Crónica

Las guerras de Evelia

Evelia Yucra ha sufrido acoso, maltrato y discriminación, y conoce la calle como si fuera suya. Desde allí defiende a sus compañeras con uñas y dientes. Enterró a una cuando nadie lo hizo.
domingo, 5 de julio de 2020 · 00:07

Ramón Rocha Monrroy

 

Hay que conocerla para saber a qué extremos de generosidad puede llegar un ser humano. Evelia Yucra Asillo es una persona acostumbrada a entablar relación con gente en condiciones marginales no por su voluntad, sino por las curiosas reglas de nuestra sociedad. Y siempre ha estado presta a levantar el cadáver de la amiga; a bañarla, a acicalarla y a vestirla como si estuviera viva; y a velarla hasta el eterno descanso en su última morada.

¿Pero por qué razones más visibles ha dejado huella?

Porque fue presidenta de la Asociación Nacional de Activistas por la Emancipación de la Mujer, por ejemplo.

Un parteaguas en su vida debió ser la promulgación de la Ley contra el Racismo y toda forma de Discriminación, que permite tramitar la cédula de identidad sin que uno tenga que esconder lo que realmente es —con melena, barba o atuendo travesti— y, además, incluir en el concepto de “profesión” nuevos oficios, como trabajadora sexual.

Evelia no entiende por qué hasta hace muy poco no querían considerar su ocupación como un empleo más, sujeto a las mismas formas de explotación y de venta de fuerza de trabajo inherentes a otras actividades más comunes. A esta mujer que ha aparecido en los diarios gracias a su lucha y a su trabajo como voluntaria le han aconsejado muchas veces cambiar de oficio. Y a menudo le han negado posada en los alojamientos de las grandes ciudades y de los pueblos pequeños, pero nunca consiguieron amedrentarla.

ilustración Ana Medinaceli / estudiante DGR UCB

“Hasta que cuelgue la tanga el activismo nadie me lo quita”, suele decir ella.

Su trayectoria pública comenzó en un congreso en Oruro para organizar a las trabajadoras sexuales de este departamento. Evelia no estaba en la mesa directiva, pero ya era conocida por ser una ferviente defensora de los derechos de la mujer y finalmente la invitaron a formar parte del debate. “Nos explicaron el porqué de nuestra lucha así como los derechos sociales y humanos que nos asistían, las condiciones de trabajo y todo eso”, comenta.

Evelia nació en la localidad de El Torno, en el departamento de Santa Cruz, pero su padre, Juan Yucra, y su madre, Romualda, son oriundos del departamento de Potosí. Evelia es la tercera de las hijas y el último es el único hijo varón.

Su casa en El Torno se encuentra junto a la antigua Granja Correccional de Los Espejos, donde la profesora de su colegio les llevaba de excursión para que vieran los castigos que les infringían a los jóvenes delincuentes que la habitaban, a veces hasta ocasionarles la muerte. De aquella época, aún recuerda con cariño las visitas al norte de Potosí, donde solía ir a ver a su abuela, una señora habituada a la rutina del campo que creía que sus burros eran más inteligentes que los humanos porque cuando los despachaba con carga no se perdían.

Los padres de Evelia se separaron, pero ella tiene un hondo concepto familiar y cobija actualmente a su madre en una construcción pequeña que levantó hace algún tiempo.

ilustración Victoria Delgado / estudiante DGR UCB

Evelia tuvo que sufrir mucho antes de que la trataran como lo que es: un ser humano. En Bolivia, Las mujeres pobres están destinadas a vivir como empleadas domésticas antes de tener una pareja y su madre no fue la excepción. Tampoco ella: la activista comenzó a trabajar como doméstica antes de llegar a la mayoría de edad. Primero fue en el barrio de Villa Victoria de La Paz, en una casa que aún le trae pésimos recuerdos por la crueldad de su patrona y porque la señora le echó en cara el alimento que le daba y unos harapos para vestir después de que Evelia le reclamara el sueldo acordado. Y luego se empleó en la calle Pazos Kanki, donde corrió la misma suerte.

Evelia tuvo que sufrir mucho antes de que la trataran como lo que es: un ser humano. En Bolivia, Las mujeres pobres están destinadas a vivir como empleadas domésticas antes de tener una pareja y su madre no fue la excepción.

De allí emigró a Cochabamba para trabajar como lavandera en una esquina del mercado. Y poco después consiguió empleo de nuevo como doméstica y fue víctima de una amenaza: el acoso sexual de su patrón. Evelia, sabiendo que podía ocurrirle algo malo, no quiso continuar allí y abandonó todas sus pertenencias.

Un buen día se fue a beber con unas amigas y conoció a una mujer que les decía: “Ustedes pagan para beber, a mí me pagan para que beba”. Esta mujer se la llevó después al Oso Blanco, un lenocinio donde Evelia estuvo varios meses como trabajadora sexual. La habitación que ocupaba allí no tenía chapa. La cerraba con un simple candado que luego alguien forzaba para acceder a los ahorros que escondía en una maleta. Por aquel entonces, no había cumplido aún 18 años, edad exigida para abrir una cuenta de ahorros en un banco o una cooperativa, cosa que hizo apenas pudo (pero entretanto le robaron cumplidamente todo lo que iba ahorrando).

Un buen día se fue a beber con unas amigas y conoció a una mujer que les decía: “Ustedes pagan para beber, a mí me pagan para que beba”. Esta mujer se la llevó después al Oso Blanco, un lenocinio donde Evelia estuvo varios meses como trabajadora sexual.

Su siguiente destino fue el Chapare. Llegó allí para trabajar en un “balde rojo” ubicado a medio camino entre Villa Tunari y Sinahota. Su propietario era don Pancho. En aquella época, no había energía eléctrica en la zona y los dueños de los burdeles se daban modos para encender una vela en un frasco grande de kétchup, de ahí el nombre. En aquel negocio, Evelia atendió a gente de la DEA, de los Leopardos y quizá también a algún narcotraficante, aunque no pudo saberlo. Logró ahorrar 5.000 dólares, suma suficiente para comprar un ranchito en Santa Cruz. Iba a hacerlo, pero una amiga le robó su capital y la dejó en la calle. Desde entonces ha tratado de depositar cada peso obtenido en una cuenta de ahorro para evitar cualquier otro intento de hurto.

Después vino la ley que prohibía la discriminación. Y luego, su cédula de identidad —donde registró el oficio de “trabajadora sexual”— y su incursión en la defensa de los derechos de su gremio a través de una nueva institución que bautizaron como Asociación Nacional de Activistas por la Emancipación de la Mujer.

ilustración Leyla Manjón / estudiante DGR UCB

No faltó una ONG que le proporcionó financiamiento, incluido un sueldo que percibía por dedicarse con exclusividad a conocer a fondo el drama de sus colegas: otras “trabajadoras sexuales” que ganaban el sustento inmolando sus cuerpos. Y descubrió que la edad pesa, pues se cierne de forma prematura sobre todas aquellas que ceden a la desesperación y abusan del alcohol y las drogas hasta convertirse en harapos humanos tempranos.

Y descubrió que la edad pesa, pues se cierne de forma prematura sobre todas aquellas que ceden a la desesperación y abusan del alcohol y las drogas hasta convertirse en harapos humanos tempranos.

En aquel momento, Evelia era una jovencita de 45 kilos y convivía con otras compañeras mayores y más pesadas, con compañeras con huellas profundas de su vida desordenada en el rostro y en el cuerpo.

Hace algunos meses, supimos que Evelia se encontraba delicada de salud en Pando, donde había emigrado —después de dejar la dirigencia nacional— con un refrigerador, una cama y unos pocos enseres de cocina. Al parecer, una supuesta amiga le robó todo y al registrarse luego en un alojamiento puso como profesión “trabajadora sexual”. De inmediato la echaron del sitio y tuvo que buscar refugio en una plaza y dormir a la intemperie.

Alguna gente la trató con solidaridad, pero la fatiga acumulada y la depresión constante la empujaron a mezclar alcohol con tranquilizantes y su salud se fue deteriorando. La tercera noche la pasó muy mal porque usaba pastillas para dormir y se le acabaron, y entonces tuvo síndrome de abstinencia y la internaron en el hospital.

Allá la recibieron muy bien y eso fue algo nuevo para ella porque siempre se había sentido una incomprendida. Evelia dice que muchas de las personas de su entorno, al saber que era trabajadora sexual, solían instarle a cambiar de oficio.

Evelia dice que muchas de las personas de su entorno, al saber que era trabajadora sexual, solían instarle a cambiar de oficio.

Conocí a Evelia en el Segundo Encuentro de Mujeres Latinoamericanas, que se llevó a cabo en el mARTadero de Cochabamba. Durante la entrevista, con una sencillez y una sinceridad increíbles, me contó buena parte de su vida. Y me habló de una señora que acoge a hombres y mujeres desplazados de la plazuela cochabambina Esteban Arze por un alquiler módico.

Minutos después me fui con ella de visita a aquella casa. Nos internamos por un callejón estrecho, interminable. Dimos con la señora y conversamos con ella un rato largo. A la charla se unieron dos mujeres mustias y enfermas que habitaban unos pequeños cuartos. Evelia no necesitaba usar pintura en las mejillas para realzar su rostro juvenil típicamente norpotosino, de pómulos salientes y nariz aguileña. Llevaba un vestido amarillo escotado y unas botas chocolateras. Tenía el cabello negro azabache partido en dos y carmín en los labios. Y mencionó a muchas de las personas que la ayudaron a organizar a las trabajadoras sexuales.

ilustración Nathalia Beltrán / estudiante DGR UCB

Me comentó que, en un principio, la colaboraron la dirigente Lily Cortez y la feminista María Galindo. Y confesó que, para crecer como activista, tuvo que aprender a manejar la laptop y a mantener correspondencia electrónica con mujeres de América Latina.

También recordó a su amigo Luis Gómez, en particular por una anécdota que no olvida: ella se había contagiado de hongos en los pies. Gómez le dio alojamiento en su casa y, cuando comprobó que no se bañaba, la autorizó a usar el baño principal porque “todo se arreglaba con un chorro de lavandina”.

...ella se había contagiado de hongos en los pies. Gómez le dio alojamiento en su casa y, cuando comprobó que no se bañaba, la autorizó a usar el baño principal porque “todo se arreglaba con un chorro de lavandina”.

Vivir en la calle no es fácil. Y eso lo sabe muy bien Evelia. Ella la conoce mejor que nadie y ha sido testigo allí de muchas tragedias.

Quizá el primer enemigo para las muchachas que habitan en ella son las necesidades fisiológicas: la sed, la urgencia de ir al baño. Luego hay que disimular el hambre porque no hay dinero para comprar ningún alimento, por precario que sea. A menudo, solo hay un camino: la clefa, y entonces inhalan. Y después tienen pareja, se embarazan y no saben cómo aliviar el hambre de sus niños si no es haciéndoles aspirar pegamento. Algunas mueren en la calle o en los aguantaderos que frecuentan. Y no hay mano caritativa que las recoja, las bañe, las vista y las vele.

Quizá el primer enemigo para las muchachas que habitan en ella son las necesidades fisiológicas. Luego hay que disimular el hambre. A menudo, solo hay un camino: la clefa, y entonces inhalan. Algunas mueren en la calle o en los aguantaderos que frecuentan. Y no hay mano caritativa que las recoja, las bañe, las vista y las vele.

Evelia asistió a muchas autopsias, aprendió cuándo la muerte es por asfixia o por otras causas; y dice que es dramático ver cómo a un ser humano se lo descuartiza para determinar la causa de la muerte. En una ocasión, encontró a una mujer muerta en avanzado estado de putrefacción, a tal punto que sus compañeras no querían ayudarla ni a levantar el cadáver, ni a lavarlo ni a vestirlo para velarlo y enterrarlo. Evelia cuenta cómo se impuso entonces a fuerza de carácter, cómo logró trasladar el cadáver a un sitio seguro, cómo compró detergente, peine y ropa para disimular la descomposición, cómo veló a la mujer y cómo le dio cristiana sepultura sin ayuda de nadie.

Evelia siempre ha estado ahí cuando ha hecho falta.

 

  • Ramón Rocha Monroy es escritor, gastrósofo y periodista. Premio Nacional de Novela 2002 por El run run de la calavera. Sus crónicas figuran en la Antología de la crónica gastronómica de la Biblioteca Boliviana del Bicentenario.

  •  Este texto fue publicado originalmente en el libro Latinoamérica se mueve. Crónicas sobre activistas, Hivos  Latinoamérica, 2016.

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