Especial / A-Mar

Los ojos y el mar

Que nadie muera sin amar el mar. Antes, habrá que conocerlo. En los libros, en el cine, en los sueños, en los poemas, en el Salar, ese otro mar. Llegado el momento, sabrosos helados y hondas lágrimas se reunirán.
domingo, 21 de marzo de 2021 · 00:05

Virginia Ayllón

 Alguna vez he querido recordar mi encuentro con el mar y me han apabullado recuerdos muy disímiles, que han borrado, de inicio, ideas románticas que creí formaban parte de mi memoria. Ahora me doy cuenta que eran anhelos performativos de mí misma. 

Los tales recuerdos son menos arrebolados que pedestres y tal vez por eso quise remplazarlos por memorias inventadas, más memorables, por supuesto. 

Porque yo conocí un mar tenebroso, oscuro y lleno de amenazas en las páginas de Julio Verne relatando las aventuras del también oscuro capitán Nemo, angustia que se patentó en las luchas de Santiago contra ese enorme pez vela en la pluma de Hemingway. Mis recuerdos de pequeña lectora de diez años no son de ganas de conocer el mar sino de un miedo terrible para cuando fuera a conocerlo. Porque para esa edad ya empezaba a oír la promesa de “iremos al mar”, como un regalo que yo lo prefería retardado ad infinitum. Solo después entendí que ese regalo era de otro mar, uno de playas, helados, juegos con las olas y atardeceres cinematográficos. 

"Solo después entendí que ese regalo era de otro mar, uno de playas, helados, juegos con las olas y atardeceres cinematográficos". 

Parece que todo se complicó en la temprana adolescencia porque si algo nos bañaba no eran las aguas del mar, cualquiera sea su versión, sino el discurso del anhelo patriótico del mar. Con cierta vergüenza recuerdo que cerca del 23 de algún lejano marzo, mi cabeza ch’ipó, enredó dos mensajes que se interpusieron porque me llegaron al mismo tiempo en horario colegial. Y es que las clases de Estudios Sociales antecedían a las de Literatura y me gustaba ese día de clases porque las dos profesoras eran bastante apasionadas en el ejercicio de su apostolado. Y saliendo de una clase hermosa de Estudios Sociales en la que descubrí que si algo teníamos los bolivianos era sal, sal a montones que se producía porque sí en un paisaje calificado por la profesora como uno de los más bellos de la tierra. Ahí sí me nació un anhelo de conocer ese mar salado, con pájaros tan rosados como los atardeceres que se reflejaban en sendas lagunas de colores. Yo creo que esta profesora algo tenía que ver con el turismo. Bueno, bañada todavía de mi nuevo anhelo de conocer el bolivianísimo mar de sal, ingresé a la clase de Literatura en la que, la otra apasionada profesora, interesada en ratificarnos, como cada marzo, nuestro compromiso con el retorno al mar, decidió leernos “un poema de uno de los grandes escritores de Bolivia (así lo anunció y tal vez esa fue la primera vez que oí esa frase que debí oirla innumerables veces más en mi vida). Y bastó el primer verso “Patria  de sal cautiva”, para que la ch’ipa se instale en mi púber cerebro. O sea, ¿por qué éramos cautivos de ese mar de sal que era tan maravillloso y rosado? ¿sería porque nos hacía presas de sueños, como el mío?, ¿o que su magia no nos permitía pensar en “cosas constructivas”?, ¿que nos emborrachaba su belleza y majestuosidad? Y aunque aprendí de memoria el poema y repetí en cuanto examen hubiera que se trataba de “un poema de uno de los grandes escritores de Bolivia” (y parece que eso me agenció buenas notas), no pude deshacer esa ch’ipa sino mucho después, cuando la poesía ya no estaba apegada al currículum escolar. 

Salar de Uyuni / Archivo digital

Porque yo conocí el mar como a los 20 años cuando, como dirigente universitaria, tuve que dejar rapidito el país hasta que a cierta dictadura se le calme su primera picazón de poder, que es bien peligrosita. A Lima, en bus, en un viaje que realmente parecía interminable, con rutas que no respondían a lo ofrecido por la empresa y que más bien cambiaban a gusto y sabor del chofer y los pasajeros que le pagaban sustanciosamente esas vueltas por aquí y por allá. Igualito como sucede ahora en el viaje en flota a Cochabamba, digamos. 

Arremolinada en un duro asiento y luego de una noche incomodísima, calmada en algo por un buen desayuno en Arequipa, quedé dormida como se debe hasta que en cierto momento abrí los ojos. Serían como las 4 de la tarde, y ahí estaba. Era el mar. Viajábamos al ladito del mar en el territorio de Camaná que junta el desierto con el mar. Ni me froté los ojos, ni salte de mi penoso asiento, ni comenté nada con mi eventual compañero de viaje. Nada, no recuerdo nada, ni alegría, ni pesar, nada de nada. Lo que no es cierto, porque aguzada mi memoria, me quedé más bien opa, en estado cero, en suspensión total. Lo que ahora recuerdo es que quienes sufrieron fueron mis ojos, o eso creo que pueden calificarse a las dos lágrimas que juro que independientes y totalmente fuera de mi voluntad mojaron mis mejillas y su rehumedecida y salobre manifestación me despertó de esa cuasi vigilia. Lo que no es cierto, porque si no era que el viajante de al lado me pasaba un pañuelo de papel, ni cuenta me habría dado de mi estado que le ha debido parecer sensiblero al amable pasajero del pañuelo de papel, porque con toquecitos en el hombro me dijo algo así como que me calme, que seguro que mi familia está bien. Yo creo que el signo de what? en mi cara no le dijo nada a ese señor, quien para completar su amabilidad empezó a hablarme de su natal Colombia y sus viajes de negocios y yo sin salir todavía de ese estado (es que no sé qué palabra más usar para “ese” estado en que caí), asentía también por amabilidad, hasta que con muy buen tino me dijo, más bien léase este interesante libro de mi país, y me pasó un volumen algo viejo, como antiguo, y cuando lo abrí en cualquier página, mi “estado” se multiplicó a la “n” potencia (como solíamos decir los jóvenes de ese entonces): “Mis ojos vagabundos,/ mis ojos infecundos...:/ no han visto el mar”. Y ya para qué (que también repetíamos los jóvenes universitarios de ese entonces, sea que le caiga o no la frase). Y ya para qué. Esos versos calificaron mi “estado” y desde entonces el mar para mi era y son ojos. 

"Yo conocí el mar como a los 20 años..." / Fotografía Pixabay.
Fotografía Pixabay

Con buen juicio atesoré ese viejo volumen que el compañero de viaje colombiano al fin me lo regaló, y no fueron las dictaduras que me lo quitaron sino cierta estupidez que hace de los traslados de vivienda un cataclismo en que a veces ‘perdemos’ cosas valiosas. Porque si son valiosas, hay que cuidarlas pues. Balada del mar no visto, rimada en versos diversos (1930) titulaba ese hermoso poemario del surrealista colombiano León de Greiff. 

“Mis ojos vagabundos,/ mis ojos infecundos...:/ no han visto el mar”. (...) Balada del mar no visto, rimada en versos diversos (1930) titulaba ese hermoso poemario del surrealista colombiano León de Greiff. 

Los ojos y el mar, se parece a “Alfonsina y el mar”, esa canción de Félix Luna y Ariel Ramírez, tan popularizada en los tiempos que ahora recuerdo. Pero a esa canción prefiero la poesía de la homenajeada: “Perder la mirada, distraídamente,/ perderla y que nunca la vuelva a encontrar:/ y, figura erguida, entre cielo y playa,/ sentirme el olvido perenne del mar”. Ese es mi mar, el de los ojos con lágrimas automáticas y saladas, como nuestro mar de sal. 

Cuánto tiempo ha pasado desde ese que ahora mi memoria evoca, memoria siempre desordenada, un poco rebelde, no como yo la quisiera. Cómo recordaré el día de hoy, qué seleccionaré de esta mi vida, qué memorias me inventaré y cuáles seguirán soberanas su camino, que, está visto, no es idéntico al mío. Hoy, 27 de abril de 2020, en que el nuevo miedo no es ese antiguo hacia un mar desconocido, lúgubre, oscuro y angustioso, sino hacia un minúsculo ser que se nos ha instalado en la vida con una palabra que creí que correspondía al léxico de la Edad Media: pandemia. La muerte está enseñoreada y creemos ingenuamente que le podemos cerrar la puerta. Mis muertas han empezado a aparecer y la primera es Iris Zavala, fallecida hace escasos siete días en España, patria de Cervantes y Unamuno a quienes dedicó sendos estudios. ¡Tremenda filóloga, historiadora de la litertaura y feminista puertorriqueña!, pero también poeta. Y recordándola me vienen a la memoria estos versos de su poemario Que nadie muera sin amar el mar (1983), que también me dijeron sobre el mar y los ojos: “Las olas observadas por el ojo/ se buscan entre sí/ cuando se alejan”.  Que las diosas la reciban en su gloria. 

  • Virginia Ayllón es escritora y crítica literaria.

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