Croniquita

La Cacica y el Inca

El encuentro de Andrés, el Inca quechua, y Gregoria, la Cacica aymara, ha quedado como un secreto de esos que sólo conocen los cómplices en el amor.
domingo, 20 de septiembre de 2020 · 00:03

Liliana Carrillo

 

Hay que imaginar una celda miserable, un año de violencia y luto en soledad. Hay que imaginar el castigo: la humillación pública, la corona de espinas y el cadalso. Hay que imaginar también la entereza de una mujer indígena –Gregoria Apaza– que dirigió centenares de hombres en la batalla, que administró riquezas, que saboreó el poder, que soñó con la libertad y que amó –como sólo aman los valientes– hasta el último día de su vida.

De la hermana de Julián Apaza –o Tupac Katari, el líder de la rebelión que cercó la ciudad de La Paz en el siglo XVIII– poco se sabe. Tenía 30 años y aquel marzo de 1781 cuando estalló la furia indígena; estaba casada, tenía un hijo y fue líder de la sublevación.

Gregoria Apaza, "la Cacica" del cerco a La Paz / Archivo Página Siete.

De la hermana de Julián Apaza –o Tupac Katari, el líder de la rebelión que cercó la ciudad de La Paz en el siglo XVIII- poco se sabe. Tenía 30 años y aquel marzo de 1781 cuando estalló la furia indígena; estaba casada, tenía un hijo y fue líder de la sublevación.

El 17 de marzo de 1781 se escuchó por primera vez en La Paz el nombre de Tupac Katari. Para entonces la ciudad ya era objeto del primer cerco que mantuvo siete meses de hambruna, y Julián Apaza había pasado de ser un comerciante de coca a ser el caudillo que reivindicaba la tradición rebelde de Tomás Katari y Tupac Amaru. Fueron muchas las batallas, La Paz criolla resistía como podía bajo las órdenes del corregidor Sebastián Segurola.

En ese agitado panorama llegó Andrés Tupac Amaru, sobrino del líder de la rebelión inca del Perú, para apoyar a los rebeldes. El encuentro de Andrés, el inca quechua, y Gregoria, la cacica aymara, ha quedado como un secreto de esos que sólo conocen los cómplices en el amor.

En un toldo del campamento –quizás– iluminado sólo por la luz cómplice de un mechero de grasa, lo vio por primera vez con detenimiento: piel oscura, viva, manos enormes, melena libre, juguetona… esa risa tan cercana. De algún modo se entendieron. A solas, hablaron sus cuerpos. Ella sintió dos ojos negros rasgando su camisa, mordiéndole el cuello, levantándole las polleras y acariciando sus muslos fuertes. Debía tratar de resistirse pero no pudo, no quiso. Gregoria fue fuego, volcán, marea y vencedora en una batalla que se repitió una y mil veces.

Gregoria fue fuego, volcán, marea y vencedora en una batalla que se repitió una y mil veces / Fotografía Quaint Planet en Pixabay 

Durante meses, Gregoria había administrado las ganancias del cerco y había organizado redadas contra los criollos ganándose, en ley, el título de Cacica. Cuando La Paz hambrienta agonizaba, sintió que debía buscar otros horizontes y, aunque había vivido siempre desacostumbrada al amor, entonces supo bien que Andrés era el norte. Por eso cuando la requirieron, no dudó en dejar el campamento de El Alto y partir junto al inca y 500 hombres a la conquista del pueblo de Sorata.

Durante meses, Gregoria había administrado las ganancias del cerco y había organizado redadas contra los criollos ganándose, en ley, el título de Cacica.

El príncipe quechua –diez años menor que la Cacica- nunca le preguntó por su pasado. Igual, Gregoria le habría contado sus días de pastora, sus sueños de poder y su aburrido matrimonio y la desaparición de su marido en batalla, en ese idioma que inventaron juntos y que sólo ellos podían descifrar.

Julián Apaza, "el príncipe quechua" / Archivo Página Siete

En poco tiempo, el joven peruano y la hermana de Túpac Katari eran inseparables en la batalla y en la vida. “La pasión amorosa que les envolvió fue tan notoria, tan espontánea y abierta que no pudo pasar inadvertida para nadie. De ahí que todos los declarantes en los juicios (a los insurrectos, después de aplacada la rebelión) les señalen como amantes y que ella misma termine por reconocerlo (…)”, escribe María Eugenia del Valle de Siles en Historia de la rebelión de Tupac Katari, el mayor estudio histórico del hecho.

Juntos, Gregoria y Andrés dirigieron las tropas indígenas, primero desde el campamento de El Alto, y después en la toma de la población de Sorata, donde reinaron durante meses. “Conociendo la personalidad de Gregoria, entendemos que el joven caudillo se hubiera deslumbrado con esta mujer que envolvía en su carácter todo el anhelo, inquietud, ardor y pasión que le movían a él a actuar tan decididamente y representaba, como ninguna, la realización en el plano femenino de lo que él pretendía ser como conductor de unas masas indígenas que, puestas en pie de guerra, exigían reivindicaciones y cambios. Gregoria, que le aventajaba muchos años apreció, sin embargo, al muchacho como a un hombre, porque le vio fuerte, enérgico, orgulloso y consciente en su función de jefe y en su misión de mando”, explica Del Valle.

Mientras Tupac Katari controlaba La Paz, Gregoria y Andrés avanzaban por el Altiplano para encontrarse con las tropas peruanas de Tupac Amaru que ya habían cruzado el lago. En plena gloria de octubre de 1781, una carta de su tío obligó a Andrés a volver a Azángano. Esa fue la despedida, que los amantes no sabían, definitiva.

Mientras Tupac Katari controlaba La Paz, Gregoria y Andrés avanzaban por el Altiplano para encontrarse con las tropas peruanas de Tupac Amaru que ya habían cruzado el lago. En plena gloria de octubre de 1781, una carta de su tío obligó a Andrés a volver a Azángano. Esa fue la despedida, que los amantes no sabían, definitiva.

De los meses de soledad de Gregoria quedan documentos del amor lejano. Andrés le mandaba desde Perú cartas llenas de ternura. “Mi querida hija doña Gregoria Tupac Katari –escribió el Inca en una misiva fechada el 11 de octubre de 1781- Le agradezco las afectuosas expresiones de tu carta por las que reconozco la voluntad que me profesas. Desde que me separé de tu amable y buena compañía, que no veo las ganas de volver a esos lugares para continuar el goce de tus caricias y voluntad que te merecí en tus asistencias y demostraciones firmes. De su más afecto, quien te ama de corazón: Andrés”. En otra carta, el joven Amaru, se muestra celoso y reprende a su amada: “Si otra vez, te notifico desde aquí, me dan noticias de tus malas travesuras, será caso que me ponga en camino antes de tiempo para quemarlos a sangre y fuego, a vos por delante y después a tus colegiales y frailes y ¡cuidado de tus travesuras! Que te las enmendaré luego (…) Su más amante, que en todo ama de corazón: Andrés” (sic).

El fin estaba cerca. El 16 de octubre, las tropas españolas levantaron el cerco a La Paz y apresaron a Tupac Katari y a su esposa Bartolina Sisa. Gregoria armó su ejército y viajó a La Paz para ayudar a su hermano pero tras una cruenta batalla también cayó.

El 14 de noviembre Julián Apaza, condenado por alta traición contra la corona española, es descuartizado en el pueblo de Peñas. Para entonces su hermana compartía prisión con Bartolina y afrontaba el juicio que determinó su ejecución.

La mañana de aquel 5 de septiembre de 1782, Gregoria Apaza caminó erguida hasta el centro de la plaza ignorando los insultos. Allí estaba Bartolina, hermosa como nunca. Cruzaron miradas cómplices.

Sintió en la frente las gruesas gotas de sangre que le provocaba la corona de espinas. Una lágrima la amenazó cuando recordó a su hijo, pero convirtió el agua de sus ojos en orgullo. No intentó siquiera ocultar su desnudez cuando los guardias le arrancaron la pollera entre risotadas y la montaron sobre una mula. De pie, frente al cadalso, arregló por última vez sus trenzas y pensó con fuerza en Andrés Amaru: “Que reine valiente, que no esté solo, que no olvide”.

 

  • Liliana Carrillo es periodista. Textos suyos han sido publicados en antologías de cuento y crónica. Es jefa de productos especiales en el periódico Página Siete e integrante del grupo literario Tragaluz.