Confesiones

Preparar una fiesta

La visita de la familia de la esposa suele ser un acontecimiento especial, máxime si nunca antes había ocurrido. Qué invitar de beber, de comer… Y en medio de los preparativos, los recuerdos de otros tragos y otras comidas, de lo vivido y lo por vivir.
domingo, 7 de febrero de 2021 · 00:04

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Quince años de matrimonio y jamás conocí a los parientes de mi mujer. El tiempo se desgajó tan lento, que fue muy rápido, y así murieron mis suegros, mi madre, y permanecí inamovible en la cueva de una ignota ciudad de pradera, en Colorado, rodeado de máscaras africanas, punu, chokwe, ibo y aguayos quechua-aymaras. De a ratos escapé –a Bolivia muchas veces–, donde la vejez de la sangre conminaba –dulcemente– a no intentar otros rumbos; a la isla de Cuba, Panamá, México, Venezuela, siempre eludiendo Brasil, o Brasil eludiéndome a mí, desde mi juventud, cuando efímeras eran las putas negras de la Rua Mauá. Entonces el inmenso país me dejó tres cosas: una pelota de fútbol de salón, un disco de Queen y otro de Neil Young & Crazy Horse, mísero botín que no incluía samba, o MPB, Chico, Caetano, Monteiro Lobato o Zélia Gattai. Ser joven…

Una copa de cabernet a medias me acompaña a la mesa. Extraña hermandad que hice entre el vino y una variante de nuestro chicharrón criollo que salió muy bien, a qué mentir. Dos días de descanso, dos noches que duermo, cine y lecturas, Noruega y Serbia, las hijas universitarias comienzan a palpar el camino de sus sueños, la esposa dormita luego de agotadora jornada. Media copa de cabernet, lejos del alcance de mi mano, enfrascada en las teclas en esta afición de escribir.

En Colorado, las montañas tienen  una presencia fuerte, como en nuestros Andes.

Una copa de cabernet a medias me acompaña a la mesa. Extraña hermandad que hice entre el vino y una variante de nuestro chicharrón criollo que salió muy bien, a qué mentir.

La montaña no se movió. Tal vez porque la montaña está vieja, se enraíza con facilidad en cualquier espacio de polvo, en el Gobi o el Amazonas, con fruición. Dejé hace mucho al hombre primitivo. Me hice sedentario, quiero sembrar y cosechar, ver pasar veranos e inviernos desde la misma ventana, la misma penumbra, pero con panoramas mentales tan distintos de época a época que la vida se divide ya en conocimiento y nostalgia, aprender y recordar. Me he rodeado de libros, envuelto en expresiones de todos los pueblos, en libros, cerámicas, canastas, máscaras, tejidos, fotografías, muñecos, especias, verduras, pinturas, que llenan hoy el espacio de mis andanzas. Tal vez tenga, como Karl May, que echarme a caminar a través de mi cuarto como si atravesara el Hindu Kush, o me lanzara por los inagotables ríos de la duda. Lo hizo Xavier de Maistre en la cárcel, en un libro que mi madre adoraba, Viaje alrededor de mi cuarto. Como nota, ya que de cárceles y obras hablamos, leí los viajes de Marco Polo en una mañana y una oscuridad aunque la luz –blanca de día y roja de noche– de la celda estaba siempre encendida en la prisión de Leadville, pueblo platero de sierra, de pistoleros y gamblers, por donde pasó Oscar Wilde y yo tuve un restaurante, el New West Café.

...ya que de cárceles y obras hablamos, leí los viajes de Marco Polo, en una mañana y una oscuridad, aunque la luz –blanca de día y roja de noche– de la celda estaba siempre encendida, en la prisión de Leadville...

Wilde daba lecturas por los Estados Unidos y Leadville entonces era villa rica. Bautizaron una bocamina en su honor y todavía sigue –abandonada– allí. “The Oscar” la llamaron, en las bromas de la historia que unen al dulce poeta con el trabajo brutal del minero; pluma y tiznados hombros sudorosos. Entonces se mataba en el oeste. La vida no valía nada, igual que camino de Guanajuato, y, de visita al Saloon, Wilde recordaría un cartel colocado encima del piano, que rezaba: “Se ruega no disparar al pianista. Hace lo mejor que puede”.

Volvamos a mi esposa brasileña y a la inválida vergüenza mía de no conocer a su familia. Soy hábil en pretextos y evito decir que lo que tuve de aventurero ha cedido a la confortabilidad de idear la India en lecturas, a pesar de que mi cuñado, ingeniero canadiense en Bhopal, sugiere que lo visite para contemplar los últimos leones de Asia en la reserva de Gir, antes de exterminarlos el hombre. ¿Estático? No iría tan lejos porque conservo una dinámica versátil y ubicua en cuanto a la cultura. Viajar ya no me apasiona. Digo, a pesar de saber que si pongo los pies en tierra ajena no cesarán de moverse.

Variedad de cervezas, la bebida infaltable en una reunión "internacional".

Vuelvo a la esposa paulista y su familia. Luego de quince años, una sobrina suya y su esposo vienen a Aurora a vernos. Nos gusta recibir amigos, mixtura de nacionalidades, música, comida, lenguaje. De cuando en cuando, hacemos recepciones que preparamos con Ligia hasta el último detalle, con anticipación. Ella lleva anotaciones respecto al número de invitados y cómo los distribuiremos en el reducido espacio de nuestro apartamento. A mi cargo el menú y las bebidas. Hemos tenido ucranianos, judíos, bielorrusos, filipinos, entre los más lejanos, y esta vez, a parte de la familia brasileña, gente de Irlanda, México, El Salvador, Colombia, Bolivia, al menos. Lo usual es cerveza, en distintas variedades y colores; ron, que prefiero, guatemalteco o nica, aunque me inclinaría por uno de la isla Anguila que probé en casa de Frank, con un dejo deliciosamente dulzón. Cachaça mezclada con hielo, jugo de guayaba y leche evaporada en un fantástico trago de mi invención. Scotch, bourbon o whisky malteado para quien prefiera. Algo de gin si alguien se anima. Tequila para los jaliscienses y pisco por si acaso. Creo que de trago basta y sobra. Añadiré un vodka para mi hermana, con jugo de arándano que juntos hacen el Cape Cod.

Ella lleva anotaciones respecto al número de invitados y cómo los distribuiremos en el reducido espacio de nuestro apartamento. A mi cargo el menú y las bebidas. Hemos tenido ucranianos, judíos, bielorrusos, filipinos, entre los más lejanos, y esta vez, a parte de la familia brasilera, gente de Irlanda, México, El Salvador, Colombia, Bolivia, al menos.

La cocina es un arte mayor. No tiene que envidiar la acuarela ni la magia de los cuentos. Hay profusión de culinaria en la televisión de hoy, por lo general asociada con malabar al viaje. Anthony Bourdain, el chef neoyorkino, es un ejemplo, y las contiendas chinas de Iron Chef apasionan. En lo personal, me gusta tener la carta bien en avance, con detalle de cantidades y elementos. Discernir entre culantro y perejil, entre perejil chino e italiano, si mejorana sobre lomo y romero en el pollo. ¿O curry? ¿Amarillo o colorado?

Cocinar es un arte, ni duda cabe, tan compleja como enlazar palabras para un buen texto.

Se decidió ya el menú para la llegada de los sobrinos. Dos carnes al horno: res al estilo galo… tajos rellenos de tomate, jamón y queso suizo. Puerco cochabambino adobado con limón, perejil, pimiento verde, mostaza y zanahoria rallada. Pollo enchilado mexicano, con chile de árbol. Un quiche de maíz blanco y cebolla a la mozzarella y otro de atún (ajonjolí, salsa soya, mayonesa), carotes cortados. Cubierto de queso asiago. Arroz Ferragutti, salsa Emily y ensaladas. Cocinar es escribir.

 

  • Claudio Ferrufino-Coqueugniot es novelista y columnista. Ha dividido su vida entre Bolivia y los Estados Unidos. Paria no; librepensador e internacionalista, en el romántico sentido de la palabra.

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