Confesiones / Tinta china

Historias de aparecidos. La viuda descalza

En la calle Jaén de La Paz suceden todo tipo de encuentros con gente como el mismísimo don Pedro Domingo Murillo, o una bella dama de pies descalzos. Tal cosa le sucedió al gringo James Andrade que contó esta historia esperando que alguien un día la haga pública.
domingo, 12 de julio de 2020 · 00:47

 

Historias de aparecidos. La viuda descalza

Las enigmáticas redes de la urbe paceña

Roxana Pinelo Navarro *

 

En el centro paceño las coloridas vías y emblemáticas “cuestas” de dramáticas subidas y bajadas guardan secretos, sobre todo cuando cae la noche por la calle Jaén. A su alrededor se entretejen un sinfín de leyendas urbanas, entre las que destacan aquella del hombre que se acerca a relatar historias vintage de batallas olvidadas; también se oyen ruidos de cadenas y golpes en las puertas; o está La viuda descalza, hermosa mujer que toma de la mano a sus amantes por lo general en estado de ebriedad, y luego dizque aparecen ensangrentados al otro lado de la ciudad; y no falta hasta la figura del mismísimo Pedro Domingo Murillo en su afán por iniciar conversa con algún transeúnte. 

Entre las leyendas urbanas paceñas está la de La viuda descalza, hermosa mujer que toma de la mano a sus amantes por lo general en estado de ebriedad, y luego dizque aparecen ensangrentados al otro lado de la ciudad

James Andrade, fruto de amores formales entre mujer paceña de orgulloso metro y medio y gringo fornido criado en lides militares, lee tanto al respecto que en cuanto pisa tierra paceña después de larga ausencia, decide dar vueltas alrededor de la Plaza Murillo con la intención de hacer contacto con fenómenos paranormales. Viene bien parapetado por una mente analítica y racional que solo le permite el “ver para creer” de rigor y largos años de estudios sobre el tema, con vasta experiencia en percibirlos. 

Desarrollé la intuición desde pequeño, dice en impecable español y sin acento. Desde niño podía ver sombras detrás de las cortinas de mi casa, también en el jardín y siempre deambulando por lugares aislados en completa soledad. Caminé muchas veces sintiendo compañía, no solamente grata, muchas veces tenebrosa y en un par de ocasiones, siniestra, aclara con cierta suficiencia. En estado onírico recibí mensajes desde otras culturas, donde el espacio y el tiempo pasan desapercibidos, dice entre sorbos de mate de coca ofrecido con generosidad para combatir el temible sorojchi. Por eso decidí mantener mi curiosidad y mis ojos en la tierra y en los seres humanos, desistiendo de hacer contacto con seres de otros mundos en universos paralelos, con la seguridad de que un día el contacto sería no solamente frontal, sino también placentero con alguna viuda descalza, anuncia con una enigmática sonrisa que lo hace más atractivo.

Por eso decidí mantener mi curiosidad y mis ojos en la tierra y en los seres humanos, desistiendo de hacer contacto con seres de otros mundos en universos paralelos, con la seguridad de que un día el contacto sería no solamente frontal, sino también placentero con alguna viuda descalza

Eloida Gómez, mujer joven y kachamoza, escucha a su primo con atención y algo de irreverencia. Estudiante de Antropología en la ciudad de Madrid, está de vacaciones en la ciudad de La Paz desde el mes de mayo con la intención de acompañar a su fraternidad en la Fiesta del Gran Poder para terminar su placentera estadía luego de los festejos del 16 de julio. Alrededor suyo una veintena de cumpas de barrio celebran las anécdotas entre saludes y yaaas de rigor. La noticia de su llegada corre a la par del autoritario pedido: lo van a atender bien al James, es hijo de mi hermana Mirenka que está casada años con su gringo, cuidado con hacerle averías, les advierto, dice la madre mientras adorna la mesa con platos de deliciosa comida. James, que está encantado con las atenciones, regala sonrisas y forros de celular que trae como obsequios para familiares y amistades.

La calle Jaén en el centro de
La Paz.

Luego de unos días de adaptación decide iniciar su labor de reconocimiento por las calles del centro paceño pero, para su sorpresa, nadie puede acompañarlo. Recibe diferentes disculpas en respuesta a su pedido, la más contundente de parte de Eloida. Imposible chango, me quedan muy pocos días en La Paz y hasta ahora no he compartido con mis amigas así que te toca ir solo, afirma. James se pone la chamarra de rigor, calza guantes y gorro en lana azul y refuerza su vestimenta con un poncho de figuras tiahuanacotas. 

Para combatir el frío, le han hecho beber un par de cájs que logran ponerlo en onda. Cerca de la calle Sucre mira su reloj y piensa que es demasiado temprano, recién nine o´clock, piensa sonriente. Para hacer algo de tiempo decide tomar un par de singanis en un restaurante cercano. Cuando está sentado y con la vista fija en su celular siente que la puerta del local se abre y una joven mujer se le acerca con naturalidad. ¿Te puedo acompañar? pregunta sonriente. James la mira sorprendido, la joven tiene una larga cabellera y grandes ojos negros que de alguna manera le parecen conocidos. Galán y con ganas de pasarla bien asiente complacido. Por favor, dice, recorriendo la silla con cortesía. La mujer lo mira a los ojos y lo embelesa, luego le cuenta que vive en la calle Jaén, que es viuda y que en las noches recorre los bares y restaurantes para olvidar su soledad. James se entusiasma con su historia de vida y pregunta qué desea tomar. Quiero un chuflay dice ella con seguridad. Luego de varias rondas siente la fuerza de la pasión y un suave ardor de estómago que le advierte del fuego del amor a primera vista. James pide dos rondas más y escucha el pesado ruido de una cartera en el piso que lo sobresalta. Pucha, perdón dice la hermosa intentando recogerla del piso. Pero James ya se abalanza sobre el misterioso bolso de aguayo que pesa mucho para ser tan pequeño, piensa al recogerlo. Al mirar bajo la mesa, observa que está sin zapatos. Decide no hacer ningún comentario al respecto y a los 5 minutos del primer sorbo, un frío recorre la piel de su frente junto a un fuerte zumbido y debilidad extrema. La última mirada sobre la ninfa de la calle Jaén revela la fragilidad de su existencia que se sumerge en un agujero negro de grandes proporciones.

Cuando está sentado y con la vista fija en su celular siente que la puerta del local se abre y una joven mujer se le acerca con naturalidad. ¿Te puedo acompañar? pregunta sonriente. James la mira sorprendido, la joven tiene una larga cabellera y grandes ojos negros que de alguna manera le parecen conocidos.

Al mirar bajo la mesa, observa que la misteriosa mujer está sin zapatos.

Cuando vuelve a abrir los ojos, está recostado en la misma silla del restaurante; dos policías inmovilizan su cabeza y la luz del amanecer le hiere los ojos. Ya está despertando, sujetale nomás, hazle echar un rato.

¿Dónde está la viuda descalza? pregunta todavía entreverado. ¿Viuda? Es una “pildorita” ¿Perdón? Que lo han pildoreado grave señor. Revise sus bolsillos por favor.

Vuelve a la casa cabizbajo y sin querer dar explicaciones pasa un día entero en medio de mareos y elucubraciones. La madre de Eloida lo atiende solícita y más tarde pregunta a su hija con firmeza. ¿Tienes algo que ver con esta historia? Una carcajada arrebata el aire paceño y misterioso. ¿Cómo puedo tener algo que ver? Son los “fenómenos paranormales” de la ciudad de La Paz, añade risueña.   

*Esta historia me la contó el propio James Andrade, todavía perplejo, con la intención de que alguna vez la cuente.

  • Roxana Pinelo Navarro es chukuta chuquisaqueña, amante de la buena vibra, lectura y conversa. 

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