HOMENAJE

Don Hernán

El 10 de octubre de 1982, Bolivia recuperó la democracia. Protagonista fue el pueblo encarnado en un hombre, Don Hernán Siles Zuazo, el mismo que poco antes de la Revolución de 1952 había causado turumba con estas palabras: “Declaro, de acuerdo a nuestro programa, que vuestro máximo problema es el problema de la tierra, tierra nuestra que debe pertenecer al que la trabaja. Sólo cuando la revolución alcance esta meta, que requerirá años de sacrificio, vendrá la emancipación definitiva del campesino y la grandeza de Bolivia”.
domingo, 10 de octubre de 2021 · 05:00

Valentín Abecia López

Pátzcuaro se encuentra en el estado de Michoacán, a 350 kilómetros al oeste de la ciudad de México, es una población que había sido fundada por los indígenas originarios y luego sirvió como asentamiento de los españoles.

Actualmente forma parte del programa Pueblos Mágicos, creado por la Secretaría de Turismo de México, a través del que se busca resaltar el valor ancestral de ciertas locaciones, programa por el que se quiere impulsar el turismo y la gastronomía lugareña.

Entre el 14 y 24 de abril de 1940 se llevó a cabo en Pátzcuaro el primer Congreso Indigenista Interamericano, cuando gobernaba el país el general Lázaro Cárdenas, con la asistencia de los delegados de la mayor parte de los países del hemisferio americano.

Dos temas de relevancia fueron el resultado de este Congreso, “una nueva política indigenista a nivel continental” y la creación del Instituto Indigenista Interamericano.

Entre los delegados de los diferentes países sobresalían Vicente Lombardo Toledano, sindicalista mexicano que llegó a ser el secretario general de la Confederación de Trabajadores de México, así como de la Confederación de Trabajadores de América Latina y de la Federación Sindical Mundial, quien, pese a no pertenecer al Partido Comunista, por su actuación política siempre estuvo ligado a sus designios. Por el Perú asistieron Luis Eduardo Valcárcel, uno de los más prestigiosos antropólogo e historiador, creador de la corriente indigenista de su país, así como José María Arguedas, reconocido como uno de los novelistas más acreditados del Perú, que revalorizó el mundo andino. 

Por Bolivia asistieron dos personajes que representaban la cultura mestiza más que indígena, el embajador en México, Enrique Finot, diplomático e historiador, y el Director Nacional de Educación, Antonio Díaz Villamil, profesor y novelista.

Sin embargo, sin formar parte de la delegación boliviana, estuvieron presentes un paceño, Elizardo Pérez, que tenía en sus manos el tema de la educación indigenal y que ya había desarrollado un proyecto extraordinario en el altiplano boliviano, Warisata, que tuvo una larga repercusión internacional; y además el cochabambino Roberto Hinojosa López que en los siguientes años tendría un rol preponderante en la política del país, quien trabajó intensamente en la propaganda del Congreso y estuvo muy cerca del presidente Cárdenas.

Hinojosa López se había exiliado en México algunos años antes, por su propia determinación, y encontró un espacio en el círculo de la gente que asistía al Tata Lázaro.

Poco tiempo más tarde, inmediatamente tomó el poder Gualberto Villarroel, el 20 de diciembre del 43, Hinojosa regresó al país; en realidad se trataba de su primo hermano y, por ese motivo, rápidamente se acomodó entre sus más cercanos colaboradores, comprometiéndose desde un principio con un papel preponderante en el área de las comunicaciones del novísimo gobierno, asumiendo posteriormente el cargo de director de Prensa.

Hinojosa López traía en sus alforjas la idea de encarar un Congreso Indígena en Bolivia como resultado del de Pátzcuaro, que pusiera los puntos sobre las íes a la tremenda injusticia que se cometía en el país contra los campesinos, que se venía arrastrando de toda la vida.

Este objetivo coincidía con los criterios de unos pocos líderes originarios que apuntaban con insistencia en la realización de un Congreso Indígena, buscando que el indio, en sus mismas palabras, “sea el actor de su propia lucha”.

Roberto Hinojosa López tenía la idea de encarar un  Congreso Indígena en Bolivia buscando que el indio, en sus mismas palabras, “sea el actor de su propia lucha”.

La batalla no fue sencilla, el combate se lo tuvo que encarar en dos frentes diferentes, el interno y el externo. Estaba claro que los hacendados y grandes terratenientes, que se beneficiaban con la explotación de los indígenas, se opusieran sin ningún miramiento a la realización del Congreso, por todos los medios posibles. Lo inexplicable era que gente del propio gobierno asumiera esta misma posición, aduciendo que se iba a generar un movimiento social incontrolable que podría liquidar la endeble institucionalidad del esquema gubernamental.

Debido a todos estos cortocircuitos, el Congreso que debía realizarse originalmente en diciembre del 44, se trasladó luego para febrero del 45, y finalmente para mayo del mismo año. Esto era obvio, los grandes intereses contrapuestos se encontraron y lograron generar conflictos poco menos que insalvables, de alta y baja intensidad, que felizmente no pudieron echar por tierra con la organización del evento.

Se estima que el Congreso reunió a más de mil participantes, con la intervención de un importante número de funcionarios del propio gobierno, que tomaron parte de las deliberaciones. Oportunamente, Villarroel, al darse cuenta que el evento daba tumbos, decidió crear un comité organizador a cargo del oficial mayor del ministerio de Gobierno, Carlos Morales Guillén, quien finalmente pudo darle fondo y forma, para inaugurarlo el 10 de mayo de 1945.

El MNR, que formaba parte del gobierno, no había tenido hasta ese momento una posición clara respecto al tema indigenal, pues recién la fue construyendo después de este evento y la terminó por ajustar durante el sexenio 1946-52 con la Reforma Agraria como el aspecto más importante de su propuesta.

Sin embargo, en la inauguración del Congreso, la participación del MNR se hizo visible con los discursos de dos figuras claves, primero del ministro de Trabajo, Germán Monroy Block, que llevaba la palabra del gabinete, y luego la del representante del “movimientismo”, el diputado por la provincia Murillo, Hernán Siles Zuazo, que asumió ese rol ante la ausencia del jefe del MNR, Paz Estenssoro. Ambos, Monroy y Siles, eran dos jóvenes abogados que contaban en aquel momento con 31 años, exdirigentes de la FUL (Federación Universitaria Local) paceña, y, además, fundadores del partido.

Las palabras de Siles tuvieron una fuerza de trueno y dejaron una honda preocupación en la oposición y también en el propio gobierno: “Declaro, de acuerdo a nuestro programa, que vuestro máximo problema es el problema de la tierra, tierra nuestra que debe pertenecer al que la trabaja. Sólo cuando la revolución alcance esta meta que requerirá años de sacrificio, vendrá la emancipación definitiva del campesino y la grandeza de Bolivia”. Las repercusiones fueron dramáticas, al extremo de obligarlo, algún tiempo más tarde, a lamentar haber lanzado este criterio.

Declaro, de acuerdo a nuestro programa, que vuestro máximo problema es el problema de la tierra, tierra nuestra que debe pertenecer al que la trabaja. Sólo cuando la revolución alcance esta meta, que requerirá años de sacrificio, vendrá la emancipación definitiva del campesino y la grandeza de Bolivia.

Lo cierto es que era la primera vez que un líder del MNR, como parte indisoluble del gobierno, se refería a este tema en son de invectiva, aunque en los corrillos de la izquierda hacía rato que esta posición era repetida en todas las formas posibles.

El caudillo mexicano Emiliano Zapata fue el primero en patentarla en 1911, en un tono de premonición. Era la bronca que fluía en búsqueda de la reivindicación de los campesinos, que traslucía el derecho de propiedad de la tierra y la dignidad humana.

Libertad y sustento, ahí estaba reflejada la exigencia, y Zapata supo deletrearla con maestría. A partir de ese momento fue adquiriendo fuerza y sentido en México y en Latinoamérica, y se universalizó. Resumía las necesidades y exigencias de una inmensa parte de la población que había sido marginada, despreciada, asediada, relegada y explotada.

En aquella época, en Bolivia la repetían los ultristas, las facciones de la izquierda excluida.

Las palabras de Siles, en la inauguración del Congreso Indigenista, tuvieron un efecto premonitorio. Era la primera vez que alguien que estaba dentro del sistema, en representación de un partido que encarnaba el poder, tenía el atrevimiento de hacer semejante aseveración.

La respuesta no se dejó esperar, la oposición hizo escarnio de Siles utilizando todas las herramientas posibles, lo apabulló obligándole a que termine por lamentar sus declaraciones. Lo extraño es que ni el gobierno ni el partido salieron en su defensa, dejándolo solo en su amargura.

Sin embargo, este fue el primer atisbo del camino que el MNR recorrería más tarde: “la tierra debe pertenecer al que la trabaja”, a los pocos años, se convirtió en el grito de combate al encarar la Reforma Agraria que tendría en Siles Zuazo a uno de sus más impenitentes alfareros, a tal punto de haber enarbolado su realización como uno de los objetivos principales del plan de gobierno y, posteriormente, haber exigido la presidencia de la comisión que hizo el estudio para su implementación.

(...) “la tierra debe pertenecer al que la trabaja”, a los pocos años, se convirtió en el grito de combate al encarar la Reforma Agraria que tendría en Siles Zuazo a uno de sus más impenitentes alfareros

El día que se clausuró el Congreso, el gobierno de Villarroel emitió cuatro decretos que sintetizaban las conclusiones de las plenarias: el primero estaba referido a la eliminación de los servicios gratuitos y tributos; a través del segundo abolió los servicios personales no remunerados; el tercero obligaba a los propietarios agrícolas a establecer escuelas para los colonos; y el cuarto creó una comisión para el estudio de un Código para los campesinos.

Siles Zuazo y el MNR sostuvieron, a partir de entonces, que la única salida para liquidar las relaciones de semi esclavitud que regían entre patrones e indígenas en Bolivia, era la Reforma Agraria, es decir, dar propiedad a los campesinos. Aquello dignificaría su esencia y eliminaría automáticamente cualquier clase de vasallaje existente (pongueaje, mitanaje, etc.). Lo que evidentemente sucedió pocos años más tarde (1953). Se partía de la tesis de que había que atacar la raíz y no las hojas.  

Don Hernán asumió el compromiso y luchó para su consolidación.

La gente que lo ha conocido de cerca, como Alfonso Crespo y Carlos Carrasco, sostiene que Don Hernán fue un raro político, entre idealista y sentimental. Encarnaba la ansiedad del poder aunque dudaba de su propia capacidad para sobrellevar las tareas del gobierno; estaba claro que a veces desconfiaba de su energía, decisión y empeño. Que era querendón de sus amigos y se ilusionaba con las cosas que le decían, aunque fueran mentiras; era generoso, perdonaba deslealtades y agravios. Era crédulo. No conocía el rencor, jamás buscó la gloria, había nacido para luchar, ser amado y criticado; era humilde pero orgulloso. También se lanzaba al peligro sin medir consecuencias; siempre fiel a la palabra empeñada, improvisaba con rapidez. Tenía una modestia natural, era apreciado por su sencillez, rechazaba el protagonismo, aunque al mismo tiempo lo buscaba.

Quienes lo conocieron, recuerdan que hacía gala de una extrema tolerancia, defendía lo justo y condenaba lo reprochable, no participaba en posiciones de dudosa moralidad, ponía primero la dignidad de su imagen de político. Tal vez se lo pueda retratar en dos palabras: dignidad e indulgencia. Dicen que hablaba en voz baja, con mesura, evitando la afrenta personal. Aunque había veces que se salía de sus casillas y estallaba con vehemencia. Noble a la hora del triunfo, no tenía espíritu vengativo, pero no olvidaba con facilidad, le satisfacía demostrar hidalguía.

Los elogios no quedan ahí, pues mencionan que tenía inteligencia y perspicacia política sin parangón, olfato, lo llaman algunos. Encontraba posibilidades donde otros veían imposibles. Tenía seguridad de que su “muñeca” era imbatible, aunque muchas veces recibió portazos.

Fuera del ser político, sus amigos aseguran que don Hernán tenía un pensamiento humanista, buscaba que los desamparados, los humillados, los pobres pudieran tener una vida digna. Su lenguaje era directo y sencillo, aunque a veces se enredaba, atufado. No lo amilanaban las derrotas y podía comenzar de nuevo todas las batallas. Hacía gala de humor, en las malas así como en las peores. Tenía  una personalidad fuerte, pero no era el mandamás autoritario. Siempre trató de evitar el populismo aunque se vio enredado, una y mil veces, en sus redes.

Y quizá por el paso del tiempo y la magnitud de su leyenda, hasta sus “defectos” parecen virtudes, pues dicen que era testarudamente responsable, convencido de la causa que abrazaba. Poseía un concepto idealista de la libertad y quería sostener la revolución en democracia. Conocía sus limitaciones, se daba cuenta que, en su buena fe, los necios y badulaques lo apabullaban, pero no podía remediarlo, cayendo una y otra vez en las mismas trampas. No siempre exponía sus puntos de vista con firmeza ni con claridad, pero sabía escuchar y tomaba en cuenta las opiniones ajenas. Uno de sus grandes problemas fue que jamás aprendió a decir “no”. Se daba cuenta también que de los cuatro caudillos fundadores del partido (Paz, Montenegro, Guevara y Siles) él era el que menos herramientas teóricas poseía, lo que lo tenía sin cuidado porque sabía que los superaba por su estilo arrabalero y popular, que le daba una fuerza interior que ningún otro detentaba.

Por último, y no menos importante, cuentan que don Hernán se deslumbraba con facilidad por las personas, tal como se deslumbró con Antonio “Toño” Araníbar cuando le planteó el tema de la UDP (Unidad Democrática y Popular) y aquello del “entronque histórico” que lo conmovió y lo tuvo fascinado por largo tiempo, recordando con melancólica nostalgia los primeros años de la Revolución, cuando tortuosamente discutía las estrategias de las tres medidas que cambiaron el país para siempre y que nacieron como simples utopías.

El 10 de octubre de 1982, Siles asumió la presidencia por segunda vez, no lo hizo con el entusiasmo de la primera. La edad y los problemas que tendría que enfrentar, lo angustiaban, parecía que era el único de su entorno que se daba cuenta que tener un parlamento opositor terminaría aniquilando su gestión. Pero los miembros de la alianza que había logrado conformar, no lo entendían de la misma manera y lograron empujar el carro hasta llegar al mismísimo desastre. Siles aguantó los embates, lo hizo con hidalguía y con la poca fuerza que le restaba. Al final, lo único que le quedaba era su lucha sin cuartel por la democracia, de la que por supuesto salió victorioso, siempre parado en la orilla de los huracanes económicos y políticos que tuvo que sortear. Sin embargo, ese desbarajuste que jamás pudo dominar, le pasó factura, y le obligó a recortar su mandato, siempre pensando en mantener firme, consistente y sólida la democracia que había ayudado a construir.     

Don Hernán supo enfrentar los demonios que se le pusieron al frente a lo largo de su vida política, siempre lo hizo con muñeca y olfato, aunque a veces, pese a todo, se ahogó en la incoherencia.                                                             

 

? Valentín Abecia López (La Paz, 1952). Economista, especialista en comercio exterior y aduanas. Profesor de varias universidades e institutos en materias de su especialización. Columnista en periódicos nacionales.                               

 

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