Anecdotario Urbandino

3D en La Paz

De las estafas de que fueron víctimas los ciudadanos que, en la prehistórica La Paz de principios de los 90, querían ver películas porno y de terror en 3D.
domingo, 31 de enero de 2021 · 00:01

Willy Camacho

El cine tridimensional es, básicamente, solo una ilusión óptica. En la Ínclita de principios de los 90, para captar las imágenes en 3D de las pocas películas que llegaron en este formato, además de los lentecitos bicolores, el espectador tenía que usar, y muchísimo, la imaginación. No había mayor diferencia entre ver el filme con o sin las dichosas gafitas rojiazules, pues la tercera dimensión solo aparecía por instantes y de manera borrosa.

La mayoría salíamos puteando, sintiéndonos estafados y, sobre todo, jodidos, pues nos parecía demasiada desigualdad que el tercer mundo estuviese condenado a la segunda dimensión. Sin embargo, luego de alguna de esas proyecciones truchas, un amigo daltónico me dijo, inflando el pecho, que él sí había podido percibir la tercera dimensión. Yo, como buen cholo envidioso, le repliqué: “Qué bien, hermanito; pero sería mejor que pudieras percibir los colores del semáforo, y mucho mejor todavía, que pudieras vestirte solo, sin que tu mamá te combine la ropa”. Obviamente, luego de notar que el cuatecito lagrimeaba, le pedí disculpas: “Perdoná, hermanito, es que estoy puteando porque yo no he visto nada; además, tu viejita siempre te combina bien los trapos”.

A principios de los 90, en La Paz, el cine 3D era una estafa / Imagen Pixabay.

No había mayor diferencia entre ver el filme con o sin las dichosas gafitas rojiazules, pues la tercera dimensión solo aparecía por instantes y de manera borrosa.

Una vez se anunció la proyección de una porno en 3D y, como no podía ser de otro modo, junto con el Junior decidimos acudir al estreno. La función iba a comenzar a las siete de la noche, pero, dado que aún éramos menores de edad, para prevenir cualquier contratiempo que nos pudiera poner en vergüenza pública, fuimos a comprar las entradas a las tres de la tarde. Como yo tenía cara de viejo, me vendieron los boletos sin ningún problema y luego nos fuimos a comer un Hamburgón para hacer hora. Faltando quince minutos para las siete, llegamos al cine, donde había una larguísima fila en la boletería. Sin mirar a los costados, tratando de ocultar la cara, nos dirigimos a la puerta de ingreso. Yo entré primero y apresuré el paso para refugiarme de las miradas curiosas, pero antes de que pudiera perderme en la oscuridad de la sala, la vocecilla nerviosa del Junior me detuvo: “Willyyyyyyyyyyy, Wiiiiiillyyyyy, ven un cachito”. Cuando compramos las entradas, pensamos que todo estaba resuelto; si entonces no nos habían pedido carnets, asumimos que tampoco lo habrían de hacer al ingresar. Sin embargo, el tipo de la puerta no pudo dejar de notar que el Junior tenía (y aún tiene) cara de adolescente pajero, por lo que le pidió que demostrase su mayoría de edad. Tratando de contener los nervios, engrosé la voz y fruncí el ceño para decirle al tipo: “No hay problema, es mi sobrino, viene conmigo”. Me miró con expresión incrédula y, esbozando una sonrisa burlona, gritó a todo pulmón: “Felipeeeeeeee, devolveles su plata a estos changuitos, no pueden entrar”. Y con dos tomates en vez de rostros, tuvimos que ir hasta la ventanilla del Felipe, quien nos devolvió nuestros billetitos, en medio de la carcajada general de los viejos calenturientos de la fila.

Pornografía en 3D, ¿existirá hoy en día? / Imagen PixHere.

Una vez se anunció la proyección de una porno en 3D, la función iba a comenzar a las siete de la noche, pero, dado que aún éramos menores de edad, para prevenir cualquier contratiempo que nos pudiera poner en vergüenza pública, fuimos a comprar las entradas a las tres de la tarde.

Otra ocasión, no menos vergonzosa ni menos frustrante, acudimos a la premier de una película de Freddy Krugger en 3D. Las pesadillas donde el quemado asesinaba a medio mundo nunca me asustaron, pero, ingenuamente, creí que tal vez con la tercera dimensión alguito me harían temblar. Obviamente, ya en los primeros diez minutos me di cuenta de que eso no pasaría, por la sencilla razón de que, una vez más, el 3D había sido un blef. Seguramente los dueños del cine estaban conscientes de que mucha gente protestaría por el engaño, lo cual ha debido impulsarlos a ingeniar una tercera dimensión, sin tecnología alguna, pero con picardía urbandina. Así, disfrazaron de Freddy Krugger a un tipo, quien se acercaba a la gente distraída para meterles un susto de dimensión mayúscula. Yo escuchaba los gritos y pensaba: “Qué les pasa a estos huevones, si esta película no asusta nadita”. En esas reflexiones andaba cuando sentí dos toquecitos en el hombro y, al voltear instintivamente el cuerpo, me topé con el disfrazado, quien se acercó a mi cara agitando los brazos y gruñendo con rabia exagerada. Lógicamente, casi me da un paro cardiaco y, con los ojos cerrados, a tiempo de gritar como monja manoseada, reaccioné golpeando al Freddy trucho con mi botella de Coca Cola hasta que, ya sujetado por otros espectadores, pude calmarme y escuchar al infeliz, que seguía atontado en el piso, suplicar clemencia desgarradoramente: “Perdón, jefe, perdóooon, chiste era”.

Sentí dos toquecitos en el hombro y, al voltear instintivamente el cuerpo, me topé con el disfrazado, quien se acercó a mi cara agitando los brazos y gruñendo con rabia exagerada. Lógicamente, casi me da un paro cardiaco y, con los ojos cerrados, a tiempo de gritar como monja manoseada, reaccioné golpeando al Freddy trucho con mi botella de Coca Cola.

Hace décadas, el 3D era muy realista en La Paz / Imagen Freepik.

Luego de eso, pasaron poco más de diez años sin que volviesen a ofrecer películas tridimensionales en la Ínclita. Supongo que la ingenuidad urbandina llegó a su máximo nivel y, por fin convencidos de que la tercera dimensión no existía en el tercer mundo, los cholos de este hueco dejaron de acudir a las salas que lucraban con esas mamadas.

Las cosas cambiaron con la multisalas, ya hay 3D en La Paz; sin embargo, debo confesar que todavía tengo la esperanza de ver una porno tridimensional, claro que ahora no iría con el Junior.

 

  • Willy Camacho es paceño y atigrado. Dice ser un cholo urbandino orgulloso, por eso no se cansa de cantar esa cueca que dice: “... cholo, cholo he nacido, cholito voy a morir...”.

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