CRONIQUITA

El día en que mi padre invadió la escuelita Branko Petricevic

Los vecinos creyeron que el predio de la escuela del barrio les pertenecía y decidieron tomarlo por la fuerza. Uno de ellos cuenta la experiencia señalando a esos “carajos”.
domingo, 3 de octubre de 2021 · 05:00

Gabriela Zapata Rojas

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Cuando le pregunté sobre el tema frunció el ceño. Al parecer le disgusta recordar la vez que casi fue sacado a patadas del lugar que él y los vecinos de nuestro barrio consideraban suyo. 

Mi viejo fue mecánico de la extinta constructora Olmedo desde sus doce años, ahora está jubilado y, a sus más de sesenta años, pasa sus horas libres en un pequeño cuarto de no más de dos metros cuadrados, a manera de taller, en medio de cachivaches poco agradables –que quizás sean tesoros para él–, desarmando y armando cuanto objeto encuentra por la vida. 

Volví a preguntarle y arrastró una vieja silla de metal hacia la puerta de entrada de su tallercito, se sentó y como quien no quiere la cosa, algo obligado, comenzó a contar la vez de aquella reunión de los miembros de la OTB “Los Álamos” a la que pertenece nuestra casa. El dirigente de la OTB del barrio, junto al dirigente de los adjudicatarios -un desgraciado, dice él- habían convocado a una reunión extraoficial en la casa de un vecino cercano, decididos a reclamar al fin el territorio propiedad de la OTB: la escuelita Branko Petricevic.

Mi viejo fue mecánico de la extinta constructora Olmedo desde sus doce años, ahora está jubilado y, a sus más de sesenta años, pasa sus horas libres en un pequeño cuarto.

Sentado sobre esa silla de metal, él deja en claro que no le agradan esos carajos –es la expresión que usa para referirse a aquellos dos–, pero ese día, cuyo recuerdo le hace fruncir el ceño, decidió asistir a la reunión programada. Es que no solo se trataba de la recuperación sino también de la venta de la escuelita en calidad de terreno, que dicen que también le pertenece, aunque él no recuerda haber pagado un peso por ella. En todo caso, le parece una maravilla, pues haciendo cálculos, con el dinero que le tocaría por los dividendos le alcanzaría para vivir, lo que resta de su jubilación, con cierta comodidad.

***

La mañana del 5 de febrero de 2018, los vecinos de la OTB “Los Álamos”, convocados con anterioridad, se dirigieron a la escuelita con la intención de ingresar, encadenarse, tapiarse, hacer huelga de hambre y crucificarse de ser posible, en los predios de la escuelita. Según los dirigentes –esos carajos–, era un plan perfecto y estratégico, después de todo, era el primer día de clases para los niños de nivel primario y generaría polémica. ¿Qué podía salir mal? 

Con una dura cadena se encargaron de cerrar el par de rejas amarillas de la entrada para evitar el ingreso de los niños de la localidad, que ya sea ufanos u obligados, solos o acompañados, habían llegado a su escuelita para comenzar la gestión escolar. Dentro, los adjudicatarios de la OTB, victoriosos, aplaudían el acto; estaban en su terreno, en su espacio, ese que los Derechos Reales de la Magistratura constata que les pertenece solo por vivir entre la casa uno y la ciento sesenta y nueve del barrio “Los Álamos”.

Con una dura cadena se encargaron de cerrar el par de rejas amarillas de la entrada para evitar el ingreso de los niños de la localidad.

Mi viejo, que también se encontraba dentro, recuerda que el momento en el que vio enroscar la cadena en las dos rejas de la entrada tuvo un mal presentimiento. Más aún, sintió leves mareos. Tal vez le hacía falta la Metformina para su diabetes, o quizá necesitaba el Losartan de las ocho de la mañana para no sentir los fuertes latidos de su corazón. Su instinto le llevó a recorrer algunos metros y alejarse del drama de la puerta de entrada para respirar y tranquilizar su corazón.

Mientras se alejaba, mi padre chocó con una pared gastada, que más adelante entendería que formaba parte de un aula de clases. Su pinta tan maltrecha encendió la chispa de la curiosidad para saber de qué lugar se trataba. Así comenzó a recorrer con la mirada el resto de la infraestructura: una pared entre marrón y naranja en la que un par de enamorados habían plasmado sus iniciales en un corazón; al otro lado las firmas de “Las soñadoras forever”, el grupo conformado por Maricruz, Morelia, Paty, Jancarla y Rosmeri, destacaron su logotipo y sus nombres  con aerosol azul entre los escritos y rayones que formaban parte del camuflaje de la pintura.  

Ese curso no tenía puerta, eso facilitaba la vista interna para cualquier espectador en ese y cualquier momento. Adentro se podía ver la madera de lo que alguna vez fueron pupitres; mi padre, que no había sentido pena ni rencor por la escuelita ni por sus beneficiarios hasta ese momento, cayó en cuenta de algo: ¿Dónde siempre se sientan las wawas? Y la chispa de la curiosidad crecía. Quiso ingresar más a fondo y revisar algunos cursos para responderse a sí mismo. Lo habría hecho de no haber sido por Doña Esthel, –otra carajo de la zona igual o peor que los dos anteriores–, que lo había visto desde lejos y lo había llamado a gritos con su acento camba –¡Jorge, vení a ayudar, se están entrando por este lado!–. Entonces había recordado dónde y por qué estaba ahí ese día y acudió hasta la puerta donde los enfurecidos padres de familia estaban sacudiendo las rejas; un hombre moreno se había trepado a una de ellas dando la impresión de imitar al mismísimo Hulk.  

Los reporteros del noticiero matutino comenzaron a llegar y grabar en vivo para la revista de la mañana, destacando los gritos, boconeos, las lágrimas de los niños, los reclamos de los padres y la mala actitud de los vecinos; los reporteros tenían material para rato. Por lo menos estamos adentro, aquí no nos pueden hacer nada, fueron las palabras de alguien que se encontraba detrás de mi padre y que no reconoció; tal vez un vecino optimista, ¿Podía él ser optimista en ese momento? Mi padre no podía dejar de escuchar los fuertes latidos de su corazón ¿Alguien más los estaría escuchando?

Los reporteros del noticiero matutino comenzaron a llegar y grabar en vivo para la revista de la mañana, destacando los gritos, boconeos, las lágrimas de los niños, los reclamos de los padres y la mala actitud de los vecinos. Un hombre moreno se había trepado a una de ellas dando la impresión de imitar al mismísimo Hulk.  

De pronto, una camioneta negra parqueó con mucha dificultad en frente de la puerta principal de la escuelita y de ella salieron, casi disparados, con cascos y escudos plásticos, los miembros de la guardia municipal al estilo S.W.A.T. Cortaron con facilidad la cadena que aprisionaba la puerta de ingreso y, con inusitada violencia y entre la confusión de gente, ingresaron al interior de la escuelita Branko Petricevic.

Una gota de sudor frío cayó por la frente de mi padre cuando presenció la escena del bochorno: el primer guardia municipal comenzó a empujar al carajo número uno llevándolo directo a la calle; el carajo número dos fue arrastrado entre la confusión de la muchedumbre; y los demás vecinos, todos ellos adultos mayores, hombres y mujeres, fueron atacados entre jaloneos, patadas y sacudones, no solo por la guardia municipal, sino  también por los  miembros del Concejo Municipal del municipio, entre otras autoridades. Los noventa y nueve kilos y sesenta y siete años de mi padre le pesaron cuando entendió que su turno estaba por llegar.   

–No te estoy faltando al respeto –le dijo sereno, pero temeroso, al guardia que estaba a punto de ponerle las manos encima.

–¡Entonces ándate, mierda!

Y mi padre salió, mezclándose en la confusión, los empujones y abucheos de quienes se encontraban entre la puerta y la calle.

En el noticiero local, el entonces representante legal de la alcaldía, Sergio C., un carajo convenenciero, mencionó que antes de hacer uso de la fuerza con la guardia municipal, habían pedido de buena manera a los adjudicatarios invasores desalojar el predio de la escuelita, pero como estos no habían hecho caso, habían tenido que usar “un poco de fuerza”. Menos mal que solo fue un poco.

Y aquellos que horas antes se habían reunido para reclamar el predio de la escuelita Branko Petricevic se marcharon a curar sus heridas y su dignidad.

 –Yo nunca habría ido si fuera algo que no es mío, tengo mi casa, no necesito adueñarme de nada y menos de lo de esas wawas que no tienen ni dónde sentarse, falta saber si tienen dónde orinar –terminó así esa historia que tanto le desagrada–.

Mi mamá, que pasa más tiempo junto a él, me cuenta que esos carajos les han pedido dinero para contratar un abogado y demandar a la alcaldía. Más de dos mil bolivianos dicen que han pagado, el aguinaldo de la jubilación de mi papá, pero de eso han pasado más de dos años y una pandemia y aún no hay respuesta. Mi padre dice que se conforma con que le devuelvan los dos mil del abogado, mientras continúa sus días en su tallercito tratando de no pensar mucho en esos carajos.

 

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Gabriela Zapata Rojas nació y vive en Cochabamba. Es educadora informal y al mismo tiempo se desenvuelve como maestra de la materia de Cívica.

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