Croniquita

La Paz 1900. Un día de fiesta

Las fiestas, como importante parte de la sociedad paceña, son eventos registrados en estos diarios, fiestas que ahora resultan diferentes y particulares para nuestra época; del mismo modo que, seguramente, en unos años este 16 de julio lo parecerá. ¿Cómo se celebró en 1900?
domingo, 19 de julio de 2020 · 00:03

En 1900 Alcides Arguedas, autor de Raza de bronce, Pueblo enfermo y otros, comenzó a escribir una serie de diarios en los que expresó sus pensamientos íntimos y vivencias como escritor, abogado y diplomático. Al mismo tiempo que registro personal, los diarios sirven como una impresión de la época. Las fiestas, como importante parte de la sociedad paceña, son eventos registrados en estos diarios, fiestas que ahora resultan diferentes y particulares para nuestra época; del mismo modo que, seguramente, en unos años este 16 de julio lo parecerá.
¿Cómo se celebró en 1900?
 

Alcides Arguedas

 

1900

En este día de fiesta todos los pasantes lucen trajes nuevos y andan con cara alegre, como si el paso del tiempo les causase regocijo.

Las campanitas de San Sebastián repican alborozadas. Grupos de indias ataviadas con trajes en que sobresalen los colores más vistosos, (rojo, verde, amarillo), van a la iglesia en cuyo atrio ya han de estar instalados mis amigos para ver entrar las chicas a la iglesia. Allí estarán el narigón Arturo, que le hace la corte a Concha; el valiente Exequiel, que persigue a Encarnación. Yo iré a ver a Julia, la linda morena... Estará también Elsa, la rubia teutona, con sus amigas las E...

Grupos de indias ataviadas con trajes en que sobresalen los colores más vistosos, (rojo, verde, amarillo), van a la iglesia en cuyo atrio ya han de estar instalados mis amigos para ver entrar las chicas a la iglesia.

Jovencitas en La Paz, principios del sigo XX.

Son las nueve de la mañana y debo vestirme.  Me pongo mi traje nuevo de jaquet y cuando entro a la iglesia ya ha comenzado. Encuentro a mis amigos cerca la lámpara de entrada, mezclados entre los indios que llenan toda la parte baja del templo porque la parte superior de la nave está destinada a las mujeres únicamente.  Las cholas e indias; que forman toda la masa, se arrodillan en el suelo pelado y enladrillado; pero las niñas decentes hacen llevar sus reclinatorios con las muchachas y al arrodillarse en ellos sobresalen y se destacan de la muchedumbre dibujando sus bustos envueltos en el mantón negro...

Las cholas e indias; que forman toda la masa, se arrodillan en el suelo pelado y enladrillado; pero las niñas decentes hacen llevar sus reclinatorios con las muchachas y al arrodillarse en ellos sobresalen y se destacan de la muchedumbre dibujando sus bustos envueltos en el mantón negro...

Después del almuerzo, a las doce y media, Arturo se presenta como de costumbre en casa para llevarme a la suya que es como si fuera mía. Su madre doña María, me trata con gran cariño sólo porque sabe que su hijo y yo somos inseparables. Y él, Guillermo, Exequiel y yo formamos una sola familia y jamás se nos ve separados. Donde está el uno, tienen que estar los demás...

Salimos.

En la plazuela del barrio sobre la que dan casi todas nuestras casas, hay ruedas de indios que bailan al son de sus flautas tristes. Los phusiphiyas están revestidas de la cintura para arriba, hasta el cuello, con pieles de jaguares; los choquelas llevan pollerines blancos de tela encarrujada y sombreros con especie de diademas de plumas. Sólo los khusillos ágiles y graciosos llevan cubierto el rostro. Todos corren de un lado a otro, en fila, sin dejar de soplar en sus flautas y las mujeres van al fin, también en fila, o bien alternadas con los hombres.

Los phusiphiyas están revestidas de la cintura para arriba, hasta el cuello, con pieles de jaguares; los choquelas llevan pollerines blancos de tela encarrujada y sombreros con especie de diademas de plumas.

Todas las muchachas que tienen sus casas sobre la plazuela han abierto sus balcones con pretexto de ver a los bailarines indígenas. Concha ha dejado la ventana de farol de la alcoba de sus padres y que es su habitual y constante mirador, para instalarse en el balcón abierto de su salón cuyas ventanas miran a la Calle Ancha, llamada así porque es la única en la ciudad que tiene, creo, más de veinte metros de ancho y a la plazuela; María, en la casa que hace ángulo con la de Concha, ocupa todo un ancho balcón con sus amigas; Carmen Rosa, mi vecina, parece una muñeca de cera por su palidez de cadáver, sus ojos negros y profundos, su tenebrosa y abundante cabellera y su sonrisa dulce y triste; Carmela, la dulce y buena Carmela, hermana de Exequiel, la tímida y huraña pero linda Carmela, también está en su balcón muy formalita al lado de su madre, la otra doña María, acaso más buena conmigo que la madre de Arturo. Y por fin, Julia, mi adorado tormento, se muestra en las nubes, infinitamente lejos, infinitamente alto...

Todas las muchachas que tienen sus casas sobre la plazuela han abierto sus balcones con pretexto de ver a los bailarines indígenas.

¡Qué barbaridad vivir así!...

Mujeres en El Prado de La Paz, principios del siglo XX.

Los balcones de las otras casas están a una decente altura del suelo, es decir, a cuatro o cinco metros. Los de Concha son los más racionales, porque bajándose ella y poniéndose uno sobre la punta de los pies en la vereda, acaso sea posible confiarse un secreto en voz baja y hasta darse un apretón de manos.  Pero Julia queda arriba, colgada entre el cielo y la tierra, a una distancia imposible. Y no es que la casa tenga tres o más pisos, sino que es de dos, como todas las de la plazuela; pero el albañil ha tenido la fantasía de hacer un ensayo de altura y les ha puesto a los pisos techos, creo que de ocho o diez metros, de manera que mi novia domina los tejados de todas las casas y está a la altura del llano de Cusipata que se descubre al frente, junto a los campos de combate de Caja del Agua, donde algunas veces vamos a batirnos a honda con los rivales de esa región, y, con éxito, porque siempre resultamos los más valientes...

Pero Julia queda arriba, colgada entre el cielo y la tierra, a una distancia imposible. Y no es que la casa tenga tres o más pisos, sino que es de dos, como todas las de la plazuela; pero el albañil ha tenido la fantasía de hacer un ensayo de altura y les ha puesto a los pisos techos, creo que de ocho o diez metros, de manera que mi novia domina los tejados de todas las casas...

Mis amigos y yo, trajeados de gala y de dos en dos, recorremos las veredas, luciendo nuestros doblados guantes de pretil en el bolsillo del jaquet o de la americana, la flor en el ojal, el junquillo cimbreante en las manos y el pañuelo de seda de subido color, verde o rojo, apareciendo junto a los guantes y cual otra flor. Nuestros pantalones tienen raya fresca, están bien cepillados nuestros sombreros y reluce al sol el charol de nuestros zapatos.

El escritor Alcides Arguedas, primero a la izquierda.

En las puertas de calle de algunas casas hay tiendas de suertes. Las chiquillas han sacado a lucir los adornos del salón para atrapar a los ingenuos compradores y el negocio es redondo porque nunca sale ninguno, pues por cada cien papeles blancos se ponen cinco escritos con premios de chucherías baratas...

A eso de las dos, Arturo me lleva a su casa, que es la misma que ocupa Concha, de quien es inquilino. Charlábamos de nuestras novias, pero a poco se escuchó en la escalera ruido de menudos pasos.  Me llego a la puerta y veo subir las gradas a Julia. Un temblor singular me sacude el cuerpo y me entras locas ganas de huir...

Julia es de regular estatura, regordeta. Moreno es el color de su rostro, tiene pequeña y sensual la boca, recta y bien formada la nariz. Sus ojos son oscuros y de mirada no muy elocuente y a mí me parece la mujer más bella del mundo.

Viene de visita a lo de su amiga Concepción y posiblemente no sabe que estoy en la casa.

¿Entro? ¿No entro? Las dudas son crueles y mi timidez ha aumentado de volumen. Al fin, venciendo temores, me presento en la puerta del salón y la criada anuncia mi nombre. Julia lanza una exclamación consternada, se pone de pie y quiere escapar; pero la detiene Concha...

Los dos hemos enrojecido hasta la sofocación. Se diría que el vernos es una falta imperdonable. Y, sin embargo, hasta ahora sólo hemos cambiado miradas sostenidas, sonrisas tenues y algún apretón de mano en los encuentros ocasionales. Nunca hemos dicho la más inocente frase de amor: pero ella, por sus amigas, especialmente por Concha, sabe que la quiero; y yo, por los míos, sé que no le soy indiferente...

Los dos hemos enrojecido hasta la sofocación. Se diría que el vernos es una falta imperdonable. Y, sin embargo, hasta ahora sólo hemos cambiado miradas sostenidas, sonrisas tenues y algún apretón de mano en los encuentros ocasionales.

Concha, muy seria, y fingiendo algo que hacer, nos deja a solas...

Yo tiemblo y Julia enrojece y abre los ojos espantada y cual si de pronto se hubiese visto al borde de un precipicio insondable. Callamos un rato mirándonos con angustias y sólo se oye el latir de nuestros pechos. Julia baja los ojos al suelo y el rubor le cubre la frente. Yo, pensando que de un momento a otro puede venir Concha y que ya no tendría más oportunidad de verme a solas con ella, hago un poderoso esfuerzo de voluntad y con voz tímida y balbuceante, le digo:

Julia... ¡Yo la quiero a usted!...

Un joven Alcides Arguedas en 1900

Ella tiembla, se estremece, enrojece aún más y levantando los ojos responde con voz queda:

No creo... Yo soy incapaz de inspirar amor a nadie... Usted...

¡Concha reaparece con la misma seriedad y nosotros no podemos evitar un expresivo gesto de despecho...! ¡Qué inoportuno, Dios mío! ¿Qué le costaba quedarse unos momentos más?...

La visita se prolonga hasta la oración.  Julia se sale a las seis y yo una media hora más tarde...

Me voy hueco, orondo, hinchado de felicidad...

 

  • Este texto de 1900 es parte del volumen 1 de los Diarios Íntimos de Alcides Arguedas, documentos inéditos que se encuentran en la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos en Washington. Forman parte de la investigación de la tesis de licenciatura La vena de la amargura: Diarios Íntimos de Alcides Arguedas 1900 - 1908, de Melisa Balderrama Siles, UMSA.

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