Croniquita

¿Quién duerme primero? Las fiestas online

Las fiestas han sido parte esencial del imaginario de cada viernes por la noche. ¿Cómo llenar ese vacío, ahora que las discotecas están cerradas y nadie puede salir de noche?
domingo, 28 de junio de 2020 · 00:03

José Durán

Recuerdo bien que el primer sábado luego de las elecciones presidenciales, después de una semana llena de disturbios y resaca por las granadas de gas que se disparaban en el centro de La Paz, una discoteca muy popular señalaba en sus redes sociales que abrirían sus puertas. El mensaje decía algo así como “necesitas un descanso para seguir luchando” y “relájate para continuar reclamando por la democracia”. Entonces, sucedió lo sorprendente, las reacciones de “me enoja” sepultaron al boliche y los tacharon de irresponsables, antipatriotas y malagradecidos con los jóvenes que estaban peleando cada día. Nadie esperaba tal reacción, aunque era casi un hecho que llegado el sábado todos entrarían en un relajo que debilitaría la lucha. Yo lo pensé así, también.

Ante la coacción social, el boliche decidió eliminar la publicación y poner un mensaje de apoyo a la pelea. Aquel fue un momento decisivo que adelantaba el malestar de los jóvenes que continuarían reclamando varios días más hasta el dramático desenlace que ya conocemos. Valorar ese día es pensar en un sacrificio a simple vista banal, pero que mostraba el pensamiento conflictivo de una generación acostumbrada a fiestear. El gusto por las discotecas es tan constante que parece un axioma de nuestra sociedad y cultura, por lo que era de esperar que el deseo de fiesta en el encierro de la cuarentena llegaría con una fuerza muy alentadora para experimentar la bebida en relativa soledad.

El gusto por las discotecas es tan constante que parece un axioma de nuestra sociedad y cultura, por lo que era de esperar que el deseo de fiesta en el encierro de la cuarentena llegaría con una fuerza muy alentadora para experimentar la bebida en relativa soledad.

Después de adquirir conocimiento de las aplicaciones que permitían a las universidades continuar con su agenda académica, los jóvenes nos apropiamos del Zoom y decidimos usarlo para fiestas digitales. Nada podría reemplazar la energía de una discoteca, ni sus destellos en medio de la cómoda oscuridad que permite que los sentidos reaccionen a la música mejor que en otros ambientes, pero había que intentarlo. Muchos conseguían alguna botella de su licor favorito en tiendas de barrio y quedaban a una hora, mayormente nocturna, para comenzar a beber. En grupos de whatsapp se mandaban los enlaces de la fiesta en Zoom, con hora y fecha.

Poco a poco, iban llegando los invitados. Aparecían mensajes cuando alguien acababa de conectarse, activaba su cámara y mezclaba su trago. Siempre hay un responsable de la música y con pocos segundos de retraso, todos comenzaban a beber.

En una fiesta digital no puedes bailar y si se te acaba tu licor, ya no tienes forma de conseguir más y puedes irte a dormir. El sabor depende de la habilidad al mezclar, ya no hay bartender ni amigos expertos en la labor. Algunos jóvenes están dispuestos a amanecerse, comprando más de una botella para pasar la noche frente a sus monitores.

Algunos jóvenes están dispuestos a amanecerse, comprando más de una botella para pasar la noche frente a sus monitores.

Muchas personas deciden celebrar sus cumpleaños así. Frente a su computadora, hablando por horas y bebiendo apasionadamente. Después de algunas horas, llega el punto en se va perdiendo el hilo de la charla. Los primeros en dormirse son los que beben en sus camas. El resto se dedica a cantar y recordar la vida antes de la cuarentena: “Te acuerdas de esto que hiciste aquella vez… Recuerdas cuando te besaste con tal persona…”

Después de algunas horas, llega el punto en se va perdiendo el hilo de la charla. Los primeros en dormirse son los que beben en sus camas. El resto se dedica a cantar y recordar la vida antes de la cuarentena...

Pasadas otras horas más, ya quedan pocas personas conectadas. La fiesta online no permite más que hablar, reír y llorar. En realidad, solo se degrada al efecto de sentirse algo ebrio y compartir cierta compañía. Las memorias se hacen más reales. Se merma el aburrimiento de las emociones. Algunos experimentan lo que se siente al beber en soledad, y lo disfrutan.

 

  • José Luis Durán es aspirante a una vida laboral de domingo a jueves y bailarín de viernes a sábado. Cuentista en Fútbol y Literatura en Resistencia, de Editorial Mestiza (Chile), y bloguero de “inferencias espirituales”.

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