A la carta

De Arani con amor. Un pancito caliente en la boca

Ah... el pan de Arani hay que probar. En esta familia, nadie se salva: hombres y mujeres, viejos y jóvenes trabajan juntos con las manos en la masa. ¿Habrá algo que supere el sabor de un pan salidito del horno?
domingo, 27 de septiembre de 2020 · 00:03

Gabriela Alejandra Agreda Zambrana

 

Las mañanas para hacer pan comenzaban temprano. En casa de mis abuelos, mami Asteria despertaba junto a la tía Feli a las cinco de la mañana para comenzar a preparar la masa, mientras mi "papi" Benigno esperaba impaciente la llegada de mi papá para encender el horno. Hacer pan se había convertido en la actividad de fin de semana esperada por todo el mundo; era como llevar a casa un pedazo del valle que había visto nacer a mis abuelos.

Hacer pan se había convertido en la actividad de fin de semana esperada por todo el mundo; era como llevar a casa un pedazo del valle que había visto nacer a mis abuelos.

Oriundos de Arani, siempre habían estado involucrados en el oficio del pan. Es más, recuerdo vagamente que así se habían conocido. Mi abuela llevaba en un burro cargas de harina para hacer pan y mi abuelo la acompañaba en esos viajes, recorriendo largas distancias juntos.

Nuestro oficio de panaderos siempre había sido por entretenimiento, una de esas tradiciones familiares que inconscientemente se repiten durante años y van guardando texturas, sabores y olores en nuestra memoria.

Mi abuela nunca tuvo una medida exacta para hacer pan, medía la proporción de harina, levadura, agua en “pojtitos”. Usaba sus puños para ir midiendo cada ingrediente y siempre eran la medida exacta. Se sentaba en unos toquitos de madera hechos a medida, su frondosa pollera rodeándola, y delante de ella dos bañadores donde estaban las dos preparaciones de masa que mi tía Feli constantemente atendía en caso de que faltara algún ingrediente. 

El famoso pan de Arani, en Cochabamba / Fotografía Gobernación de Cochabamba

Mi abuela nunca tuvo una medida exacta para hacer pan, medía la proporción de harina, levadura, agua en “pojtitos”. Usaba sus puños para ir midiendo cada ingrediente y siempre eran la medida exacta. 

Cuando al fin llegábamos a casa de mis abuelos, nos poníamos los mandiles y esperábamos impacientes para poner literalmente las manos en la masa. La masa ya tenía una altura considerable a las nueve de la mañana y estaba lista para que los hombres pudieran amasarla y hacerla más dócil.

Mi papá, mi tío y mi abuelo solían ser los encargados de esa labor, trabajaban vigorosamente la masa de los bañadores y de vez en cuando escuchábamos unos sutiles golpes a la mezcla de harina, sal, levadura y agua que se iba haciendo cada vez más elástica. Al terminar, mi abuela esperaba los bañadores en la cocina donde ya tenía la mesa despejada y llena de harina para hacer las bolitas.

Era un proceso casi industrial, sobre todo por la perfección que doña Asteria exigía de sus ayudantes. De repente no era una, sino dos, tres, hasta cuatro personas en la cocina trabajando para hornear el pan casero. Unas manos hacían derretir la manteca para embadurnar las bandejas, otro par empezaba a aplastar el quesillo que se desviaba de rato en rato hacia nuestras bocas.

De repente no era una, sino dos, tres, hasta cuatro personas en la cocina trabajando para hornear el pan casero.

El pojtito se repetía al momento de dividir la masa para hacer las bolas de pan: un puño de mi abuela exactamente, que hacía grandes chorizos de masa y los dividía para que trabajemos. Por supuesto que las bolitas tenían su ciencia, nada de hacerlas en la palma de la mano; había que tomar un poco de masa y girar rápidamente las manos sobre una superficie dura para lograr unas bolitas perfectas que luego reposaban esperando ser aplastadas con un poco de queso encima.

Mientras tanto, en el patio, un pequeño horno de barro estaba listo para ser encendido. Mi abuelo tomaba unos guantes de cuero y salía en busca de unas buenas ramas de molle para limpiarlo cuando las brasas estén listas. En ese entonces las construcciones no habían invadido la avenida Blanco Galindo y todavía se sentía un poco del guano de las vacas que pastaban cerca de la casa. En uno de los lotes baldíos abundaba el molle y nosotros lo aprovechábamos cortando las ramas y buscando troncos secos para encender el horno.

 Por supuesto que las bolitas tenían su ciencia: nada de hacerlas en la palma de la mano; había que tomar un poco de masa y girar rápidamente las manos sobre una superficie dura para lograr unas bolitas perfectas...

Las latas comenzaban a sonar insistentemente, contábamos cuántos panes aplastados teníamos y cuántas bolitas nos faltaban. Una tras otra llegaba al horno donde estaba mi abuelo esperando con una pala para meterlos y sacarlos contínuamente.

Finalmente, cuando estaban cocidos, preparábamos unas canastas grandes de color marrón oscuro sobre las que caían los panes uno tras otro al salir de las bandejas. Mi abuelo solía traer de la tienda de doña Asteria unas botellas de Coca Cola popular y se escabullía con nosotras, sus nietas, para probar los primeros panes salidos del horno. Y nada iguala al sabor de la Coca Cola con pan recién horneado, una mezcla entre el crujido de la masa, el queso caliente y la efervescencia de la gaseosa en la boca.

 

  • Gabriela Alejandra Agreda Zambrana es comunicadora social. Le gusta salir a tomar fotos, perderse entre libros y escribir sobre su niñez, las personas que quiere y los lugares que visita.

 

 


   

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