CRÓNICA

La tierra de los que sólo saben bailar

Siglos de viaje gitano desde Oriente hasta la península ibérica han hecho del flamenco un arte tan complejo y bello que fue nombrado en 2010 como patrimonio inmaterial de la humanidad. Diez años después, los tablaos flamencos están en riesgo.
domingo, 28 de junio de 2020 · 00:07

Un cierre por Soleá

Lucía Camerati

Texto y fotos

 

Siéntate a mi lado que te tengo que contar.

A las cinco de la tarde, a las cinco en punto de la tarde llegué a Granada, después de un viaje de cinco horas por tierra, mirando los olivos y ese verde Lorca que escuché desde chica. Mi destino estaba marcado: Las cuevas del Sacromonte, aquellas casas construidas a pico y cal por los marginados del siglo XV y por quienes llegaron a conformar aquel noble pueblo gitano que tanto respeto. Si bien en esos momentos las cuevas eran el lugar más turístico de la ciudad por sus espectáculos de flamenco, hoy en día corren el riesgo de clausurar junto a todos los tablaos flamencos de España que fueron afectados económicamente por la pandemia. La crisis mundial del turismo los está fulminando, a pesar de la inversión de reactivación que hará la Consejería de Cultura de Andalucía con 23 millones de euros. Aún así, y con un futuro incierto para este año, la noticia se clava en mi pecho como una espada porque bailo flamenco desde muy pequeña. Ahora escucho una soleá por bulería, una soleá, un tango, una bulería a la distancia y comienzo a caminar como esos días, sintiendo la fuerza de un remate, de un giro bien plantado, de todas aquellas letras que salen y no dejan de salir como un quejío, como aquel cante melancólico, marcado por el compás de la soledad, de la soleá al decir gitano.

El Sacromonte atrae a los visitantes a las colinas de Granada, a sus espectáculos nocturnos de música y baile.

Si bien en esos momentos las cuevas eran el lugar más turístico de la ciudad por sus espectáculos de flamenco, hoy en día corren el riesgo de clausurar junto a todos los tablaos flamencos de España que fueron afectados económicamente por la pandemia.

Cal y canto

La primera mañana en la ciudad andaluza, Karim, guitarrista de flamenco que me ofreció casa y comida, me invitó a un ensayo con sus colegas. Era mi primera cita con las cuevas de Sacromonte. Estaba más nerviosa que artista antes de su actuación, pues a mis trece años el primer baile que me enseñó mi amada maestra Rosario Heguigorri era la Zambra, uno de los palos (bailes) más tradicionales del lugar. No dejaba de pensar en aquellos momentos en los que me explicó la historia, experiencias, pasos y aquella música que no deja de acudir de cuando en cuando a mis pies. Mientras nos acercábamos en auto, con la patota de músicos dispuestos a trabajar toda la mañana, el barrio y monte blanco aparecieron, envueltos en árboles y cal  frente a la imponente Alhambra.

- Bienvenida a una casa cueva- me dijo el joven dueño de la casa.

Esa frase me cayó como una bendición especial. Era una cueva delatada por su forma curva, pintada toda de blanco por dentro; un lugar rocoso y sin esquinas, con muebles simples, con cuadros antiguos. El dueño me hizo un pequeño tour para explicar la sencillez del lugar sin puertas, para finalmente llegar a su computadora donde, entusiasmados, varios de sus amigos escuchaban a Paco de Lucía, estudiando sus cortes y halagando su maestría como si fuera la primera vez que lo escuchaban. Los cuadros y discos de Camarón de la Isla estaban colocados como si se tratara de un santoral. En esa cueva sabían de lo que hablaban y discutían. Era un lugar sagrado para el flamenco. Ya después de un ensayo, que para mí fue como un primer concierto, vino el recorrido por las calles y una planificación de lugares para visitar. Cueva uno, cueva dos, cueva tres, hacer cuentas y analizar por dónde perderme ya en la noche. Recorrí sola muchas calles tratando de entender lo que había visto en un sinfín de documentales en blanco y negro en los que niños gitanos bailaban descalzos en la tierra o sobre las piedras, allá por los años 50 o 60. No sería mala idea ver a un niño gitano, pensé.

En la casa cueva está Camarón de la Isla, quizá la figura más importante del cante flamenco.
Karim, en un ensayo en la casa cueva.

...varios de sus amigos escuchaban a Paco de Lucía, estudiando sus cortes y halagando su maestría como si fuera la primera vez que lo escuchaban. Los cuadros y discos de Camarón de la Isla estaban colocados como si se tratara de un santoral.

Así es como comencé la travesía en busca de bailaores niños, preguntando aquí y allá, y a otros bailaores y aficionados que me dijeron sin pensarlo: el Juan. No sé qué hice pero di con él y con el tablado donde bailaba. Venta el Gallo era la cueva restaurante donde, día por medio, Juan, de 15 años, era una de las estrellas y el más joven del espectáculo flamenco que ofrecía el lugar. Había que acostumbrarse al color blanco de todos los lugares, paredes llenas de fotografías históricas en blanco y negro con cantaores o bailaores que habían pasado por allí, garzones que te ofrecían el vino de honor y bailaores que llegaban con un afán más allá del arte.

Juan entró con su padre, quien lo acompañaba en todas sus actuaciones. Ambos, morenos, con el pelo largo y terno plomo, se prestaron a una breve conversación entrañable. Había que entender que no se trataba de una actuación artística de flamenco como estamos acostumbrados por estos lados del charco, se trataba de un trabajo que mucha gente gitana inicia desde la adolescencia, día por medio, cada día, o dos a tres pases de espectáculo diario, de acuerdo al número de turistas que visitara el lugar.

Así crecieron muchísimos cantaores, guitarristas y bailaores, entendiendo un tablao como su lugar y su fuente primordial de trabajo. Y así lo comprendí al momento de ver a Juan ajustando ciertos pasos con sus compañeras bailaoras, haciendo un calentamiento rápido en los pasillos del lugar y entrando al teatrino para presentar el show sin ningún nerviosismo. Por nuestro lado, los turistas fuimos a ver magia, fuimos a sacar fotos, a transmitir en vivo, a sacarnos selfies, y a vivir toda la parafernalia del sentido de un olé. Sin embargo, también tuvimos que aceptar las reglas del lugar como no filmar. Lo entendía completamente, pues entre quedarse viendo la cámara y sentir la piel de gallina al ver directamente el show, no había duda. Ese arte había que vivirlo frente a frente.

Había que entender que no se trataba de una actuación artística de flamenco como estamos acostumbrados por estos lados del charco, se trataba de un trabajo que mucha gente gitana inicia desde la adolescencia, día por medio, cada día, o dos a tres pases de espectáculo diario, de acuerdo al número de turistas que visitara el lugar.

El bailaor Juan, de quince años, en el tablao de Venta el Gallo

El show en este restaurante ofrecía tres bailes bien bailados, una soleá por bulería, un fandango y un tango flamenco, cada uno de 15 minutos aproximadamente, y un cante de soleá: en total, una hora clavada. Allí Juan bailó, arrancando aplausos de aquellos que no entendíamos muy bien de qué iba o con qué acababa; pero dejándonos sorprender por la energía de los tacos clavados al piso de madera y ese cante que grita historia, que lanza flores y dolores al viento. Quería quedarme para ver una segunda pasada, pero había que indagar otros lugares que seducían ya con sus sonidos en la calle.

Los Tarantos era un lugar al que deseaba entrar para ver de cerca el esquema de presentación que manejaban allí, ya que no se trataba de un escenario, sino de un pasillo delgado con sillas alrededor para el público visitante. Primero, pagar el cover: 25 euros para una hora de show y una copita de vino. Allí estaba el lugar, ese pasillo que bien puede ser cualquier sala de nuestras casas, con la diferencia de una decoración ampulosa llena de platos y cucharas de cobre, los tablones para taconear, fotos que hacen recuerdo al linaje y las familias que bailaron por ahí en los años 60, o de los famosos que pasaron asombrados por el arte. Señalan que por Sacromonte pasaron el escritor Ernest Hemingway, la actriz Ingrid Bergman, el actor Anthony Quinn y, por supuesto, leyendas gitanas como Lola Flores.

Sacromonte es considerado uno de los lugares donde el flamenco alcanza su máxima expresión y calidad.

Ya estaba lista para armar alboroto con el vino encima pero me percaté que exigían silencio y respeto por el compás y el ritmo. Un cartel indicaba contundentemente: no tocar palmas, no gritar, puede sacar fotos. Miré a mi alrededor, evidentemente todos éramos turistas con cámara en el pecho y quizá muchos desorejados, posible peligro para el show. Lo entendí, aunque me sentía mutilada al no poder hacer palmas como había aprendido en mi tierra. Cómo hubiera querido estar con todas mis hermanas flamencas de Bolivia. Grabar audios fue lo único que pude hacer, casi llorando, filmando de rato en rato, pero cortando cuando habían pasos incomprensibles o momentos únicos de conexión. Aquí no habían bailes largos  con remates impresionantes, eran pequeñas estampas con una diversidad de ritmos que han sabido quedarse con el tiempo. Allí estábamos gringos, chinos, europeos y una boliviana frente a la historia de un pueblo hecho cante y baile; allí estaban los abuelos y tatarabuelos en sangre, bailando a través de sus hijos y sus nietos, haciendo del taconeo su eterno grito y su eterna gracia. Una hora y fin, siguiente grupo de turistas, quizás otro show, quizás el mismo, hasta la eternidad. Allí sudaban trabajo al salir del tablado, nada de egos artísticos al terminar una canción. Y yo no estaba para la gula, porque al día siguiente debía ver a una maestra en el escenario.  

Ya estaba lista para armar alboroto con el vino encima pero me percaté que exigían silencio y respeto por el compás y el ritmo. Un cartel indicaba contundentemente: no tocar palmas, no gritar, puede sacar fotos.

Mujer que sólo sabe bailar

Una bailaora en el tablao.

Esther Marín y Luis de Luis, ambos bailaores, daban clases en su pueblo, a unos minutos de Granada. Tomé un bus para conocerlos, hablar un poco con ellos y pasar una clase. Luis de Luis preparaba un viaje a Japón o Alemania porque las clases y los shows se habían extendido hacia otros lugares más allá de la península ibérica. El curro (trabajo) se había vuelto internacional. Los afiches pegados en la pared de la casa mostraban a la pareja en un sinfín de presentaciones fuera del país, en festivales andaluces y por supuesto en la capital, Madrid.

“Yo no he pasado clases, yo he aprendido mirando, mirando es como he aprendido a bailar”, me explicaba Esther, enseñándome un paso. La olla de presión sonaba mientras bailaba frente al espejo, preparaba la comida y atendía a su estudiante que había venido desde lejos. Ella se daba tiempo para todo. Terminada la clase, me jaló en su auto hasta Granada explicando que tenía otra clase al medio día con otro grupo de chicas que deseaban aprender de ella. Y es que Esther no paraba; clases o ensayos en la mañana, clases en la tarde y dos espectáculos en la noche.

La olla de presión sonaba mientras bailaba frente al espejo, preparaba la comida y atendía a su estudiante que había venido desde lejos. Ella se daba tiempo para todo. Terminada la clase, me jaló en su auto hasta Granada explicando que tenía otra clase al medio día con otro grupo de chicas que deseaban aprender de ella.

 

En un tablao de Sacromonte.

Jardines de Zoraya era el tablao restaurante que en esa oportunidad la acogía. Ella y El Indio, un bailaor rubio, eran el centro del espectáculo. Dos o tres cambios de ropa, un descanso y otra copa de vino, que esta vez fue compartido con una maestra que estuvo por aquí bailando en Bolivia, Paula de Parrilla. Yo ansiaba hablar de flamenco, moría por escuchar la explicación de los bailes, de la cultura y de todo lo que implica pero terminamos hablando de mujeres, haciendo de la mesa un espacio para la sororidad trasatlántica. De nuevo en el escenario, ella ya no era solamente la experta en un baile, era una mujer como todas, con los ovarios bien puestos para sostener la casa y llevar los euros al hogar. Trenza larga, movimientos únicos, Esther se rompía en escenario, madre y esposa, compañera, colega, bailaora. Allí estaba completa, en su piso, en el escenario donde millones de turistas seguramente le han agradecido por la grandeza. De vuelta a casa, decía preocupada que sólo sabía bailar, que era lo único que sabía hacer y que a ratos desearía hacer cosas que saben hacer las mujeres de otros lados. En su mirada se veía que pedía a gritos descansar, pero al mismo tiempo ya estaba planificando los bailes del día siguiente.

Yo ansiaba hablar de flamenco, moría por escuchar la explicación de los bailes, de la cultura y de todo lo que implica pero terminamos hablando de mujeres...

La tierra de los Galván

Ya después cogí la senda directa a Sevilla, lugar para vivir intensamente otros cuatro tablaos, entendiendo que el flamenco, nombrado patrimonio de la humanidad hacia algunos años, era una de las entradas más importantes de Andalucía, y de España. Por el Barrio de Santa Cruz, muchísimos hombres y mujeres, incluso de otros países, me ofrecieron espectáculos de varios precios. Cinco días estuve allí, caminando sin descanso, viendo clases, contemplando el río Guadalquivir yendo y viniendo hacia el barrio de Triana, lugar clave  para entender la historia gitana.

En el museo de Cristina Hoyos me encontré frente a frente con el traje blanco de la Capitana, Carmen Amaya, una de las matriarcas. Me antojé un montón de libros, zapatos, vestidos, encajes, abanicos, castañuelas y peinetas. Qué difícil ser una mochilera flamenquera pobre en esas tierras donde hubiera querido gastarlo todo, todo por ver un baile más, un cante más, una clase más.

En el museo del flamenco, de Cristina Hoyos, en Sevilla.

Una de mis maestras de cabecera, Lorena Ayala, me dijo al teléfono que buscara al maestro José Galván para que me contara una historia de leyenda. Me tomó toda una tarde encontrar su escuela, la encontré cerrada, pero al momento de irme apareció su hijo menor, José, hermano de los grandes bailaores Israel y Pastora.

Le conté que llegaba de Bolivia y que deseaba conocer a su padre. Lo llamó y el maestro acudió al instante. Con un café entre manos, me contó que él se había dedicado a las tablas y al flamenco gracias a un boliviano, un embajador que lo había visto bailar en las calles cuando era niño y que, admirado por su arte, decidió hacerle un regalo especial. El embajador boliviano, apellidado McLean, le había regalado a él y a sus hermanas ropa flamenca para que pudieran trabajar y seguir con espectáculos más profesionales. Así es cómo lo recordaba José, uno de los maestros más importantes de flamenco en España, así es como José contaba su historia deseando algún día venirse a Bolivia para compartir su arte, por lo menos dar una clase. Así es cómo José me contaba su historia, mostrándome fotos de aquel niño estrenando su trajecito, después ensayando con su elenco, cantándoles y corrigiendo una soleá. Le grabé cantando, me lo imaginé en los tablaos, bailando con sus hijos y sus alumnos y con toda esa generación que hoy está sufriendo el cierre de los tablados.

...él se había dedicado a las tablas y al flamenco gracias a un boliviano, un embajador que lo había visto bailar en las calles cuando era niño y que, admirado por su arte, decidió hacerle un regalo especial. El embajador boliviano, apellidado McLean, le había regalado a él y a sus hermanas ropa flamenca para que pudieran trabajar y seguir con espectáculos más profesionales.

Hay una pena

 

En los tablaos tienen lugar peculiares tangos flamencos, las soleás por bulerías o seguirillas, alegrías, guajiras y bulerías, alternados con el flamenco más actual y solos de guitarra.

El golpe de la pandemia fulminó varios lugares como estos. Casa Patas, el templo más importante del flamenco en Madrid, anunció hace algunas semanas su clausura definitiva y junto a él todos los tablaos españoles, como manifestó la Asociación Nacional de los Tablaos de España. La sentencia fue contundente: el flamenco se muere. Y es que este sector laboral y cultural dependía fundamentalmente del turismo los 365 días del año. Durante esta época de Covid-19, estos espacios fueron los más castigados. Lo cierto es que se han estado movilizando por redes y de manera global pero no basta, y es que el turismo no se podrá levantar tan rápido como podríamos soñar.

Casa Patas, el templo más importante del flamenco en Madrid, anunció hace algunas semanas su clausura definitiva y junto a él todos los tablaos españoles, como manifestó la Asociación Nacional de los Tablaos de España. La sentencia fue contundente: el flamenco se muere.

El mundo no puede perder así nomás las cosas que han sido hechas con sangre. Desde este lado del mundo no sé cómo rescatar esas tablas, por amor a sus abuelos, a los abuelos que han sobrevivido a las grandes crisis de la pobreza, y aún así han salido airosos y nos lo han contado bailando.

Pensar en la desaparición de estos lugares es como pensar en la muerte de la cueca, del Gran Poder o del Carnaval de Oruro. Pensar en la muerte del flamenco es volver a recorrer solita la vida de Karim y su guitarra, de las cuevas gitanas, del niño Juan y su baile, de Esther Marín y su vida entera entregada al trabajo de bailar. Pensar en la muerte del flamenco es enterrar de nuevo a Paco de Lucía, es volver a llorar por Camarón de la Isla o Lola Flores, es desaparecerlo como han hecho con Lorca. Y si tuviera el dinero del mundo, volvería a ir todos los días, para reanimarles, para ayudarlos a pararse, para decirles que desde la distancia también se siente ese dolor que azota al mundo. Espero que la soledad en estos lugares se vuelva alegría, y que todos los obreros del flamenco vuelvan a las tablas, con sus niños, y que sigan construyendo esa cueva gigante que se ha vuelto la casa para todos aquellos que amamos verlos bailar, aunque sea de lejos. 

 

  • Lucía Camerati es confundida de rostro cada vez, pero sabe esconderse bajo el pretexto de homenajear a Pessoa. Cada que puede hace dietas ayurvedas. El año pasado aprendió a nadar. Le encanta husmear en las bibliotecas de las personas. Baila flamenco.

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