Croniquitas

Médicas en primavera

Cuatro mujeres, cuatro historias de médicas bolivianas en Nuevo México, Madrid y La Paz. ¿Cómo vivieron la pandemia en sus vidas y en el hospital?
domingo, 20 de septiembre de 2020 · 00:06

Mar Buendía

 

Cuando Lorena, Rebeca, Mariana y Norah decidieron estudiar medicina, las pandemias estaban en los libros de medicina. Hoy cada una ha lidiado con al menos una y de magnitud considerable. Migrar, amar la profesión, dudar y continuar; estas mujeres lo han vivido todo. Este 21 de septiembre llega la primavera ¿qué hay de nuevo para estas médicas?

 

Un tarijeña de viña adentro

En el sur de Nuevo México Rebeca Ponce se prepara para salir al hospital donde trabaja. Es 29 de abril y lo que había comenzado como un brote lejano y sin importancia hoy llega a más de 230 casos de personas contagiadas por el Coronavirus y va en ascenso. Rebeca recuerda por qué decidió volver a la medicina. Hace cuatro años, cuando su segundo hijo nació, decidió poner en pausa su carrera médica para dedicarse por completo a su familia, pero ya que ambos niños iban a la guardería, sintió que era momento de volver: quería ser un ejemplo para sus hijos y culminar sus sueños.

Rebeca termina de preparar el desayuno y marcha a su guardia; les da un beso a sus pequeños, no los verá hasta dentro de casi 50 horas.

Una noche a inicios de los 2010, cuando hacía sus primeras rondas en el hospital, le tocó acompañar a una niña mientras operaban a su papá. La maternidad no estaba aún en sus planes y nunca se había considerado muy cercana a los niños, pero esa noche se dio cuenta de que quería ver esas sonrisas el resto de su vida. Aunque estudió medicina inspirada por su papá, Reynaldo, también médico, fue esa noche la que le hizo tomar la decisión de especializarse en pediatría.

La maternidad no estaba aún en sus planes y nunca se había considerado muy cercana a los niños, pero esa noche se dio cuenta de que quería ver esas sonrisas el resto de su vida.

Ahora se comunica con sus pequeños pacientes como cualquier otra doctora, pero le tomó años acostumbrarse al inglés. No es su idioma, dice sonriente, porque ella es, ante todo, tarijeña “de viña adentro”.

A mediados de los 90, cuando aún era adolescente, conoció a un “gringuito” que andaba de visita por el país, se enamoró y lo siguió de vuelta a los Estados Unidos. Aunque sus padres opusieron resistencia, querían lo mejor para su hija y la dejaron ir esperando su éxito. Querían que sea profesional y pensaron que estando allá podría lograrlo de mejor manera. Su relación sentimental no prosperó, pero cumplió con sus estudios y hoy está felizmente casada con un publicista mexicano.

Ilustración de Jhon Capuma / estudiante DGR-UCB.

Cochabamba - Madrid

Un océano más allá, Lorena Medina regresa a casa. Es mayo. Arrastra los pies mientras comienza a ver a su alrededor: a pesar de las puertas y cortinas cerradas, ella es capaz de escuchar el murmullo de la calle. Es viernes y la gente parece estar más relajada. No ven lo que ella ha visto. Aunque el número de muertos y contagios por el Coronavirus ha disminuido drásticamente, más de 100 personas han fallecido en Madrid esta semana; la situación no está controlada. En los periódicos son solo un número, pero Lorena hoy ha podido ponerle nombre a uno: Julio César, el hombre de la cama 06 y que hoy es una estadística más.

Lorena ha visto morir a exactamente 20 personas en su carrera médica, pero la razón de esas muertes nunca había sido, hasta ahora, algo desconocido. Cáncer, accidentes, el corazón, eso sí lo había visto y lamentado, pero sabía con quién era la batalla. Ahora el enemigo es nuevo. Mientras recorre la distancia entre la parada del metro y su departamento, recuerda a su hermano, recuerda cuando eran niños y jugaban videojuegos mientras su mamá, doña Lucía, personal de limpieza en un hospital, cumplía sus rondas nocturnas. Soñaba con que alguno de sus hijos fuera médico y aunque finalmente ambos lograron ingresar a la Facultad de Medicina, la vida se le hizo corta a Rodrigo y solo Lorena pudo alcanzar el objetivo.

Lorena ha visto morir a exactamente 20 personas en su carrera médica, pero la razón de esas muertes nunca había sido, hasta ahora, algo desconocido.

Ahora, mientras camina en medio de la noche, piensa en la cantidad de veces que se ha arrepentido de haber elegido esta carrera en estos días de zozobra, más bien presa del miedo que de la decepción.

Lorena migró a España en la adolescencia, escapando de la violencia de su padre, junto a Lucía, su valiente madre, y  Rodrigo, su hermano menor. La vida no fue fácil para la familia, pero doña Lucía, que en Cochabamba, su tierra natal, había sido vendedora de todo lo que uno pueda imaginar, llegó a España a limpiar hospitales, cuidar ancianos y preparar comida. La valiente cochabambina hizo de todo en las casi tres décadas que vive en España y ahora finalmente puede descansar tranquila en el tercer piso de un cómodo departamento en Usera, el “barrio de los bolivianos”. A casi una hora de allí está su Lorena, casada con un español y ejerciendo la profesión que había soñado para ella.

Lorena migró a España en la adolescencia, escapando de la violencia de su padre, junto a Lucía, su valiente madre, y  Rodrigo, su hermano menor.

Ilustración Belén Miranda / estudiante DGR-UCB.

¿Vocación?

Mariana López se ha contagiado con el Coronavirus. Trabaja en una clínica privada de La Paz y es su primer año de residencia. Es junio y como todos los días se levanta y va a trabajar. Tiene miedo. Las últimas semanas ha pensado seriamente en abandonar este año de carrera y retomar el siguiente, pero a medida que pasan las semanas, el tiempo que le falta para acabar es menos y pone en perspectiva todo lo que le ha costado llegar hasta aquí. En su edificio la miran mal, una vecina ha “sugerido” que debería irse porque allí viven muchas personas mayores y ella “trae la enfermedad”. Mariana es consciente de eso y, en silencio, llora. Fuera del cliché, no se pregunta por qué la gente no entiende lo que hace, se pregunta más bien si está dispuesta a continuar.

En su edificio la miran mal, una vecina ha “sugerido” que debería irse porque allí viven muchas personas mayores y ella “trae la enfermedad”.

Sabe que ha estudiado medicina por voluntad y que le gusta ayudar, pero en estos momentos se cuestiona todo. Hace 20 días una señora llegó a la clínica donde trabaja. Tenía una infección en el estómago, posiblemente salmonela. Mariana, de turno en emergencias, la atendió. La señora tuvo que permanecer tres días por complicaciones y Mariana creó algún vínculo con ella. Era amable, le decía que le recordaba a su hija. Al irse, entre lágrimas, la señora confesó: tenía COVID, pero sus hijos le dijeron que no diga nada, pues sino no la atenderían y podría empeorar. Quince días después Mariana está aislada. Ha tenido que dejar su departamento en Miraflores y regresar a casa de sus padres pues sus vecinos no le han permitido el ingreso. Encerrada en su cuarto de adolescente se cuestiona sobre su continuidad en la carrera que estudió, se cuestiona si vale la pena someterse a enfermedades peores por ayudar a completos desconocidos que no tienen interés en la vida de ella. Se cuestiona y llora.

Al irse, entre lágrimas, la señora confesó: tenía COVID, pero sus hijos le dijeron que no diga nada, pues sino no la atenderían y podría empeorar. Quince días después Mariana está aislada.

Ilustración Ana Belén Sanabria / estudiante DGR UCB.

La doctora de Los Negros

Este cuestionamiento probablemente ha cruzado por la cabeza de muchos médicos. Pero no fue el caso de la doctora de Los Negros.

En La Paz, en 1934 nacía Norah Siles. Era la menor de seis hermanos en una época compleja. Sin embargo, Norah tenía claridad sobre lo que quería hacer en su vida, pues ya estudiando junto a las monjas del colegio Santa Ana su sueño era ser “doctora”. Su ingreso a la Universidad no fue sencillo, pero Norah estaba segura de lo que quería lograr, aunque la vida le tenía preparado otro camino.

Apenas graduada de la Facultad de Medicina su mamá falleció y Norah no pudo soportar el dolor, pidió su año de provincia lo más lejos posible y fue designada a la comunidad Los Negros, Pampagrande, Santa Cruz. No era un lugar fácil, la institución de destino era el leprosario. Norah asumió el reto, ser observada casi con desprecio no le era ajeno pues de pequeña se había quemado desde las rodillas hasta la cara. Aunque no tenía una enfermedad, podía comprender a sus pacientes.

Norah Siles, reconocida como "La mujer boliviana del año" en
1969 / Fotografía de la familia Justiniano Siles.

...la institución de destino era el leprosario. Norah asumió el reto, ser observada casi con desprecio no le era ajeno pues de pequeña se había quemado desde las rodillas hasta la cara.

La comunidad entera, casi aislada por la enfermedad, trabajaba y cuidaba de las tierras. Eran los propios pacientes los que trabajaban allí. Cuando Norah llegó sintió que era su misión y el año de provincia se convirtió en años de años trabajando hasta llegar a ser la Directora Nacional del Programa de Lepra, un cargo que en los ochenta era necesario pues se trataba de una verdadera pandemia sobre todo en Beni, Chuquisaca y Santa Cruz.

Su trabajó se prolongó hasta que la edad se lo permitió, siempre junto a sus pacientes, no solamente ayudándolos durante la enfermedad, sino también en las secuelas que ésta dejaba en ellos y sobre todo, acompañando su vida en la comunidad Los Negros.

Primavera 0

Ilustración Luciana Noriega / estudiante DGR UCB.

Los últimos días de playa se pintan en Nuevo México. Rebeca no ha podido sacar a sus hijos ni una vez en esta ocasión, de hecho, no los ve hace casi dos meses. Luego de que la cantidad de contagios superara la cantidad de recuperados y la situación se descontrolara, ella y su esposo habían decidido que lo mejor era que él y los dos pequeños se mudara a Texas donde la abuela, para que Rebeca, que ha pasado por la enfermedad y cada día atiende más y más pacientes enfermos, no los contagiara.

Siente rabia. En el Estado en el que vive hay cierta conciencia sobre el uso de barbijos, pero al no ser obligatorio solo puede dirigir miradas molestas a las decenas de personas que entran al hospital sin ningún tipo de protección.

El día en que se inicie la primavera en Bolivia, Rebeca recibirá a sus hijos de vuelta en casa. Aunque la situación está empeorando su familia no puede estar más tiempo separada. Vivirán juntos el otoño, una estación conocida en una situación desconocida.

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Ilustración Regina Gómez / estudiante DGR UCB.

Algunas hojas caen ya en Madrid mientras Lorena prepara sus maletas. Ella y su esposo han decidido salir de allí. Migrarán a Grecia por un tiempo. Todavía no saben si van a regresar, el agotamiento mental y físico que ambos han sufrido esta época se está notando en sus vidas cotidianas y por primera vez en los casi ocho años que Lorena tiene de médica, ha decidido pensar en ella antes que en sus pacientes. No es egoísmo, ha salvado vidas, ha combatido en primera línea, pero todos los pacientes pasan. Así como son números en una lista publicada cada domingo en el periódico local, ella es solo una doctora más al frente de la batalla. Nadie va a recordar su nombre luego de esto, pero tiene la suerte de estar viva.

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Ilustración Andrea Linares / estudiante DGR UCB.

En La Paz, Mariana espera la primavera. Será una estación diferente. Ha decidido dejar su carrera en pausa. Después de terminar su paso por la clínica privada en la que hacía su residencia, le tocó un hospital público y allí colapsó. No solamente se enfrentaba a la enfermedad sino también a nuestro peor enemigo: nosotros mismos. Mariana no pudo más. Quiere creer que no se ha equivocado de carrera, pero siente que en este momento no tiene lo que se necesita para estar al frente. Se va en paz, habiendo salvado vidas, habiendo ayudado en lo que podía.

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Norah, ya jubilada, disfrutando junto a sus nietos la llegada de una nueva primavera / fotografía de la familia Justiniano Siles.

Para Norah fue distinto, “la doctorita de Los Negros”, como la llaman cariñosamente hasta hoy, sí tiene un nombre que no se olvidará fácilmente. Fue reconocida Mujer del Año en 1969, Mujer Paceña por su vida dedicada a la lepra en 1975, entre muchos otros galardones.

Hoy se sienta junto a sus nietos, vive una nueva pandemia, esta vez invisible. Pero Norah está en paz. Después de tantas primaveras vividas entre la lepra, esta será un nuevo inicio, otro año más comenzando de cero.

 

  • Mar Buendía se guarda tras este nombre para escribir sobre todas las vidas posibles que cruzan la cabeza suya y de la mujer que habita. Estudió cinematografía y artes audiovisuales y termina la Carrera de Literatura en la Universidad Mayor de San Andrés. 

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