Confesiones / Tinta china

Las joyas Ana Palza y el sello de Peggy McBride

“El fruto no cae lejos del árbol” dice el refrán y Peggy McBride dejó a su hija Ana un frondoso árbol cargado de su amor por la cultura boliviana en todas sus expresiones. Su admiración por la vestimenta de las mujeres de pollera dejó como herencia las joyas de Ana Palza.
domingo, 27 de septiembre de 2020 · 00:04

Roxana Pinelo Navarro

 

Las joyas de Ana Palza, y todas las expresiones creativas que la distinguen, tienen por detrás un inefable vínculo afectivo: la mirada de Peggy, su madre de origen norteamericano que llegó a Bolivia enamorada de su esposo boliviano y de todo lo que él representaba. Eso se refleja en el trabajo de la diseñadora que, junto a un grupo compuesto por artesanas de primer nivel, crea joyas elaboradas a mano, actualmente apuntando al logro de un soñado objetivo: la interculturalidad en todo el proceso, expresión de un sólido sentido de pertenencia que Ana adquiere de la mano de su madre.

... junto a un grupo compuesto por artesanas de primer nivel, crea joyas elaboradas a mano, actualmente apuntando al logro de un soñado objetivo: la interculturalidad en todo el proceso, expresión de un sólido sentido de pertenencia que Ana adquiere de la mano de su madre.

Peggy McBride de Palza llegó a Bolivia desde California, Estados Unidos, en 1952, momento emblemático para nuestro país, también para su vida. Casada con Gonzalo Palza, amó Bolivia y su cultura y lo hizo evidente desde que puso el pie en el país donde fijó residencia durante más 50 años. Peggy Palza, como se la conoce en nuestro país, formó junto a Gonzalo una familia numerosa conformada por tres hijos y tres hijas y la afirmó con la generosidad, sencillez y vitalidad que la caracterizaron.

Peggy McBride y su esposo, Gonzalo Palza, el día de su boda.

Alta, de ojitos rasgados color celeste y sonrisa entrañable, Peggy Palza fue fan número uno de la vida cotidiana paceña por lo que era habitual verla disfrutar de los detalles que incluían la compra en los mercados paceños donde admiraba los colores de las frutas y las verduras apiladas en montoncitos en los puestos de las vendedoras. Miren qué lindo, decía, deteniéndose de rato en rato a contemplar, canasta en mano, junto a su cuarta hija, Ana, que la seguía a todas partes disfrutando del aroma de la huacataya y la quirquiña.

Ana recuerda que su madre jamás expresó una sola palabra en contra de Bolivia, ni siquiera de los avatares políticos en los que no se inmiscuye. Por eso Ana creció en un ambiente de profundo respeto por nuestro país, y a través de sus ojos miraba Bolivia. Por su parte, Peggy se involucró en la cultura boliviana y junto a otras personas fue parte de un proyecto artístico educativo en Calamarca a donde viajaba con frecuencia y formaba parte de la iniciativa de organizar exposiciones de cuadros bolivianos, que actualmente son un clásico. Igualmente se dio cuenta de la importancia del arte culinario y junto a Teresa de Prada, Wilma Velasco y Susan  Gisbert, entre otras colaboradoras, crearon Epicuro Andino, libro bilingüe de recetas, pensando en personas de otros países que deben adaptarse a cocinar en la altura. 

Ana creció en un ambiente de profundo respeto por nuestro país /  Fotografía de Sara Aliaga.

junto a Teresa de Prada, Wilma Velasco y Susan  Gisbert, entre otras colaboradoras, crearon Epicuro Andino, libro bilingüe de recetas, pensando en personas de otros países que deben adaptarse a cocinar en la altura.

Siguiendo el talento de Leslie, su quinta hija, Peggy fundó el grupo Amigos de la Danza, asociación cultural sin fines de lucro, que entre 1984 y 1990 logró donaciones importantes que impulsaron este arte. El año 2004, durante el festival Danzando, organizado por el Viceministerio de Cultura, el Gobierno Municipal de La Paz y la Asociación Danza Solidaria recibió un homenaje junto a Emma Sintani, consideradas como pioneras del arte dancístico. En esa ocasión, Peggy fue descrita como “silenciosa promotora e impulsora de la danza en Bolivia”.

Ana no tenía idea de cuál sería su incursión en las expresiones artísticas de nuestro país hasta que en 1982 bailó por primera vez en el carnaval de Oruro. La siguieron los ojos amorosos de Peggy y Gonzalo, que con extremo orgullo la vieron pasar bailando peinada con la trenza francesa que le había hecho Peggy, estilo que a partir del siguiente año incursionó en los peinados de las fiestas. Peggy no se desprendió de su cámara filmadora y al ver las imágenes con las polleras moviéndose en el aire se le ocurrió que la ropa interior de las bailarinas podría ser del color de los fustes. Presentaron la innovadora propuesta mostrando una muñeca Barbie con calzón y fuste en color fucsia con blusa a tono y al año siguiente la ropa interior multicolor entró con fuerza.

Ana Palza entró en 1982 al mundo de la morenada y no ha parado desde entonces.

Peggy admiraba la cultura, la historia, la música y la danza boliviana, y era tal su genuina admiración por la vestimenta de las mujeres de pollera que vistió como tales a sus hijas Ana, Leslie y Shiela, junto a su sobrina Karina Richter y tomó una fotografía que hasta ahora adorna el living de su casa. Peggy partió físicamente en 2002.

Desde 1982, Ana no dejó de bailar hasta que llegó la pandemia. Durante 37 años que baila en grupos de caporales, morenada, kullaguada, y pujllay sintiendo en el alma la música boliviana que le hace la piel de gallina. Admira el colorido, la prestancia y solemnidad sobre todo de las personas mayores que, a través de los rituales, se ponen la máscara y se distinguen por su elegancia. Se transforma al compás de la banda y la emoción la desborda. Ana se involucra en cada momento del baile y lo que implica, desde el trabajo artesanal hasta la expresión del júbilo, por lo que en reiteradas ocasiones lanza su matraca en señal de alegría hacia el público apostado en las calles que celebra su gesto genuino. Es frecuente verla bailar haciendo girar la pollera con impresionante destreza y en ese proceso la chola paceña se cuela en sus pupilas y da vuelo a su inspiración.

Las joyas de Ana Palza / Fotografía de Patricio Crooker.

Precisamente fue cuando bailó en la fiesta de Jesús del Gran Poder y vio cómo apreciaron su trabajo, que Ana comenzó a desarrollar su creatividad. Ser parte de la Fraternidad Fanáticos del Gran Poder y del emblemático grupo Machaq Qhantati, le abrió las puertas a un mundo de estilo diferente. Cuando todavía no hacía joyas escuchó que los delincuentes robaban sombreros y prendedores a las bailarinas y ahí surgió la idea de crear joyas más económicas. En aquel entonces las joyas todavía no llegaban de China por lo que se adelantó a ofrecer otra opción a la artesanía con una alternativa “para gente osada y atrevida”, dice ella.

Cuando todavía no hacía joyas escuchó que los delincuentes robaban sombreros y prendedores a las bailarinas y ahí surgió la idea de crear joyas más económicas. En aquel entonces las joyas todavía no llegaban de China...

Armó su equipo compuesto fundamentalmente por mujeres artesanas y empoderadas con increíble destreza manual, que elaboran aquella joyas a mano utilizando alambre, cristales, perlas, piedras, semillas y lana de alpaca. Ana se inspira en la arquitectura andina, en nuestras costumbres y tradiciones, en objetos de la vida cotidiana, en cuadros del pintor Leonardo Flores, en eventos folklóricos, observando texturas, colores y movimientos de las telas, fusionando lo antiguo con lo nuevo. Abrió su primera tienda en San Miguel, ubicada en la zona sur de La Paz, luego en la ciudad de El Alto y llegó a la avenida Baptista de la zona de Max Paredes, lo que le permite mostrar su creatividad a otro mercado.

Las modelos Zulema Calle, Lisset Pajsi y Berta Acarapi / Fotografía de archivo de la diseñadora.

Caminante infatigable, cruzó la ciudad y luego el país con su arte, participó en desfiles exponiendo sus joyas sin descuidar un solo detalle. Cuando percibió que sus joyas necesitaban de otros colores y texturas para resaltar, participó en la XI versión de la Larga Noche de Museos con Noche de novias con identidad, donde expuso ocho diferentes trajes de novia en desfiles que son verdaderas puestas de escena. Ana rompe el molde con su versatilidad y confecciona ropa para la mujer de pollera, con marcada inspiración en la manta tradicional.

Ana incursionó en la vestimenta y joyas de novia / Fotografía de archivo de la diseñadora.
Noche de novias con identidad, se llamó esta propuesta / Fotografía de archivo de la diseñadora.

Ana rompe el molde con su versatilidad y confecciona ropa para la mujer de pollera, con marcada inspiración en la manta tradicional.

Actualmente ha bajado el ritmo de su trabajo debido a la pandemia, aunque tener tiempo es algo bueno para ella. Consciente de que es importante cerrar ciclos y abrir otros nuevos, vuelve a la zona sur  revitalizando la imagen de la mujer boliviana en su fabulosa diversidad. Combina joyas, vestimenta, colores y texturas, ofreciendo su trabajo con un enfoque intercultural también advertido en la atención, a cargo de una mujer de pollera o de vestido, para lucir las joyas sin limitaciones de ninguna clase.

Ana Palza ha desarrollado un sentido de pertenencia que refleja todo lo que su madre le enseñó mientras estuvo en este mundo. Peggy está presente en su vida inspirando cada uno de sus pasos con la generosidad con la que cada una de ellas comparte no solo sus conocimientos, sino también sus afectos. Como dice el refrán: el fruto no cae lejos del árbol. En este caso con un sello particular que las distingue a ambas: ¡La fuerza del amor sin límites por Bolivia, su cultura, costumbres, tradiciones, gente y celebraciones!

 

  • Roxana Pinelo Navarro es chukuta chuquisaqueña, amante de la buena vibra, lectura y conversa.

 

 


   

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