Croniquita

Una noche en la tormenta

Un incidente en uno de los caminos más temibles del país, una voz serena y la impaciencia de los pasajeros de un bus. ¿Seguirá siendo la tragedia una maestra fracasada?
domingo, 31 de enero de 2021 · 00:04

Una noche en la tormenta

Prohibido para impacientes

 

Chaly Urquizo

Sin luna ni estrellas que alivien la densa oscuridad, con mucha cautela partimos desde Coroico hacia La Paz, cerca de la medianoche y bajo una intensa lluvia que dificultaba la visibilidad del fangoso y estrecho “camino de la muerte”, confiados en que lo recorrimos todos los fines de semana durante más de una década, cuidadosamente, como si fuera la primera vez.

Parte de su encanto es que, en algo más de 40 kilómetros, asciende desde 1.200 hasta 4.700 metros sobre el nivel del mar y el paisaje, la vegetación, el aire y el tiempo cambian vertiginosamente. Nos emocionaba viajar sobre una plataforma de entre 3 y 4 metros de ancho con un sinnúmero de curvas muy cerradas y empinadas pendientes que, de rato a rato, se ensanchan para permitir el cruce entre vehículos, siempre dando preferencia a los que suben, lo cual obligaba a los de bajada a retroceder realizando maniobras de gran precisión y exigencia, con los nervios bien templados.

La peña vertical a nuestra izquierda, con vegetación tupida y empapada, la sentíamos sombría esa noche, en especial cuando las luces del todoterreno creaban intensos contrastes con sombras sobrecogedoras. A nuestra derecha no se veía nada más allá del borde del camino, aunque intuíamos el vacío del precipicio de centenares de metros que se abría vertical y por el que se precipitaba, alocada, el agua de lluvia de las cunetas desbordadas, semejantes a torrentes de furiosos riachuelos.

El "camino de la muerte" tiene fama a nivel mundial, mala por supuesto.

De alguna manera, todos los ruidos y sonidos se replicaban y amplificaban desde esas peñas tan pegadas al camino, cual coros de murmullos de voces de ultratumba. Avanzábamos muy lento y, aun así, en algunas curvas el vehículo patinaba, por lo que pusimos tracción a las cuatro ruedas.

En esas extremas condiciones, cuatro ojos y cuatro oídos muy atentos eran necesarios. Renata, gran navegante, escudriñaba la oscuridad para descubrir cualquier rayo de luz o la silueta de alguna sombra más negra que la oscuridad, cualquier sonido ajeno a la parafernalia de la tormenta que nos alerte sobre algún vehículo en sentido contrario, sobre cualquier árbol, rama o roca que pudiese caer sobre la ruta.

De alguna manera, todos los ruidos y sonidos se replicaban y amplificaban desde esas peñas tan pegadas al camino, cual coros de murmullos de voces de ultratumba.

Aproximadamente a media hora de viaje, tras una curva ciega muy pegada a la peña, tropezamos con la imagen indeseable de algún problema en la ruta. Delante de nosotros estaban detenidos un par de camiones con frutas y otro con madera –con seguridad de talas ilegales– y un par de todoterrenos. Gracias a las luces de los vehículos y de las linternas de personas que se movían ligeras, distinguimos la silueta de un bus balanceándose sobre el abismo, exactamente por la mitad, con su frente sobre el vacío y su parte posterior sobre el camino.

Enfundados en nuestras parcas impermeables llegamos al sitio. Con mucha cautela, los primeros pasajeros del bus salían por una estrecha puerta trasera, ayudados por personas que alumbraban con sus linternas. Desde afuera, una voz clara y firme daba instrucciones a los pasajeros de los primeros asientos para que avancen con suavidad y orden hacia la puerta posterior del bus y mandaba estarse quietos y sentados a los de la mitad para atrás. Y así lo hacían todos, sin chistar, como niños obedientes en la escuela. Nadie sabía de quién era esa voz tan certera, pero todos coincidimos que lo hacía muy bien.

Me sumé al esfuerzo para mantener las ruedas traseras pegadas al suelo, asiendo una de las sogas atadas a la cola del bus. Por instantes, esa mole de hierros avanzaba unos centímetros hacia el abismo, dándonos un breve pero fuerte tirón, seguido de murmullos de miedo a su interior, pero apaciguados por esa voz serena y segura.

Desde afuera, una voz clara y firme daba instrucciones a los pasajeros de los primeros asientos para que avancen con suavidad y orden hacia la puerta posterior del bus y mandaba estarse quietos y sentados a los de la mitad para atrás.

No sé cuánto tiempo pasó desde que llegamos hasta que salió el último pasajero, pero todos estábamos empapados de lluvia y sudor, tiritando de frío. Quedaba la tarea de salvar el bus y girarlo paralelo para despejar el camino. Para entonces ya éramos una multitud esforzada en esa tarea, con múltiples opiniones y hasta risas nerviosas que, de manera espontánea, expresaban su alivio por haber evitado una tragedia.

Busqué a Renatita y vi que ayudaba a un grupo de pasajeras con niños pequeños, así que decidí buscar al dueño de esa voz.

Lo encontré junto a su pareja, preparándose para partir. Me acerqué comentando, sin aspavientos, mi admiración a su actuar. Pese a que aún se encontraba tenso y con la respiración agitada, me devolvió una mirada jovial y juvenil, propios de sus treinta y pico años. Mientras él mudaba su ropa a otra más seca, su pareja me contó que acababa de especializarse en gestión de riesgos. Con timidez y evitando hablar de sí mismo, él resaltó su satisfacción porque el incidente no pasó a mayores, gracias a la respuesta de los pasajeros y la colaboración de la gente. Hablaba siempre en plural “nosotros esto, nosotros aquello”, al recordar algunos episodios o anécdotas –ahora divertidas– que ayudaban a bajar la tensión que sentíamos al haber esquivado, quizás, la muerte de aquellos pasajeros.

Pese a que aún se encontraba tenso y con la respiración agitada, me devolvió una mirada jovial y juvenil, propios de sus treinta y pico años.

Y le consulté sobre las causas. Tras meditar un instante mientras frotaba su cabello, con gesto serio sentenció: “Imprudencia temeraria”. Y contó cómo empezó todo.

En la parada de Yolosa, el chofer se había percatado de que todo su sistema eléctrico estaba dañado, no tenía energía en ningún punto del bus. Revisó fusibles, cables y todo aquello que su conocimiento alcanzaba. No encontrando solución al problema, anunció a los pasajeros que continuarían viaje al amanecer.

Los accidentes eran frecuentes antes de que se construyera el nuevo camino a Nor Yungas.

Airadamente, los pasajeros exigieron seguir el viaje, con argumentos de que no aceptarían devoluciones de pasajes, que todos tenían cosas muy urgentes que hacer en La Paz, asuntos de vida o muerte, a primera hora. Tampoco ahorraron epítetos: inútil, cobarde o gallina, hasta otros de mayor calibre premiados con risotadas. Le conminaron a viajar despacio detrás de otros vehículos, como siguiendo a un lazarillo.

En la parada de Yolosa, el chofer se había percatado de que todo su sistema eléctrico estaba dañado, no tenía energía en ningún punto del bus.

Ante tamaña presión e incapaz de imponer su experiencia a la irresponsable presión del grupo, el imprudente conductor se puso en marcha, siguiendo a otro bus, que a los minutos perdió de vista, dejándolos como negro presagio sobre la carretera. Pero como el conductor no era ningún cobarde, continuó avanzando en tinieblas, muy despacio, no se sabe cuánto tiempo.

“¡Al menos evitó volar por los aires cuando tomó esta curva que nunca existió!”, concluyó el relato mi joven interlocutor, a tiempo de cerrar la puerta de su pequeño todoterreno y ponerlo en marcha.

Encontré a Renata junto a una mujer con sus dos niños a la vera del camino, a quien, a quemarropa, le pregunté por qué permitió que el bus siguiera el viaje sin luces. Tenemos que estar tempranito en La Paz, respondió con fingida inocencia. Además, el chofer nos dijo que él podía viajar siguiendo a otros, añadió en tono de víctima.

“¡Al menos evitó volar por los aires cuando tomó esta curva que nunca existió!”, concluyó el relato mi joven interlocutor...

Renatita se había comprometido a llevarla junto a sus niños, y presurosos subieron a nuestro vehículo, seguros de continuar viaje. Pero para sorpresa de todos, recliné mi asiento y les dije que me quedaría allí hasta que amaneciera, y a nuestra pasajera le aclaré que podía bajar y buscar otro vehículo que los llevara, o esperar a que amanezca y seguir viaje con nosotros.

Tras una pausa y frente al estupor provocado, con la mirada puesta al frente, añadí: Excepto estos niños, todos los que estamos aquí y todos los que están allá afuera, somos, en mayor o menor grado, unos irresponsables e imprudentes. Pero podemos corregirnos, esperando el amanecer.

Y así lo hicimos, en silencio, escuchando la lluvia y fingiendo dormir, excepto los niños que de verdad dormían pacíficamente, arrullados por su madre y la lluvia sobre el techo.

 

  • Chaly Urquizo es arquitecto. Optimista obstinado.

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