Migraciones

Lejos de casa

Si ya de por sí el desamparo es moneda diaria, ¿cómo lo viven aquellos que a causa del confinamiento quedaron detenidos en el camino hacia ningún lado? Una colombiana, un argentino y una venezolana en las calles de La Paz.
domingo, 20 de septiembre de 2020 · 00:04

Marco Basualdo

Texto y fotos

 

Es septiembre, llueve, el viento sopla y parece que en cualquier momento se te mete el virus por la ventana. Ya son más de seis meses, no sé cuántos días, perdí la cuenta. Y siento que el encierro hizo su efecto; agobio, desidia, hastío, todo un licuado de desencuentros en la cabeza de uno. No quiero imaginar lo que deben ser aquellos confinamientos tras barrotes de verdad -delito o no de por medio-, con tan sólo minutos de sol y frescor en el aire. Y concluyo que cada caminata es buena para no turbarme, pese a que el temor del retorno infectado a casa también es otra enorme preocupación. Casa, la seguridad de las cuatro paredes, pienso; hogar, hoy más que nunca nuestro refugio neurálgico en este desorden planetario. Así, entre sacudidas y despertares de reflexión, agradecí lo que tengo además de preguntarme cómo harán  aquellos alejados de sus moradas y de sus parientes queridos. Si ya de por sí el desamparo es más que moneda diaria, ¿cómo lo viven esos que quedaron detenidos en el camino hacia ningún lado?

...¿cómo lo viven esos que quedaron detenidos en el camino hacia ningún lado?

Inquieto por esas meditaciones chocantes, salí a caminar, porque la caminata es buena, con la intención de dar con algunos de aquellos foráneos que quedaron varados en el hoyo paceño por esta pandesgracia. No sería muy difícil dar con ellos. Y, tal cual, más o menos a los 20 minutos de marcha, divisé a una mujer morena en las puertas de un alojamiento donde anunciaba la venta del sustento popular conocido como Sopa de fideo. Lucía bermudas y chinelas, así que deduje que no era de La Paz. O por lo menos no parecía.

Me acerqué y le pedí un platillo con mucha llajwa para combatir el frío y empezar mi charla, una vieja estrategia que me dejaron los años de periodismo callejero. Y tras agarrar confianza, me fui enterando que es colombiana, de nombre Esther, con jóvenes 30 años y una historia de peripecias que hoy la tiene cautiva en una ciudad que apenas conoce. De profesión enfermera, me contó que había pasado parte del 2019 tramitando un viaje a Chile, donde trabajaría a la vez de mejorar su vida y la de su pequeña de tres años; su ciudad Tuluá, donde prima la violencia, no le brindaba muchas oportunidades para salir adelante.

En busca de mejores oportunidades, Esther está en Bolivia vendiendo "sopitas de fideo".

Esther es colombiana, de profesión enfermera. Su ciudad, Tuluá, donde prima la violencia, no le brindaba muchas oportunidades para salir adelante.

Fue así que en febrero de este año preparó maletas para ese viaje prolongado por tierra, dejando a su pequeña a cargo de sus hermanas, con el fin de superar la frontera hacia Ecuador en principio y seguir rumbo a Perú con destino a Chile. Transcurrido aquel trayecto y una vez en la frontera peruano-chilena, Esther tuvo problemas para cruzar debido a la falta de algunos documentos además de la declarada cuarentena en el país trasandino; entonces, una voz amiga le sugirió que podía hacerlo por territorio boliviano a través de Pisiga, hacia donde se trasladó, pero donde también le rechazaron el paso por no contar con el ticket de retorno a su país de nacimiento. “Tuve que viajar a La Paz para hacer un trámite, pero ahí nomás declararon la cuarentena y me vi obligada a quedarme”, dice. Así pasó un par de semanas en un hotel, hasta que la embajada de su país le consiguió a ella y otros coterráneos un refugio en la zona de Chasquipampa, donde estuvo alojada por un par de meses. Pero el 10 de junio pasado, la ayuda se cortó y tuvo que buscar dónde vivir. “Llamé a mis parientes y pudieron enviarme un dinero, me alojé en un hostal de la calle Alto de la Alianza, en el que me ofrecí para ayudar en la venta de comidas porque sabía que el dinero no me iba a dar para mucho”. Allí también colabora actualmente con la limpieza y mantiene contacto casi diario con sus familiares de Chile y Colombia. Pese a su rostro cargado, tiene la mirada abatida y aún le cuesta creer que esté tan alejada de su país, de su hogar, de su hija, por sobre todas las cosas. Sólo espera que se levanten las fronteras para volver a ver a los suyos. Lo de Chile puede esperar.

“Tuve que viajar a La Paz para hacer un trámite, pero ahí nomás declararon la cuarentena y me vi obligada a quedarme.”

Continué mi recorrido no sin antes desearle lo mejor a mi amiga colombiana, y llegando al cruce de la avenida Camacho y Bueno, me topé con un muchacho rubio y de ojos claros que limpiaba los parabrisas de los coches detenidos por el semáforo. Y también supuse que no era paceño o boliviano; vamos, sé que es un prejuicio, pero en Bolivia algunos oficios aún tienen color.  

Lucas, el cordobés.

(...) me topé con un muchacho rubio y de ojos claros que limpiaba los parabrisas de los coches detenidos por el semáforo. (...) en Bolivia algunos oficios aún tienen color.   

Me acerqué a hablarle una vez cambiado el foco de rojo a verde y le caché el acento cordobés argentino, tan cantado que a momentos te resulta gracioso a la vez que simpático. Su nombre, Lucas, de 32 y con otra historia en modo fantástico. “Yo había tenido algunos problemas con mi mujer en Argentina, de la que me divorcié. Esto me afectó y me dediqué a viajar haciendo malabares en las rutas, y en el 2019 decidí recorrer otros países”.

En principio pasó por Bolivia, conoció Santa Cruz de la Sierra, Cochabamba y La Paz, para luego dirigirse hacia el Perú, donde llegó a trabajar como ayudante de obra, repartidor de comestibles y limpiaparabrisas. Pasó un año en esa faena, hasta que una tarde en la playa y con llovizna develadora, se dio cuenta que ya estaba mucho tiempo lejos de casa, que extrañaba a los suyos. Entonces decidió el retorno a la ciudad que lo vio nacer. Y así llegó primero a La Paz a fines de septiembre del pasado año, pero la colindante humareda de los conflictos sociales en todo el país lo retuvieron temporalmente. No estaba preparado para una extensa espera, y como los ahorros no eran grandes, decidió ponerse a trabajar en lo que se le permitiera. De esta manera, averiguando por aquí y por allá, encontró un lugar como cargador en el popular mercado Rodríguez. “Por levantar un par de cajas de frutas me daban diez bolivianos, en el día hacía varios trabajos y con eso me mantuve en el hotel y juntaba tranquilamente para la comida”.

Luego se animó a probar con el oficio de limpiaparabrisas al que se había dedicado en Lima, con resultados más que beneficiosos, pues un buen día llegó a juntar hasta 500 bolivianos. “No lo podía creer, imagínate, en lo que dura el semáforo hacía hasta tres autos y algunos me pagaban de cinco a diez. De ocho de la mañana hasta las cinco de la tarde reunía buena plata”, confiesa.

Este trabajo lo retuvo por lo bien remunerado hasta que se vino la declaratoria de la pandemia y, con ello, el “encierro” hasta nuevo aviso. “No tenía otra que quedarme, nadie podía viajar; pero también me puse a pensar que, en un trabajo normal en Argentina, como está la situación ahora, no podría lograr ese sueldo. Y por eso me quedé y sigo trabajando. Una vez que termino, me voy a mi hotel y comparto con otros extranjeros que también quedaron atrapados por la cuarentena”.

Este cordobés dice que en su accidentada estadía aprendió algunas palabras en aymara, que se hizo hincha de The Strongest, que su comida preferida es la sopa de maní, y que si encuentra una boliviana podría pensar en quedarse. “Ya conocí a una, pero vamos a ver qué pasa”, dice sonriente debajo de ese barbijo. Yo ya le había quitado varios minutos y decidí que era momento de dejarlo trabajar. Y nos despedimos con el choque de coditos hasta nuevo encuentro.

Este cordobés dice que en su accidentada estadía aprendió algunas palabras en aymara, que se hizo hincha de The Strongest, que su comida preferida es la sopa de maní, y que si encuentra una boliviana podría pensar en quedarse.

De esa esquina viré hacia El Prado, hace mucho que no caminaba por ahí, y me dije “a alguien voy a encontrar”. Y sí, tal como lo imaginaba, aunque esa mi próxima charla me quebraría por dentro. En la vereda izquierda de este paseo, hacia el sur, contemplé a un par de personas que desde el piso pedían por unas monedas. Ambas muy jóvenes, de hecho, una era aún niña. Y me acerqué no sin antes revisar mi billetera para tratar de ser generoso y lavar esta mi percudida conciencia.

“Soy Ayelin, venezolana”, empezó la que es una joven mamá. Y su largo relato se inició con la prácticamente huida de un país en crisis. “No hay dinero ni trabajo, y decidimos con mi esposo viajar a Colombia con nuestra hija”. Pero la experiencia no fue de las mejores en aquel país vecino donde tanteó todas las carencias posibles pues, pese a ser abogada de profesión, tuvo que dedicarse a la venta de golosinas en la calle para pagar su comida y alojamiento de esos deteriorados. Hasta que un maldito día le robaron los documentos, sus cartas de permanencia en aquel país hermano. “Yo ya no quería volver a Venezuela y decidimos viajar al Perú. Allí nos fue mejor, pudimos trabajar y subsistir por algún tiempo en un negocio de comidas”.

Ayelin y su pequeña de 9 años viven ya dos años lejos de su tierra.

Sin embargo, pese a ese mejor augurio, la relación marital empezó a flaquear seguramente influida por el estado de cosas para la familia migrante, al punto que ella se vio obligada a separarse del padre de su niña en una tierra extraña. “Fue muy difícil, me vi prácticamente indefensa, sin saber a dónde recurrir para buscar algún apoyo”. Una vez distanciados, ella se acercó a una familia amiga de compatriotas que tenía pensado migrar hacia Bolivia, donde le comentaban que tendría mayores posibilidades de encontrar un nuevo trabajo. Y hasta una nueva vida.

...ella se acercó a una familia amiga de compatriotas que tenía pensado migrar hacia Bolivia, donde le comentaban que tendría mayores posibilidades de encontrar un nuevo trabajo. Y hasta una nueva vida.

Fue así como arribó al país en febrero pasado vía Desaguadero, con la esperanza de encontrar algún trabajo mientras se aclimataba a esta ciudad en los pies de Los Andes. Ya había dado algunas referencias en algunas direcciones, pero la advertida cuarentena de marzo le volvió a cortar los sueños de una vida llevadera. No tenía dinero para conseguir un techo, y se vio obligada a pedir ayuda en la calle junto a su pequeña de nueve años.  “Los bolivianos han sido solidarios conmigo; Caritas me ayuda por ahora con el hostal, pero yo salgo a las calles todos los días para conseguir la comida”, explica esta venezolana de 33.

Cuenta que sale de su alojamiento muy temprano por la mañana, almuerza en la calle con su hija y su jornada errabunda concluye alrededor de las seis de la tarde, cuando el frío empieza a soplar la ciudad. También dice que, pese a la generosidad de muchos, ha sido víctima de la malicia de otros. “Hay gente que te maltrata, te dicen ‘qué querrán estos venezolanos aquí’, que nosotros trajimos el Coronavirus, que somos ladrones”.

“Hay gente que te maltrata, te dicen ‘qué querrán estos venezolanos aquí’, que nosotros trajimos el Coronavirus, que somos ladrones”.

Ayelin desea por último que esta tragedia se termine de una vez. Ya van a ser dos años que se encuentra lejos de casa, y lo único que pide es volver. Es valiente, no le tiembla la voz ni amaga con lagrimear, aunque adivino el inmenso dolor que lleva por dentro. Eso sí, abraza muy fuerte a su hija; entonces yo me doy cuenta que debo despedirme, con un par de puñetazos en el estómago después de conocer esa dura realidad. Pensativo y a paso lerdo, me dirijo a casa mientras se acerca la noche. A la seguridad que me dan esas cuatro paredes que a momentos aborrezco.

  • Marco Basualdo es bonaerense, hijo de bolivianos. Como periodista, hizo del desarraigo uno de sus temas preferidos. Escribió Rock boliviano: Medio siglo, donde registra esa complicada aventura de los altos decibeles en el país.

 

 


   

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