Música

VOX DEI. Los gestos de una parodia

La nostalgia por ciertas cosas, eventos y objetos como este disco; sublimarlos, romantizarlos, homenajearlos envueltos en papel celofán, ¿es la mejor forma de echarlos a perder? La Biblia y los tres gestos de la parodia.
domingo, 21 de marzo de 2021 · 00:03

César Antezana / Flavia Lima

Habrá quien se recueste buscando algo de comodidad para escuchar Vox Dei. Alguien más que encienda cigarrillos con sus amigos antes de echar a andar la playlist de su teléfono. Quizás otras beberán cerveza en la cómoda soledad que insinúan los vinilos. Buscaremos acaso en la radio del automóvil, esperando que Radio Deseo se acuerde de este esperpento de los setentas e iremos acumulando ansias conforme pasan los años, aguardando el momento justo para volver a este extraño disco.

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Pero no me convence. Nada de lo anterior termina de convencerme. Desconfío de este tipo de placeres “bucólicos” proyectados por circunstancias que ya no existen, experimentadas por personajes fallecidos hace tiempo. El tipo de importancia o de valor que le damos a algunos objetos como este disco, haciéndolos dependientes de nuestra nostalgia, de nuestros recuerdos o de cosas parecidas, no hace sino vaciar de “agencia” a tales objetos (o sea le quita toda su capacidad para “hacer” algo distinto de lo que ya “hace”). Como cuando nos referimos a lo indígena, creyendo que tienen una función exclusiva en relación a nosotras y entonces no queda nada más que el paternalismo o el pachamamismo, dos caras de la misma moneda. Todo resulta en una mirada maniquea, simplificadora y reduccionista. Hacemos infértiles a objetos como este disco y esto es lo menos grave, porque a menudo lo hacemos con personas de carne y hueso, con comunidades enteras. Y entonces ya no nos dicen nada nuevo, no pueden hacerlo, tan anclados como están en nuestro subconsciente, tan historizados, sublimados, romantizados, idealizados, etc. Esta es la mejor forma de echar a perder las cosas.

Cualquier tipo de nociones como “valor” (de valía, no de arrojo) que podamos tener respecto de lo que llamamos “arte” por ejemplo, pierden densidad al envolverlos en estos celofanes que nos gustan tanto. Estos homenajes, por ejemplo.

El tipo de importancia o de valor que le damos a algunos objetos como este disco, haciéndolos dependientes de nuestra nostalgia, de nuestros recuerdos o de cosas parecidas, no hace sino vaciar de “agencia” a tales objetos.

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Tapa del disco

Creo que aún me gusta este disco porque me resulta paradójico. Porque no es evidente lo que quiere o hace finalmente. ¿Pretende burlarse, criticar, satirizar el cristianismo, la Biblia, la beatitud, el conservadurismo al que habitualmente está ligada la iglesia? O más bien quiere provocarnos una nueva lectura de los mismos textos pertenecientes a una tradición que mal que mal aceptamos como parte de nuestra herencia e identidad. Ambas alternativas son posibles por supuesto. Leer la Biblia, no ya repetitivamente o cayendo en los mismos versículos recomendados por la comisión de la liturgia: eso sí que estaría divertido. Como en un ensayo literario en el que hablamos de cosas que más o menos todo el mundo sabe, pero de las que no somos especialistas y entonces pueden tocarse espacios inusuales. Eso es también La Biblia de Vox Dei. Pero podemos decir algo más.

¿Pretende burlarse, criticar, satirizar el cristianismo, la Biblia, la beatitud, el conservadurismo al que habitualmente está ligada la iglesia? O más bien quiere provocarnos una nueva lectura de los mismos textos pertenecientes a una tradición que mal que mal aceptamos como parte de nuestra herencia e identidad. 

Quizás este disco sostiene esta ambigüedad, en parte porque resulta un ejercicio paródico. La Biblia sería, salta a la vista, una parodia en el más profundo sentido del término. Porque una parodia puede desatar al menos dos sentidos en relación al texto que recrea: una mirada cómplice con ella o una de burla. Zaherimos al otro texto (como hace Don Quijote con Amadis de Gaula) o lo homenajeamos (como hacen por ejemplo muchos poetas barrocos con Petrarca). Ambos gestos estarían reactualizando los otros textos. Aquí también pasa algo similar. Vox Dei permite una relectura de la Biblia a toda una generación de jóvenes enfrascados en situaciones muy difíciles y complejas en ese tiempo. Con dictaduras de por medio, curas y monjas en pro o en contra de la resistencia popular, el advenimiento del neoliberalismo, las guerrillas, etc. Esa juventud sentiría quizás un poco como el disco: fascinación y rechazo absolutos y al mismo tiempo, por esa tradición que nos sujeta haciéndonos al mismo tiempo, sujetos.

Integrantes de Vox Dei /
Archivo digital.

Pero habría, digamos, un tercer gesto en la parodia: el humor. El juego es también una maravillosa posibilidad de este género absolutamente excitante (como en Milan Kundera con su Jack y su amo: una obra de teatro llena de humor como homenaje a la inolvidable novela de Diderot). Porque cuanto más alto es el prestigio de un texto sagrado, más profunda acaso es la carcajada de quienes se burlan de él. La broma se torna épica.

Meditar sobre la tradición, hacerla sufrir un poco a nombre del rock&roll, no hace otra cosa más que reactualizarla, ponerla de moda nuevamente, traducirla para toda una pléyade de nuevos lectores y lectoras. Vox Dei le permite a la biblia convivir nuevamente entre nosotras, haciéndola contemporánea.

Porque cuanto más alto es el prestigio de un texto sagrado, más profunda acaso es la carcajada de quienes se burlan de él. La broma se torna épica.

Si el verbo es la metáfora insuperable de Juan para referirse a Jesús, que es Dios, este otro verbo juvenil, fresco, que comulga con aquel en que ambas son palabra que habita entre nosotras, permitiría una transfiguración similar: porque la Biblia es rock; o mejor dicho el Rock es como la Biblia. Porque la imagen que algunos pretenden de la biblia, la de un texto santurrón, moralista, lleno de historias de fe y bondad y cosas bonitas, no aguanta un solo round. La biblia es otra cosa, una que queda alumbrada también por las letras y sonidos de La Biblia de Vox Dei.

Muerte, sacrificios humanos, infidelidades, poliamorosidad y vandalismo, asesinatos en masa, guerras crueles, heroísmos irracionales, pero también magia y fuego, homosexualidad, entrega, canto y bailes, fiestas y la primera gran marcha hippie hacia Jericó (acaso la ciudad amurallada más antigua de que tenemos noticia), derrotada por miles de músicos, creyentes de Jehová, tañendo sus instrumentos de viento en un cerco imposible a la ciudad, hasta pulverizar sus murallas. 

Los hippies intentarían algo similar milenios después alrededor de la Casa Blanca, sin el mismo resultado, por supuesto: ellos no tenían la fe de los antiguos.

 

  • César Antezana es también Flavia Lima. Poeta, gestor cultural, docente, teólogo. Premio Nacional de Poesía Yolanda Bedregal 2017. Cofundador del espacio cultural Almatroste, papá y compañero de todxs y todes.

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