Croniquita

Le Fakin Taco

Los hombres como vos y como yo estamos hechos de derrotas, le había dicho un hombre. Borracho estaba el llokalla jailón, pero se acuerda.
domingo, 12 de julio de 2020 · 00:46

Óscar Martínez

 

En el Tarkus todo es Rock nomás. Rock clásico y Bock, combinación ganadora para los inviernos. Y son tantos los inviernos que te pasas en la más absoluta soledad, que no sabes en qué gastar tu plata desde los jueves hasta los sábados (los domingos gastas en disipar el chaki en el cine o en el fútbol). Entonces decides experimentar invirtiendo tus ganancias en darle sentido a tus noches tropezando de boliche en boliche, sea el año que sea, en la Belisario.

Y si te gusta la Belisario es porque siempre ha estado ahí y porque siempre has estado ahí. Y te ves en esa calle en tu versión de venticincoañero y de todas las edades desde que te gusta el copete. Te ves, por ejemplo, con el pantalón medio ancho, piercing en la lengua y polera Abercrombie de bicho dientudo y perverso, entrando al Fucking Taco (temblando como perro k'ala porque te han robado la chaqueta en alguna banca de la Plaza Abaroa) convenciendo al greñudo de la puerta que no estás borracho sino contento, bien contento. Y él te mira sin mirarte, limándose las uñas mientras apoya su pie en la pared a modo de hacer una tranca diciéndote que no se reciben rebalses del Dragon Fly. Y vos, no pues papacho, cómo pues (en ese entonces no se decía “bro”), no me gustan los boliches jailones, y el de seguridad, al que le decían el Jimbo, con mala cara y peor actitud, amenazándote, que si haces quilombo te va a sacar a patadas, y vos, ya ya, sí sí, mientras piensas que lo único que puede salvarte la noche es ir por ahí, inventarte un problema, usar el ring de box y quedar bien con esa loquita a la que odia que le digas loquita que sabes que está ahí, vibrando por UNIT, y el ya demasiado buen tipo que dicen que es su vocalista.

La calle Belisario Salinas en La Paz, está llena de boliches.

Entras. Los mismos de siempre. El metalerín que siempre está sentado en las gradas del Quinto, fumando y hecho al interesante. El flaco de los tatuajes que luego se convertiría en el primero en legalizar las fumadas poderosas en el Quinto, volviéndose tatuador o al revés, un tatuador poderoso que se volverá el fumador del Quinto.

Desafías a un gringo a romperte por una ponchera llenita de sandía y vodka y por el honor, vale decir, para ser observado por la loquita que odia que le digas loquita. El gringo te mira con desprecio y casi se podría decir que te subestima. Te dice “O rait gai”, mientras se saca la polera Guess y se pone los guantes rojos, exhibiendo a propósito sus abdominales donde tranquilamente se puede lavar ropa. Y vos que ya estás empezando a criar panza, te persignas mentalmente porque qué vergüenza hacerlo delante de todo el mundo y, además, desde ese entonces ya te estaba empezando a gustar perder y olvidar. La cosa era perder la vergüenza de hacerlo.

El gringo te mira con desprecio y casi se podría decir que te subestima. Te dice “O rait gai”,

Tus pocos cuates te dan ánimos diciéndote que has cagado, pero que van a lanzar la toalla, que eso es válido. Que lo cortés no quita lo valiente. Por esos años no habías leído a Roberto Bolaño, que dicho sea de paso faltaba poco para que se muera, pero ya había dicho eso de que hay un momento para escribir poesía y otro para boxear. Vos estabas en tu época de hacerte pegar y de olvidar. Entonces sientes un uppercut en la mandíbula, el resto de los marines del periodo pre Evo da alaridos en inglés y vos ves todo dar vueltas y vueltas y la llokallada de la esquina USFA que había ido a ver a UNIT pidiéndote con arengas locales que te levantes, que no seas maraco (en ese entonces tampoco se hablaba de deconstruir la masculinidad).

 

Noche en algún bar paceño.

Por esos años no habías leído a Roberto Bolaño, que dicho sea de paso faltaba poco para que se muera, pero ya había dicho eso de que hay un momento para escribir poesía y otro para boxear.

Pero no te acuerdas exactamente qué fue lo que pasó. Esa noche ha cambiado tantas veces y con tantas combinaciones posibles. Quizás antes de ponerte muy gallo, estabas haciendo como que tocas el riff de Smell like revolution and taste like evolution, la gente vibrando con UNIT y los gringos rapados con sus collares con chapas metálicas brillando con los colores del juego de luces rodeados de cien mil minas que los encuentran divinos y vos, negro acomplejado desde siempre, haciéndote al rockerillo marginal: Beware of the dog viejo, una huevada. Sí, una mierda. Y les miras feo y un gringo medio tojpi aplasta una lata de chela en su cabeza: ¿Estás hablando de mí? Yo saber español, mi padre Puerto Rico. Y vos: ¿Qué dice este? Y tu cuate: Creo que piensa que lo estás jodiendo.

Noche en algún bar paceño.

Levantas la mirada, ha llegado  la hora de la verdad. Estás ahí para perder, para olvidar. Estás traumado con eso que te ha dicho ese músico barbudo poeta y cocainómano: los hombres como vos y como yo estamos hechos de derrotas. Eso nos hace grandes. Por la ventana a través de los cristales mugrosos de esa ventana colonial se ve caer la lluvia finita. La gente corriendo para guarecerse de la tormenta. La lluvia finita que parece fragmentarse como el rocío que sale de un atomizador gigante por debajo del farol de luz ámbar que da a la Belisario.

Estás ahí para perder, para olvidar. Estás traumado con eso que te ha dicho ese músico barbudo poeta y cocainómano: los hombres como vos y como yo estamos hechos de derrotas.

Esa es la última imagen que queda; la imagen que vuelve de diferentes formas. Lluvia finita, farol de luz, melancolía. Luego todo es olvido, excepto cuando pasas por la puerta del Honguito y aunque te antojas un vacío o un lomito, el recuerdo del dolor de tu mandíbula, que duró meses o quizás años, el recuerdo de la delicia de la derrota que te ha marcado de por vida, puede más y te vas con las manos en los bolsillos al Mechanical. Total, ya no hay marines y los recuerdos no son tan dolorosos ahí, subiendo esas graditas en espiral rumbo a la derrota, otra forma de felicidad.

 

  • Óscar Martinez es autor de Diez de la mañana de un domingo sin fútbol y Crónicas del Llokalla jailón. Vagabundo y sibarita.
  • Este texto es parte del libro Crónicas del Llokalla jailón de Editorial Sobras Selectas, 2019.

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