Confesiones / Itinerario desordenado

Las cosas en nuestras vidas y las vidas de las cosas

Los objetos obsesionan a los humanos. Un libro, un peine, un mantel… son más que materia y cargan historias. Podrían incluso vincularnos con los difuntos que las atesoraron. ¿Qué cosas hablarán de ti y qué dirán cuando ya no estés en este mundo?
domingo, 21 de marzo de 2021 · 00:06

Carmen Beatriz Ruiz

Si usted cierra los ojos y trata de recordar o representarse las imágenes más cotidianas de sus seres queridos, ¿con qué objetos los asocia? No es solo un ejercicio de memoria afectiva, sino también de reconstrucción de un mundo donde ocupan espacio tanto las personas como los objetos. Por favor, intente hacerlo y descubrirá los recovecos inesperados de sus recuerdos.

En mi caso, la presencia de mi madre está indefectiblemente ligada a su neceser de cuero, un trabajo artesanal simulando una maleta diminuta donde guardaba sus escasos y básicos cosméticos. La veo sentada en su dormitorio, envuelta en la luz de las mañanas rotundas, con la piel rosada encendida luego del baño, pasando la bellota del polvo perfumado por el rostro y el cuello. El ritual era sencillo y rápido: polvo traslúcido, unos toques de labial y una cucharilla para encrespar las pestañas. 

Con mi padre, el objeto omnipresente era el simple, pero contundente, equipo para rallar las de otro modo inquebrantables barras de guaraná amazónico: una tabla plana montada sobre base sólida (en estos tiempos desearía esa tabla para apoyar el celular o la tablet durante las reuniones por Zoom, que han sustituido el placer del diálogo cara a cara); una lima de hierro y un cepillito de dientes a manera de eficiente escobilla para ir juntando el guaraná ya en polvo (elixir y magia) que se consumiría minutos después con agua helada y azúcar. Era un tributo ineludible, hijos, nietos y visitantes fuimos víctimas del oficio dejando parte de las uñas en el intento.

Por otro lado, la casa familiar en Santa Cruz no sería la misma si al evocarla no apareciera la antigua alacena (el frigidaire de palo, como la bautizaron las nuevas generaciones), que guardaba celosamente latas de diverso tamaño y diseño con el fragante tesoro de panes horneados en casa, cuñapés abizcochados y tablillas de leche. Y en el trajín permanente de la cocina a la sala iban y venían las tacitas del café recién pasado: escaso, tinto, muy caliente y muy dulce, como el sabor de los pecados.

...la casa familiar en Santa Cruz no sería la misma si al evocarla no apareciera la antigua alacena (el frigidaire de palo, como la bautizaron las nuevas generaciones), que guardaba celosamente latas de diverso tamaño y diseño con el fragante tesoro de panes horneados en casa, cuñapés abizcochados y tablillas de leche.

Los objetos nos hablan

Es que, como asevera la investigadora Débora Lutz en su libro El gabinete de las hermanas Brontë. Nueve objetos que marcaron sus vidas, “incluso los objetos más cotidianos tienen la capacidad de transportarnos a otras épocas y lugares”. Debe ser por eso que “los objetos antiguos adquieren una capa extra de significado. También nosotros dejaremos atrás artefactos mellados por los acontecimientos, (como la ropa) prendas cálidas de tanto vestirlas. ¿Trasmitirán nuestra historia? ¿Vivirán sin nosotros? ¿Conservarán esas ropas nuestros gestos?”.  

"¿Trasmitirán nuestra historia? ¿Vivirán sin nosotros? ¿Conservarán esas ropas nuestros gestos?”.  

Probablemente esas preguntas digan poco a mucha gente en estos tiempos de usar y descartar. Sin embargo, a contrapelo del espíritu de “todo desechable”, la misma Débora Lutz recalca que las referencias a los objetos son utilizadas para recobrar la historia, “un método popular durante las dos últimas décadas”. De hecho, en el llamado estudio de la cultura material o teoría de las cosas, se recogen elementos de la arqueología y la antropología. Un objeto se describe en la ficción y se utiliza para explorar la historia y la cultura en la que se inscribe el relato. 

Habrá que adaptar esa meditación a objetos tan aparentemente imprescindibles hoy en día como los celulares, que aceleradamente han ido aumentando funciones hasta convertirse en aparatos multiuso, ya que son GPS, cámara fotográfica y de vídeo, calendario, agenda, cronómetro, linterna, micrófono, libros, pantalla para películas, archivo… y a veces también sirven como teléfono. Muchas veces escucho decir a personas que, al perder el celular, han perdido parte de su vida o que se sienten impedidas o incomunicadas. En el mismo sentido, curiosear en un celular ajeno puede darnos una idea cabal de sus preferencias y rutinas.

...los celulares, que aceleradamente han ido aumentando funciones hasta convertirse en aparatos multiuso, ya que son GPS, cámara fotográfica y de vídeo, calendario, agenda, cronómetro, linterna, micrófono, libros, pantalla para películas, archivo… y a veces también sirven como teléfono.

De vida y muerte

Sin duda, las cosas tienen vida propia, construida a partir del uso o la contaminación de su cercanía con nuestros cuerpos y nuestros hábitos, tanto en los de la vida diaria como en los de la muerte. Ludz recuerda que en muchas sociedades y culturas las posesiones de los difuntos proporcionaban indicios certeros sobre sus personalidades e historias particulares, de ahí la fascinación humana sobre los museos, las colecciones y las antigüedades.

Anticuario / Pixabay

 

En el mencionado libro, Lutz toma como ejemplo a los ingleses victorianos, cuya cultura fue menos aprehensiva con los muertos que las occidentales (pero se puede aplicar a muchas otras sociedades contemporáneas): “…l os cadáveres eran objeto de elucubraciones sentimentales en diversos círculos. La muerte acaecía en las casas, y después los vivos se colaban en las habitaciones y las camas de los difuntos y continuaban usándolas. La elaboración de máscaras mortuorias era habitual, y la fotografía de cadáveres tuvo su momento. Muchos creían que un mechón de cabello de un cadáver conectaba a los vivos con el más allá donde moraban los muertos. Un camisón, un anillo, un libro, cualquier objeto impregnado del pasado podía tener la capacidad de reavivarlo si uno se aproximaba a él con todos los sentidos”. 

Muchos creían que un mechón de cabello de un cadáver conectaba a los vivos con el más allá donde moraban los muertos. Un camisón, un anillo, un libro, cualquier objeto impregnado del pasado podía tener la capacidad de reavivarlo si uno se aproximaba a él con todos los sentidos.

Las cosas dicen mucho de quien las posee y usa, o posee y no usa pero exhibe, como nos demostró en Bolivia el periodista y cronista Alex Ayala Ugarte con su libro La vida de las cosas, abigarrada galería de santeros, deportistas exóticos, bailarinas, travestis, que, en palabras de Marcos Avilés, nos muestra que: “Algunos acumulan zapatillas fosforescentes, otros llenan su casa con ositos de peluche y otros van por el mundo cargando las tacitas que dejó la abuela. Acumular objetos es pasatiempo, terapia contra el estrés, una manera divertida de ser contemporáneo. Pero los objetos son mucho más que objetos. Te acompañan cuando estás solo. Conservan recuerdos de los que extrañas. Son los instrumentos que todos usamos para ganarnos el sueldo”. Avilés concluye recalcando que “el homo sapiens es el único animal obsesionado con los objetos”.

Acumular objetos es pasatiempo, terapia contra el estrés, una manera divertida de ser contemporáneo. Pero los objetos son mucho más que objetos. Te acompañan cuando estás solo. Conservan recuerdos de los que extrañas.

Quizá esa obsesión se deba a que la materia de los objetos, se trate de piedra, madera, telas, vegetales, papel, arena o metal, no es inánime, sino vital y porosa, siempre engendrando señales que nos acompañan y motivan. Si bien es dudoso que tengan vida propia al margen de la nuestra, se trastocan con nuestros sentimientos y nuestras historias, trasminados de nuestras pasiones y deseos. 

En la vida diaria vamos dejando objetos como señales de nuestra existencia y hábitos. Nuestros actos cotidianos son ejercicios rituales de memoria y olvido. Mis hermanas y yo aprendimos de mamá a alegrar las horas libres bordando manteles; muchos visten las mesas de nuestras casas y otros hogares. Mi única pasión de coleccionista son los libros, cientos de novelas y sus entrañables personajes me acompañan y me hablan desde los estantes. ¿Serán esos los objetos con que alguien me recuerde? 

 

  • Carmen Beatriz Ruiz Parada es comunicadora social, profesión que ejerce en las áreas de desarrollo rural y derechos humanos. Escribe historias de vida y narrativa.

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