Confesiones

Cuñadas, en paz y juntas, solo difuntas

Celebrar la vida todos los días. Esa es la lección del corona-bicho que hoy comparte una carta de amor. Abrácense, abracémonos mucho.
domingo, 19 de julio de 2020 · 00:02

Pilar Soruco

 

La sabiduría de los refranes populares es extraordinaria. Todos nos identificamos rápidamente con el contenido  de muchos refranes. Por ejemplo:

Dime con quien andas y te diré quien eres.

Si me aplico el contenido de este refrán, necesariamente tengo que aceptar que mis compañías fueron aquellas que se bebían hasta el agua del florero y se fumaban hasta la paja de las escobas. Y lo acepto. Pero también es cierto  que Lo cantado y lo bailado, no nos lo quita nadie.

Otro: En casa del herrero, cuchillo de palo.

Soy abogada y la cantidad de asuntos legales personales inconclusos que ocupan la gaveta es enorme. Quien lo hereda, no lo hurta. Por genética familiar, somos acumuladores de papel. Puede ser en libros, revistas, documentos, periódicos, tanto así que un querido primo decía: “Cuando la mamá ratona educa a sus ratoncitos, les inculca el “sean buenos y cuando mueran irán al cielo de los ratones, que es la casa de algún Soruco”.

Y así, sucesivamente, revisando los refranes vi que puedo aplicar casi todos a mi vida. Hasta que llegué a aquel que dice “Cuñadas en paz y juntas, solo difuntas”.

Todos conocemos historias de la cuñada que odia a la mujer de su hermano, o de la esposa que se lleva pésimo con la hermana del marido. Brotan los celos, las envidias, los malos entendidos, se hacen la vida imposible entre ellas, y peor que una suegra es una cuñada ejerciendo de suegra. Eso lo sabemos todos, así es la naturaleza humana.

Todos conocemos historias de la cuñada que odia a la mujer de su hermano, o de la esposa que se lleva pésimo con la hermana del marido.

Pero ese refrán no aplica conmigo, no aplica, no aplicó nunca. Por un lado y por el otro he tenido siempre la felicidad de mantener unas relaciones excepcionalmente buenas con todas mis cuñadas. Es la excepción que confirma la regla.

Pero ese refrán no aplica conmigo, no aplica, no aplicó nunca.

El jueves pasado, Carol la menor de mis cuñadas que vive en Cataluña, puso un mensaje preocupante,  indicando que su hermana Eloisa, la mayor, la que vivía en Málaga, estaba en la clínica, había tenido un infarto cerebral y el médico decía que era cuestión de horas. Sentí una punzada en el estómago, un mal presagio en el corazón. A las tres de la mañana, hora de La Paz, recibí un WhatsApp “Se fue la Eloisita”.

Qué pena tan grande me invadió. Qué pena estar tan lejos. Qué impotencia no haberla podido acompañar. Qué impotencia no poder ir a abrazar a sus hijos Carlitos y Merce. La había visto en diciembre de 2018. Cuando quieres a una persona, te resistes a ver los signos de envejecimiento, te niegas ante la evidencia de las  arrugas y la dificultad para caminar.  Solo tres días estuve con ella. El tiempo nunca fue suficiente para ponernos al día con las noticias de la familia, las anécdotas de los hijos, de los nietos. Su nieto mayor acababa de casarse. Le hacía mucha ilusión la posibilidad de ser bisabuela.

Cuando quieres a una persona, te resistes a ver los signos de envejecimiento, te niegas ante la evidencia de las  arrugas y la dificultad para caminar.

Málaga es una hermosa ciudad a orillas del Mediterráneo. Me llevó a un “chiringuito” en la playa y pedimos calamares, chipirones y sardinitas. Delicias del mar que me las comí todas. Ella estaba con poco apetito.

Que corta resulta la vida cuando la armonía fluye y cómo pasan rápido las horas si estás agradablemente con una persona.

Una calle en Málaga, España.

Eloisa vivió sesenta años en España, casada con Ricardo Segura, hijo de españoles pero nacido y formado en Cochabamba, médico pediatra. Ricardo era tan buen pediatra como chef, y de un sentido del humor espectacular; era un deleite conversar con él. Se fue sorpresivamente el 2002 a raíz de un cáncer. Pocas veces vi un matrimonio tan bien avenido. Para Eloisa 18 años no fueron suficientes después de la partida de Ricardo para asumir la pérdida. Era su par. Su mitad.

Recordar a Eloisa todos estos días me hizo comprender una vez más la importancia de buscar, ver y abrazar  a la gente querida siempre que se pueda.

El paso del tiempo es implacable, no perdona. Por el momento e impedidos de darnos besos y abrazos, por el corona-bicho, busquemos al menos contacto virtual. 

El paso del tiempo es implacable, no perdona.

El espacio que tengo en esta columna no me permite entrar en detalles de lo que me gustaría contarles de Eloisa. Solo decirles que me felicito por haber pasado en diciembre de 2018 por Málaga. Me acompañó a la estación a tomar mi tren a Madrid y cuando me di la vuelta para decirle chau con la mano, la vi salir del recinto apoyada en su “burrito”, lentamente y una enorme nostalgia me invadió. Quizá mi corazón supo en ese momento que ya no la vería más.

...cuando me di la vuelta para decirle chau con la mano, la vi salir del recinto apoyada en su “burrito”, lentamente y una enorme nostalgia me invadió. Quizá mi corazón supo en ese momento que ya no la vería más.

Este es un homenaje a esa mujer generosa, buena, tierna, gran hija, gran esposa, gran hermana, gran madre, gran tía, gran cuñada.

Con Eloisa , como con mis otras cuñadas, las que están vivas y las que ya no, Mecha, Shirley, Carol, Sylvia, Laura, Carmen y Cuqui, no apliqué nunca al refrán: Cuñadas en paz y juntas, solo difuntas, porque siempre estuvimos y estamos en paz y siempre juntas. Descansa en paz querida Eloy.

Cuñadas en paz y juntas, solo difuntas, porque siempre estuvimos y estamos en paz y siempre juntas.

 

  • Pilar Soruco Etcheverry es abogada y profesora universitaria. Escribe cuentos infantiles para sus nietas.

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