Memoria 17 de julio 1980

Si usted dispara, yo también disparo, ¡carajo!

La mañana del 17 de julio de 1980 el revuelo estalló en Trinidad, no en La Paz. En medio del desconcierto, la presidenta Lydia Gueiler reunió a su gabinete en el Palacio de Gobierno. Poco después llegaron los paramilitares ¿Cómo se consumó el golpe de Estado de 1980?
domingo, 19 de julio de 2020 · 00:07

Una voz al oído del Mosca Monroy

Si usted dispara, yo también disparo, ¡carajo!

 

Cecilia Lanza Lobo

Texto y fotos

 

Mosca era el apodo de un hombre llamado Fernando Monroy cuyos ojos negros como huevos de gallina oscura, delataban a un mal tipo. Fernando Mosca Monroy era usado como agente provocador del ministerio del Interior hasta que en 1979 fue encarcelado acusado de asesinato. El jueves rojo, 17 de julio de 1980, el coronel Luis Arce Gómez quien comandaba las acciones más oscuras del golpe de Estado en plena marcha, hizo que lo soltaran para ponerlo al frente de las bandas paramilitares que actuaron ese día. El Mosca estaba como perro desatado, eufórico y feroz. Después de atacar la Central Obrera Boliviana, embarcó a sus presas en las ambulancias usadas para el caso y arrancó rumbo al Palacio de Gobierno junto a su pandilla. Por poco se cruzan con Siles Zuazo y los suyos (vencedores de las recientes elecciones nacionales que motivaron aquel golpe de Estado), que acababan de salir de allí luego de oír los disparos en la sede de la COB.

El jueves rojo, 17 de julio de 1980, el coronel Luis Arce Gómez quien comandaba las acciones más oscuras del golpe de Estado en plena marcha, hizo que lo soltaran para ponerlo al frente de las bandas paramilitares que actuaron ese día.

Escenas de tiempos de dictadura en Bolivia.

Llegaron al Palacio, estampillaron periodistas contra la pared, a golpes hicieron rodar las escalinatas al ministro de Informaciones, Oscar Peña. Tirando puertas ingresaron al recibidor del salón donde minutos antes la Presidenta Lydia Gueiler había reunido a su gabinete. Estaban todos menos uno: el ministro de Defensa, claro, Wálter Núñez. Se había esfumado.

Segundos antes, el ministro de Planeamiento, Jaime Ponce, había advertido la presencia de aquellos hombres y más tardó en salir que en volver a entrar al despacho para dar la alarma, agarrar a la Presidenta y correr hacia el entretecho del Palacio en el intento de huir por allí hacia la Catedral Metropolitana, vecina del Palacio Quemado.

Un incidente retrasó pocos segundos el ingreso de los paramilitares a la sala y permitió la huida de la Presidenta y algunos de los miembros de su Gabinete. Fue el ministro de Educación, Carlos Carrasco, que salió de la sala a mirar lo que pasaba y se topó con el Mosca, cara a cara, los bigotes negros, los ojos ardientes salpicando adrenalina. Le clavó el caño de su metralleta en el vientre dispuesto a disparar, pero en ese mismo instante el Mosca sintió que un revolver se apoyaba en su sien. Era el capitán Agustín García, edecán de la Presidenta, que con una inusitada entereza, absolutamente a contramano de todo lo que en el país sucedía, clavó sus ojos en el temible Mosca Monroy y apretando el gatillo de su voz le dijo: Si usted dispara, yo también disparo, ¡carajo!

Fue el ministro de Educación, Carlos Carrasco, que salió de la sala a mirar lo que pasaba y se topó con el Mosca, cara a cara, los bigotes negros, los ojos ardientes salpicando adrenalina.

Más tarde, el Mosca, extasiado, enloquecido por el placer de mirar a sus víctimas desinflarse a sus pies, dueño y señor de esas horas, luego días, semanas de terror, asaltó la radio de los jesuitas, destrozó lo que pudo y se marchó al cuartel de Miraflores donde tuvo a sus presas boca abajo, tragando estiércol.

La presidenta Gueiler y algunos de sus ministros no lograron llegar a la Catedral. Aguantaron escondidos en el techo del Palacio de Gobierno y horas más tarde, cuando aparentemente el momento más terrible había pasado y no se oía nada más que silencio, volvieron a bajar, sigilosos. Encontraron al jefe de la Casa Militar en el comedor, almorzando como si nada. Los militares se habían apoderado ya del Palacio y por orden de los golpistas trasladaron a la Presidenta a la residencia presidencial y le echaron candado. Más tarde apareció el general Armando Reyes Villa, comandante en jefe de las Fuerzas Armadas que poco antes ese día le había jurado lealtad, para obligarla a leer su renuncia, la voz quebrada, la democracia vejada, frente a las cámaras de televisión.

La Junta de Comandantes de la dictadura. Al centro,
Luis García Meza.

Más tarde apareció el general Armando Reyes Villa, comandante en jefe de las Fuerzas Armadas que poco antes ese día le había jurado lealtad, para obligarla a leer su renuncia, la voz quebrada, la democracia vejada, frente a las cámaras de televisión.

El golpe había triunfado.

 

  • Cecilia Lanza Lobo es escritora y periodista. Hizo televisión y videoperiodismo, es autora del libro Mayo y Después. Los últimos días de la dictadura. Dirige Rascacielos.

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