Especial alasitero

Anecdotario de Alasita

Suerte sin blanca, lota, gallos, maldiciones y niños perdidos, hay de todo en la Alasita. Si bien este año la feria se posterga, siempre quedan las historias memorables que todos guardamos con cierto afecto, aunque algunas tengan tinte de tragedia.
domingo, 24 de enero de 2021 · 00:07

Willy Camacho

Emilia Pizarro tiene apenas 12 años, pero ya está “enviciada” con la Alasita. Recuerda bien que hace unos años quería un oso de peluche, y comenzó a comprar boletos de la “suerte sin blanca”, y le pedía dinero a su mamá para comprarse más y más boletos con la esperanza de que el número ganador pronto saldría. “Y gasté toda mi plata en eso y nunca gané el oso, solo aretes de plástico, anillos de plástico…”, dice con tono de decepción, aunque se compone rápido y confiesa: “Sé que es una estafa, pero no puedo evitarlo, sigo, sigo y sigo intentando ganar el premio mayor. Y a mi mamá también le pasa”.

Emilia Pizarro se volvió fanática de la "suerte sin blanca".

Es que su mamá, Claudia Suárez, también tiene una historia ligada al vicio alasitero, de cuando era muy niña. “La Alasita era todavía en la Tejada Sorzano, para que te des cuenta cuán chiquita era –dice a fin de no mencionar su edad (tiene 47)–, estaba caminando la feria con mis hermanas y mi mamá…”. Era un lindo día, el sol brillaba en lo alto y quemaba aquí en la tierra, y las niñas estaban sedientas. Entonces, su mamá compró chicha, supuestamente sin macerar (al menos así le dijeron), pero pronto las tres niñas y la señora estaban un poco más que chispeadas. “Las cuatro caminábamos duras, borrachísimas, yo veía doble y zeteaba, y todo fue por la sed que teníamos”, recuerda entre risas, y un amigo que oyó la historia deslizó por lo bajo: “Yuca desde chiquita”.

La primera "farra" de Claudia fue de muy pequeñita; "por culpa de mi mamá", asegura.

Todo paceño y paceña que se respete debe tener una o más historias memorables en Alasita. Viviana Soruco, por ejemplo, recuerda que junto con su madre fueron a comprarse cositas a la Plaza Abaroa, con la intención de hacerlas bendecir en la iglesia que está cerca de ese lugar. Vivi se había comprado un autito y, antes de llevar los objetos al templo, se toparon con un yatiri que les ofreció challa y sahumerio. “Yo nunca he sido de esas cosas, más por tacaña en realidad, pero el señor nos dijo que podía challar las cosas de las dos por cinco pesitos, o sea que era buen precio”. Ellas lo hicieron como cualquier paceña, sin preocuparse por la presencia de un par de curas que merodeaban por el lugar, uno de ellos con cara de irritado. “Ese cura –que era español– se acercó muy molesto y nos increpó: ‘¡esto es del demonio, es paganismo, ustedes mejor que nadie deberían saber!’, y claro, el yatiri seguía con su ceremonia, blasfemando en aymará o quién sabe qué lenguas ancestrales, y con eso el cura se enojó más y me dijo: ‘¡ojalá te choques y te vuelques con ese auto, y no voy a bendecir mierda alguna’!”.

Ese cura –que era español– se acercó muy molesto y nos increpó: ‘¡esto es del demonio, es paganismo, ustedes mejor que nadie deberían saber’!, y claro, el yatiri seguía con su ceremonia, blasfemando en aymará o quién sabe qué lenguas ancestrales, y con eso el cura se enojó más y me dijo: ‘¡ojalá te choques y te vuelques con ese auto, y no voy a bendecir mierda alguna’!.

Tiempo después, Vivi y su esposo se compraron un auto y la mamá de ella empezó clases de conducción. “Una mañana, Christian (el esposo) salió con mi mamá, le iba a enseñar la mejor ruta para bajar a la tienda en auto, pero hubo un desperfecto mecánico y el auto se deslizó por la pendiente y se embarrancaron”, relata aún con tristeza. El auto dio tres vuelcos, por suerte tenían los cinturones de seguridad puestos, eso les salvó la vida, aunque salieron golpeados y ensangrentados, y el auto, obviamente, quedó destrozado. Al contarme estos hechos, Vivi recién ató cabos y, 15 años después, se dio cuenta de que quizá la maldición del cura tuvo efecto. “Ese maldito…” murmura al otro lado del teléfono (y del mundo), tal vez pensando buscar un brujo senegalés para vengarse del sacerdote español.

Tiempo después, Vivi y su esposo se compraron un auto.  El auto dio tres vuelcos y, obviamente, quedó destrozado. Vivi recién ató cabos y, 15 años después, se dio cuenta de que quizá la maldición del cura tuvo efecto.

Viviana, su esposo y sus dos hijas hoy viven en Senegal, alejados de las maldiciones sacerdotales.

Si  el matrimonio es una bendición o maldición, solo lo sabe la pareja. Y Tatiana Fernández tiene una historia al respecto, pero comienza contando que en su familia no acostumbraban ir el primer día de la Alasita. Su tradición familiar era, en cambio, ir el último domingo al remate. “A mi papá le encantaba el remate de los yesos. Íbamos a cuanto remate podíamos y volvíamos a casa cargados de alcancías de chanchitos de todos los colores, incluso del Bolívar, pese que en casa somos todos estronguistas”. Quizá por eso, a Tati le quedó la costumbre de comprar otras figuritas de yeso para regalar a sus amigas: gallos. “Una de esas, estaba con mucho trabajo y salí apurada a comprar los gallitos, porque ya era cerca de mediodía. Compré para mis tres compañeras, pero ya al entrar a la oficina, me di cuenta de que con la prisa me había alzado una gallina con sus pollitos. Ni modo. Había un compañero jovencito, soltero, y le regalé la gallina a él. Bueno, el caso es que, a fin de año, él ya estaba casado y esperando a su primera hija”. En este caso la bendición del Ekeko se cumplió, y no fue tan grave (esperemos) como la maldición del cura antialasita.

Aunque resulte extraño, Tatiana no tiene figuritas de yeso en su casa, pero otras cosas de Alasita no le faltan.

Violeta López, cuando niña, esperaba con ansias la Alasita cada año, porque iba a buscar ropas y muebles para sus muñecas. “Es que mis papás no querían botar plata en los accesorios para muñecas de Mattel” (padres sabios, hay que decir). Recorrían los puestos y así Viole iba adquiriendo las prendas que sus muñecas usarían ese año y algunos muebles para que estuvieran más cómodas en casa. “Pero los muebles más bonitos estaban en exposición en la ‘suerte sin blanca’, y yo lloraba para que mi papá me comprara boletos, pero claro, nunca ganaba esos muebles, solo ganaba bolígrafos, chupetes… De todas formas, todos los años hacía escándalo para ir a la ‘suerte sin blancas’”. Todo el vestuario fue legado a sus sobrinas y los muebles se fueron rompiendo con el paso del tiempo, aunque aún sueña con esos espléndidos muebles que nunca pudo ganar. “Cuando yo tenía unos diez años, mi papi me explicó que la ‘suerte sin blanca’ era una tomadura de pelo, que nadie gana los premios grandes; y puede ser, pero hasta el día de hoy, si yo fuera a la Alasita, seguro me compraría unos boletos”. Como Emilia, Viole aún tiene el ojo en tinta por los caprichos del azar, o mejor dicho, por la mañudería de los suerteros.

Cuando yo tenía unos diez años, mi papi me explicó que la ‘suerte sin blanca’ era una tomadura de pelo, que nadie gana los premios grandes; y puede ser, pero hasta el día de hoy, si yo fuera a la Alasita, seguro me compraría unos boletos

La pequeña Violeta esperaba con ansias la Alasita, porque ahí podía renovar el vestuario de sus muñecas.

Mi historia no tiene que ver con el azar (creo). Recuerdo que cuando tenía unos cuatro o cinco años, mi mamá, que es muy creyente de la tradición alasitera, me llevó a una plaza abarrotada de gente el mediodía de un 24 de enero. Ella quería que sus compritas pasaran por yatiri y cura, en ese orden, y se daba modos de cargar casita, autito, maletitas, billetitos, etc., de llevarme a mí de la mano y de pelear con otros creyentes para conseguir un lugar de preferencia y así ser bien salpicada de agua bendita luego del sahumerio. El caso es que, en un momento dado me vi perdido entre la muchedumbre, e hice lo que cualquier llokalla urbandino de cuatro años haría en medio de una multitud de desconocidos: llorar y gritar “Maaaaamiiiii”. El caso es que me respondieron varias mujeres: “Carlitooooos, aquí estoooy”, “Aleeeee, veeeen aquí, te voy sonar malcriado”, y así otras madres que seguramente también habían descuidado a sus vástagos. Años después, en una fiesta familiar, vi que mis padres y tíos jugaban a la escoba, que consiste en que quien no tiene pareja baila solo con la escoba y, cuando considera oportuno la deja caer, el ruido es la señal para que los demás cambien de pareja, y el que no logra el cambio a tiempo debe bailar con la escoba, entonces todos se desesperan y agarran a cualquier pareja, sin discriminación. La cosa es que ese momento imaginé que algo similar podía haber pasado en esa lejana Alasita: quizá los niños perdidos, asustados por quedar sin hogar, y las madres irresponsables, angustiadas por la posibilidad de volver a casa con las manos vacías, se juntaban aleatoriamente. Tal vez yo había agarrado a la mujer equivocada, quizá en realidad me llamaba Carlitos o Alejandro. Claro que el tiempo y la genética me tranquilizaron (soy una fotocopia de mi padre), lo cual no me quitó la sospecha de que estos infelices pudieron haberme sometido a una cirugía plástica. En fin, de todo esto, la moraleja es que no debes llevar a tu hijo a una plaza alasitera el 24 de enero y, principalmente, no debes darle pastillas que lo vuelvan paranoico.

El caso es que, en un momento dado me vi perdido entre la muchedumbre, e hice lo que cualquier llokalla urbandino de cuatro años haría en medio de una multitud de desconocidos: llorar y gritar “Maaaaamiiiii”. El caso es que me respondieron varias mujeres: “Carlitooooos, aquí estoooy”, “Aleeeee, veeeen aquí, te voy sonar malcriado”, y así otras madres que seguramente también habían descuidado a sus vástagos.

Hoy, 24 de enero de 2021, no habrá Alasita por buenos motivos. De modo que nos queda el consuelo de los recuerdos, esos gratos momentos vividos en la feria tradicional de los paceños, y también queda la esperanza de que se volverá a realizar pronto, en mejores condiciones para todos. Igual, en la intimidad del hogar, le podemos encargar al Ekeko unas vacunitas, quizá funcione. Si no, el brujo senegalés puede ser buena opción.

 

  • Willy Camacho es paceño y atigrado. Dice ser un cholo urbandino orgulloso, por eso no se cansa de cantar esa cueca que dice: “... cholo, cholo he nacido, cholito voy a morir...”.

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