio amazónico boliviano desde el aire piensa por qué habiendo tanto campo, aquél que no tiene desea justamente el pedazo de tierra que ya está trabajado y que a tantos Humbertos costó cien años de soledad.

El Rosario. Amazonia beniana.

Por eso don Humberto, que no votó en aquel viejo referéndum de 2009 porque desde el fin del mundo las ánforas quedan muy lejos y la tele es en portugués, no sólo no entiende lo que manda la Nueva Constitución sino que en la inmensidad de la Amazonia, donde la presencia del Estado fue siempre nula, siguiendo su memoria de niño que ignora las dimensiones del tiempo y el espacio, él cree que allí no llegará nadie a quitarle nada. Sus hijos le advierten con pena. Don Humberto suspira y desde el fondo de sus anteojos de tres centímetros de espesor mira al otro lado del río la estancia que un día su padre bautizó como “Viva Bolivia”. José Arcadio Buendía ni siquiera sospecha que Macondo está en el ojo de la tormenta.

 

  • Cecilia Lanza es periodista. Hizo televisión y videoperiodismo. Dirige Rascacielos.

 

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