Crónica

De la montaña a la pantalla

Gabriel Sánchez Belmonte, empresario en turismo, vio derrumbarse su joven negocio entre 2019 y 2020. Al tocar fondo, decidió aprovechar su experiencia como guía, su inglés y su francés, para convertirse en profesor virtual de idiomas… desde la cocina.
domingo, 21 de noviembre de 2021 · 05:00

Daniela Renjel Encinas

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Cuando Gabriel Sánchez Belmonte comprobó que la cancelación de todos los grupos programados por su empresa de turismo para 2020 le ocasionaba una pérdida de unos 18 mil dólares, no se vino abajo de inmediato. Poco a poco, mes a mes, llegó a tocar fondo.

Los conflictos nacionales de fines de 2019 y la instalación de la pandemia en marzo de 2020 hicieron que la industria palpe el abandono estatal que, hasta la fecha, no ha cambiado. Así, los profesionales del rubro han tenido que reconvertirse en vendedores de lo que sea.

Seguir se ha hecho imposible para miles, es cierto, pero hay quienes siguen ejerciendo el oficio… sin turistas. ¿Cómo sobreviven? Tal vez como Gabriel, el propietario de la disfuncional Meraki Voyage, que a punto de cumplir 40 años, en febrero de 2020, había comenzado a estudiar Lingüística.

Empezar de cero no es nuevo para este hombre, desde que a sus 22 años supo que iba a ser padre de una niña. Seguir una carrera universitaria era un lujo que no podía permitirse y de todas maneras ya se había decepcionado con Derecho, así que se puso a trabajar en lo que se pudiese. El turismo estaba ahí, por herencia de sus padres, dos guías experimentados y amantes de la historia que le permitieron crecer jugando entre buses y hoteles.

A sus 19 años ya había acompañado a un gringo, pese a su inglés precario. Su padre, colombiano, le había dicho: “Usted dibuja o lo que sea para que lo entiendan”, y eso fue lo que hizo, pese a que tampoco conocía el destino. “Pero yo no mentí. Le dije que no lo podía guiar, pero sí hacer algo que él no podría, ya que no hablaba nada de español: preguntar”, se ríe.

El turismo ha sido lo que más sostenidamente ha hecho en la vida, y nadie lo dudaría oyéndolo hablar, iluminado de entusiasmo, barbón y despelucado, antes bronceado por el trabajo, más blanqueado ahora tras el encierro.

Usando las manos, Gabriel explica cómo el turismo podría ser la más grande industria del país -no por nada en 2018 representó el 10,4 % del PIB mundial- y su voz tiene la firmeza de quien lleva más de veinte años guiando, en inglés y francés (ahora sí, perfectamente hablados).

En Bolivia hay, según la Federación Boliviana de Guías de Turismo, 600 oficialmente registrados, pero ellos mismos saben que los no registrados pueden ser otro tanto; es decir, más de mil familias viven de guiar.

A pesar de que ama su trabajo, no puede negar que es duro madrugar con temperaturas bajo cero, comer de enlatados durante días en lugares desiertos, manejar por horas, estar lejos de la familia, trabajar cansado o enfermo, ser el primero en levantarse y el último en acostarse, cuidar que el pasajero reciba cada detalle por el que ha pagado y estar siempre pendiente de su menor necesidad o deseo. “Quienes piensan que es lindo pasársela viajando, no saben que, aunque estoy de viaje, yo estoy trabajando”.

El oficio de guiar

En Bolivia hay, de acuerdo con Feboguit (Federación Boliviana de Guías de Turismo), 600 guías oficialmente registrados, pero ellos mismos saben que los no registrados pueden ser otro tanto; es decir, más de mil familias viven de guiar. Se gana dinero especialmente en temporada alta, que en Bolivia dura de junio a noviembre, periodo preferido por europeos y estadounidenses que llegan, casi exclusivamente, a visitar el Salar de Uyuni. Sin embargo, este destino es parte del llamado “rebalse del Perú”. En otras palabras, pocos, muy pocos viajeros, vienen exclusivamente a Bolivia; este pedazo de tierra es el cierre de un circuito que comienza en el Cuzco, y no pocas veces termina allí nomás.

Por dar un dato, en 2019 llegaron del exterior al Perú 4.480.000 visitantes internacionales, mientras que a Bolivia arribaron sólo 1.141.860 turistas, como escribe Carlos Marín Peñaranda en un texto publicado en Página Siete, titulado Los vaivenes del turismo.

En temporada alta, un buen guía puede ganar hasta 100 dólares por día, incluyendo propinas. En temporada baja, puede trabajar hasta por la mitad de ese monto. El turista boliviano no es un contratador de guías, no sólo porque le resulta fácil moverse en el territorio propio, sino porque contratar una empresa reconocida resulta demasiado caro para el bolsillo.

La seguridad, limpieza, itinerario y calidad en el servicio es algo que el boliviano medio puede sacrificar por un costo más bajo, a diferencia del turismo extranjero acostumbrado a otros estándares, considerados básicos e irrenunciables.

Una experiencia, una conexión

¿Qué hace un guía?, pregunto a Gabriel. “Ser guía es realizar los sueños de la gente, que puede pagar mucho por el mejor hotel y la mejor comida, pero que no obtendrá eso si el guía no se asegura de que así sea. Un buen guía no es el que dice ‘a la derecha ven el cerro y a la izquierda el lago’, sino quien logra conectar al extraño con la realidad que encuentra”.

La gente “no paga por un destino, para eso basta un avión o un bus, sino por una experiencia”, y un guía hace, de hecho, más que interpretar una realidad: busca sobre todo una conexión humana. “Si vamos a vivir 15 días juntos -dice el guía- me tienes que confiar si tienes diarrea o cistitis”.

Un buen guía debe visitar al cliente que se enferma, aunque su seguro se esté ocupando de su salud, describe Gabriel. “Puedes encontrar el CD que busca, pero también animar al grandote que está escalando una montaña y se rinde faltándole 200 metros para llegar a la cima: ‘tú puedes’, ‘un paso más’, repites cien veces porque sabes que va a llorar cuando lo haga, porque para eso dejó su casa y viajó por días soñando con la cordillera”.

Un día de 2017, Gabriel pensó que había llegado el momento de montar su propia empresa, y no abrió una, sino tres: Uyuni-Atacama Conexión, Meraki Voyages y Andes a la Carte. La idea era cubrir el circuito Uyuni-Atacama, y atender, además, a dos tipos de turismo extranjero: los escaladores de montaña y los turistas de alta gama, que vienen al Salar y, solo de paso, a La Paz.

Tras una romería de trámites y una discusión acalorada en Uyuni, ciudad sin Dios ni ley ni suerte si se carece de un padrino, logró los papeles que las gobernaciones solicitan, “por su original aplicabilidad, seguramente”: un plan ecológico, currículos de licenciados en turismo, “no importa si es para gerente, guía o barrendero”; cantidad y tipo de vehículos (de los proveedores, si la empresa no los tuviera y los alquilara), nombres de guías, licencias de funcionamiento y Nit, todo presentado en una carpeta verde de palanca.

En total fueron dos años de tramitación. El inicio fue complejo, como para cualquier empresa pequeña que compite con los precios privilegiados de las grandes agencias. Para abaratar precios, él mismo, como la mayoría de sus colegas, hacía de chofer, mecánico, guía trilingüe, cocinero y cargador. Sonriente, como siempre, con un hoyuelo en el cachete, recuerda haber sido empresario por un corto tiempo, antes de la llegada de la pandemia. Quebró.

Aunque algunos bolivianos hayan vuelto a viajar, lo cierto es que el verdadero movimiento económico lo generan los extranjeros que vienen al Salar. Y éstos no volverán mientras no se desplieguen medidas de bioseguridad que exige este tipo de turismo.

La crisis de finales de 2019 en Bolivia y la de 2020 en el mundo golpeó duro a una industria de la que viven miles de personas. Hoteleros, transportistas, guías, cocineros, ayudantes, mucamas, recepcionistas, meseros, maleteros, secretarias, contadores y, desde luego, agencias comenzaron a vivir la peor crisis de su historia. Para Gabriel, el año que le prometía un despegue espectacular, por el volumen de reservas, fue de los peores. No se concretó un solo viaje y se tuvo que devolver dinero.

Llegó el mes de julio y para agravar la aflicción, toda la familia de Gabriel contrajo el virus en momentos en que una aspirina podía costar 10 bolivianos. Cuando el médico, escuchando los pulmones de su suegro, confirmó Covid 19, fue imposible no pensar que podía venirse el final.

Todos los enfermos de la familia se fueron juntando en una sola casa, por turno de malestar. El guía atendió neumonías, inyectó corticoides -como había aprendido en el curso de primeros auxilios-, cocinó, repartió medicinas en las horas indicadas, salió a buscar las de difícil acceso. Y estudió cuando se pudo. “Pero la ayuda siempre llegó”, recuerda y, creyente, agradece a Dios.

Los datos oficiales en el país señalan una pérdida de más de 300 millones de bolivianos en el sector turístico, tras casi dos años de pandemia: un -73% en comparación con 2019, situación negativa también en el mundo, que se revertirá en 2024, siendo optimistas, de acuerdo con la Organización Mundial del Trabajo.

En Bolivia no se vislumbran grandes salidas. Aunque algunos bolivianos hayan vuelto a viajar, gracias a ciertos incentivos que el gobierno ha buscado poner en práctica, lo cierto es que el verdadero movimiento económico lo generan los extranjeros que vienen al Salar. Y éstos no volverán mientras no se desplieguen medidas de bioseguridad que exige este tipo de turismo.

Por el momento, empresas legendarias en el país simplemente han desaparecido. Redujeron su personal al mínimo, primero, y despidieron hasta al último empleado después.

¿Cuál será el futuro de la industria turística relativamente organizada en Bolivia? ¿Cuánto tiempo real tomará reponer un mercado en un país medianamente vacunado y con condiciones básicas de bioseguridad? Ante la pregunta, Gabriel, que no ha recibido una reserva en los últimos 20 meses, levanta las cejas. Yo me quedo esperando una respuesta que no llega.

Profesor en redes

En la vida, sin embargo, hay dos tipos de personas: las que se frustran irremediablemente ante el problema y las que generan la mejor actitud para encararlo; las que simplemente maldicen las circunstancias y las que comienzan a guiar extranjeros, aunque no hablen muy bien su idioma. Gabriel es de los segundos, así que un día se levantó y, haciendo consciencia de lo que podía ofrecer, a punta de flyers en redes sociales, llamadas a amigos y mensajes a exclientes, comenzó a buscar alumnos para enseñarles español, inglés y francés. Tocó centenares de puertas virtuales antes de que llegara el primero, el segundo y luego el tercer alumno.

Niños aburridos y padres desesperados le enseñaron a enseñar. Aprendió canciones, juegos y a usar aplicaciones inimaginables para un turistólogo, a fin de que sus estudiantes disfruten de la clase y le presten atención. Hablaba inglés, pero no bastaba con hacerlo a la perfección, necesitaba desarrollar las herramientas de un buen profesor. Nuevamente, las palabras de su padre tenían valor: “Usted dibuja o lo que sea para que lo entiendan”, y así lo hizo de nuevo, cantando con ellos y contando historias sobre la geografía y los destinos en Bolivia cada vez que podía.

Un padre lo recomendó con otro y con los chicos llegaron documentos para traducir y eventos para interpretar y con ellos la posibilidad de transformar los cero ingresos de 2020 en la comida del mes.

A Gabo, como le dicen todos, le brillan los ojos cuando habla de turismo, y es un guía innato y comprometido. El “wow” de los turistas es música para sus oídos cuando lo exclaman frente a la ciudad que construye y deconstruye para ellos. Pero hoy le emociona pensar que pronto podrá abrir una empresa de ofertas variadas en otras lenguas.

Algo ha nacido de la más profunda necesidad y, “si Dios quiere”, no va a parar. Aunque guarda la esperanza de que el turismo se recupere, por él y por tanta otra gente, ha logrado un mercado particular sin tener que salir de su casa. ¿En qué radica el éxito de sus clases? Quizás en que él ve en los estudiantes a personas que tienen necesidades diferentes, sea por su carácter, su forma de aprender, su atención, lo que le exige preparar sesiones personalizadas y penetrar en sus mundos e intereses.

No, no ha sido fácil ser siempre optimista. Imposible no recordar los días de covid familiar, de comer mal y no comer, de ayunar voluntariamente y sin voluntad, de pensar en divorciarse otra vez, de llorar y dormir todo el día, y de no lograr dormir. La cuarentena ha sido un tiempo dolorosamente hermoso; un tiempo de pérdidas, pero también de revelación, orden y renacimiento.

Dentro de poco, Gabriel se irá al mercado, junto a su perro Rodrigo, rescatado, “más bien secuestrado”, ya que sufría maltrato. Alista un par de bolsas y yo me pregunto si es la necesidad la que anima a guiar en un idioma que apenas se conoce, la caradurez o la inocencia. Lo que fuere, también eso puede convertir a alguien en profesor de idiomas, corrector y traductor, cuando menos se lo espera.

Tal vez, como afirma Gabriel, es un tema de actitud, de fuerza vital o de buena suerte. Pero también de una economía informal en Bolivia, que ha permitido que el millón de personas desprovistas de sus puestos laborales durante la pandemia -1/5 de los puestos que, según el INE, existían antes de la emergencia-, puedan dedicarse ahora a vender comida, maquillaje, ropa, fármacos, clases, o volverse deliverers y fileros en las múltiples colas que hay que hacer para tramitar algo en este país burócrata de vocación.

Con la comida sí se juega

Seguro de que ya no puede contagiar, puesto que acaba de salir del covid por tercera vez, Gabriel se va, aún fatigado, a comprar lo que necesita para sus clases de cocina, donde él no es un alumno, sino, como ya es costumbre en este último tiempo, el profesor. “Con la comida sí se juega”, se llama su nuevo curso online, y sus estudiantes son gringuitos de entre 5 y 9 años, que de 10 a 11 de la mañana aprenden a cocinar en español.

El menú/contenido del mes dice: Lunes de desayunos sorpresa, Martes de comida exótica, Miércoles de Curso de cocina online para niños que aprenden español y para la personalizada de inglés: Postres y meriendas. El jueves es de ensaladas y el viernes de sándwiches en marraqueta. Mientras cocina, habla de la historia de la quinua y las más de 33 variedades de papa certificadas en Bolivia. Los niños toman capturas de los panqueques girando en el aire y se sorprenden de que se pueda hacer un sándwich de zucchini o berenjena.

Tal parece que reconvertirse es una suma de sueños, talento y una importante dosis de necesidad. Por lo pronto, el proyecto de nueva empresa del Chef Gabo, como dice su gorro de goma eva, apunta a crecer, mientras el turismo extranjero en Bolivia espera un arrebato de genialidad estatal que devuelva el trabajo a cientos de familias.

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?       Daniela Renjel Encinas es profesora de Literatura. Ha escrito Derrotados, libro de poemas; El cuerpo enfermo, libro de ensayos sobre dos novelas de Mario Belatin, y Réquiem para once, libro de cuentos, en coautoría con Willy Camacho y Sebastián Antezana, así como varios artículos, ensayos y reseñas.

 

 

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