Confesiones

¿Dónde está mi amiga Cuca Braun?

Todas tenemos una amiga Cuca Braun para nosotras solitas. No importa cuántos años hayan pasado, ellas son siempre necesarias y bienvenidas aunque nadie más las vea.
domingo, 2 de agosto de 2020 · 00:03

Pilar Soruco

 

Hace algunos días, el 23 de julio concretamente, las redes sociales se inundaron de mensajes coloridos y las más de las  veces,  melosos, ponderando la amistad.

Dijeron que ese día era el Día de la Amistad y todo el mundo se mandó por WhatsApp saludos, felicitaciones, flores, chocolates, café caliente, besos, abrazos ¿Por qué decían que ese día precisamente era el Día de la Amistad y no otro? No lo sé,  y dudo que exista quien lo sepa.

Puedo entender que sea el Día de la Tarjeta o del Peluche, invento de un comerciante inquieto que vio un nicho de mercado en festejar algo y escogió la amistad.  ¿Pero, un Día de la Amistad?  Me sabe a poco, a mezquino, a roñoso. Porque convendrá el lector conmigo: todos los días son los días de la amistad. Y así como la amistad reverdece en una reunión llena de abrazos, risas y libaciones, también se muestra íntegra y saludable en un Zoom del año 2020.

Se manifiesta amable, generosa y fecunda en las necesidades materiales y espirituales de los amigos. La amistad está por encima de la tarjetita, el peluche, el ramito de flores, la caja de chocolates. La amistad es un estado del alma y el que no ha tenido el privilegio de alcanzar ese estado debe darnos mucha lástima.

La amistad es un estado del alma y el que no ha tenido el privilegio de alcanzar ese estado debe darnos mucha lástima.

Ese día, 23 de julio, fue tan mentada la amistad, en todo tipo de letras, en todos los colores, en poesías y en canciones, que  aunque no estoy de acuerdo con quienes se inventaron el Día de la Amistad, admito que tanto despliegue hizo que pensara en mis amigas y amigos.

Y de pronto, como una llovizna imprevista, cayó sobre mis recuerdos la imagen de mi amiga imaginaria cuyo nombre es Cuca Braun.

Ese “ente” al que cariñosamente buscamos por los rincones de nuestra infancia y que nos acompaña en nuestros juegos o en nuestros deberes.

Y de pronto, como una llovizna imprevista, cayó sobre mis recuerdos la imagen de mi amiga imaginaria cuyo nombre es Cuca Braun.

La mayoría de los seres humanos, cuando somos niños, tenemos el amigo o la amiga imaginaria.  Ese “ente” al que cariñosamente buscamos por los rincones de nuestra infancia y que nos acompaña en nuestros juegos o en nuestros deberes.

Mi hermana también tenía una amiguita imaginaria que se llamaba Emma. Pero yo nunca vi a Emma. Era la amiga de mi hermana, no mía. La mía era Cuca Braun.

No recuerdo cuantos años tendría yo, probablemente cinco o seis, cuando Cuca Braun apareció en mi vida,  sin tocar la  puerta  y sin pedir permiso a nadie.

Ella era de mi tamaño, sonriente, tenía mi edad, era rubia, peinaba canelones sujetos con una cinta azul muy brillante y siempre llevaba puesto un vestido de mangas abullonadas de color celeste cielo con encaje blanco en el cuello, muy bonito, impecable, unos calcetines blancos y  zapatos de charol con hebilla. ¡Qué lindos eran sus zapatos! Y ella también era muy linda. Cuando me sonreía iluminaba el espacio donde estábamos.

Aparecía cuando yo la necesitaba, sea para jugar a la tunkuña, para cantar, para que me acompañe mientras hacía tareas, para dibujar, cortar “mariquitas” de papel,  o para llorar apoyada en su hombro cuando yo estaba castigada, y desaparecía sin hacer ruido cuando llegaba un adulto.

A la hora del té, le pedía a mi mamá que pusiera una taza para Cuca Braun y mi madre,  inteligente, siempre  ponía la taza.  Al final de cuentas, era mi amiga.

Se llamaba Cuca Braun. ¿Quien me lo dijo? Supongo que mi propia imaginación.

El 23 de julio pensé en mi amiga Cuca Braun con una nostalgia infinita y la busqué por los rincones de mi casa, esperando encontrar una señal de su existencia. Yo creo que ella no creció, no se volvió ni joven ni adulta y que debe estar por ahí oculta y sonriente, con su vestido celeste. Quisiera encontrarla. Sobre todo en estos días tan difíciles de pandemia en los que nos agobia la incertidumbre, en los que las bombas caen cada día más cerca de nosotros. Si hace dos meses el maldito corona-bicho existía, no se aproximaba mucho. Ahora está con los vecinos del edificio, con los colegas de trabajo, con los médicos que conocemos y ha tomado alojamiento en más de un amigo, de una amiga cercanos a nuestro corazón.

Yo creo que ella no creció, no se volvió ni joven ni adulta y que debe estar por ahí oculta y sonriente, con su vestido celeste. Quisiera encontrarla. Sobre todo en estos días tan difíciles de pandemia en los que nos agobia la incertidumbre, en los que las bombas caen cada día más cerca de nosotros.

Y las redes sociales que hace tan solo unos días estaban inundadas de flores de colores, ahora están inundadas de tristísimas noticias, de necrológicos y de desesperanza.

Por eso quisiera que mi amiga Cuca Braun me esté esperando detrás de un sofá, aunque yo sea ya vieja y ella siga siendo esa linda niña de mi imaginación. Quisiera contarle de mis miedos y mis preocupaciones con relación a la pandemia, cómo son cada día  más grandes, cómo las noticias son cada día  más asustadoras. Quisiera verla correr con su vestido celeste con encaje en el cuello y que me sonría. Eso es lo que necesito a fines de este frío julio, que se ha llevado muchos seres para siempre, días de cielo paceño inmaculado que el bicho ha usado a su antojo para contagiar a tantos amigos. Pero a ella, a Cuca Braun, no la contagiaría nunca. No puede contagiarla porque ella es la esperanza en nuestro corazón, ella es el ánimo y la fuerza para seguir en esta desigual pelea, es  la luz al final del túnel. No puedo verla, pero oigo que me susurra detrás de las cortinas: ¡Cuídense mucho, por favor, cuídense mucho!  

Por eso quisiera que mi amiga Cuca Braun me esté esperando detrás de un sofá, aunque yo sea ya vieja y ella siga siendo esa linda niña de mi imaginación. Quisiera contarle de mis miedos y mis preocupaciones con relación a la pandemia, cómo son cada día  más grandes, cómo las noticias son cada día  más asustadoras.

 

  • Pilar Soruco Etcheverry es abogada y profesora universitaria. Escribe cuentos infantiles para sus nietas.

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