Confesiones

Los mensajeros de la tierra

Todos tenemos una curandera en el árbol genealógico. Somos el pueblo del Mentisán, la wira wira y matecito de coca. Bienvenida sean nuestras farmacias ancestrales.
domingo, 2 de agosto de 2020 · 00:04

Curva, la farmacia ancestral

Lucía Camerati

 

Todos tenemos alguna curandera, kallawaya, yatiri, chamana o médico tradicional en nuestro árbol genealógico. Mis abuelos fueron curanderos, sanadores; lo certifica mi madre cada vez que cuenta cómo salvaron gente en el pueblo con sus sondas, sus medicamentos yungueños y sus secretos herbolarios. Somos de esa generación que, además de pasarnos el botiquín biomédico, añadimos lo que se nos da en casa, lo que nos contó la madre o la amiga que viene de adentro, del “interior”. Somos el pueblo del Mentisan, de la wira wira y el matecito de coca; hoy en día, todos tenemos matico en casa y estamos reaprendiendo a utilizar estas medicinas. 

Somos el pueblo del Mentisan, de la wira wira y el matecito de coca; hoy en día, todos tenemos matico en casa y estamos reaprendiendo a utilizar estas medicinas. 

Dentro de algunos años contaremos que, en tiempos de pandemia, se puso de moda y hubo un afán con el dióxido de cloro, que sufrimos la ausencia de las aspirinas en las farmacias, que había una especulación terrible con el precio de la Azitromicina; pero que también declararon Patrimonio Cultural Inmaterial al Mercado de las Brujas de la ciudad de La Paz. Vaya época para revalorizar lo que algunos ningunean, vaya época para recurrir de nuevo a lo que nos regala la tierra, vaya época para aconsejarnos plantas que sanan, hierbas que son la materia prima de muchas medicinas. ¿Qué hubiera dicho la historiadora Carmen Beatriz Loza en estos tiempos junto a su esposo kallawaya? ¿Cómo serán las consultas de los yatiris hoy en día ante la presencia de un virus que nos está arrebatando el ajayu? Habrá nomás que reconectarnos con la tierra nuevamente, porque lo que nos está pasando es debido a una desconexión con ella.

¿Cómo serán las consultas de los yatiris hoy en día ante la presencia de un virus que nos está arrebatando el ajayu?

De cuando en cuando, supongo que por herencia o destino, la tradición de la medicina natural me persigue y hace trece años tuve la experiencia iniciática de recorrer la mayor farmacia de Bolivia: Curva, el pueblo de los kallawayas, esa tierra de donde viene la sabiduría ancestral de los médicos viajeros itinerantes.  

El camino y los atajos a Curva, cercano a Charazani, acoge con sus hierbas. Los olores de la menta, la ruda, la wira wira y otras plantas se mezclan y preparan poco a poco el ambiente para llegar a la cuna de los médicos andinos. Curva se encuentra en la cima de un cerro donde los cóndores han encontrado el espacio perfecto para planear en libertad. Llegar caminando es la mejor forma de valorar realmente a los médicos viajeros que desde hace años han recorrido estos senderos que se han extendido incluso fuera del país. Es como una prueba que pide el achachila de los kallawayas: el nevado Ukumani, que recibe constantemente los rituales y las oraciones de los hombres y mujeres de Bautista Saavedra y, por supuesto, también de los forasteros que saben admirar su belleza envuelta con la niebla, que más que niebla parece el humo de un constante sahumerio.

El nevado Ukumani recibe los rituales y las oraciones de los hombres y mujeres que saben admirar su belleza envuelta con la niebla, que más parece el humo de un constante sahumerio.

Grandes torres de corriente eléctrica me anunciaron aquella vez la presencia del pueblo después de cinco horas de caminata con linterna. Eran las 10 de la noche. Las calles estaban llenas de postes y focos, pero no había luz. La Prefectura no había completado el trabajo y el alcalde estaba de viaje. “Ha ido a la ciudad a buscar financiamiento”, contaba la única vendedora en la plaza mientras me invitaba un mate.

Las plantas curan.

Yo, para ellos, era una forastera con mochila que había viajado a Curva para averiguar si los kallawayas se estaban extinguiendo, para saber si sus hijos seguían el sendero de sus abuelos. Sin embargo, los linajes y las familias de kallawayas eran fácilmente reconocibles para los pobladores. Muchos llegaban de la ciudad en las fiestas principales del pueblo como carnavales, San Pablo y San Pedro en junio y Todos Santos. Otros vivían en la región y eran sus hijos los que vivían en La Paz, Cochabamba, incluso Cobija. Comprender este lugar suponía conocer algunas vidas y recorridos que habían hecho los abuelos y los nietos, cambiando de roles, de rostros, pero manteniendo la sabiduría de la tierra, haciendo de ellos pobladores de doble residencia, que van y vienen, que transportan sus conocimientos de pueblo en pueblo y vuelven al hogar en tiempos de fiesta o eventos importantes.

Comprender este lugar suponía conocer algunas vidas y recorridos que habían hecho los abuelos y los nietos, cambiando de roles, de rostros, pero manteniendo la sabiduría de la tierra, haciendo de ellos pobladores de doble residencia, que van y vienen, que transportan sus conocimientos de pueblo en pueblo y vuelven al hogar en tiempos de fiesta o eventos importantes.

Forastero es el nombre de aquel que no pertenece al pueblo. Entre ellos era fácil reconocer al personal del hospital cuyas enfermeras pasantes habían llegado de La Paz y Potosí. Incluso el mismo médico internista era un estudiante de 23 años que fue a realizar sus prácticas desde Cuzco, Perú. En las puertas había un cartel que nos recibía diciendo: Jampina Wasikuna Llaqtapi, Centro de Salud Kallawaya Curva, una inversión de 50 mil dólares. Dos tractores que el gobierno había entregado estaban estacionados en la puerta, pero no trabajaban por falta de gasolina. “Son pocas las oportunidades en que se cuenta con gasolina, excepto por la ambulancia que recorre los pueblos cercanos”, contaba la enfermera.

Al lado del consultorio médico se encontraba otro: el consultorio y laboratorio herbolario de los kallawayas. Miguel Tejerina, kallawaya, era el administrador y chofer de la ambulancia en el hospital. Al médico internista le costaba adaptarse al lugar, no creía en la medicina kallawaya y le parecía incongruente que en un lugar de médicos naturistas se vivieran los más altos niveles de desnutrición y enfermedades pulmonares. En el hospital había otro viajero, el médico titular, que un dijo que se iba de vacaciones por una semana pero que no volvió. Hubo oportunidades en las que el hospital estuvo desolado, ya que los pobladores preferían buscar a los kallawayas en sus casas. Los únicos que contemplaban el centro médico eran tres cóndores mirando desde las alturas.

Al médico internista le costaba adaptarse al lugar, no creía en la medicina kallawaya y le parecía incongruente que en un lugar de médicos naturistas se vivieran los más altos niveles de desnutrición y enfermedades pulmonares.

Recorrer el pueblo significa anotar linajes, hacer conexiones familiares en una tierra de apellidos marcados, casas específicas, hombres y mujeres contando su caminar herbolario por el país.

Venta de productos naturales como medicina.

 “Yo he radicado 12 años en Potosí y Sucre, prestando mi servicio militar he vuelto, he tenido pareja y me he quedado. Constantemente voy a la ciudad y vuelvo, aquí está mi hogar, tengo mis animalitos, chacras, a eso nos dedicamos”, contaba aquella vez el kallawaya Bernardo Cusuhe, al tiempo de alzar a su nieta en brazos. Recomendaba que para reconocer a un verdadero kallawaya había que preguntarle qué idioma hablaba. “Si te dicen machajuyai, es kallawaya”, decía orgulloso. Simón Cusuhe, su hijo mayor, era secretario en la Alcaldía de Curva.  Había aprendido algo de la lectura de tarot y coca, pero sentía que le faltaba mucho para llegar a ser como su padre. Su madre, Rosa Paye, era partera y fue quien le había enseñado sobre medicina herbolaria. Pensaba irse a la ciudad para ser ingeniero agrónomo. “Cada año se van como dos familias a la ciudad. Más que todo vienen para las fiestas, mi amigo por ejemplo está trabajando de carpintero, se ha ido hace tres años, vive en Villa Adela”. A pesar de eso, Simón creía que la tradición difícilmente podría perderse.

Para reconocer a un verdadero kallawaya había que preguntarle qué idioma hablaba. “Si te dicen machajuyai, es kallawaya”, decía orgulloso don Bernardo Cusuhe.

Pero entre todos el médico más importante era aparentemente Máximo Paye, el más famoso de los kallawayas de Curva. Había viajado durante veinte años por La Paz, Cochabamba y Santa Cruz. Era huérfano desde niño, quedándose de entenado del ritualista Mariano Mendoza, el machula de Curva, es decir, el más sabio y más anciano. Había salido en televisión hablando de medicina herbolaria, contaba. Era como si llevara el orgullo de ser kallawaya en el sombrero, clave para reconocer a un médico andino, además de la alforja y el poncho rojo. Era miembro principal de la Asociación de Médicos Kallawayas Originarios en Curva

Era huérfano desde niño, quedándose de entenado del ritualista Mariano Mendoza, el machula de Curva, es decir, el más sabio y más anciano. Había salido en televisión hablando de medicina herbolaria, contaba. Era como si llevara el orgullo de ser kallawaya en el sombrero, clave para reconocer a un médico andino, además de la alforja y el poncho rojo.

Don Máximo tenía un hijo en Potosí que trabajaba de albañil y no de kallawaya. Lo esperaba para las fiestas de junio porque era pasante. Paye decía que antes “había médicos más experimentados, se han muerto, han ido rebajando. Pero tampoco puedo obligar a mis hijos para que sigan mis pasos. Aunque el Vitalio es kallawaya”, sonrió señalando a uno de sus hijos que pasaba por la plaza del lugar.

No es extraño tampoco que varios de los hijos de estos médicos estudien precisamente medicina. Es el caso de don Antenor Chaca que con lágrimas en los ojos relataba orgulloso que su hijo Santiago estudiaba medicina en Cuba, gracias a una beca. Claro que otros, como decía don Máximo, se van y estudian lo que quieren como los hijos del machula del Consejo de Ancianos en Cochabamba, don Aurelio Magnani, cuyos dos hijos vivían en Estados Unidos, ambos profesionales, pero mencionaba orgulloso que su hija se había dedicado a la difusión de la cultura kallawaya en Cochabamba. “Tenemos el deber de enseñar a nuestros hijos, tiene que quedar herencia. Al fin de cuentas, se puede enseñar a todos”.

Sus hijos ya superaron la vergüenza que alguna vez sintieron siendo niños cuando sus compañeros de colegio en la ciudad les decían “hijo de brujo” o “pajpaku”. Ahora, después de conocer verdaderamente el oficio y el valor de la tradición de sus ancestros, más bien integraron agrupaciones de medicina tradicional como los Kallawayas Sin Fronteras que reúne a jóvenes, hijos de kallawayas en Cochabamba. 

Sus hijos ya superaron la vergüenza que alguna vez sintieron siendo niños cuando sus compañeros de colegio en la ciudad les decían “hijo de brujo” o “pajpaku”.

La historiadora e investigadora de la medicina kallawaya Carmen Beatriz Loza, que falleció el año pasado, confirmó en su momento la fortaleza de estas familias. Ella no creía que el viaje fuera un impedimento para la transmisión de conocimientos y consideraba que en vez de hablar de migración se debe hablar de “doble residencia”, que se verifica constantemente en las fiestas. La doble residencia, según la investigadora, “les ha permitido profesionalizarse, enterarse de las leyes, de la política de la salud pública, conformando herramientas para establecer una lucha sin tregua”.

Plantas medicinales.

En esta herencia pienso en estos días. ¿Qué habrá sido de aquellos kallawayas y de sus hijos? ¿Quién nos dice que en la ciudad, esos albañiles, joyeros, carpinteros, agrónomos, son los hijos de los kallawayas de Curva vendiéndonos las hierbas para curarnos hoy? ¿Cómo estará Curva ahora mismo? ¿Tendrán las hierbas indicadas para curarnos del virus que nos aflige? Es muy posible que los vendedores de la esquina hayan escuchado algo del abuelo, algo de estos kallawayas o yatiris para por lo menos compartir las ofrendas herbales. Es muy posible que en la Calle de las Brujas, en la esquina de nuestras casas o cerca de los hospitales haya alguien vendiendo matico o eucalipto, cargando en esta oportunidad la sabiduría de aquellos mensajeros de la tierra que entraron en diálogo profundo con aquella farmacia perfecta llamada naturaleza. Lo más probable es que todos, en este instante, tengamos en casa nuestro atadito de hierbas, por si acaso, o como planta fundamental, como reencuentro mágico, porque las enfermedades también son el síntoma de algo más grande y trascendental. Que el Ukumani nos proteja y nos haga recuperar el ajayu; que nuestros ancestros nos sepan señalar el camino de las hierbas y de la Pachamama para gozar de una salud plena, para volvernos a conectar con ella y no hacerle daño nunca más.   

¿Quién nos dice que en la ciudad, esos albañiles, joyeros, carpinteros, agrónomos, son los hijos de los kallawayas de Curva vendiéndonos las hierbas para curarnos hoy?

 

  • Lucía Camerati es confundida de rostro cada vez, pero sabe esconderse bajo el pretexto de homenajear a Pessoa. Cada que puede hace dietas ayurvedas. El año pasado aprendió a nadar. Le encanta husmear en las bibliotecas de las personas.

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