Crónica

Me lo habrán muerto en la guerra

La Bestia es el tren de la muerte. Ese que carga las aspiraciones de los centroamericanos rumbo al sueño americano. Es probable que allí los espere otra batalla, la de la vida cotidiana de los George Floyd del mundo.
domingo, 21 de junio de 2020 · 00:07

Me lo habrán muerto en la guerra

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Eduardo mide no más de metro cincuenta y cinco. Y en esta tierra de gringos parece un enano. Pero el pequeño hombre pasa entre los jefes de origen irlandés, con un “esquiusmi” bien entonado, con dos bolsas de cebolla en la cabeza. Sube con ellas por la escalera, hasta el segundo piso, bajo la mirada azorada de los hombrones, de la secretaria griego-americana, y las descarga en el cuarto donde pican los vegetales varias mujeres también pequeñas, paisanas suyas, alguna nica, y un capataz de corte guatemalteco con una sonrisa de oro. Puej, dice este último, ¿para qué uno trabaja?, y sonríe con los dientes delanteros forrados en oro, con agujeros en figura de corazones que dejan ver lo amarillento de los huesos. – Es que soy romántico, dice.

La hora de entrada de los estibadores es la una de la mañana, truene o nieve. Esta es vida de hombres. Aquí no hay chingadera tal como la depresión. Y la tristeza se combate de “asegún”. Eduardo llega caminando. No tiene automóvil todavía. Está casi nuevo. Toma un bus desde Adams Morgan que lo deja a dos cuadras del mercado. Los negros, porque aquí es el corazón del ghetto, se han acostumbrado a verlo, así como al resto de los latinos que en la década de los noventa invadieron el negocio de reparto de frutas y verduras.

Los negros, porque aquí es el corazón del ghetto, se han acostumbrado a verlo, así como al resto de los latinos que en la década de los noventa invadieron el negocio de reparto de frutas y verduras.

Toca uno de los dos inmensos portones metálicos que tiene el warehouse. Le abro. Igual que yo, y varios otros, se refugia en el calor del cuarto de tomates para cambiarse. Igual a los obreros metalúrgicos argentinos de la década del 80, con los cuales compartí una temporada, el muchacho de El Salvador se cambia, dobla la ropa con parsimonia, trabaja, suda, se ensucia con los jugos hediondos de la sandía descompuesta, limpia papas cubiertas de baba blanca, y luego de asearse en el baño de trabajadores, se acicala para enfrentar el mundo por la mañana, un mundo que repite sin cesar es “un paraíso”.

Enfrentemos las circunstancias. 1990. En Centroamérica entonces no morirse ya era una profesión. Hasta los menos recalcitrantes cuestionadores de la derecha en el poder huían. Lo malo es que al matarte, casi siempre a golpe de machete: decapitación, te separaban del cuerpo y el alma no hallaba sosiego, se confundía, no sabía a dónde ir, cuál eras tú. Mientras cortaban zuchinis y brócolis, las mujeres se contaban cuitas sangrientas una a otra. De cuando en cuando alusiones de amor, pero la época no era para romance. A lo sumo una cópula rápida y escondida, para proteger la especie: no sea que nos maten a todos, los soldados.

ilustración de Nathalia Beltrán / estudiante DGR UCB

1990. En Centroamérica entonces no morirse ya era una profesión. Hasta los menos recalcitrantes cuestionadores de la derecha en el poder huían. Lo malo es que al matarte, casi siempre a golpe de machete: decapitación, te separaban del cuerpo y el alma no hallaba sosiego, se confundía, no sabía a dónde ir, cuál eras tú.

En medio de la tragedia mis ojos tropezaban con la permanente sonrisa del dientes de oro y sus tres corazones: uno es mi mamá, el otro mi mamá grande (abuela), y el del medio mi vieja.

-Descansa. Tómate un break. No te mates trabajando.

-Esto me gusta. Diosito me dio la oportunidad de vivir, y tengo que pagarle con esfuerzo, repite Eduardo.

A diferencia de muchos salvadoreños empleados en el abasto, él se dedica a ahorrar, mantener a su madre, y tratar siempre de dar la apariencia de hombre limpio. Cuida la presencia como las palabras. Educado, opone su bonhomía al exabrupto de sus paisanos, varios de ellos ex soldados quién sabe con cuánta muerte. Entre ellos todo era hijoputeada y que les pelaran la verga. “Pelar la verga” literalmente explicaba eso, la acción de arremangarse el prepucio para iniciar el acto sexual. Si de frutas se tratase…

A diferencia de muchos salvadoreños empleados en el abasto, él se dedica a ahorrar, mantener a su madre, y tratar siempre de dar la apariencia de hombre limpio.

Los gringos no sabían nada, y menos lo comprendían. Para ellos el temido nombre del monstruo D’Aubuisson les sonaba inútil. Y menos el de Roque Dalton, poeta que de manera extraña en gente que jamás había leído nada, y posiblemente no sabía leer, sonaba a veces. Como en toda guerra se tejieron mitos, no siempre entendidos, y el de Dalton entre ellos. Lo habían matado por ser “oreja”, aunque ninguno de los presentes sabía a ciencia cierta las circunstancias, en un conflicto que de guerrilla underground habíase convertido por la estulticia norteamericana en guerra popular.

Lo habían matado por ser “oreja”, aunque ninguno de los presentes sabía a ciencia cierta las circunstancias, en un conflicto que de guerrilla underground habíase convertido por la estulticia norteamericana en guerra popular.

Very good, strong man, susurraban los patrones entre ellos. Los negros de DC, los del sur, las Carolinas y Georgia, eran menos comprensivos. Shit, escupían, y es que sabían que no había que dar por el salario que les pagaban más que lo mínimo, y el salvadoreño excedía el trabajo de uno, si no de tres afroamericanos, sin esperanzas ya. Difícil era explicar la situación desde la que Eduardo venía. Muchos de ellos, ya en su cuarentena, sabían de la mierda de ser perseguido y humillado, o a veces muerto. Pero se olvidaron. Lo recordaban en enero, en el aniversario del asesinato del doctor King, mientras comíamos alitas picantes en el boliche del coreano. Cómo aclararles que el doctor King también había luchado por gente como Eduardo, por los aplastados, los ofendidos del mundo eterno. Una estatura que el tiempo afianzó. De seguro que en los mercados del Distrito de Columbia, al menos la percepción habrá cambiado, que la economía lo dudo, aunque una suerte de “bro” rija los destinos de la nación hoy.

ilustración Victoria Delgado / estudiante DGR UCB

Cómo aclararles que el doctor King también había luchado por gente como Eduardo, por los aplastados, los ofendidos del mundo eterno.

La rutina del mercado embrutece. Si no se mantiene uno alerta, tratando de aprender de un mundo ajeno, de analizar siempre la situación, de crearse perspectivas y perseguir sueños, te hunde. Miras el reloj, la hora en que te digan marca tu tarjeta ya, vete a casa. Para la mayoría el hogar es comprarse un poco de crack, algo de pcp, y tirarse entre las matas por las vías del tren. Con una cerveza malt liquor hipócritamente escondida en bolsa de papel madera, porque así lo marca la ley: bebe, pero que no te vean beber. Observas que los negros caminan con su bolsita en mano, y que de a ratos se encajan un sorbo. Está permitido, porque la lata o la botella no se ven. Otra cosa es si desafías el establishment y bebes abiertamente lo que te venga en puta gana. Allí te caen los duros bastones de la ley sobre las costillas. Lo sabré yo, que en un bar de cowboys de Leadville, una década después, un “chota” me golpeó con el laque justo en la columna vertebral, dejándome casi inválido por una semana. Les enseñan, y lo ejercitan, dónde pegar.

La rutina del mercado embrutece. Si no se mantiene uno alerta, tratando de aprender de un mundo ajeno, de analizar siempre la situación, de crearse perspectivas y perseguir sueños, te hunde.

Eduardo llegó en un tren, que hoy se ha hecho famoso con el nombre de La Bestia. Es el vehículo que carga las aspiraciones de la gente al sur de México, a quienes les espera un calvario que no se puede narrar. Vía crucis en México, de acuerdo a lo que contaba Eduardo, donde apenas atravesados la frontera, bandas de delincuentes se dedican a cazarlos. Olvídese, relataba, si una mujer caía en sus manos. En esa tierra baldía que hay entre nuestros países y la primera población mexicana, los matorrales se hallan cubiertos de pingajos humanos, de calzones y medias de mujer, sostenes que cuelgan amarilleados por el sol entre los espinos. A veces las ilusiones terminan así, calcinadas por el sol y el anonimato. Ahora seguro que aquello empeoró. La historia ha inventado a las maras, los zetas, los cárteles. El saqueo, secuestro, estupro y asesinato son podría decirse oficiales, por lo impunes. Cuando él atravesó la frontera, más de veinte años transcurrieron, el narco ya existente no tenía las grandilocuentes características actuales. No allí. Lo que no impedía el jolgorio criminal que se desataba sobre los inmigrantes.

ilustración de José Alejandro Zapata / estudiante DGR UCB

En esa tierra baldía que hay entre nuestros países y la primera población mexicana, los matorrales se hallan cubiertos de pingajos humanos, de calzones y medias de mujer, sostenes que cuelgan amarilleados por el sol entre los espinos.

Ni la muerte, ni el escarnio, detenían los pies huyendo de la guerra, de la pobreza. La Bestia materializaba una realidad concreta, imposible de eludir, y a la que debía enfrentarse con huevos –también las mujeres-, y con suerte.

Circunstancias que no viene al caso mencionar me alejaron de aquel mundo de mercados, prolífico en alimentos y desgracias. Nunca olvidé las historias que escuchaba, entre el descargado de paltas y la separación de frutillas. Lecciones de vida que nunca hubiese conocido en los libros. Desde la barandilla superior, los jefes gringos observaban cómo se perseguían entre ellas las salvadoreñas cuchillo en mano. Puro salvajismo, creían, sin saber que detrás de tanta violencia había tanto por develarse. Pura tristeza y explotación.

Eduardo habrá logrado lo que deseaba. Estados Unidos era el premio después del infierno. Me alegro por él.

Y, doña María, le pregunto a una peladora de patatas, este hijo del que me habla ¿dónde está?

-No lo sé. De aseguro me lo han muerto en la guerra.

 

  • Claudio Ferrufino Coqueugniot  es novelista, columnista, ha dividido su vida entre Bolivia y los Estados Unidos. Paria, no; librepensador e internacionalista en el romántico sentido de la palabra. Tiene en su mesa de noche de libros permanentes a Marcel Schwob e Isaak Babel. E infinidad más entre máscaras africanas.

  • Este texto se publicó originalmente en el libro Crónicas de perro andante, de Claudio Ferrufino Coqueugniot y Roberto Navia Gabriel, editorial La Hoguera, 2013.

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