Crónica

La caída (crónica de un interno de hospital)

La vida es un soplo, y nos damos cuenta de esa fugacidad y fragilidad cuando atravesamos situaciones límite. Pero siempre está el consuelo de que, en comparación con lo que les ocurre a otros, lo nuestro parece no ser tan grave. Quizá algunos accidentes no son casuales...
domingo, 24 de enero de 2021 · 00:09

Nemecio Esquivel

Miércoles 11 de noviembre

(Por el mediodía)

Todavía tengo la sangre del accidente. Está seca. Nace en la sección izquierda de la frente y se pierde entre los cabellos. Con una toalla húmeda que me dio una de las enfermeras traté de limpiarme la cara, pero aquel rastro que se pierde como canales a través de la cabeza, y que casi llega a la nuca, es imposible de limpiar. Arrastro algunos dedos y desprendo la sangre cristalizada. Es negra. Quiero bañarme, ¡tengo tantas ganas de bañarme!

Necesito ropa interior. El pañal se desprendió de a poco hasta que ya no pudo más y tuve que tirarlo. La bata apenas cubre lo suficiente.

Se acerca el nutricionista, trae sopa de queso con hierbas y un plato de camote y ahogado. Además de jugo hervido de sandía, gelatinado (me encanta lo que preparan, siempre cosas raras y equilibradas).

Una mañana escucho el diagnóstico de los doctores: Fractura radio distal izquierda – luxación perilunar. También hubo fractura del escafoides, que por el momento se encuentra en etapa de sanación.

Necesito ropa interior. El pañal se desprendió de a poco hasta que ya no pudo más y tuve que tirarlo. La bata apenas cubre lo suficiente.

Se acerca la doctora de farmacia. Ve el número de cama y el nombre del paciente. Hojea su lista de medicamentos a aplicar y los prepara sobre su mesa: cápsulas de ranitidina 50 ml, quetorol 30 mg, polvo inyectable cloxacilina 1 g, suero fisiológico 0,9.

Pregunto qué me está dando.

–Son antibióticos –responde.

–Pero no estoy enfermo.

–Son preventivos. Evita que tus fracturas se infecten.

Sujeta la saliente de la intravenosa y aplica. Luego regula el goteo de una segunda bolsa de suero y va a la cama de otro paciente.

Sábado 7

Comenzó de la manera más absurda. Eran las cuatro de la tarde. Mi hermano me había pedido que lo ayudara a subir las viguetas pretensadas para el segundo piso. Accedí, algo desganado.

Una vez arriba, las acomodábamos a un lado, a lo que sería una habitación. Nos movíamos entre listones de madera que sostenían los machones horizontales. Habíamos subido más de la mitad. Regresaba a mi puesto cuando calculé mal. Al inclinarme para recoger la cuerda, choqué con algo detrás de mi espalda. Entonces todo sucedió en una secuencia vertiginosa de imágenes: me volteo de inmediato, mis manos solo atinan a sujetar el vacío, veo que estoy en el aire, suspendido, cayendo ya medio metro, sin posibilidad de regresar. Luego todo es silencio y oscuridad.

Entonces abro los ojos (como si despertara de un largo sueño). Veo sangre en el piso, frente a mis ojos. Me muevo. Pienso: “¿Me caí?”. Veo que estoy siendo movido. Entonces escucho “Te vamos a llevar adentro”. Pienso, “¿Adentro?, ¿cómo adentro?, ¿por qué adentro?”. Y otra vez, “¿me caí?”. Digo “Está bien”. Pienso “Llévenme adentro”. Cierro los ojos, me llevan, me sujetan apenas. Abro los ojos; veo la manga de mi ropa manchada de sangre. “¿Me caí?”, pregunto sin fuerzas. Alguien responde “Sí”. Entonces siento el dolor en la pierna izquierda y las palmas de las manos me arden. Es un dolor insoportable. Me lamento. Traen cremas y las frotan en mis manos. Dicen: “Hay que llevarlo al hospital”. Digo “¡No!”. “Tienes una herida en la frente, es muy grande”, dicen. Digo “¡No!”. Ellos insisten. Ya alguien ha salido a buscar un taxi. Me sientan en el piso, me aplican las cremas. Mi madre, que se encontraba convaleciente en la cama, cuando se enteró de la noticia, salió de su cuarto y trató de ayudar. “Vamos al hospital”, dicen. Me levantan del suelo y me llevan hacia la puerta de la calle. No puedo sostenerme, cojeo. Me ayudan a subir al taxi. 

Ilustración de Regina Gómez / estudiante DGR UCB.

Llegamos al hospital en diez minutos. En Emergencias, en la sala de triaje, hay una persona esperando. Me dejan tendido sobre una camilla, recogen mis datos y me examinan. Preguntan si sé dónde estoy, qué día es, si me acuerdo de lo sucedido. Luego me hacen esperar hasta que la sala de radiología se desocupe. Me llevan en una silla de ruedas; primero hacen una tomografía de la cabeza, luego rayos X en las extremidades; las dos manos y una pierna. De regreso, las camillas en la sala de emergencias están ocupadas, me trasladan a un cuarto vacío.

Siento dolor en la muñeca. Me lamento. Viene una enfermera y revisa la herida de la frente. Desinfecta, inyecta morfina, luego sutura. Cuento más de quince veces la pinchazón de la aguja y siento dolor al contar. Cuando termina y se va, se acrecienta el dolor de la mano. Me quejo por horas, lloro. Luego se acerca un doctor y me la venda. El dolor apenas disminuye.

Preguntan si tengo seguro médico, la respuesta es no. La enfermera le encarga a mi hermana que el lunes a primera hora debe hacer los trámites, porque, de lo contrario, no me atenderían. Mi hermana se compromete enseguida. Me inyectan la intravenosa en el brazo derecho, mientras que del otro extraen la sangre. Cortan la manga de mi chompa para liberar el brazo. Traen los resultados de Radiología, Al parecer no tengo lesiones en la cabeza. Hablan de fractura y luxación en el antebrazo izquierdo. Más tarde tienen que quitarme la chompa para ponerme una bata. Tengo que quitarme también el pantalón y los zapatos. Pregunto si es necesario, ¡no quiero hacerlo! La enfermera dice que en cualquier momento me llevarán a quirófano. Empieza a quitarme el pantalón y luego la ropa interior. Me coloca el pañal para adulto, mientras me explica que para el ingreso a quirófano se requiere al menos de ocho horas de ayuno. Me siento dolido. Trato de disfrazar la vergüenza con el llanto.

Tengo que quitarme también el pantalón y los zapatos. Pregunto si es necesario, ¡no quiero hacerlo! La enfermera dice que en cualquier momento me llevarán a quirófano. Empieza a quitarme el pantalón y luego la ropa interior.

Mi hermano se queda toda la noche. Compra todo lo que los doctores le piden: jeringas, suero, antibióticos, sedantes, vendas, paga el “arco en C” (rayos “X” en quirófano). Por momentos se acerca y me pregunta si empeora el dolor. Quiero decirle que no me duele, pero no puedo soportarlo. Al verme se disculpa, se siente responsable. Le digo “No es tu culpa”. No se lo cree, pero va a sentarse de nuevo, pesaroso.

No puedo dormir, el dolor no me deja, y cada vez que estoy a punto de hacerlo, oigo los gritos de alguien que se encuentra en la sala de emergencias y que al parecer es un caso más grave que el mío. A la mañana siguiente, recién me enteraré del hombre de la cara destrozada; un hombre que estuvo bebiendo, que fue asaltado y que, por defenderse, le cortaron la cara con los vidrios de las botellas rotas.

Domingo 8

El dolor continúa en pequeñas oleadas, no tan fuerte. Los domingos los doctores no operan si no se trata de casos urgentes. Me dicen que tomarán mi caso como tal, porque ya estoy esperando un día.

Mi familia me pregunta si hemos tomado la mejor decisión. Dicen “¿Te duele mucho? Tal vez no será un caso grave, podemos ir al huesero para que te arregle”. Tienen mucho miedo. Escuchan la palabra “operar” y piensan que mi vida correrá un riesgo y que puedo morir en el quirófano. Trato de calmarlos. Les explico que mi vida no está en riesgo, que no se trata de una operación del corazón o algo así (quisiera decirles, a fin de cuentas, que prefiero morir en un hospital a que me trate un seudoespecialista, pero no quiero exaltarlos). Les digo que estaré bien, que es mejor que me traten los doctores.

Cada momento de breve espera es eterno. Alcanzo a escuchar ocasionalmente el altavoz: “Personal de seguridad se requiere en ginecología” o “Se solicita personal policial en quirófano”  o “El interno de cirugía en urgencias”, repetidos.

Ya en el quirófano me inyectan la anestesia, un pinchazo en el cuello. Mi brazo izquierdo se duerme. En un arrebato de miedo exclamo: “No quiero que me la operen, doctor. Es la mano con que escribo”. El doctor, compadecido, me responde: “El daño está hecho. Es lo que se debe hacer”. El respirador en mi boca hace efecto, me duermo.

Abro los ojos. Me trasladan en sentido inverso. Me llevan a una habitación amplia donde hay otros pacientes.

Miércoles 11

(Por la mañana)

Desperté sobresaltado. Era las cinco de la mañana. La enfermera sujetaba mi brazo, controlaba los signos vitales. Me quedé despierto hasta que amaneció con un cielo clareado. A una hora precisa comenzó el frenético sonido de las máquinas de escribir.

Cada día, como a las nueve de la mañana, se hace la evaluación del paciente. Hoy ingresaron los doctores acompañados por los residentes. Atrás estaban también el personal de farmacia y otros que no logré precisar. Comenzó uno de los residentes presentando el caso: “Paciente de 35 años de edad, se encuentra en su cuarto día de internación, segundo día posoperatorio.  Con el diagnóstico de luxación del semilunar del carpio izquierdo, fractura radio distal izquierda… el paciente refiere dolor en la muñeca… al examen se encuentra con una férula braquiopalmar, “antebraquiopalmar” –se corrige, al mismo tiempo que otras voces lo hacen–… radio distal conservadas. Se encuentra con una evolución estacionaria…”, se detiene interrumpido por el doctor titular, quien hace preguntas. Este cuestiona sobre posibles tratamientos. “Se tiene que hacer una fijación del semilunar con clavos Kirschner percutáneos, al escafoides, al piramidal y al grande. Y para la fractura del radio… injerto óseo y clavos Kirschner”. El titular revisa las placas de rayos X. Pregunta por otras opciones a realizar, una quizá menos invasiva. Los residentes se ponen a prueba entre ellos hasta el grado de zaherirse. Al final el titular sella las hojas de los registros. El doctor se despide, recomendándome la obtención del material para la cirugía, lo que no es cubierto por el seguro.

Y pasan a otro paciente.

El titular revisa las placas de rayos X. Pregunta por otras opciones a realizar, una quizá menos invasiva. Los residentes se ponen a prueba entre ellos hasta el grado de zaherirse.

(Por la tarde)

Hoy se fue uno. Lo operaron de la pierna. Cojea al andar, pero mejorará. En su lugar llegó un muchacho con el brazo roto (fractura del húmero). Fue enternecedor ver a sus padres ayudarlo a acomodarse. Está recostado sobre su lado derecho, dándome la espalda. No puede hacer otra cosa.

En la primera cama junto a la puerta está don Megdonio, un hombre de 77 años. El fin de semana unos asaltantes entraron a su casa. Él cuenta que no tiene cosas de valor. Aun así, se les enfrentó. Forcejearon en el patio. Don Megdonio gritó por ayuda. Sin otra opción, los delincuentes le dieron un disparo y huyeron. Tiene la clavícula rota y el omóplato perforado.

Contemplo mi férula. No parece un caso grave.

Vino mamá de visita. Trajo ropa, crema dental, cepillo. No trajo champú ni jaboncillo, aunque se los encargué. Mañana quizá pueda ducharme. Es horrible tener el pelo lleno de sangre seca que se pulveriza en cenizas.

Jueves 12

Hoy en la mañana pregunté a uno de los médicos cuánto tiempo tenía que quedarme. Me dijo que tuviera paciencia. Yo tenía dos problemas. Lo primero era la fractura del escafoides. Se solucionó sin necesidad de operación. Para su sanación se necesita un mínimo de tiempo de una semana. Luego faltaba otra cirugía.

Ilustración de Luciana Noriega / estudiante DGR UCB.

Pregunté si podía cambiarme el vendaje de la cabeza y si no había riesgo en ello. Se cuestionaron entre ellos quién era el médico de turno, quién me atendió la primera vez, y quién tendría que realizar la sanación. Más tarde, como a las once, me cambiaron el vendaje. Luego una enfermera me dijo que podía lavarme el cabello. Lo hizo con su propio champú. Se deshizo de los coágulos secos. Me sentí muy bien.

Días imprecisos

Se fueron tres pacientes desde que llegué. Una pierna lesionada, un implante de prótesis en la cadera, un brazo roto (porque se cayó de la sexta grada al pisar cáscara de banana) al que le pusieron platino. Llegó un muchacho que se fracturó la mano cuando estuvo bebiendo y no se acuerda de nada. Otro con un tobillo lesionado cuando hacía deporte; dice que pisó una piedrita cuando realizaba un trote ligero. Contó que toda su familia tiene diabetes y él, para mantenerse sano, se ejercitaba. Aparte de su irónica situación, no parece un caso grave. Se piensa que pueda sanar en cuatro meses sin tratamiento, en un mes con cirugía.

Me enteré bien. El hombre baleado es de ciudad Satélite. Vive solo. Es cuidador de casa. Tiene una hermana y un sobrino que lo ayudan. Lo visitaron sus vecinos. Se enteraron por el vecindario o leyendo la sección de crónica roja. El hombre es casi famoso. Hizo un acto valeroso al enfrentarse a ladrones armados. La descripción que tiene de ellos es clara; rostros cubiertos con pantimedias, uno de ellos con el pelo teñido de amarillo. El día de lo ocurrido llovía intensamente. Cuando vio a un hombre en su patio pensó que era el dueño de casa. Pronto vio a otra persona que se abalanzó sobre él. Su reacción fue rápida, lo esquivó. Comenzó a gritarles. Lo sujetaron, trataron de meterlo a su cuarto. No se dejó. Un primer disparo rozó su pecho, el siguiente lo atravesó. Luego los delincuentes huyeron. Quedó tirado en el suelo, gritando por ayuda, mientras caía la lluvia.

No he estado escribiendo porque todo ha ido adoptando el color de la rutina. Amanece, cada dos días las enfermeras cambian las sábanas (o incluso cada día), hacen la limpieza, controlan los signos vitales, aplican antibióticos. A las ocho el desayuno, pan integral con un vaso de leche o linaza. A las nueve vienen los doctores acompañados por los residentes. Vinieron como cuatro doctores diferentes, es decir, como titular, a los que le dan el reporte del caso. Así pasan frente a cada cama. Luego la espera, las visitas. El almuerzo a las 12, sopa, segundo y postre. A la tarde el té y luego la cena. Los enfermos, nosotros, los lesionados, pasamos todo el día recostados. No es posible la movilidad con un hueso fracturado.

Casi nadie habla. Solo los saludos ocasionales. El señor del fondo que repite que lo balearon cuando alguien le pregunta.

Casi nadie habla. Solo los saludos ocasionales. El señor del fondo que repite que lo balearon cuando alguien le pregunta.

Ir al baño es un problema. A veces la intravenosa va en dirección opuesta. La sangre sale hacia el tubo. Se debe evitar los coágulos, aunque vi que se formaban; vi también burbujitas de aire. Al principio me atemorizada verlas acercarse. La doctora me explicó que a veces se forman pero que no reportan ningún riesgo. “Es vapor”, me dijo. “¿No hace daño? ¿No te da un infarto cuando llega al corazón?”, repliqué. “Tu cuerpo lo metaboliza”, me tranquilizó. Y agregó, inmediatamente: “Tendría que entrar mucho aire para eso”. 

Decía que es un problema ir al baño o la ducha. Cualquier movimiento rápido o que demande un poco de fuerza conlleva un dolor inmenso. Yo cojeo, no puedo pisar con el pie izquierdo, tengo una herida en la cabeza que todavía sana, un brazo está con la férula y en el otro tengo la intravenosa del suero. Aunque a veces pienso que quizá el hecho de estar rodeado de enfermeras y doctores nos hace más convalecientes.

Domingo 15

La gente se extraña de que no me visite nadie. El señor del fondo, cuidador de casa, hoy recibió como cinco personas. A su lado, el otro señor recibió a su esposa. Vino la concubina y la madre del muchacho. A mí nadie. Pero no me siento mal. Lo extraño es que cuando estoy solo es justamente cuando me encuentro más cómodo.

Me puse a reflexionar. Pude haber tenido todo; una linda mujer a mi lado, una familia. Hoy veo que tiene su prometido. ¿Cómo es que siempre me pasa esto? No tengo nada. Soy una carga, fracasé en la vida.

Trato de leer un libro para dejar de pensar.

Miércoles 18

Pasado el mediodía vino el anestesiólogo. Preguntó mi edad, mi estado civil, si alguna vez había estado en un hospital, si tenía alergias. Pidió la presencia de uno de mis familiares para la firma del consentimiento, la autorización para la anestesia. Llamé a mi casa para que viniera alguien. “Papá no hace nada, que venga él”, les dije.  En media hora llegó mi madre. Vino a pie, sola. La vi y me sentí más culpable. Recuerdo su fiebre, su enfermedad por más de una semana. Tuve que contenerme para no llorar. “El papá (o sea, su esposo) no quiere firmar, piensa que vas a morir. Dice que, si firma y mueres, le echaremos la culpa a él”. La escucho y tengo un motivo más para enojarme con él (viejito celoso que maltrata a su mujer). Mi madre firma, confía en mí. Luego se va. Le encargo que no regrese hasta que yo les haya avisado. “No quiero que me visiten”, le digo.

Jueves 19

Son las 3:50 y no puedo dormir. Cuando llegue la mañana seré operado.

El antebrazo no me duele, parece que todo está bien. Solo siento algunos cosquilleos en los dedos cuando lo extiendo, algo así como lo que se siente después de un entumecimiento. La cirugía parece innecesaria. Pero quizá la ausencia de dolor se deba a los calmantes. Entonces, si no me hago la cirugía, existe la posibilidad de que mi antebrazo empeore. Recuerdo el caso de una niña que se hirió con un desarmador en la pierna. Sus padres creyeron que no era nada. La dejaron sin tratamiento, esperando que su cuerpo sane por sí solo. Sucedió que la herida se infectó y se hinchó la pierna. Los doctores dijeron que la única solución era amputarla.

Me da miedo. Ayer, que era el día programado de mi cirugía, me sentía valeroso. Pienso en los días que he estado a la espera de la operación y me digo que no hay otra salida. Y me encuentro como la vez que me subí a la montaña rusa; cuando estaba expectante, curioso, pero que, llegado el momento, cuando el tren subía lentamente para darse impulso, me dio pavor y quise salirme de la silla y escapar. Por desgracia estaba completamente asegurado. Luego el miedo se concretó y pasó.

A las seis de la tarde me entero de que mi operación se ha pospuesto. Hubo casos urgentes. “En traumatología siempre tienen casos de emergencia”, me dice una enfermera.

Viernes 20

“Caíste con suerte”, repite la enfermera. Me habla de todas las posibilidades; romperme un brazo, una pierna. O, en el peor de los casos, quedar en estado vegetativo o morir por un cuello dislocado. “Luego tendrás que hacer fisioterapia”, acota, mientras suena el jingle bell en el pasillo.

Y lo pienso por primera vez. Es cierto, ahora podría estar muerto.

Pero esto no tiene tanta relevancia. ¿Cuántas personas mueren cada día, cada hora, cada segundo? Todo lo vivido es como si nunca hubiera existido. Como si todo lo sucedido no fuera más que una imagen difusa, vacía y condenada irremediablemente a extinguirse. Entonces me viene a la mente el recuerdo de una amiga que había fallecido hace poco. Ella había logrado terminar dos carreras al mismo tiempo: Derecho y Sociología. Ya estaba trabajando en la biblioteca de la Facultad de Humanidades de la UMSA, pero pasó que cierta noche, mientras regresaba a su casa, fue asaltada. Desconozco los detalles. Solo me enteré, mucho después, que no le quitaron nada y que la cosa no pasó de un susto. Pero para ella eso fue todo; murió de un paro cardíaco. Esto quizá pueda parecer común, una ironía más de las tantas que existen; sin embargo, lo que me destroza y lo que me tiene con una desazón imperecedera, es que ella, al comienzo de su último año de estudio, se había embarazado y había perdido al niño a los cuatro meses de gestación. Es decir… es como si alguien le dijera “No sirves para la vida”, y parece ser que es la propia vida quien dijera esas palabras, quien la condenara a pesar de cualquier esfuerzo que ella realizara, a pesar de que se haya acomodado a las circunstancias mejor que muchos de nosotros, y la despojara primero del niño desde su propio cuerpo y luego, nunca satisfecha, se ensañara también con ella. 

¿Cuántas personas mueren cada día, cada hora, cada segundo? Todo lo vivido es como si nunca hubiera existido. Como si todo lo sucedido no fuera más que una imagen difusa, vacía y condenada irremediablemente a extinguirse.

Y recuerdo la última vez que conversamos, la vez que nos despedimos molestos y rabiando uno del otro.

Esto es, mi último recuerdo es haberla ofendido y haberme molestado con ella.

Ahora estoy aquí, por el momento; porque a veces la vida solo te salva para destrozarte con más saña.

El reloj de la antesala del quirófano marca las 9:50.

Pronto estoy rodeado de luces, instrumentos, doctores y enfermeros. Me piden que me siente y no me mueva. Desinfectan una sección de piel de la espalda. Introducen la aguja en mi columna. Primero la anestesia. Luego la extracción, a intervalos. Diez minutos después me cambian de quirófano, por una cuestión técnica. Desinfectan mi brazo con un antiséptico de yodo e introducen la aguja (stimuplex A50) por la axila. Mi antebrazo izquierdo se duerme, como la otra vez. Con el respirador en la boca doy comienzo a la cuenta regresiva.

Ilustración de Andrea Linares / estudiante DGR UCB.

Recuerdo que martillaban sobre mi cintura. No. Tenían instrumentos más rudimentarios. Además, eran tres cavernícolas sobre mi cuerpo, con los pelos deshilachados y extensos, encorvados y sucios. Uno sujetaba mis brazos, otro sostenía un cincel dorado y un último, levantando una roca sobre su cabeza, golpeaba. Una, dos, tres. Repetían. Todo mi cuerpo se tensionaba. ¡Y no podía gritar! Traté desesperadamente de mover la cabeza para ahuyentarlos. Entonces los tres vuelven la mirada fija en mi rostro.

Es ahí cuando despierto.

Tengo la mano enyesada. Está adormecida. Me preguntan si siento dolor. Sin explicármelo, siento dolor en la pierna izquierda. Le quitan la venda. Me trasladan a otra sala. Mi nivel de oxígeno es bajo. Estoy en observación frente a unos carteles de letras grandes: Escala de Bromage, Escala de Aldrete (recuperación post sedación), Escala Lógico-Analítico Eva. Luego me trasladan a la sala de espera y me devuelven a mi cama.

Me acaban de aplicar calmantes. No calman nada. Siento un dolor diferente, es como si aplastaran mi brazo. Sin embargo, puedo soportarlo.

Afuera llueve. Es tan agradable el sonido de la lluvia. 

Vino mi madre. Le grité “¿Para qué vienes?”, enojado. Creo que la lastimé.  No quería que me viera todo dolorido, porque cuando ve a su hijo sufriendo ella también sufre y se pone a llorar. Trajo una bolsa con los medicamentos. Justamente cuando salí de la operación le encargaron que los consiguiera. Me dejó además jugo de frutas. Luego se fue.

Es la única que se esfuerza por verme.

Continúa lloviendo. Se escucha el trueno a lo lejos. No veo las gotas de la lluvia y no cae sobre la ventana, pero escucho su sonido.

Unas horas después viene un camillero, me tiene que llevar a radiología. Hago un esfuerzo inmenso para arrastrarme sobre la cama y subir a la otra. El camillero me ayuda. Me duele la mano, se siente como si estuviera siendo aplastada por un peso inmenso. Es por la anestesia, me digo. Tengo todo el antebrazo dormido. La falta de soporte es dolorosa. También duele la cintura, el costado por donde extrajeron el hueso para el injerto.

Sábado 21

05:29 Control de signos vitales: presión, pulso, temperatura.

05:44 Inyección de antibióticos.

06:00 Cambio de sábanas y del cobertor de la almohada. Cambio de bata.

06:13 Suena el altavoz: “Todo el personal de limpieza en emergencia”. Repite.

07:00 Suena el altavoz: “Código rojo pediatría. La Dra. Vásquez, se la requiere en pediatría”. Repite.

07:04 Comienzo del traqueteo de las máquinas de escribir. Se oyen las conversaciones de los doctores en el pasillo.

07:21 Un doctor entra con las “historias” de los pacientes. Pregunta cómo pasamos la noche, si nos duele, si va con normalidad nuestro cuerpo. Agrega algunos datos con su máquina de escribir.

07:33 Un personal de Nutrición cambia mi dieta a corriente.

07:45 Se acerca un doctor. Revisa mi tobillo, pregunta si me duele.

08:20 Desayuno: leche con avena y pan integral.

08:51 Suena el altavoz: “Personal de limpieza se requiere en sala de prepartos. Urgente”. Repite.

08:52 El personal de limpieza lava las mesas móviles y el piso.

09:47 Revisión médica de los doctores.

12:23 Almuerzo.

17:04 Suena el altavoz: “Se comunica a todos los pacientes que el horario de visita ha concluido”. Repite.

17:05 Linaza y galletas.

19:11 Cena: Carne asada sin aceite, puré de papa, flan.

20:39 Suena el altavoz: “Al residente interno de traumatología, se lo requiere en emergencias”. Repite.

(Por la noche)

El señor del fondo acaba de irse. Vinieron varias personas para acompañarlo. El herido de la mano estuvo cuatro días, desde su ingreso, hasta que le dieron el alta.

Hoy me dieron mi pre-alta. Mañana es posible que regrese a casa. Sin embargo, no hay mucho para alegrarse. Tengo dos clavos en la mano. Tendré que estar un tiempo con ellos y luego volver para que me los retiren. No debo olvidar la fisioterapia.

Son las ocho de la noche y solo quedamos dos pacientes. El vacío es palpable.

Me pica el hombro. Cuando me rasco encuentro un electrodo que se resistía a despegarse.

Apenas pude moverme desde la cirugía. Tengo dolor en la espalda y otro en la cintura, donde extrajeron hueso para el injerto (las puntadas de la frente, de la mano y de la cintura, pican).

Ir al baño resultó un suplicio. Primero para levantarme de la cama, luego avanzar paso a paso, por centímetros, procurando no esforzarme ni perder el equilibrio, lo que sería fatal. Cambié el trípode porque el otro no avanzaba. Conseguí uno más fácil de manejar, de cinco ruedas.

A veces parece que la aguja del brazo se ha salido. Van como siete veces que me cambiaron la venda. He tenido suerte de que no se saliera completamente.

Ilustración Ana Belén Sanabria / estudiante DGR UCB.

Mañana es posible que regrese a casa. Sin embargo, no hay mucho para alegrarse. Tengo dos clavos en la mano. Tendré que estar un tiempo con ellos y luego volver para que me los retiren. No debo olvidar la fisioterapia.

Domingo 22

Me dieron el Alta.

Cuando hicieron la evaluación del paciente, al ver mi mejoría, los doctores siguieron inmediatamente con otro. Tuve que preguntar a uno de los doctores que todavía llenaba los apuntes para recordarle mi caso. Al poco tiempo volvió, con algo de reproche, confirmando mi alta. Trajo consigo una hoja de receta con los medicamentos a aplicar para cuando saliera; cefalexina de 500 mg (21 comp.) e ibuprofeno de 400 mg (15 comp.), cada ocho horas.

Mientras espero que mi familia haga los trámites para salir, veo por la ventana: hay una calle enlosetada, solitaria y vacía. Se contempla parte de la ciudad, una que no dice nada. Al costado se encuentra el teleférico; su avance es continuo y silencioso.

La luz ingresa reavivando los colores tenues de la habitación: las paredes color crema, el techo claro de cielo falso y el piso de azulejo crema y verde marino. Fijo la mirada sobre las sábanas celestes cubiertas por un cobertor sepia, tienen decoraciones de color amarillo y rojo apagados. La ventana es amplia. La cortina plegable retiene un poco el calor. La calefacción, que funciona a gas, no parece necesaria. Los trípodes enlazados a la cama sujetan el suero, mientras los soportes móviles yacen tan estáticos. El mueble personal para las pertenencias está al lado y los imprescindibles letreros de indicación están en la pared: número de cama, nombre del paciente, edad. Voy al baño por tercera vez, impaciente, sin saber qué hacer. Me entretengo leyendo un cartel: “Residuos infecciosos Clase A2: sangre líquida y/o coagulada, bolsas de hemoderivados, muestras de sangre, suero-plasma, equipos de diálisis, líneas venosas, torundas, gasas y depósitos con sangre”. Vuelvo ante la ventana. Considero los gastos que realizó mi hermano. Más que todo, la obtención del material; los clavos Kirschner (las empresas que lo ofrecen piden un precio muchas veces alto. Romperme el brazo habría costado más –cinco mil el platino–. Aún en el infortunio se aprovechan). Y recuerdo aquellas palabras que dicen algo así como “todos los hechos que nos suceden, son prefijados por nosotros mismos”. Y quizá allí le encuentro alguna explicación; porque quizá yo no quería ayudar a mi hermano, porque quizá me sentía indigno realizando un trabajo que consideraba sucio. Hace tiempo que había renunciado al trabajo duro (y a todos los beneficios que conlleva) para dedicarme al “pasatiempo” de los libros. Y me digo “Quizá me dejé caer porque estaba cansado de que me utilizaran como un peón cuando podría estar tranquilamente en mi cuarto”.

Porque no sería la primera vez en que recurría a una medida extrema para que me dejaran en paz.

 

  • Nemecio Esquivel Catunta, alteño, todavía estudiante universitario. Viene de una familia sin ninguna tradición literaria. Escribe porque no sabe qué otra cosa hacer.

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