Zona verde

Nuestros vecinos silvestres

¿Cómo se verá el futuro? ¿Cómo vivirá el planeta dentro de cincuenta o cien años? ¿Serán posibles el Vivir Bien, o siquiera el desarrollo sostenible?
domingo, 31 de mayo de 2020 · 00:05

Sebastián Moscoso

Muchos expertos dicen que la batalla decisiva por el bienestar humano y planetario en su conjunto se dará en las ciudades. Hoy, las urbes albergan a un poco más de la mitad de la población humana mundial y se proyecta que para el 2050, albergarán a más de dos tercios de la misma. Pero las ciudades no sólo son hogar para nuestra especie. Entre edificios, casas, monumentos, jardines y baldíos, la otra vecindad, la silvestre, se hace su espacio. Y tanto el conocimiento sobre estas formas de vida como el reconocimiento de su importancia serán punta de lanza para perseguir el bienestar colectivo planetario.

Esta idea de bienestar implica dos cosas estrechamente relacionadas. La primera es la funcionalidad ecológica y la segunda es la felicidad humana. Y parece que las grandes ciudades atentan contra ambas. La funcionalidad hace referencia a la capacidad que tiene un conjunto de seres vivos en un entorno (bacterias, hongos, plantas, aves, etc) de brindar, a nuestra especie y a tantas otras, las condiciones necesarias para vivir. Entre sus múltiples funciones, está la capacidad de producir oxígeno, servirnos de alimento y medicina, polinizar las flores y dispersar las semillas de las plantas de las que dependemos, controlar la cantidad de organismos que pueden transmitirnos o causarnos alguna enfermedad, modular los ciclos naturales, recordarnos nuestras raíces y nuestros horizontes y, además, llenarnos de aromas, sabores, sonidos y paisajes que nos hagan respirar hondo y bajarle un cambio o dos al estrés. De esta y muchas otras formas, no sólo la felicidad, sino incluso la supervivencia humana se sostienen sobre la funcionalidad ecológica.

La urbanización, es decir, este proceso de concentración de negocios y de apilamiento de trámites, infraestructura y personas para que funcionen, ha significado la modificación de ecosistemas por mano humana más dramática que ha atravesado la Tierra. El simple hecho de cubrir superficies enormes con concreto constituye un colosal problema. El cemento y el asfalto se extienden en desmedro del suelo, de la vegetación y de los cuerpos de agua que sustentan a muchos organismos. Y al hacerlo, resultan en una reducción dramática de la biodiversidad, es decir, de la cantidad y el número de formas de vida diferentes. A esto hay que añadirle el enorme efecto que tienen los núcleos urbanos en incrementar el calentamiento global y la contaminación. Las ciudades son importantes centros de calor y de emisión de gases de efecto invernadero que llevan al calentamiento planetario y la degradación de ecosistemas. Y por último, uno de los síntomas más característicos de las grandes metrópolis es la extrema desigualdad. En las Américas, más de un cuarto de la población urbana vive en condiciones de pobreza y extrema pobreza, haciéndola particularmente vulnerable a enfermedades, alimentación insuficiente o deficiente y a eventos climáticos extremos.

El cemento y el asfalto se extienden en desmedro del suelo, de la vegetación y de los cuerpos de agua que sustentan a muchos organismos. Y al hacerlo, resultan en una reducción dramática de la biodiversidad, es decir, de la cantidad y el número de formas de vida diferentes.

Pero en el veneno está el antídoto. Las ciudades son también espacios donde el conocimiento y las experiencias de miles de personas pueden compartirse a una velocidad asombrosa. Y es el conocimiento sobre la biodiversidad, sobre sus relaciones y sus dinámicas lo que ha permitido el manejo y la conservación de la vida silvestre. El saber qué uso medicinal puede tener una planta promueve que se la cultive y que no se la extraiga como una “mala hierba”. El saber de qué se alimenta cierta ave y qué arbusto prefiere para anidar puede permitir que se conserve su hábitat entero y con él, todos los beneficios ya mencionados de un ecosistema sano. Así, conservar la biodiversidad urbana, así como el conocimiento asociado a ella, puede darnos la oportunidad de combatir los cambios climáticos y la degradación ecológica, además de mitigar los efectos de la desigualdad urbana.

En ciudades como La Paz conviven el conocimiento ecológico tradicional, herencia aymara por excelencia; el conocimiento ecológico académico, que crece con el número de personas no científicas que salen a observar y documentar la biodiversidad, y el conocimiento nacido de las vecinas y vecinos que en su día a día observan la vida silvestre. En el corazón de esta idea de observar y dialogar para comprender, y de comprender para conservar, es que nace la iniciativa de Nuestros Vecinos Silvestres. Nuestro objetivo es generar, recuperar y difundir conocimiento sobre la biodiversidad del valle de La Paz o Chuquiago Marka. Nos nutrimos de fotografías y grabaciones obtenidas por la vecindad humana sobre la vecindad silvestre y que publicamos mezclando saberes, conocimientos y vivencias por Facebook, Instagram, Twitter y YouTube, como NVS. Pretendemos rescatar lo vivido por la ciudadanía de a pie, continuar sacando tanto a los conocimientos científicos de su reducida élite académica, como a los conocimientos tradicionales de su amplia marginalidad moderna para ponerlos al alcance de todas y todos. Porque el bienestar colectivo es una tarea colectiva y el conocimiento ecológico ha de ser la herramienta compartida. Así que no olvidemos observar mucho y observar siempre. Levantar la cabeza en busca de alas en los aires o patas en los cerros, agacharla para mirar alguna planta o bicharraco y, siempre que se pueda, compartir lo vivido.

 

  • Sebastián Moscoso anda por la vida con un profundo interés en la ecología y el ser humano sumergido en ella.

 

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