Croniquita

De Caracas a La Paz

Más de una década en el exilio tras la Revolución de 1952, la familia Bastos volvió a La Paz en 1969. Juan, pintor paceño residente en los Estados Unidos, recuerda ese retorno. Una memoria costumbrista con aires de Chuquiago.
domingo, 19 de julio de 2020 · 00:04

Juan Bastos

 

"Cuando llegues a La Paz, pisa con el pie derecho al salir del avión" me recomendó mi abuela cuando me despedía de ella en Caracas. Era el 8 de febrero de 1969 y con mis once años cumplidos, no entendía su preocupación y ansiedad sobre mi viaje.  Mi comprensión y conocimiento sobre mis raíces bolivianas se limitaban a las ferias anuales que organizaban las damas bolivianas en las tierras tropicales en las que crecí, la comida picante que gustaba en casa pero que yo no me atrevía a comer, y a un par de cuadros al óleo pintados por mi tía Yolanda, con cerros rojos muy ajenos al verde "Ávila" que majestuosamente vestía Caracas, acompañado por las bandadas de loros cantando en cada atardecer.

La Paz, zona del Obelisco,
años 60.

Me acordaba con claridad eso sí, de las visitas a la residencia de la embajada de Bolivia de niño, pues los embajadores Aráoz eran amigos de mis padres. En el modesto apartamento de mis abuelos podía ver enmarcadas una pocas fotos antiguas de antepasados muy elegantes y señoriales que no reflejaban nuestra vida en Venezuela. Mis abuelos habían salido como asilados políticos en la Revolución del 52 y jamás habían vuelto a su patria. Mis padres y hermanas partieron poco después. Recientemente mi padre había conseguido un trabajo en La Paz y nos esperaba a mí y a mi madre allí.

Mis abuelos habían salido como asilados políticos en la Revolución del 52 y jamás habían vuelto a su patria. Mis padres y hermanas partieron poco después. Recientemente mi padre había conseguido un trabajo en La Paz y nos esperaba a mí y a mi madre allí.

El avión de Iberia aterrizó en una ciudad de El Alto muy diferente de lo que es hoy en día. Cuál sería mi sorpresa de verlo esperándonos al bajar de la escalerilla del avión, y a su lado un pequeño autobús. Antes de pisar tierra boliviana sentí que me alzaba y directamente me depositaba en las gradas del bus. El aeropuerto que se conoce hoy en día estaba siendo construido, y tan solo conocí uno muy pequeño y sencillo, en el cual  noté cómo un pasajero necesitaba el uso de oxígeno. El cambio de altura, y la entrada al valle de La Paz en esas épocas, con su camino adornado de carteles cuyas marcas y propagandas eran totalmente desconocidos para mí.

El aeropuerto que se conoce hoy en día estaba siendo construido, y tan solo conocí uno muy pequeño y sencillo, en el cual  noté cómo un pasajero necesitaba el uso de oxígeno.

El barrio de Sopocachi, principios de 1970.

El taxi nos dejó en la calle Méndez Arcos, a media cuadra de la Plaza España. Una vivienda temporal, hasta que la casa de mi abuela se desocupara e hicieran las reparaciones necesarias. Conocí esa tarde nuevos primos que me llevaron a la Plaza Abaroa a jugar. Al saber sobre la historia del héroe nacional, me hizo recuerdo a las visitas a las playas del litoral, y cuando ese horizonte azul turquesa aparecía, mi abuela se dirigía a mí y a mis primos y exclamaba en voz alta: "el mar... chicos, vean el mar..., disfruten de él, que no lo tenemos en Bolivia".  Nosotros nos reíamos sin entender su entusiasmo.

...me hizo recuerdo a las visitas a las playas del litoral, y cuando ese horizonte azul turquesa aparecía, mi abuela se dirigía a mí y a mis primos y exclamaba en voz alta: "el mar... chicos, vean el mar..., disfruten de él, que no lo tenemos en Bolivia".  Nosotros nos reíamos sin entender su entusiasmo.

Después de un fuerte soroche que agarré esos días, fuimos a la misa de difuntos de un pariente de mi madre. La iglesia estaba atiborrada de mucha gente que saludaba con mucho afecto a mis padres, y al dirigirse a mí, la frase típica de "tú debes ser Juan Fernando..., yo soy tu tía", y así, una seguidilla de parientes se iban multiplicando. Nuestros familiares en Venezuela eran solo una hermana de mi madre con sus tres hijos, mis abuelos, y unos tíos con sus hijos, que veíamos una vez al año en el Estado de Falcón. En La Paz, en cambio, mi abuela materna tenía nueve hermanos, así que con tan solo esa parte de la familia, las sorpresas eran a diario. 

El cambio de colegio fue fácil, de La Salle de Caracas al de La Paz, donde mi padre había ido. El bus dos me llevaba cerca de éste, atiborrado de pasajeros y el único lugar accesible para poder ir, era compartiendo el peldaño del vehículo con un pie diestramente puesto con prácticamente el cuerpo al aire, y con otros pasajeros que, como yo, no podían entrar a la repleta movilidad que parecía que se inclinaba por exceso a un costado. Con una mano agarrando mi bulto escolar y con la otra abriéndome paso entre muchas manos trenzadas prácticamente en la barra de la puerta para evitar caernos. Aún recuerdo la recta final, corriendo, compitiendo contra el reloj, y cómo batía mi corazón al subir la empinada cuesta de la calle Loayza antes que toque el timbre escolar.

El tradicional micro 2 de Sopocachi.

El bus dos me llevaba cerca de éste, atiborrado de pasajeros y el único lugar accesible para poder ir, era compartiendo el peldaño del vehículo con un pie diestramente puesto con prácticamente el cuerpo al aire...

Recuerdo mi primer día de clases, y una ronda de chicos queriendo escuchar cómo hablaba. Mi fuerte acento y modismos venezolanos despertaban grandes risas, y a su vez, yo no podía entender su acento. A las cuatro de la tarde era la hora de las aventuras de Kalimán en la radio, y todos corrían a su casa para no perderse el capítulo. Las autopistas, la televisión, la coca cola en lata,  los centros comerciales, todo eso era parte de un pasado y no de una realidad en esos días en La Paz. El recientemente construido edificio Alameda era el gran orgullo del momento, y las únicas escaleras mecánicas de toda la ciudad  estaban al frente, en el edificio de "Las Vegas".

La plaza Abaroa en los años 70.

A las cuatro de la tarde era la hora de las aventuras de Kalimán en la radio, y todos corrían a su casa para no perderse el capítulo. Las autopistas, la televisión, la coca cola en lata,  los centros comerciales, todo eso era parte de un pasado y no de una realidad en esos días en La Paz.

Solía caminar desde el colegio hasta la plaza España todos los días, pasando por El Prado de antaño, y jamás sentir el temor y riesgos que tenía en Caracas. Muy temprano en la mañana al despertarme se escuchaba el razz-razz de la cholita barriendo la calle, y más tarde la visita de la lechera tocando el timbre de la casa y bajar con una olla para recibir la leche fresca, que por cierto, después de pasar por un hervor, disfrutábamos de la rica nata con pan.  Pienso cuan afortunado fui de llegar a vivir en esa La Paz de antes. El imponente Illimani reemplazó el Ávila,  las montañas rojas cobraron vida, y me imagino que cuando mi padre me alzó al bajar del avión, aterricé con el pie derecho, ya que los próximos diez años que viví en Bolivia fueron años muy felices.

 

  • Juan Bastos es retratista. Sus retratos están en instituciones como la Universidad de Harvard. En 1999, el periódico The New York Times lo nombró entre los seis principales retratistas contemporáneos en los Estados Unidos.

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