Croniquita

Los otros muertos

Todos luchamos frente a la muerte, todos luchamos por vivir. Pero ¿qué pasaría si nuestra única opción fuese la vida eterna? ¿Serían los inmortales felices por igual? Muchos ancianos no murieron a causa del virus. Los mató el encierro. Los mató la posibilidad de vivir eternamente.
domingo, 20 de septiembre de 2020 · 00:02

José Luis Durán

 

Las cuatro paredes comenzaron a falsear toda una ciudad por medio de una pantalla al centro de las habitaciones. Las formas de vida en cuarentena se redujeron a la imagen, que favorecía unas actividades más que otras. Realidad que no muchos pudieron tolerar.

Desde el comienzo del encierro, las personas de cultura libresca, en las redes sociales y algunos medios de información, relacionaron la realidad de la pandemia con las novelas La Peste de Camus y Ensayo de la ceguera de Saramago. Ambas con tramas ligadas al encierro, el error humano y las subjetividades, en su mayoría, tan desdichadas que pueden llevar a cualquier ser vivo a ser alguien que creyeron no conocer. Pero ¿el encierro pudo ser tolerable para aquellos que ya vivieron varios años?, ¿las emociones pueden jugar en contra cuando sabemos que nuestros años de vida son mínimos? ¿No les alarmó que muchos de los abuelos fallecidos de sus conocidos no hayan perecido por el virus en sí?

Pero ¿el encierro pudo ser tolerable para aquellos que ya vivieron varios años? ¿No les alarmó que muchos de los abuelos fallecidos de sus conocidos no hayan perecido por el virus en sí?

El sector de la población al cual se priorizó el cuidado son los ancianos y los menores de edad. En aquellos, las defensas están agotadas y en éstos el sistema inmunológico está en formación y adaptación. El virus comenzó a hacerse más real en el resto cuando las muertes de familiares o amigos cercanos se publicaban en las redes sociales. Padres y madres de amigos fallecían de forma sorpresiva, compañeros de trabajo, tíos, y en gran cantidad, abuelos. Ver fallecer a mi abuelo, y ver que muchos de mis amigos en los últimos meses han perdido a los suyos, hizo cada vez más real esta enfermedad.

Muchos comparan las alegorías del encierro con las novelas señaladas al principio, pero el perder a nuestros predecesores más directos, los de mayor edad, acercó mi realidad del virus a las alegorías manejadas en otra ficción de Saramago. La novela Las intermitencias de la muerte fue publicada el 2005 y trata de una nación en donde la muerte ha dejado de existir; en un principio surge la algarabía nacionalista al ser el único país en el mundo que superó nada más y nada menos que a la muerte misma. Sin embargo, las consecuencias de no dejar esta vida mortal recaen sobre los enfermos terminales y los ancianos.

 Ver fallecer a mi abuelo, y ver que muchos de mis amigos en los últimos meses han perdido a los suyos, hizo cada vez más real esta enfermedad / Fotografía MQ en Pixabay

En la novela, mientras una asamblea debate de manera intelectual y alejada de la realidad qué hacer con la inmortalidad de su nación, en un pequeño pueblo una familia no aguanta más ver agonizar eternamente al abuelo de la casa, por lo que decide cruzar de manera ilegal la frontera a otra nación para que, en tierras extranjeras, aun con la naturaleza de la muerte, el familiar con más edad pueda descansar, acompañado de un bebé que también tenía menos posibilidades de vivir. 

El sector más vulnerable a cualquier fenómeno siempre será el de la tercera edad. En la inmortalidad, la pena cae en el agotamiento de vida de los ancianos, que ya quieren partir y no pueden. En el encierro de la pandemia, la pena cae en las ganas de seguir disfrutando al borde de los límites del tiempo, cada aspecto cotidiano del vivir; descansar en un asiento en alguna pequeña plaza, caminar al sol, ver a familiares infantes jugar en los parques, situaciones que la cuarentena prohibió.

En la inmortalidad, la pena cae en el agotamiento de vida de los ancianos, que ya quieren partir y no pueden. En el encierro de la pandemia, la pena cae en las ganas de seguir disfrutando...

Quizá no se encuentre aún una relación entre la alegoría dentro de una ficción donde la inmortalidad existe, con la de una realidad donde la muerte está más cerca seleccionando al azar a quien lleva y a quien no. Pero la situación de Las intermitencias de la muerte, repite varias veces quiénes son las víctimas frente a la muerte, y como las envuelve cualquier circunstancia.

La peste comienza su segundo capítulo con la siguiente oración: “Así fue que, por ejemplo, un sentimiento tan individual como es el de la separación de un ser querido se convirtió de pronto, desde las primeras semanas, mezclado a aquel miedo, en el sufrimiento principal de todo un pueblo durante aquel largo exilio.” Apunta al dolor de la emoción. Un amigo mío me dijo que su abuela no tenía ninguna enfermedad mortal, que nunca contrajo el coronavirus, que la cuidaron hasta el hartazgo, pero que los meses del encierro habían agotado sus energías vitales, y falleció. Aun con el certificado del SERECI que señala que el difunto no tenía Covid-19 en su organismo y que permite el entierro en un cementerio, la pérdida es irreparable. Quizá, fuera del virus, sin el encierro, aún hubiera estado con vida.

Un amigo mío me dijo que su abuela no tenía ninguna enfermedad mortal, que nunca contrajo el coronavirus, que la cuidaron hasta el hartazgo, pero que los meses del encierro habían agotado sus energías vitales, y falleció.

Algo similar le sucedió al padre de mi padre, que para la edad que tenía nunca mostró dependencia ni pérdida de fuerza, pero que con el paso del tiempo en encierro, sufrió una depresión en su estado anímico que había afectado a su diabetes y al aumento de insulina. Aun así, días previos repetía sus pocas ganas ya de aferrarse a la vida.

Se dice que el virus tiene bajo porcentaje de mortalidad, pero las consecuencias directas sobre los estados de ánimo de un sector que requiere de mayor atención y cuidado, son de gran advertencia para el resto de nosotros. La pena, la tristeza del encierro, también mata.  

 

  • José Luis Durán  es aspirante a una vida laboral de domingo a jueves y bailarín de viernes a sábado. Cuentista en Fútbol y Literatura en Resistencia de la Editorial Mestiza (Chile), y bloguero de Inferencias espirituales.