LÚCIDAS LÚDICAS

El juego del cogotero: Calamares en La Paz

¿Sabrías qué hacer si te ataca un tiburón, si se cae el ascensor o te atraca un cogotero? Si no lo sabes, seguramente no te interesan las series de supervivencia y en Halloween no podrás disfrazarte del juego del calamar.
domingo, 31 de octubre de 2021 · 05:00

Willy Camacho

ESTE TEXTO PUEDE LEERSE EN: https://www.revistarascacielos.com/

Ya me imagino la noche de Halloween en el entorno de El Prado o San Miguel. Calles atiborradas de infantes en deportivos verdes, con sus respectivos números. Supongo que sus padres los obligaron a vestirse así, porque, iluso yo, no creo que haya un papá tan loco como para permitir a sus niños ver escenas tan violentas como las de El juego del calamar, serie coreana que se impone, por méritos propios, hay que decirlo.

Y sí, ése es uno de los condimentos de la serie: la hemorragia orgiástica que te salpica desde la pantalla (tengo amigas que han tenido pesadillas luego del primer capítulo), sobre todo porque no es sangre propia, es decir, siempre está ese placer morboso de ver sufrir al otro, a ese prójimo que podemos ver sangrar sin sentirnos culpables.

También está lo otro: la sobrevivencia, lo que estamos dispuestos a hacer con tal de seguir en este valle de lágrimas, como decía melodramáticamente mi abuela. Las situaciones límite sacan lo peor -y ojalá lo mejor- de nosotros, como cuando nos enteramos de que había llegado el coronavirus a Bolivia. Documentado está cómo muchos se abalanzaron contra los estantes de papel higiénico porque, obviamente, en caso de un apocalipsis, no hay nada más importante que tener el culo bien limpio; el de los demás no es de nuestra incumbencia.

Y cuando hay riesgo de muerte, como me lo inculcó mi madre entre lo importante, hay que llevar... ropa interior limpia. “Si te pasa algo en la calle, si te atropellan, ¿qué van a decir los médicos si ven tu calzoncillo sucio?”, me repetía una y otra vez, y yo, niñito inocente, era incapaz de meditar bien el asunto y darme cuenta de que si me atropellaban, lo último que importaría sería un calzoncillo sucio.

La recomendación queda, sin embargo, grabada en el subconsciente. A mí me pasó que, cuando estuve en trance de muerte y mientras unos cogoteros me estaban exprimiendo el aire, lo único que me preocupaba era si me había puesto un bóxer decente, y rogaba al cielo (todavía era creyente en ese entonces) que mis esfínteres no se aflojaran y muriera con las nalguitas limpias para no deprimir más a mi madre en la morgue.

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Pero volvamos al principio. El juego del calamar y otras series de supervivencia que han robado varias horas de vida. Es que empieza el primer capítulo y no puedo parar hasta que todo acabe. Por suerte, la coreana es corta, en una sentada sabatina se acaba, pero otras, como The 100, con sus siete temporadas, consumen muchos días. No sé si a todos les pasa igual, pero yo me imagino en la situación y pienso: “¿Qué haría si me pasara esto?”. Y claro, es un desafío tratar de averiguar cómo sobrevivir en la trama urdida por los guionistas, sobre todo para quienes tenemos el defectillo de siempre estar imaginando situaciones límite que quizá no vienen al caso. Algo así como: ¿qué hacer si estás en medio del mar y te ataca un tiburón? Yo lo sé, hay que serenarse (ese siempre es el primer paso) y darle un buen puñetazo en la narizota; el tiburón, acostumbrado a jamás ser desafiado, se desconcertará y dará media vuelta para buscar otra presa, una de las sumisas.

¿Qué hacer si se cae el ascensor conmigo adentro? ¿Qué hacer si me encuentro una mina chilena enterrada en el campo? ¿Qué hacer si me abduce un ovni? Y así, un sinfín de situaciones para la mayoría de las cuales tengo una solución.

Allá por el año 2000, los cogoteros estaban “de moda”. Las noticias de asesinatos, por arrebatar un celular, por diez pesos o por nada, eran moneda diaria. Los cogoteros mataban primero y luego registraban el cadáver. Entonces, para mí era lo más lógico pensar qué haría yo en caso de ser atacado por cogoteros.

Nunca me atacó un tiburón ni se cayó el ascensor en el que me subí, ni creo que alguna vez me secuestren los extraterrestres; pero, para quienes tenemos el tema de la supervivencia metida en el código genético, basta la mínima, casi nula, probabilidad de ocurrencia para que se justifique tener una salida para tales situaciones. Y a veces alguna se cumple, como la de los cogoteros.

Yo acababa de salir del Mangareva, un boliche célebre en la bohemia paceña de aquellos años. Estaba muy pasado de copas y me senté en unas graditas de la Ecuador esquina Aspiazu. De repente, sentí el cable aprisionando mi cuello. De manera instintiva, me incorporé, intenté meter mis dedos entre el cable y mi cuello, pero recibía golpes en la espalda, en el estómago y mis dedos no entraban, y sentí que se me iba la vida y pensé: “¿Me habré cambiado el bóxer esta mañana?”. Y en una ráfaga de lucidez, apliqué lo que tenía planificado: primer paso, serenarse, luego, hacerme el desmayado, que era lo lógico, pues de acuerdo a lo que tenía previsto en mi manual de supervivencia, capítulo cogoteros, los malenatas te matan si sigues luchando o si los miras, porque puedes reconocerlos. Entonces, cumplí el plan: aflojé los brazos y las piernas y caí a los pies de mis atracadores simulando estar desmayado. Obviamente, el cable se aflojó y yo pude respirar tal como había previsto. No abrí los ojos sino hasta varios minutos después de que los cogoteros me dejaran en el suelo –sin zapatos, billetera ni chamarra–, pues también había previsto cómo proceder luego de salvar la vida: había que mantener el plan unos minutos hasta cerciorarse de que no quedara ningún asaltante cerca espiando si la víctima había fingido su desmayo o muerte.

Después me levanté, caminé hacia la avenida más próxima e intenté durante horas hacer para un taxi, pues había un hueco en mi manual de supervivencia: los taxistas son seres carentes de empatía y no se conduelen de un joven zarrapastroso y descalzo que clama que lo lleven a casa a crédito, pues no tiene dinero porque acaba de ser asaltado.

En fin, el caso es que la última maratón de El juego del calamar me hizo recordar aquel manual que demoré tantos años en elaborar y que creo oportuno actualizar, pues será bueno saber cómo proceder en caso de un apagón telefónico o en caso de que llegue otro virus y de nuevo me quede sin papel higiénico porque unos pésimos seres humanos se me adelantaron en el supermercado y vaciaron los estantes.

Y también será bueno estar preparado por si este Halloween algún loco decide reclutar calamares en La Paz. Obviamente, yo tendré un plan para ganar el juego.

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  • Willy Camacho es paceño y boliviano. Dice ser un cholo urbandino orgulloso, por eso no se cansa de cantar esa cueca que dice: "...cholo, cholo he nacido, cholito voy a morir...".

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