Croniquita

Día 70

Entre el escepticismo y la realidad de la calle en pandemia hubo una infinidad de sentimientos, muchos de ellos encontrados. Al final, una certeza en el cuerpo. 70 días de cuarentena en La Paz.
domingo, 7 de junio de 2020 · 00:05

Texto y fotos

Marco Basualdo

 

La cosa parecía tan distante, a finales del ya conflictivo 2019, que incluso se expandió el chiste. ¿El virus de la cerveza Corona? Fue una ocurrencia que duró un par de meses de creativa chacota. Pero, finalmente, más allá de los graciosos y ampulosos memes, la cosa llegó. Y nos entró por dentro como eso de que la cosa entra con sangre.

La dictaron el 21 de marzo y el 22 supuse que duraría un par de semanas, que era parte de la manipulación de la prensa corporativa, que el imperio y sus huevadas, y bla bla bla. Total, a quien no le gusta dormir un poco demás y permanecer de lagarto junto a las cosas que uno asegura soslayar por falta del maldito tiempo. Así, una vez iniciada esa cuarentena, limpié la casa hartas veces. Ordené los baúles (qué antigüedad, pero es lo que me remite a mis recuerdos) y volví a acomodar todo lo supuestamente en desorden. Entonces, una vez regulado con mis bienes muebles, comencé con los libros pendientes. Y los volví a repasar, aunque admito que, con algunos de ellos, repetí mi reincidencia. Si la lectura no me agarra en el punto de ataque, en la primera línea, me convierto en un soldado desertor de sus balas. Entonces busqué mis películas del cine arte, aquellas narraciones pospuestas que en principio no pude entender y con las que anhelaba ser más culto. Pero a muchas de ellas, les volví a apretar el “estop” y a guardar en su cajita.

La dictaron el 21 de marzo y el 22 supuse que duraría un par de semanas, que era parte de la manipulación de la prensa corporativa, que el imperio y sus huevadas, y bla bla bla. Total, a quien no le gusta dormir un poco demás y permanecer de lagarto junto a las cosas que uno asegura soslayar por falta del maldito tiempo.

Así, los días avanzaban y también aposté por hacerme al cocinero; pasé del arroz quemado al escabeche de berenjenas, muy saludables y nutritivas, según afirmaban en los noticieros que ya eran habitué en mi casa con todos los volúmenes de audio posibles; la bulla no molestaba, ahora más que nunca, para un hombre solitario, el ruido era bienvenido.

Plaza San Francisco, en La Paz.
El mercado de la calle Graneros.

Mis días, los martes. Aprovechaba cada segundo apenas despierto para recorrer la ciudad, despojada del tráfico y los olores repelentes con los que me había educado. El cielo más limpio, las arterias más regeneradas y hasta un nítido Choqueyapu. Advertí que la cuarentena nos estaba devolviendo eso que habíamos perdido. Y de esa manera, me acordé de los amigos que las discusiones del feisbuk me habían quitado. Los encontré a todos, hermanados bajo el mismo drama apocalíptico. “Cómo has estado? ¿Cómo está tu familia?”. Habíamos dejado el estúpido orgullo que nos distaba, estábamos más indefensos que aquello que pensábamos menguado y, por sobretodo, superable. Y volvimos a acercarnos. Pero así también, ante la avalancha de noticias sobre la fatalidad del virus, comenzaron los bajones. “¿Me tocará a mí, que soy una chatarra que ya padeció todos los choques?”, me dije. Y así viví noches de insomnio podrido con la incertidumbre de un buen despertar.

El atrio de la Universidad Mayor de San Andrés.
Distintas necesidades durante la cuarentena paceña.

De día, en mis caminatas furtivas, encontré a aquellos desprotegidos de un mundo azaroso que apenas sabían de la pandemia y su resultante cuarentena. Eso de #Quédateencasa (ellos no la tienen) les resultaba incomprensible. No le temen a la muerte, pues son los Walking dead de la hoyada paceña, esos que pululan por las avenidas de su hediondez ante la pasiva mirada de las gentes de aparente prosperidad. También advertí que los seres desplazados por la conquista del hombre intentaban visitar el hábitat que alguna vez fue suyo. El trino de aves en pleno Prado paceño por ejemplo, sonido que reemplazó por unos bellos instantes el tronar de bocinas de esas naves modernas llamadas transporte público, privado a veces. Y esas esquinas antes colmadas por muchedumbres en busca de bus a casa o dependencia laboral, en esta oportunidad hacían de focos de abastecimiento de productos de inmediata, urgente, necesidad. La fruta nunca estuvo tan fresca y placentera.

En cada esquina, un case vendiendo fruta.
El pan de cada día, infaltable.

Pero ante la hora de la limitación aventurada, el volver a casa significaba la tortura. Noticias del derrame moral entre miles de muertes, cosas que pensábamos que nos iban a cambiar, y que al final no sirvieron de nada, eran el almuerzo televisado que por lo general me esperaba en mi soleado y vacío comedor. Corrupción, insolidaridad, valeverguismo. ¿Nuestra naturaleza devoradora de sueños y corazones? Imagino que así será, porque no es la primera en la historia de este planeta recuperado. Día 70 y ya decretaron las salidas controladas, aunque sé muy bien que esto será vulnerado y posiblemente el virus se nos pegotee en todos como ya se ha dicho. Amo mi libertad. Pero temo salir. 

 

  • Marco Basualdo es bonaerense, hijo de bolivianos. Como periodista, hizo del desarraigo uno de sus temas preferidos. Escribió Rock boliviano: Medio siglo, donde registra esa complicada aventura de los altos decibeles en el país.

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