Croniquita

La telechupa

La paradoja de los encuentros en el nuevo cuadrilátero. Allí donde se resuelven amores y desamores como dios manda. Y para las pasiones bien maceradas en alcoholes varios, no hay medias tintas, el lenguaje es el que es.
domingo, 26 de julio de 2020 · 00:02

Marco Basualdo

 

Ya no daba más y empecé a extrañar las calles, las salidas, los encuentros, y obvio, las chupas. Y en ese tema en específico, a mi yunta de cinco incluyéndome, con los que hace años nos juntábamos para beber y hablar huevada tras huevada. Pero el trabajo, la familia y esas estúpidas discusiones sobre política nos habían alejado y sólo saludaba a uno de ellos en esa aplicación con la que apenas me habitué: el WhatsApp.

Entonces wasapeé a Logan, con quien más o menos tengo seguida conversación, para saber cómo estaba pasando esta pandesgracia. “¿Cómo es cojudo? ¿todo bien?”. “Marquiiiiitooo”, me dijo del otro lado, añadiendo además que qué milagro y si me estaba cuidando, yo que ando medio baqueteado de los pulmones. “¿No te ha hecho nada el Covid, en serio?”. Logan no había cambiado nada, seguía siendo el mismo torpe, pero era bueno escucharlo, bueno leerlo. Y le pregunté por los changos de antaño, que alguna vez lo vi por la calle al Pochito, que me dio su número de celular pero que nunca responde. “Yo los tengo a toditos de contacto, algunas veces nos vemos por el Zoom, pero como vos eres medio antiguo nunca te he invitado a las charlas”, me retó, además de ponerme el emoticón con la sonrisa plena. “También hemos chupado por Zoom, cojudo”, añadió. “¿Y cómo es eso?”, pregunté. “Qué huevada, tienes que actualizarte. Haremos una cosa, te añado para la próxima chupa y ahí charlamos todos, sólo tienes que aceptar, no es difícil”, volvió a decir con otra carita de carcajada acompañando al punto final, y yo, poniéndole el pulgar de despedida.

“Yo los tengo a toditos de contacto, algunas veces nos vemos por el Zoom, pero como vos eres medio antiguo nunca te he invitado a las charlas”

Al día siguiente desperté y apenas abrí las redes para recibir esta odiosa rutina, me encontré con el mensaje de este mi amigo, divorciado y con dos hijos a quienes no ve más que de manera virtual, y ahora menos con la pandemia cada vez más amenazadora. “La chupa es mañana desde las 7, comprate harto trago, cojudo, ya te voy a enviar la invitación para que te conectes a tu compu ¿ya?”, me escribió Logan. Y con el carnet en mano que acreditaba mis salidas al supermercado, me aprovisioné de una caja de latas de cerveza que luego dejé a la intemperie; en este invierno paceño no son necesarias las heladeras.

Ya a la hora pactada de ese viernes, mientras googleaba noticias sobre el Coronavirus en el planeta, me llegó la invitación por WhatsApp para sumarme al Zoom ese. Y tras aceptar y aceptar, finalmente mi pantalla se iluminó con cuatro cuadrículas que contenían las caras de mis cuates, que me saludaron a coro: “¡¡¡Cómo esssss!!!”. Y así estábamos juntos de nuevo.

“¡¡¡Cómo esssss!!!”. Y así estábamos juntos de nuevo.

“¿Cómo es cojudo?, tanto tiempo”, me dijo el Cháchara, a quien no veía desde hace mucho como para poder advertir su barba crecida. Y también lo vi a Manú, que seguía igual, lo mismo que Pochito y no tanto así Logan, que se mostraba canoso y arrugado seguramente al mismo nivel que yo. Y fue una alegría contemplarlos, aunque fuera a través de la pantalla. “A ver, ¿qué se han comprado?”, preguntó de entrada Manú, mostrando una enorme botella de ron, a quien le siguió el Cháchara con un buen singani del sur boliviano, Logan con sus botellas de vino extranjero, yo con mi caja de chelas y Pochito que mostró una botella de agua mineral, haciéndonos reaccionar a todos: “Yaaaaa, ¿qué pasa pues?”, lo encaró Manú, mientras el Cháchara servía afanado su vaso de chuflay. “No voy a chupar, hermano. El otro día le he dado duro y me he deprimido el doble con este encierro”, respondió el contendido. “Yaaaa, bien huevón”, le reprochó Manú, a lo que Logan salió con un “se respeta, hermano, pero bien que estés en la reunión”.

“A ver, ¿qué se han comprado?”, preguntó de entrada Manú, mostrando una enorme botella de ron, a quien le siguió el Cháchara con un buen singani del sur boliviano, Logan con sus botellas de vino extranjero, yo con mi caja de chelas y Pochito que mostró una botella de agua mineral, haciéndonos reaccionar a todos...

Así fue que empezamos nuestra consternada charla preguntando por todo y nada, el trabajo, la casa, la familia, las ñatas; todo con un gran salud-seco de por medio. Mis amigos me estaban devolviendo a la vida, y la emoción y nostalgia, más la prolongada abstinencia, nos estaban embriagando en contados minutos. “¡¡Yaaaa!!”, por un lado, “¡¡yaaaa!!”, por el otro, los brindis al chocar los vasos contra la pantalla habían convertido nuestra reunión virtual en una romería de risas y recuerdos. El Cháchara, ocurrente como siempre, empezó con el “pucacapa calcatrepe”, que no jugábamos hace años, para designar una canción empezando por la derecha y que todos disfrutemos. De esa manera sonó Michael Jackson para Manú, el Pochito que eligió Soda Stereo, Logan con su romántico Luis Miguel, yo que elegí Deep Purple y el Cháchara que bailó con Ráfaga; en realidad, a esa altura cada uno se movía en solitario con los diversos ritmos con los que habíamos crecido y disfrutado en los años juveniles. Y otra vez, ¡salud!

Y otra vez, ¡salud!

Pero como en toda chupa, no podían faltar los cruces. Una macana, ni la pandemia podía evitar esa traicionera fase de toda borrachera. Y Manú y Logan empezaron con eso de los antagonismos, que plantean disciplinas como el deporte quebrantado o la política importuna. “Vos eres un choli de mierda, andáte a vivir a Tembladerani”, “y vos auriculo que tienen como ídolo histórico a un paraguayo”, “vos hablas contra el MAS pero esos años has cambiado de departamento y de autos”, “tu jefazo era un narcotraficante de mierda, y se han dedicado sólo a hacer canchitas”. La cosa se estaba poniendo furibunda, noté que el encierro también nos estaba afectando, que necesitábamos decirnos cosas, gritar este dolor cautivo, encerrado por un enemigo silencioso, invisible, que amenaza con matarnos y sin despedida alguna.

Pero como en toda chupa, no podían faltar los cruces. Una macana, ni la pandemia podía evitar esa traicionera fase de toda borrachera.

“¿Sabes qué, cojudo?, ya no te aguanto más, me voy”, dijo uno, no sin antes vaciar su vaso de un solo sorbo. Y el otro hizo lo mismo, despidiéndose del resto. “Chao cuates, nos vemos la próxima cuando ya no esté este huevón”. Y pese a que insistimos en que se queden, sus rostros se apagaron como la nada. “¿Ven, cojudos?, para eso toman”, quebró el silencio el Pochito, dándole un sorbo largo a su agua mineral que recién estaba a la mitad. Entonces empecé a recordar. Lo miré y como ya me había subido la cerveza, lo encaré como quien busca pelea. Había algo que no había sido aclarado entre los dos, cosas que había estado pensando en este maldito encierro y que me estaban desquiciando. “¿Te acuerdas de lo que has hecho ¿no?”, le dije al abstemio. “Por eso no quieres chupar y por eso tampoco contestas mis llamadas”. “Uta, vos también ya estás verga ¿no?”, contestó el Pochito. “No me cambies de tema”, le dije más alterado, y el Cháchara salió al paso como quien deja el ring libre para un Vale Todo. “Ya sé lo que tienen que hablar y es entre ustedes, yo hermanitos me retiro. ¡Salud!”, dijo vaciando su singani desde la botella misma.

Entonces empecé a recordar. Lo miré y como ya me había subido la cerveza, lo encaré como quien busca pelea. Había algo que no había sido aclarado entre los dos, cosas que había estado pensando en este maldito encierro y que me estaban desquiciando.

Entonces nos quedamos el Pochito y yo. Y él rompió el silencio. “Ya sé hermano que estás emputado por lo de tu chica, pero así se dio, ya no estaba con vos cuando nos arreglamos”, trató de explicar medio tembleque. “Yo sé muy bien que le ibas con cuentos y huevadas para que se terminara enojando conmigo, ella te creía porque eras mi amigo. Te has portado desleal y pendejo, vos sabías muy bien que la quería como a nadie”, le respondí envenenado. Y él no sabía a dónde mirar, el cuadrado le quedaba chico. “Ella también te quería, no te podía olvidar”, dijo. “No hables huevadas”, dije. “Es en serio. Te quiere, y mientras yo intentaba conquistarla, siempre terminábamos hablando de vos. Y me empecé a sentir mal, perdonáme hermano, por eso no tenía cara para hablarte. Ya no está conmigo, me dijo que seamos amigos nomás, porque todavía te ama”.  

Sentí como una punzada de sólo recordar. Y también vibré honestidad en el glosario de lamentos de este viejo amigo. No sabía qué decirle. ¿Qué ganaba ya odiándolo? Así que lo único que atiné a lanzar fue: “Ya pues, hermano. ¡Salud!”. “Pero yo no estoy chupando”, respondió. “Sí, mejor no tomes”. Vacié mi lata. Y apagué la compu.

 

  • Marco Basualdo es bonaerense, hijo de bolivianos. Como periodista, hizo del desarraigo uno de sus temas preferidos. Escribió Rock boliviano: Medio siglo, donde registra esa complicada aventura de los altos decibeles en el país.

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