Croniquita

Trazos alteños

De click en click en los paseos contemporáneos, suceden encuentros impensados y entrañables. Cristian Laime Yujra es uno de ellos. Un pintor que aspira a la inmortalidad de su obra.
domingo, 12 de julio de 2020 · 00:45

Marco Basualdo

Texto y fotos

 

El encierro, la angustia, y con la fibra óptica como único consuelo a la conexión humana, me obligaron a navegar por los ríos ilimitados de los contactos virtuales y el conocimiento infinito. Los conocidos repetían lo mismo de siempre, los conozco de antemano, y ya nadie me guarda sorpresas. Frases de famosos que hablan de un cultivado carácter, desafíos de cadenas que no conducen a nada, la avivada fe en un Dios que no vemos, pugnas y razonamientos políticos tan volátiles como un suspiro, en fin. Segundos, minutos, horas con el mouse haciendo click y más clicks hasta el cansancio de mi malograda vista. Hasta que una imagen en particular me detuvo mientras bajaba el cursor con desidia: la de una hermosa representación de una chola ataviada con esos nylon con los que cubren las chiwiñas pero de proporciones colosales, inmortal contra ese viento tan típico del crudo altiplano. Dicha obra de arte no podía pertenecer a alguien que no sienta orgullo de sus raíces andinas. Entonces me contacté con él. 

Cristian Laime Yujra, estudió en la Academia Nacional de Bellas Artes de La Paz.

Su nombre, Cristian Laime Yujra, quien muy amable accedió a una breve charla en ese cuadradito que aparece a un costado del monitor de computadora. Lo primero, que había nacido en Puerto Carabuco (ignoraba por completo la existencia de ese pueblo), a orillas del lago sagrado Titicaca, un 9 de abril (día de la Revolución Nacional del MNR) de 1988. Sorpresa, se trataba de un personaje muy joven, bueno para mí que soy del 72. Y lo imaginé niño de abarcas, con los cachetes quemados por el sol, acompañando a su madre en la pesca y cosecha. El padre había marchado lejos. Luego me dijo que se mudó a una casa en la zona Pacajes de la urbe alteña, y que siempre fue introvertido, cosa que, aseguró con un par de emoticons, aún le cuesta superar. “Ser hijo único y huérfano de padre, te puede enfrentar a muchas cosas difíciles, como la discriminación o el bullying, cosa que era muy habitual, pero también te enseña a valerte por ti mismo, a no conformarte con lo que tienes, sino aspirar a ser algo más, a buscar el progreso no solo por ti, sino por un futuro mejor para tu madre”, me escribió tras algunos segundos de dejarme en “visto”.

Ser hijo único y huérfano de padre, te puede enfrentar a muchas cosas difíciles, como la discriminación o el bullying, cosa que era muy habitual, pero también te enseña a valerte por ti mismo, a no conformarte con lo que tienes, sino aspirar a ser algo más, a buscar el progreso no solo por ti, sino por un futuro mejor para tu madre”.

La pregunta obligada se vino a continuación con algunos errores de mis dedos: ¿com llegoo la pitura a tu vida? “Desde que tengo uso de memoria, siempre tuve una afición por el dibujo, los colores y las formas; casi por instinto, dibujar unas veces en la escuela y muchas más en casa, hacían mis días más entretenidos. Hoy veo mis dibujos de niño y me siento casi un arqueólogo, había creado una especie de lenguajes que hablan de lo que veía, pensaba y quizá sentía”, me respondió desde el otro lado. Ya más confianzudo, empezó a darme su visión sobre el oficio al que ve como una extensión más de su pensamiento, “supongo que el arte no es un mero acto de hacer un objeto agradable a la vista o que contenga ciertas características estéticas, tal vez es el momento que antecede al objeto, el instante en que canalizas tu vida misma, ese instante único y casi milagroso de tu existencia en el universo”. Para mí, que soy un amante de las artes, pero sin ninguna escuela, era como esas lecciones virtuales que ahora empiezan a dar a los chicos imposibilitados de asistir al colegio.

Y me di cuenta también que Cristian pertenece a una generación con grandes inquietudes, cosa que yo creía perdida y sepultada. El 2007, como flamante bachiller, se había anotado a la Academia Nacional de Bellas Artes (ANBA), y viajaba con sacrificio todos los días desde su nueva casa en Río Seco hasta la sede de aquella institución en Sopocachi. Bajar desde allí fue un shock social, así me lo dijo. “Había personas de todo estrato, comprendí que casi vivíamos en mundos diferentes y en esa variedad había un ánimo de competitividad, lo cual me ayudó mucho. Cada uno quería ser el ícono del arte en Bolivia, todos creíamos tener la clave, todos aprendíamos el uno del otro. Fueron años maravillosos y con mucha sed de conocimiento”. A la mierda, este chango era consciente de su mundo, un testigo de su tiempo. Y obvio, un insigne defensor de su amada ciudad a 4.100 metros de altitud.

"La piedad" obra de Cristian Laime Yujra

“El Alto para mi representa un contraste, una lucha constante entre la modernidad y el mantener vivas las identidades culturales que la componen; es una mancha urbana apresurada, resultado de siglos de colonización y de sincretismo cultural; es una ciudad que aún no define un horizonte común, que aún está en proceso de construcción; es como un gran campamento de paso, siento que la gente está a la espera de que algo va a cambiar y a transformar sus vidas”, escribió y me resultó más que encantadora la visión acerca de su entorno, sobre todo para aquellos que somos ajenos, en estos tiempos de estigmas sociales que intentan marcar a los habitantes de esa metrópoli luchadora. 

“El Alto para mi representa un contraste, una lucha constante entre la modernidad y el mantener vivas las identidades culturales que la componen..."

Y también me habló sobre la inspiración de sus cuadros, esas majestuosas cholas de enormes polleras y sombreros borsalinos. “La mujer de pollera marca todo mi contexto, como la expresión sincrética de la mujer andina, la mujer paceña y alteña, que al final son lo mismo. Por tanto, representa la síntesis cultural de ambas ciudades; un valor simbólico que no deberíamos perder”. Cristian no paraba de darme lecciones, y de paso me traía al tiempo presente las imágenes de mi abuela del campo potosino por un lado, y por otro a las criadas de mi otra abuela en La Paz, con las que había crecido jugando pesca-pesca y oculta-oculta en aquellos años felices.

"Eternidad en los Andes" obra de Cristian Laime Yujra

“La mujer de pollera marca todo mi contexto, como la expresión sincrética de la mujer andina, la mujer paceña y alteña, que al final son lo mismo".

También me comentó que sueña con conocer el mundo, ver que hay más allá, ver si todo lo que dicen es real, conocer todo lo que el cuerpo le permita, y “con una obra que perdure, que sobreviva al tiempo, que hable de lo que vi, de mi tiempo y de mi mundo, de lo que me tocó vivir; que mi nombre no se pierda con los siglos, que esos instantes de vida que entregué en mis pinturas traten de alcanzar la inmortalidad”.

Fabuloso. Pasaron minutos de clicks y ya había hecho una nueva amistad virtual que me estaba dejando ricas enseñanzas. Y antes de cerrar la página, nos deseamos buena salud y prometimos vernos para tomar unas cervezas y pasear por su ciudad, cuando esto del Corona se esfume de una buena vez. 


 

  • Marco Basualdo es bonaerense, hijo de bolivianos. Como periodista, hizo del desarraigo uno de sus temas preferidos. Escribió Rock boliviano: Medio siglo, donde registra esa complicada aventura de los altos decibeles en el país.

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