Especial / Día del cine boliviano

El embrujo de la pantalla

Sin memoria no somos más que bípedos sin rumbo. La Cinemateca Boliviana, ese lugar pequeñito y mágico de la calle Pichincha, en La Paz, nos enseñó a vivir la vida desde el cine y desde el tuétano. ¿Cómo se miraba el mundo desde la primera butaca de la fila 7?
domingo, 21 de marzo de 2021 · 00:01

Isabel Navia Quiroga

Fotografías Eduardo Quintanilla / Archivo Cinemateca Boliviana

Mi infancia tuvo la dicha de contar con una compañera que me llevaba al cine. No sé por qué iba con ella, imagino que mi papá, ermitaño como era, dijo que no y punto, mientras que mi mamá estaría abrumada por las labores de casa y mis hermanos, pequeños. Yo, insaciable, devoraba las películas una tras otra y supongo que era tal mi persistencia que optaron por mandarme los domingos con la joven que ayudaba en la casa, a matiné doble. Eran tardes perfectas, incluso cuando algún ratón pasaba por la penumbra del pasillo, en busca de restos de papas fritas.

Era mi compañera quien elegía, así que fueron tiempos de muchas películas argentinas, mexicanas y asiáticas. Mucho de Palito Ortega, Sandro, la India María y Cantinflas, pero sobre todo de las ultra lacrimógenas producciones de la India. Creo que nunca he llorado tanto como con esas trágicas historias.

Eran tardes perfectas, incluso cuando algún ratón pasaba por la penumbra del pasillo, en busca de restos de papas fritas.

Una vez, mi papá nos llevó a ver 2001 Odisea del Espacio. Ese día me marcó para siempre, quedamos todos, papá, mamá y tres niños, entre aturdidos y asombrados. Aún me pregunto si fuimos porque papá pensó que era una película de aventuras espaciales o porque quiso que conociéramos a Kubrick. Sólo sé que luego quedé más interesada que antes; el cine me llevaba por mundos insospechados, la pantalla me permitía viajes a los que jamás podría aspirar en mi modesta realidad.

Culpo a las lecturas de mis primeros años, a Julio Verne y a la colección Billiken por haberme hecho imaginar mundos fantásticos. Me hice adicta; entre los libros y el cine, vivía con el anhelo de más y más historias y de sentir la emoción de descubrir realidades inimaginables, sentimientos inexplorados, personajes fascinantes y bandas sonoras de ensueño. 

A mis 17, llegué a La Paz para ir a la universidad y comenzar a trabajar; no tenía televisor, ni amigos y el Internet era ciencia ficción, así que los fines de semana eran ideales para ver películas. Mi vida transcurría entre los estudios, el trabajo y unas tres a cinco sesiones de cine por semana. A veces veía dos películas por día, además la entrada costaba tan poco en relación a hoy...

La sala de proyecciones en la antigua Cinemateca. Al fondo, Pedro Susz / Foto Eduardo Quintanilla / Archivo Cinemateca Boliviana.

Y así conocí la Cinemateca Boliviana, el lugar más modesto del mundo y sin embargo, el más inmenso y acogedor. Esa antigua casa de la esquina Indaburo y Pichincha se convirtió en una suerte de segundo hogar. Ir ahí significaba mucho más que ver buen cine, era un espacio con magia.

Ir al cine era una cosa e ir a la Cinemateca, otra. La experiencia en ésta era única, y tal era mi entusiasmo pueblerino que iniciamos amistad con ese irrepetible equipo a la cabeza de Pedro Susz y nuestra amada Norma Merlo, a quien tuvimos que despedir hace pocos días. En la boletería era rito conversar unos minutos con Ana y Clemencia, para luego saludar a Javier que, siempre amable, me acompañaba hasta la primera butaca de la fila 7, el lugar ideal para ver la pantalla y estar cerca de la calefacción. Iba sola, pero jamás me sentí sola.

Ana y Clemencia, eternas boleteras y amigas, en la antigua Cinemateca / Foto Eduardo Quintanilla / Archivo Cinemateca Boliviana.
Fachada de la antigua Cinemateca en la calle Pichincha / Foto Eduardo Quintanilla / Archivo Cinemateca Boliviana.

Y así conocí la Cinemateca Boliviana, el lugar más modesto del mundo y sin embargo, el más inmenso y acogedor. Esa antigua casa de la esquina Indaburo y Pichincha se convirtió en una suerte de segundo hogar. Ir ahí significaba mucho más que ver buen cine, era un espacio con magia.

En la Cinemateca descubrí el mundo. Conocí a Buñuel, Fellini, Bergman, Tabío, Almodóvar y tantos otros, y supe que el cine era mucho más de lo que siquiera había supuesto. En la Cinemateca me enamoré de los afiches de las películas y por años coleccioné una interesante cantidad. Ahí entendí lo que es trabajar por una pasión, gracias a Norma y a Pedro, mis eternos admirados. En la Cinemateca aprendí lo que es creer en algo que está por encima de lo material, que el rescate de la memoria es un  soporte vital de nuestro ser social, que sin los archivos no somos más que bípedos sin rumbo.

Aún suspiro con íntima emoción cuando paso por ahí, esa vetusta Cinemateca me regaló enseñanzas y amistades preciosas y me ayudó a atesorar el cine como el hilo conductor con el que escribo los capítulos de mi vida, para seguir creyendo y sostenerme en tiempos de tormenta. Larga vida al cine.

  • Isabel Navia es comunicadora, aficionada al cine y a la fotografía. Sueña con ser mecenas. Exploradora consuetudinaria de variedades de vino y café.

 

Especial / Día del cine boliviano

Oscar García

Gotas

Interior de la antigua Cinemateca de la calle Pichincha / Foto Eduardo Quintanilla / Archivo Cinemateca Boliviana.

El empedrado recién desllovido. Las paredes naranja desnaranjado. Las personas como asistiendo a un congreso de chuspas de todas las naciones de tierras altas. Allá, más arriba, el campanario a medio hacer. El cura que daba historia, con su casco a cuestas. El que lo iría a librar de todo golpe y de todo pecado. La puerta de madera, antigua pero no tanto. Barnizada con barniz copal para dar la talla. Un cartel. Uno que anuncia, no uno que hace circular las bondades de la luz. Las gradas. Las que suben a un diminuto espacio desde donde se administra, se piensa, se sueña, se conversa, se conserva. Las voces. La voz de Norma*. El hall. Apto para veinte personas. Para veintitrés. Las cortinas casi escarlata, casi bermellón. Pesadas, aparentemente pesadas. Indiferentes. Guardianas de la audiovisión.

Las conversaciones. El ímpetu, las ganas de arrasar con el planeta desde un diminuto espacio en el que sucede la ficción en dos niveles. En la pantalla y en los deseos. La butaca de madera. Una, otra y otra más. Sonando, aguardando, aguantando, haciendo gerundio como si nada.

Y otra vez el hall. La vitrina. La privilegiada. La que guarda, la que expone, la que ofrece, la que forma parte de las noches invisibles en la niebla. La que atesora los cuadernos de cine. La que defiende desde antes y ahora, la mirada de Luis Espinal. Ahí, en la vieja Cinemateca Boliviana, del asilo, ahicito, en la Pichincha.

* Norma Merlo, actriz de teatro, quien junto a su compañero Pedro Susz, durante muchos años tuvo bajo su cuidado la Cinemateca Boliviana.

  • Oscar García es músico, compositor, productor musical y docente. Escribe y a veces dibuja.

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